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Pensamiento crítico. La hora de Moscú

Do Resumen Latinoamericano, 10 abril 2022
Por Dmitry Steshin



Fue la primera vez que algo nos hizo sonreír en Mariupol. A la entrada de la ciudad, la carretera estaba bloqueada por un carro tirado por dos burros grises. Los burros con esmero presionaban la fila de la gasolina. Salté del coche con la cámara y ¿dónde van? Ya habían cogido la autopista y circulaban a través de los campos hacia Berdyansk. Es probable que a los animales no les gustaran los cañonazos que aún hacen temblar a la ciudad. La gente discutió brevemente la invasión de los burros y siguió llenando los depósitos de gasolina. Un litro cuesta 22 grivnas, lo que se corresponde más o menos a los precios rusos, 50 rublos. Llenaban todo tipo de depósitos, incluso cantimploras. Un campesino que llenaba una lechera de aluminio respondió así a mi pregunta sobre el tipo de gasolina: “Dicen que en ella aún se detecta algo de octano. El generador se queja, pero funciona. Hay fiesta en la calle, es la primera vez que llevamos gasolina. Y durará para cinco días”.

Gente amable nos explicó que el alcalde estaría en un hipermercado a la entrada de la ciudad. Habían empezado a desmantelar las banderas ucranianas. Y ya se estaba distribuyendo ayuda humanitaria en una docena de camiones a la vez, con cita. Pero había también “filas sin cita” para personas con niños. La cantina estaba trabajando. Niños llenos de polvo comían estofado sentados en el asfalto, comían y se atragantaban. Uno de los padres les dijo: “Tranquilos, no hay prisa”. Nunca lo olvidaré.

Se me acercó una mujer, que se presentó como Zinaida. Me contó que no le queda nada: su casa se ha quemado. Solo tiene la ropa que lleva puesta, el pasaporte en el bolsillo y unos pendientes de oro. En las manos llevaba escritos los números de la ayuda humanitaria. “Vivía en Nikopolskaya, edificio 5/7. Tenía soldados. El comandante murió, otros dos resultaron heridos. Vino un tanque y disparó desde 30 metros y ayer se quemó completamente. Si puedes, ayúdame a encontrar al chico herido, Sasha Nikonov, es de Crimea. Yo le cuidé. ¿Dónde puede estar?”. Extendí los brazos y le expliqué que solo cuando acabe la batalla será posible encontrarle. Ahora es imposible. Como si fuera la confirmación de mis palabras, se escuchó una voz de los altavoces: “Novikova, Valentina Ivanovna. Se le espera a la izquierda de la puerta principal”. Había miles de personas por allí solo en ese momento, es fácil perderse para siempre.

El alcalde no estaba allí y nos enviaron al Hospital Regional de Cuidados Intensivos diciendo que allí había un generador y el gobierno local se reúne allí.

Por una terrible ironía del destino, conocimos al futuro alcalde de Mariupol, Konstantin Ivaschenko, en ese mismo hospital hace dos semanas. En aquel momento, había un ala del infierno en aquel hospital: los muertos se apilaban en pasillos vacíos y la batalla rugía alrededor. La gente se agolpaba sin rumbo a la entrada del hospital a la espera de algo: comida, evacuación, noticias. Hablamos con un hombre. Le ofrecí un cigarrillo y dijo: “Sí, yo mismo estoy repartiendo cigarrillos”. Tanto entonces como ahora, en Mariupol los cigarrillos valen su peso en oro. Me sorprendió. Resulta que era el exconcejal de la Plataforma Opositora por la Vida, uno de los pocos partidos no banderistas en Ucrania (y cuyas actividades Zelensky ha suspendido recientemente) y exdirector de Azovmash. No huyó, se quedó en su ciudad. A través de conocidos (al fin y al cabo, salvo los últimos ocho años, esto ha sido una región), encontró a trabajadores humanitarios y llevaron la primera carga de ayuda humanitaria a Mariupol. Hablé de esta reunión con mis compañeros y recuerdo que las opiniones estaban divididas: hay quienes piensan que todo el que haya colaborado con los banderistas debe rendir cuentas y otros para quienes no es realista encontrar nuevos gestores y oficiales rápidamente y que los problemas tienen que solucionarse rápidamente, ahora. Parece que el gobierno de la RPD se inclina por esta segunda opinión.

