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Lo plurinacional en contexto geopolítico

Do Rebelión, 20 de Janeiro 2023
Por Catherine Walsh; Traducido por Silvia Arana. Fragmento del libro «Rising Up, Living On», Duke University Press, 2023.


La idea de lo plurinacional no es solamente una proposición e invención indígena. El significado de la idea y del término es heterogéneo y diverso, vinculado a marcos filosóficos e ideológicos, a un contexto geopolítico y a la relación -existente o inexistente- con el orden global moderno/colonial/capitalista. La idea de lo multi o plurinacional estuvo presente en la Unión Soviética. Y está presente en países recientemente descolonizados, como India, Malasia, Nigeria y Sudáfrica. Asimismo, esta palabra ha sido usada para describir y definir países altamente industrializados, como Canadá, Bélgica, Suiza, Nueva Zelanda y Finlandia.

En el sentido más básico y general, si se habla de un país multinacional o plurinacional está implícito que existe un reconocimiento político a la existencia y a la coexistencia de dos o más naciones o pueblos étnicamente distintos. El término nación como está usado aquí se refiere a una comunidad histórica con un territorio natal determinado, que comparte una cultura y un idioma específicos. Un país con más de una nación es un país plurinacional. Su formación puede ser voluntaria o involuntaria y, por lo tanto, puede ser plurinacional sin que se hayan desmantelado las estructuras racistas y coloniales, sin que se haya reconocido la igualdad entre los diferentes grupos o naciones que lo componen y sin que se haya fomentado ninguna relación entre estos. En Bélgica y Suiza lo multi o plurinacional representa a una federación voluntaria de dos o más culturas europeas. Finlandia y Nueva Zelanda son considerados países plurinacionales, debido a la integración forzada de pueblos indígenas. Y otros, como Canadá, se han formado mediante la incorporación involuntaria de pueblos originarios al igual que mediante la federación de diferentes grupos nacionales.

Estos ejemplos ponen en evidencia que lo plurinacional por sí mismo no constituye un remedio o reparación para eliminar los problemas históricos y las relaciones desiguales de poder, sobre todo en los países marcados por la “colonización implementada por colonos” (settler colonialism). No obstante, estos países han aprendido que su supervivencia requiere de un idioma y de políticas de reconocimiento. Esta modalidad basada en el reconocimiento (típicamente asociada con el pluralismo liberal) se manifiesta en el establecimiento de regímenes de derechos indígenas en Asia, Europa del Norte, las Américas, Oceanía y región Pan-Pacífica. Estos regímenes “dicen que reconocen y permiten la autonomía política, los derechos territoriales y las particularidades culturales de las naciones indígenas dentro de Estados de colonos que ahora las encasillan, o encierran”, sostiene Coulthard. Sin embargo, como apropiadamente dice Coulthard, “en lugar de marcar el camino hacia una era de coexistencia pacífica basada en el ideal de reciprocidad o reconocimiento mutuo, las políticas de reconocimiento en su forma liberal contemporánea garantiza la reproducción de las configuraciones del poder estatal colonizador, racista y patriarcal; justamente ese mismo poder que las demandas de los pueblos indígenas por reconocimiento han tratado históricamente de trascender”.

Canadá, una democracia bien consolidada y el país con el segundo territorio más extenso del mundo, es un buen ejemplo. Canadá reconoce a los pueblos indígenas -que según las cifras oficiales son un 4 % de la población- como Naciones Originarias (First Nations). Este reconocimiento es el resultado de una larga historia de lucha y resistencia de los pueblos originarios, incluyendo el activismo “Poder Rojo”, que surgió en las décadas de 1960 y 1970 y dentro del cual tomaron forma la determinación pro-indígena, la movilización política y la confrontación directa contra el Gobierno Federal y el Estado. “La eficacia de nuestras luchas políticas siguientes, una vez más, puso asuntos pendientes de derechos de los pueblos indígenas y asuntos de derechos de propiedad en el primer plano de la conciencia pública en Canadá”. Allí el nacionalismo anticolonial indígena forzó modificaciones en el poder colonial “desde una estructura que fue originalmente impuesta con políticas, técnicas e ideologías explícitamente orientadas alrededor de la genocida dupla exclusión/asimilación, hacia otra estructura que está ahora siendo reproducida mediante un conjunto de discursos y prácticas institucionales más conciliatorias que enfatizan nuestro reconocimiento y acomodación”, escribe Coulthard.

