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Perú: mediocridad e incertidumbre, explosiva combinación.

Do IELA, 4 de Abril de 2022,
Por Nilo Meza Monge



Foto: EUROPA PRESS

El lunes 28 de marzo de 2022 el Perú ha sido testigo de la mayor demostración de mediocridad, cinismo y componenda de los últimos tiempos cuando el Congreso, pese a saber que era política y matemáticamente imposible, pretendió la vacancia del Presidente Pedro Castillo. Para todo analista y lector atento de la realidad peruana, la perorata golpista perdió realismo desde el momento que, en un marco de mediocridad y componendas bajo la mesa, el Legislativo y Ejecutivo encontraron el “mecanismo” perfecto para quedarse en el poder los 4 años más que quedan del periodo gubernamental.

El “mecanismo” no fue nada novedoso, se repitió la vieja historia de pactos infames cuando oficialismo y oposición deciden proteger sus privilegios y, de paso, convierten el Estado en botín. Mientras procesaban y daban contenido al mecanismo, se distraía a la población con fuegos artificiales que simulan la existencia de una contradicción insalvable entre el Ejecutivo y Legislativo. Esa contradicción, para todo efecto real, dejó de ser tal cuando se dieron cuenta que todos podrían perder los privilegios (sueldos dorados, bonos por cualquier cosa, viajes y reflectores de la prensa encargada de sobarles la vanidad) que hoy tienen si seguían con el juego sucio y suicida desde ambos lados.

Además, luego del giro a la derecha del régimen de Castillo, ya no había motivo para seguir acosándolo como “comunista” (que nunca lo fue) y, más bien, había que convertirlo en socio del saqueo público. No obstante y pese a la campaña mediática, quedó claro que el factor de inestabilidad e ingobernabilidad no era solo el vilipendiado profesor Castillo, sino la derecha en su conjunto que, liderada por su sector fascista, nunca aceptó su derrota en las urnas en junio 2016.
¿Lo dicho convierte a Presidente en víctima? No, para nada. Solo separa la paja del grano. Desde la campaña en la segunda vuelta, Castillo, con una vasta experiencia sindical en el magisterio, estuvo sometido a la prueba de rigor en política: la coherencia entre el discurso y los hechos. Sin bien durante la campaña mantuvo la propuesta programática que mereció el respaldo del 51% del electorado, los días previos a la asunción dio una señal inequívoca de que la coherencia referida terminaría en el basurero de Palacio de Gobierno. Era el anuncio definitivo de que el sindicalismo, y no un líder político, había ocupado Palacio de Gobierno.

Sin consulta al partido Perú Libre que lo llevó al poder, más bien en contra de él, ratificó al frente del Banco Central de Reserva (BCR), a uno de los más leales servidores del sistema financiero en el Perú y sus conexiones con el sistema financiero internacional. Era la prueba de que “no tocaría el neoliberalismo” tal como lo exigía la derecha. Era como entregar al “enemigo de clase” la herramienta más poderosa en política monetaria, vital en tiempos de neoliberalismo y, mucho más aún, en tiempos de crisis en los que todos pierden menos los bancos. El Perú estaba avisado.
Los primeros actos de gobierno, en línea con la entrega del BCR, sirvieron para “arriar banderas” que la derecha le exigía. Las banderas con las que fue elegido fueron una a una arriadas: la Nueva Constitución mediante Asamblea Constituyente, fue la primera en caer; la Reforma Tributaria redistributiva, fue la segunda; la tercera fue la revisión de los contratos-ley que convertían empresas transnacionales, tipo REPSOL, en entidades con extraterritorialidad; la masificación del uso del gas natural y no depender del petróleo importado; fue otra, y así, fueron cayendo una tras otra casi todas las banderas con las cuales pidió al voto a los peruanos que querían cambio. El señor Castillo se encargó de decirles que eso no ocurrirá en su gobierno creyendo que con eso calmaría la arremetida golpista.