La vida en el hospital ha mejorado algo. Se sigue distribuyendo agua, solo que ya no es amarillenta ni marrón sino transparente. En las escaleras de urgencias me encontré con un miliciano con heridas de metralla en la cabeza. Le ofrecí un cigarrillo y lo encendí. Lyosha, aún bajo los efectos de los calmantes, dijo: “Ya está, les expulsaron hacia la estación de tren, en pleno centro, me hirieron allí. Un bastardo nos grita por la ventana: rusos, rendíos”.

“¿Qué hicisteis?”

“Disparamos seis Shmelas porque nos enfadó”.

“¿Por qué estás vendado? ¿Te encuentras bien?”

Fue una pregunta estúpida, así que cogí a Lyosha de la mano y le llevé a que le curaran. Ya hay voluntarios en el hospital, vestidos con esos uniformes blancos “antiplagas”. Ellos se llevaron al miliciano.

No encontramos al alcalde en el hospital, ni tampoco la estación de transfusión de sangre. Las estructuras administrativas de la ciudad aún no existen. Así que fuimos en la dirección en la que Lyosha había resultado herido: el SBU, el teatro dramático.

En el puesto de control ya nos conocían e incluso tenían algo interesante preparado para nosotros: un blindado de policía con las ruedas pinchadas escondido en el garaje. Como es costumbre, nadie sabía muy bien qué había en la siguiente calle. Así que no condujimos sino que avanzamos deprisa: nuestro coche esquivaba rápidamente los cables cortados por la metralla. Un cable así puede cortar una cabeza o destruir las lunas. Casi llegábamos a la avenida Mira cuando grité “¡Para!” y me tiré del coche. El conductor solo se las arregló para decirme que no me quedara ahí. Los obstáculos que bloqueaban la calle ya eran visibles y los soldados estaban agachados detrás de ellos, bien pegados al cemento. La situación estaba clara y se podía escuchar. Pero sabía por qué había tomado ese riesgo.

Para mí, esta imagen es el segundo símbolo de esta guerra en Donbass, como Victoria Demchenko, la “Madonna de Mariupol” como la llamaba la gente. Todo estaba rugiendo, las balas silbaban y, como se dice por aquí, hay balas perdidas. Y una abuela de Mariupol estaba sentada al sol en un banco. Se estaba congelando en el sótano, así que se había puesto todo lo que tenía y había ido a su plaza favorita. Le pregunté: “Abuela, ¿está bien?” y escuché la respuesta: “Viva, viva, no me despiertes, hijo”.

A los pies de la adormecida mujer recogí un casco de Kevlar. Pasé un mes corriendo bajo el fuego con una gorra y solo ahora he conseguido tomar prestado un casco que me gustaría devolver antes o después. Resulta que el casco llevaba un nombre en las tiras y pertenecía a un miembro de Azov llamado Babai. Es bueno y muy caro, hecho en Alemania en 2014. Por desgracia, este tal Babai debía tener microcefalia y el casco me valía solo para la rodilla. O igual era un adolescente del azovjugend y de ahí el pequeño tamaño. Buena pregunta.

Una composición escultórica –“Palomas de la paz”, esos pájaros estúpidos puestos sobre ramas de hierro- ha sobrevivido milagrosamente en la plaza detrás de la abuela, aunque dañado por los Uragan. Parece una estupidez en el entorno en el que se encuentra. Hay una batalla en marcha justo detrás, en la avenida de la paz. Qué ironía.