El reconocimiento y el acuerdo se extienden a la Constitución de Canadá, en la cual los pueblos indígenas tienen un estatus político especial. Las provisiones constitucionales reconocen y ratifican la existencia de los derechos “aborígenes” y garantizan la participación de los pueblos indígenas en todas las negociaciones constitucionales del futuro. Reconocen las diferentes maneras de ejercer los derechos, incluyendo en espacios urbanos y sientan las bases para el desarrollo de una práctica jurídica intercultural. Estas modificaciones forman parte de lo que Coulthard llama “el ahora expansivo rango de modelos basados en el reconocimiento dentro del pluralismo liberal que busca ‘reconciliar” los planteos indígenas de nacionalidad con la soberanía del Estado de colonos, por vía de un acuerdo con los reclamos de identidad indígena en una suerte de relación legal y política renovada con el Estado canadiense”. [cita 50] Sin embargo, y más allá de los cambios o de los supuestos avances conseguidos con estas políticas de reconocimiento, la relación entre los pueblos indígenas y el Estado “continúa siendo colonial desde sus cimientos”.

¿Qué lecciones podemos aprender de esto? Muchas, pero permítanme enfatizar tres puntos. Primero, estos ejemplos confirman que el Estado plurinacional no es una entidad monolítica. Toma su forma desde el interior de contextos geopolíticos y geoculturales determinados.Y es con frecuencia el resultado de demandas y luchas de naciones y poblaciones históricamente marginadas o excluidas del proyecto “nacional”. Segundo, mientras que la designación de un Estado multi o plurinacional presenta un cuestionamiento al concepto homogéneo de Estado nación, este no cuestiona necesariamente los conceptos de nación, unidad nacional, nacionalismo ni unificación estatal. Es el Estado el que alberga el pluralismo y la diversidad en su marco político e ideológico, y es el Estado el que decide la magnitud de sus modificaciones. Tercero, el reconocimiento de lo multi o plurinacional, en todos los países aquí mencionados, proviene del mismo Estado; en esencia, es una proposición desde arriba hacia abajo que, como sostiene Coulthard sobre Canadá, no ha alterado de ninguna manera las relaciones coloniales de poder.

¿Cuál es la diferencia cuando la idea de lo plurinacional ha sido propuesta desde abajo hacia arriba, como ha ocurrido en Bolivia y Ecuador dentro del marco de las luchas de los movimientos indígenas por la descolonización? ¿De qué maneras la idea, propuesta y demanda de lo plurinacional en estos contextos quiebra y agrieta los preceptos dominantes de nación y de Estado nación? ¿Y de qué manera se puede pensar y construir un pensamiento plurinacional que vaya más allá del Estado, una forma de pensar y un pensamiento que estén enraizados y brinden posibilidades alternativas de existencia y re-existencia?

Estas son las preguntas que me formulé primero durante la década de 1990, motivada por el diálogo y el trabajo colaborativo con intelectuales, líderes y activistas indígenas y de otros grupos en Ecuador y Bolivia. Durante los procesos de Asamblea Constituyente de 2007 y 2008 en ambos países, estas preguntas, los debates y las reflexiones se hicieron aún más profundos mientras muchos de nosotros trabajamos con la idea -como un desafío, una posibilidad, un dilema- de refundar el Estado. Para mí, esta idea comenzó a apagarse muy pronto, a medida que la práctica y las políticas de los gobiernos progresistas de Ecuador y Bolivia dieron demasiadas muestras de continuar con el proyecto problemático y las debilidades del Estado nación y el avance del Estado corporativo. Sin embargo, al volver a pensar en estas preguntas ahora y en este libro lo hago con un propósito diferente. No me propongo analizar las constituciones -ambas reconocen y nombran un Estado plurinacional- ni analizar las prácticas y políticas de los llamados Estados plurinacionales durante los gobiernos de Rafael Correa, Evo Morales y demás. Tampoco estoy enfocada en considerar la viabilidad de un Estado plurinacional dentro de una estructura de arriba hacia abajo. Mi interés es el de explorar y compartir reflexiones sobre las diferentes maneras en las que el concepto de plurinacional ha sido históricamente concebido, propuesto y analizado desde las bases, principalmente por pensadores, líderes y movimientos indígenas. Por supuesto, entiendo que los términos desde arriba hacia abajo, desde abajo hacia arriba y desde las bases no son designaciones fijas, estáticas, ni simples. No obstante, y como voy a argumentarlo aquí, es desde la base colectiva del pensamiento, de la lucha y de la praxis indígena que la disolución del Estado nación y el tejido de un proyecto social radicalmente distinto puede empezar a tomar forma.

Nota: Las citas de este fragmento provienen de Coulthard; Red Skin, White Mask.

Catherine Walsh: Intelectual-militante involucrada en los procesos y luchas de justicia y transformación social, primero en Estados Unidos y, en los últimos más de 20 años, en Abya Yala (América Latina).

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar a la autora, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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