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«Los juegos del hambre»

Do Rebelión, 06 de outubro 2022
Por Juan Montaño Escobar



Imagen: Comunidades afrodescendientes de Esmeraldas celebran el "Retorno al palenque de la libertad".

¿La soberanía alimentaria garantiza la soberanía política del Ecuador o es al revés? ¿O son actos civilizatorios simultáneos?

La ecuación para referirnos al título de estas líneas es esta: Hambre = Necesidad + Necedad + SILENCIO. Esta ligazón matemática vale el drama social y político de los países americanos en referencia a las comunidades racializadas y por aquello mismo empobrecidas. El significado de cada componente de la ecuación no pretende resumir la complejidad del conflicto y más bien sostenerlo con la precisión semántica de cada palabra. Es la palabra suelta, como diría el maestro Juan García. Las palabras son los mapas orales de las ideas comunitarias Sí, la palabra fue al principio o el principio fundacional fue la palabra y la palabra fue la Divinidad, según la descripción evangélica. Y también en las culturas milenarias africanas se consideró el valor creador y portentoso de la palabra. La palabra motiva los entendimientos, organiza la comunidad de intereses, transmite encargos ineludibles, frecuenta los conceptos científicos y mata el hambre de saber.

El hambre, ya en el ámbito de la bioquímica y biofísica de nuestros organismos, es necesidad de alimentos y es necedad política en no proveerlos en cantidad y calidad a la humanidad de cualquier lugar planetario. Esta criminalidad solo es posible por el silencio colectivo y porque se cree que masticar y tragar cualquier cosa eso es alimentarse. Urge conversar entre las comunidades sin los tropiezos del partidismo o para sostener a grupos excluyentes disfrazados de filántropos enredados en las campañas electorales. El hambre condiciona la rebeldía y determina su rumbo en nuestros territorios urbanos y rurales.

Una conversación realizada para no comer mentiras, así tenga edulcorantes, deberá ideologizar hasta tenerlo en la punta de la lengua en palabras exactas, por ejemplo, El-Estar-Bien-Colectivo de las comunidades afroecuatorianas. O el concepto ubuntológico, Soy porque somos. O el Sumak kawsay que es la aspiración constitucional de la diversidad ecuatoriana. Esa conversación (esta lectura ya lo es) debe, y es un deber popular, convertirse en la parla primordial de las comunidades negras, de las comunidades indígenas, de todas las comunidades en su diversidad. El hambre no es presagio, ya está en el catálogo de calamidades programadas. De hecho millones de personas ecuatorianas, en distintos grados de impactos consecuencias, ya la padecen.

La palabra está suelta para mentar el hambre en casa de las malas nuevas de estos meses, de estos últimos años, en nuestro país. La palabra debe describir el hambre de este tiempo, para que no sean en esas reuniones soporíferas que se hable desde la distancia del confort del estómago y el contento del corazón opresor, sobre comunidades con hambre para hacer programas, con bonitos diseños, contra ¿el hambre? ¿Será que se pueden programar necesidad, necedad y silencio? ¿Hay esa audaz posibilidad sin alterar la costumbre sistémica del embuste? Respondemos: aquello que se planifique y se alcance a ejecutar sin ningún resultado en la vida física y espiritual de las personas afectadas es puro tilín, tilín y nada de paleta. O sea un engaño con el lujo de las siglas institucionales de nuestro país o internacionales. Insisto, para no ir a buscar deficiencias en otro lado me refiero, con mayor énfasis, a las de mi país.

Barrio adentro de nuestras ciudades se esconde el problema con dos palabras suicidas: “matar el hambre”. Entendiendo esta paradoja con la precisión de la desesperación cotidiana, porque hay que matar a quien nos mata. El Ecuador de los estropicios estadísticos, de estos años lamentables, desespera viviendo esta vida de mala calidad alimenticia sin que haya explicaciones como no sean las letanías insulsas de los gobernantes. O sea snacks políticos. Esas palabras no alimentan sino envenenan. Por favor, escuchen este pedido a los gobernantes y a las gobernantes de nuestro país, la república en el ecuador. Ahí les va: “Las personas y colectividades tienen derecho al acceso seguro y permanente a alimentos sanos, suficientes y nutritivos; preferentemente producidos a nivel local y en correspondencia con sus diversas identidades y tradiciones culturales. El Estado ecuatoriano promoverá la soberanía alimentaria”. Artículo 13, de la Constitución de la República. ¿Cuánto de soberanía alimentaria hemos perdido o hemos permitido que desperdicien? Si hay barrigas vacías o llenas y alta desnutrición la soberanía alimentaria es un truco palabrero para engañar hambre y necesidad, en cualquier orden.

El hambre es violencia seca y silenciosa. Lo contrario es el triunfo de la vida como condición natural indiscutible y alcanzar toda la plenitud que demande la existencia en el Buen Vivir porque o todos y todas somos o ninguno o ninguna es; y al revés para alcanzar y mantener la ecuación de la felicidad. ¿O quizás hay que volver a naturalizar el derecho a la vida? Ahí se las dejo, con las dudas molestas del pesimista o las dudas químicas del optimista pragmático. Hay hambres (que valga el plural para los alcances políticos de la palabra) parciales y totales en nuestras comunidades urbanas y rurales ecuatorianas. Para que no se embolaten en dudas sobre los dichos: Esmeraldas, mi provincia, tiene una tasa de pobreza por ingresos del 52,9 % (la media es del 28,8 %)1. La tasa de desempleo duplica la nacional y casi 4 de cada 10 jóvenes no está cursando el bachillerato. Ahí se evidencian las hambres. Y la violencia social y despiadada pensada y aplicada por quienes entienden el provecho beneficioso y malvado de necesidad y hambre. Y al revés. Pero ejecutada por adolescentes y hasta por niños hasta convertir la ciudad en paraje de agonías.

¿La soberanía alimentaria garantiza la soberanía política del Ecuador o es al revés? ¿O son actos civilizatorios simultáneos? Da para una reflexión ontológica allá o acá, ahí donde se padece el escaso consumo obligatorio de alimentos. De bioenergía reclamada por los cuerpos y proclamada como garantía de protección de la vida por nuestra Constitución. A propósito, ¿qué cantidad de hectáreas de tierras cultivables pierde cada año el Ecuador por la crisis ambiental? ¿Cuántas miles de hectáreas se han degradado por la pérdida de unidades hidrográficas?

Con frecuencia los Gobiernos de las Américas, por razones inverosímiles o por sometimiento a dominios imperiales, declaran “guerras” a lo que sea, por ejemplo, a las drogas, al analfabetismo y también al hambre. ¡Guerra al hambre! O, ¿guerra a los hambrientos? ¿Una guerrilla a la desnutrición infantil? Toda guerra causa víctimas y en este caso son y serán aquellas por las que se pretende guerrear. Ninguna guerra construye todas destruyen. Los estómagos quieren la paz de los alimentos, los cuerpos demandan la concordia de los nutrientes y no héroes de batallas insólitas. A ese guerrerismo hay que cimarronearlo fuerte y clarísimo: que el Estado ecuatoriano invierta en la vida de las personas. Faltó agregar para su plenitud, pero sería redundar, porque eso es el vivir. La vida es solo eso sin adjetivos de refuerzos. Amén.

* Título tomado prestado de Suzanne Collins, de su libro Los juegos del hambre (The Hunger Games).

Nota:

1 Datos tomados del artículo periodístico de Yasmín Salazar Méndez, titulado Las razones por las que Esmeraldas se desangra, publicado en el portal PRIMICIAS, el 9 de septiembre de 2022.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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