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Nacionalismo, países emergentes y antimperialismo

Do Rebelión, 20 de Dezembro 2022
Por
Héctor Meléndez Franco



La nueva ley en Rusia en defensa de los “valores tradicionales”, para multar a quienes propagandicen y promuevan la homosexualidad y transexualidad en medios públicos lleva consigo la dificultad –común a este tipo de legislación– de definir qué exactamente constituiría el delito. Luce que podrían ser multados, digamos, quienes produjeran una obra de teatro o cine que aborde dramas referentes al amor, el deseo, o las contradicciones afectivas y psicológicas de las relaciones humanas, buscando dar cuenta de las siempre abiertas posibilidades de la sexualidad, incluida la homosexualidad. Podría tildarse de “propaganda” el mero tratamiento del tema; sería una involución hacia un pasado premoderno y eclesiástico, en contraste con logros que la humanidad ya ha conquistado: reconocimiento de la centralidad de la sexualidad en el ser humano; reconocimiento de la homosexualidad; y crítica de la cultura patriarcal, incluso en la práctica diaria de numerosas familias trabajadoras “tradicionales” en el presente. No ha ido acompañada la ley rusa, por cierto, de otra ley contra la violencia que pueda desatarse hacia personas LGBT, la cual viene produciéndose en todas partes y a la que la nueva ley podría contribuir.

Pero una preocupación en Rusia ha sido que la difusión LGBT se imponga sobre niños y menores de edad; la nueva ley extiende esta prevención a todos. En efecto, la ley seguramente refleja lo que debe ser el sentir de la generalidad de la gente en la Federación Rusa, y en este sentido puede satisfacer a quienes defienden la democracia representativa. Es muy probable que, como en numerosos países, la generalidad de la gente resienta la difusión de la cultura LGBT en medios de comunicación masiva, especialmente entre los niños o en las escuelas. A la vez, también parece cierto que la generalidad de la gente ya admite la homosexualidad como un hecho de la vida y una posibilidad de la condición humana, y se opone a que se limiten los derechos de alguien por no ocultar que es homosexual o transexual, o que se le repudie, degrade o maltrate.

La posibilidad de la subversión sexual, adviértase, existe en todas las naciones y clases; no resulta sólo de la difusión cultural, sino de la misma sexualidad humana. Pero el hecho de que hay que trabajar para vivir, y reproducir la sociedad frente a un mundo difícil, hace común la suposición de que dedicar el ego a las incontables posibilidades sexuales es un lujo que puede darse alguna gente en las sociedades ricas. La “familia tradicional” se ha identificado con la adaptación del cuerpo y la mente a la división del trabajo y la disciplina productiva que hacen posible el sustento de la comunidad y del individuo. Esta necesidad práctica contrasta con unos pocos países occidentales donde el dinero abunda y se derrocha –gracias al colonialismo sobre otros pueblos–; donde el trabajo productivo ha sido marginado en función de economías ficticias, de deuda y “servicios”; y donde se difunde masivamente la cultura LGBT. Muchos se preguntan si en Estados Unidos el mismo estado promueve que la gente desvíe su atención de las cuestiones sociales y políticas y la reduzca a su sexualidad, o al uso de drogas.

Curiosamente, tanto el bando interesado en ampliar los derechos de homosexuales y transexuales como el bando que se le opone, y promueve la familia tradicional, evitan referirse a la teoría más avanzada sobre la sexualidad, que inició Freud. Vivimos tiempos de anti-intelectualismo. En todos lados se omiten, o marginan, grandes contribuciones culturales y teóricas que fueron y son revolucionarias –como el marxismo– justamente porque se abstienen de ver al ser humano, y a las clases populares, como simple objeto, estático y pasivo, y lo aprecian como sujeto activo, cambiante, contradictorio y potencial autor de su propia historia colectiva e individual.

El gobierno ruso promueve también, con apoyo de los diversos partidos, que en lugar de personajes de las tirillas norteamericanas (Spiderman, Batman, etc.), sean personajes de la historia rusa los que aparezcan en juguetes y símbolos de los niños y jóvenes. Es otra invitación a dejar atrás la hegemonía cultural occidental, y especialmente la estadounidense, que ha inundado el mundo mediante poderosos sistemas de comunicación. Acaso nos asomamos por primera vez a un mundo sin una cultura que se imponga sobre las demás.

Estas cuestiones forman parte del proceso de naciones emergentes que difunden el nacionalismo como ideología unificadora de la sociedad para hacer frente al colonialismo contemporáneo. No es difícil sospechar que, enalteciendo los llamados valores tradicionales, los partidos en el parlamento ruso persiguen avivar el sentimiento nacionalista sobre todo para mantener el apoyo popular a la guerra en Ucrania; esto es, galvanizar el sentimiento nacional en medio de una guerra difícil contra la OTAN y el imperialismo norteamericano.

Una dirección socialista –en vez de nacionalista– podría unificar el pueblo de manera más avanzada, apreciando las diferencias que pueblan la sociedad y el carácter contradictorio de la cultura. El poder de la clase trabajadora sobre los medios de producción y comunicación podría hacer la unidad nacional-popular más sólida y a la vez abierta al cambio. Pero el socialismo ha sido marginado como opción política real en muchos países, al menos por ahora. Este déficit hace más arduos y vulnerables los esfuerzos de los países que persiguen su independencia.

En Irán, por ejemplo, la supresión de la izquierda socialista significó que la potente y masiva revolución popular anticolonial de 1979 produjo un estado con prácticas antidemocráticas de un islam conservador y reaccionario. (Como las demás religiones, el islam podría, alternativamente, evolucionar en sentido progresista y acercarse al socialismo.) Es a la vez un estado antimperialista, y por tanto objeto de estrategias norteamericanas para destruirlo.