Al décimo mes de gobierno, cuando los fuegos artificiales entre el Ejecutivo y el Legislativo ya cobraban visos de espectáculo circense, el 28 de marzo de 2022 se realizó el Pleno del Congreso donde “vacarían” al presidente Castillo. Tanto éste como la “oposición” y el oficialismo en el Congreso, sabían perfectamente que solo sería un ejercicio de discursos mediocres y sin sentido, condimento esencial del show destinado a ocultar el pacto infame que había alcanzado Ejecutivo y Legislativo. Los golpistas apenas lograron 55 votos de los 87 que necesitaban. Era el segundo intento frustrado de “vacar” a un presidente que, acusado de ineptitud, mostró sin proponérselo la ineptitud de la derecha que no pudo articular una estrategia para su objetivo.

Es probable que la “gobernabilidad” derivada de la acción combinada de la componenda, el cinismo y la mediocridad, procure la paz social en los términos que quería la oligarquía peruana en el siglo pasado, pero que la incertidumbre y la desconfianza, así como el descontento expresado en calles y plazas, seguirán escalando a niveles que incluyen actos de violencia como los que Huancayo y Arequipa, así como en regiones del norte, están mostrando. La paciencia tiene sus límites.

Mientras el Perú es escenario de descontento y luchas populares, las instituciones “tutelares de la democracia” como el Tribunal Constitucional y la Defensoría del Pueblo, actúan con el cinismo que provee el mercenarismo, pues no tiene otra lectura el trato preferencial y de intocables que le da a la derecha más reaccionaria y corrupta en el Perú. Quienes hoy integran esas instituciones, son leales a los fujimoristas que saquearon el país y grupos satélites que hoy dominan en el Congreso. De modo que, la liberación de Alberto Fujimori dispuesta por el Tribunal Constitucional (luego anulada por la CIDH), solo muestra un capítulo más del proceso de descomposición de esos organismos.

El Legislativo, bajo la presidencia de Maricarmen Alva, es el fiel reflejo de la mediocridad y la decadencia en la que se encuentra la clase política peruana. Motejada como la “catedral del negociado sin escrúpulos” se ha convertido en la guarida predilecta del crimen organizado que puja por tener la mayor parte del botín llamado Estado. El encargo que recibieron del pueblo es cosa del pasado. El Ejecutivo, con P. Castillo a la cabeza, o a la cola, ¿a quién importa?, desde el momento que renegó de la Asamblea Constituyente, y luego de cualquier proceso constituyente, se ha sometido a las fuerzas de derecha y su “institucionalidad democrática”. Sus promesas de cambio, son cosas del pasado. Su devenir se parece cada vez más a la historia de Ollanta Humala y Alejandro Toledo, expresidentes “izquierdistas” perseguidos por la justicia.

Como las promesas de uno y otro poder “son cosas del pasado”, lo que está vigente y con todas las garantías del caso es la consolidación de la convivencia política pactada para los siguientes 4 años, donde la “institucionalidad” y la “gobernabilidad” son resultados de negociados en una lógica que los aproxima al crimen organizado.

En ese escenario, la izquierda, desde que ganó Perú Libre las elecciones, no está dando la talla y no hay señales de que vaya a darla más adelante. Nunca como ahora la conexión con las masas es tan invisible y lejana. Esa situación hace aún más frágil la continuidad del gobierno, supuesto representante de quienes hoy se movilizan pidiendo consecuencia con sus promesas de campaña. Si todavía, en sintonía con el creciente movimiento espontáneo de las masas, es posible defender el programa con el que fue elegido P. Castillo, parecería que, por la fuerza de los acontecimientos, llegó la hora de promover la organización y la movilización de la ciudadanía. Sin ella, como se ha mostrado recientemente en Chile, Bolivia y Colombia, difícilmente el poder será ejercido por el pueblo, el soberano.

A este efecto, Francisco Sagasti, ex presidente del Perú, dice que la crisis profunda que vive el país, solo podría ser encarada con un adelanto de elecciones solicitada al Congreso con el respaldo de 75 mil firmas de la ciudadanía. De manera insospechada, casi simultáneamente, le salieron al frente Vladimir Cerrón, izquierdista, líder de Perú Libre, y Jorge Montoya, ultraderechista promotor de la vacancia, gritando a los cuatro vientos su desacuerdo con dicha propuesta. No comentaré lo que dijo el fascista Montoya, golpista confeso, pero si las razones de Cerrón publicadas en medios locales.