Uno de los soldados que se escondía detrás de los bloques de cemento corrió a nosotros para hablar y a fumarse el inevitable cigarrillo. Preguntamos por qué se ha movido la línea del frente. ¿Han retrocedido los nuestros? “Al contrario, nos estamos aproximando al puerto. Hacemos lo que los nazis esperan”, explicó inhalando el humo del cigarrillo. “Por la tarde, les hacemos creer que pensamos que el barrio está limpio, ya está. Y entonces buscan a los residentes en los sótanos y les piden las llaves de los pisos y se pasan ahí el día. Eligen pisos con buenas puertas para que no las tiren. Ahí pasan el día y por la noche empiezan a salir por ahí como si fueran guerrillas urbanas. La gente local no les quería dar las llaves, así que tiraron una granada al sótano y una mujer se asfixió”.

Se nos acercó un hombre en bicicleta, había venido a ver a su hija desde otra ciudad. Los ciclistas en Mariupol son ahora como los de Hanoi en sus mejores tiempos. Por ejemplo, ir a por ayuda humanitaria a pie cuesta unas tres horas. Después de un mes sentados en sótanos, no todos pueden hacerlo. El ciclista resultó ser un ingeniero de Azovstal y confirmó que desde 2016 se ha estado llevando suministros a la fábrica. Vive cerca del zoo, donde sigue habiendo animales a los que ha escuchado sufrir durante las batallas. Ahora no hay lucha en esa zona, el frente ya está detrás de la avenida de los Metalúrgicos, a lo largo de la frontera de la fábrica. Hacia el lado contrario de Mariupol.

La zona del zoo estaba muy tranquila. Es decir, nadie es atacado y no hay llegadas. Había una mina de 120mm a la puerta, muy bien colocada. Por qué es algo que nadie sabe. El director, Savely Vashura, nos abrió la puerta: “Se me han muerto muchos animales. Todos los camellos han muerto, la hembra de leopardo, cinco avestruces. Las llamas han muerto todas. Pero los depredadores están casi todos bien”.

Preguntamos lo más lógico: “¿Necesitas ayuda con la comida?”. Entonces el director nos sorprende: no hay problema, ha llegado de Donetsk y de Rusia. Suena raro: hay hambre entre la población, pero los animales están bien. A primera vista puede parecer un sinsentido, como veinte gatos en un piso, pero al pensarlo bien llegué a la conclusión de que es piedad. Los animales no tienen culpa de nada. Cada uno de nosotros puede ser culpado de lo ocurrido. Yo, por ejemplo, escribí notas insuficientemente contundentes, no trabajé correcta e indirectamente ayudé a que llegara esta pesadilla. Solo la inocencia de los animales, y puede que la de los niños, es absoluta.

Paseamos por el zoo. Los animales o nos miraron tranquilos o, como el oso, quisieron comunicarse. El animal pegó su nariz a las barras y no quería moverse. No gruñó, no enseñó las zarpas. Le hablé, le dije que ya había pasado todo y el oso prestaba atención. He visto cosas así: fieros perros guardianes abandonados por sus dueños bajo el fuego. Esos perros rompieron las cadenas y se acercaron a la gente. Y vivieron con ellos tranquilamente.

A la vuelta, nos cruzamos con el eco de una vieja, pero ruidosa provocación. Un jeep blindado de la OSCE, abandonado y apaleado, se encontraba en la carretera. A finales de febrero, la misión de la OSCE abandonó Donetsk, lo que causó pánico en la ciudad. Resulta que volvieron a Ucrania a través de Rusia y se instalaron en Mariupol. Ahí, Azov se hizo con los coches de los europeos para sus objetivos militares. Después, los observadores huyeron también de Mariupol. O puede que tuvieran esa tarea, deshacerse de los vehículos y que cayeran en manos de Azov. En cualquier caso, los jeeps blindados no les dieron la victoria.

En el puesto de control, leí en alto una inscripción escrita con tiza: “Toque de queda a las 22:00. Hora de MOSCÚ”. Por cierto, la hora de Mariupol se convirtió en la hora de Moscú por su cuenta, al margen de la guerra. Ucrania cambió a la hora de verano y la hora de diferencia desapareció. Creo que será así para siempre.

Fuente: Slavyangrad

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