En Rusia, las invocaciones nacionalistas conservadoras podrían ser insuficientes para unir las clases populares con los círculos dirigentes ante una agresión de la OTAN que exhibe escasos límites éticos y presupuestarios. Pero tienen a su favor que el sentimiento nacional ruso está unido a la experiencia soviética, que prometió una patria del pueblo trabajador, terminó el poder del capital privado, inició un inédito desarrollo económico a base del trabajo nacional, y derrotó al nazismo. Este trasfondo se trasluce en la verticalidad, y la destreza militar, intelectual y política, con que el estado ruso enfrenta el cerco agresivo que intenta la OTAN, encabezada por Washington, por vía del régimen de Ucrania.

Países que luchan contra el sistema imperialista que ha moldeado el mundo recurren a rasgos etnográficos “tradicionales” que proveen cohesión a grandes masas, por ejemplo, musulmanas o cristianas. En Indonesia desde 1945, bajo liderato de Sukarno, el estado buscaba unir nacionalismo, religión (islam) y comunismo. (El Partido Comunista, el más grande del mundo aparte de los gobernantes, participaba en el parlamento y el gabinete). Creó el concepto de “democracia guiada”, que incluiría todas las fuerzas políticas del país. Pero en 1965 Sukarno fue depuesto por un golpe militar organizado por la CIA que incluyó la matanza, durante meses, de entre medio millón y un millón de comunistas: una de las masacres más espantosas de la historia.

Ahora bien, los aspectos conservadores de la cultura nacional se fortalecen en tanto la izquierda socialista es débil políticamente, esto es, si no hay un bando socialista efectivo que propulse una crítica radical de la sociedad. Surgen ideologías estatalistas, en que el estado conciliaría el capital con el trabajo para promover las fuerzas productivas y la construcción nacional. Son progresistas en tanto unifican las clases populares con un estado que se opone al colonialismo, pero conservadoras en tanto ignoran la lucha de clases. Esta lucha determina cuánto poder tiene el capital sobre la sociedad, y cuán cerca o lejos están las mayorías trabajadoras del poder político.

En todo caso, la formación y la identidad nacionales conforman uno de los fenómenos más potentes de nuestra época, propulsado por el fortalecimiento cultural y educativo de las clases trabajadoras alrededor del mundo en el último medio siglo. Asistimos a una “revolución nacionalista”, si entendiésemos nacionalismo como la lucha por desarrollar el estado-nación.

Washington y sus aliados de la Unión Europea –o satélites, como bien les ha llamado Putin– se resisten al avance de los países emergentes de Asia, África, América Latina, Oriente Medio y otras partes. Temen que una reorganización del mercado mundial termine el sistema que permite a unos pocos países privilegiados succionar enormes dineros que fluyen a Wall Street y otros centros financieros euroccidentales, en una opulencia que el incesante militarismo protege.

Que el desarrollo y soberanía de los países pasen a primer plano ha sido posible en gran parte gracias a las revoluciones comunistas del siglo XX. El ascenso de China confirma las teorías (de Samir Amín, A. Gunder-Frank, G. Arrighi) que insisten en el carácter global de la sociedad y la economía; el alto desarrollo de Asia desde la antigüedad; y la importancia del corredor comercial y cultural de la zona euroasiática –donde hoy destacan Rusia y China– que desde hace milenios conecta Asia con Oriente Medio, el Mediterráneo y África. Esta larga historia incluye ahora el legado de las revoluciones populares, empezando por la Bolchevique. La revolución nacional-popular de China –dirigida por el Partido Comunista– ha permitido un veloz desarrollo mediante economía planificada, el poder del estado sobre el capital, y la hegemonía comunista sobre el estado, formalizada constitucionalmente.

Si bien la competencia entre capitales es parte del mercado mundial, nuevas relaciones podrían privilegiar la cooperación, y apuntar al desarrollo social del mundo. La sugerencia de un mundo de mercado sin imperialismo, que parecen representar China y Rusia, recuerda la teoría de Adam Smith, del comercio como medio de cooperación y desarrollo de las naciones y sus fuerzas productivas. Recuerda además la de Saint-Simon, que veía la sociedad dividida entre clases holgazanas decadentes poseedoras de dinero, propiedades y tierras, y clases productivas, interesadas en el progreso de la ciencia y la tecnología para el bien social; en éstas incluía los trabajadores, científicos, empresarios industriales, agricultores y banqueros, en tanto contribuyeran a la productividad y al progreso social.

Las relaciones entre estados-naciones sustituyen, por ahora, el llamado comunista a la revolución obrera y campesina; pasan a la retaguardia los conceptos marxistas y el internacionalismo revolucionario que se vieron en el siglo pasado. La discusión teórica marxista se recluye en pequeños círculos académicos en las universidades.

El socialismo que en algunos países ha sobrevivido al sistema imperialista desde el siglo XX es un socialismo de estado. Es fiel a las normas diplomáticas, esenciales para las relaciones comerciales. Insiste en la institucionalidad internacional, apostando a que ésta reducirá cada vez más el colonialismo bajo presión de la mayoría de los países. Lejos de hablar de lucha de clases o imperialismo, Beijing dice que Washington expresa una “mentalidad de Guerra Fría” y una “política hegemónica”. Es su modo de denunciar el colonialismo. Otro modo es el militar, al que ha recurrido Rusia; es lo más cercano que se ha visto en muchas décadas a una revolución armada, no contra el estado de un país, sino contra un sistema imperialista transnacional, decadente.

Héctor Meléndez, profesor jubilado de la Universidad de Puerto Rico.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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