Cerrón dice que “Sagasti promueve el adelanto de elecciones para garantizar continuidad neoliberal? Esta propuesta, dice, lo sustentan “ONGs que lograron convertir en gobernantes a caviares… ”. Ni más ni menos. Vamos por partes.

Respecto a la continuidad liberal, Cerrón parece subestimar la inteligencia del pueblo que votó por un programa de cambios y no por un rostro. ¿Podría decirnos, con honestidad, que el régimen actual no es una continuidad neoliberal? En 10 meses ¿qué cambio estructural se ha iniciado? Ninguno. Con este gobierno no tendremos Nueva Constitución, Reforma Tributaria, Reforma de las pensiones, Gas barato, etc. No solo eso, sino que tendremos una violenta contrarreforma política y social que retrotraerá al Perú unos 20 años. Eso es continuidad y fortalecimiento del modelo neoliberal.

Respecto a los “caviares”, hay que señalar que los sectores ultraizquierdistas siempre los señalaron como responsables de los sucesivos fracasos de la izquierda, en general. Se puede ser crítico de la conducta política de esos compañeros, pero usarlos para camuflar errores propios no es de militantes izquierdistas. Ellos, los caviares, están haciendo su trabajo y seguirán con lo suyo. Lo que corresponde a la izquierda es demostrar que no se acomoda en el orden establecido por privilegios personales o de grupo, pero es capaz de ofrecer propuestas de cambio y liderar su ejecución.

Que el gobierno de Castillo se haya dejado engatusar por los caviares es, entre otros, resultado de la incapacidad de Perú Libre para defender sus fueros y derechos ganados legítimamente en las elecciones. A pesar de que no ganaron las elecciones, los denominados caviares se las arreglaron para subirse al carro ganador con los resultados que hoy tenemos. ¿Qué hacía mientras tanto Perú Libre? ¿Qué está haciendo hoy para que la derechización del gobierno sea detenida? Hasta donde se puede ver y percibir, casi nada, aunque todo indica que encontraron la forma de ser parte del mecanismo de la “gobernabilidad” aunque Cerrón lo niegue de palabra.

Si, en verdad, Cerrón cree que la propuesta de Sagasti es una invención de los caviares, ¿Cuál es la propuesta de Perú Libre para movilizar a la ciudadanía harta del Ejecutivo y Legislativo? Oponerse a un propuesta movilizadora sin proponer una alternativa, no es sino una intento de maquillar lo que realmente está ocurriendo entre el Ejecutivo y Legislativo, iniciales enemigos pero súbitamente convencidos de que su objetivo principal es quedarse los 5 años, aunque sin una sola propuesta de cambio estructural.

Precisamente, es la inmovilidad ciudadana la que podría cambiar echando a caminar la estrategia de las 75 mil firmas. Las “broncas” entre el Ejecutivo y el Legislativo, son fuegos artificiales, disparos “certeros” con balas de salva y “bombas” mediáticas destinadas a adormecer la conciencia ciudadana. Cerrón y Perú Libre deberían confiar más en la ciudadanía movilizada en lugar de ser parte, voluntaria o involuntariamente, de quienes saquean el Estado. El pueblo espera, pese a todo, alguna señal de esperanza en los cambios prometidos.

Para terminar, un hecho es seguro: con Castillo en la presidencia, la derecha tiene al personaje perfecto para desprestigiar y destruir la izquierda en el Perú. Si bien Castillo no termina de ser un líder político, su instinto de supervivencia es muy desarrollado. Luego de haber “calmado” la arremetida derechista, Castillo se da cuenta que sin el respaldo político de Cerrón a nivel público y congresal, su permanencia en la presidencia se tornaba precaria y cede ante los requerimientos de Cerrón que, poco a poco, ha logrado tener una importante incidencia en el Ejecutivo y el Legislativo. De esa manera, logra asegurar su permanencia en la presidencia, pero también asegura el desprestigio de la izquierda.

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