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La guerra en Ucrania: Implicaciones geopolíticas.

Do IELA, 22 de Março de 2022
Por Manuel Salgado Tamayo



La invasión militar, abierta y masiva, de Rusia a Ucrania ha dado lugar en occidente, bajo cuya influencia cultural, ideológica y política vivimos los ecuatorianos y latinoamericanos, a una guerra mediática cuyos contenidos han dado las más diversas interpretaciones al origen y el probable fin del conflicto. Solo buscando la opinión de los especialistas en el estudio de las relaciones internacionales y recordando la historia podemos encontrar algunas evidencias de que estamos ante una de las secuelas del fin de la “Guerra Fría”, ocurrida hace más de tres décadas.

El derrumbe del campo socialista

El derrumbe de los Estados socialistas de Europa Oriental era previsible desde que se gestaron las contradicciones entre Stalin y Tito en 1948, en Yugoslavia, fueron más evidentes cuando los tanques soviéticos ingresaron en Hungría en 1956 y merecieron una condena más generalizada cuando se ahogó en sangre la llamada “primavera de Praga”, en 1968, en Checoslovaquia. Más próximo al final del campo socialista se levantó el Sindicato “Solidaridad” en los astilleros de Polonia en 1980. Pero las élites rusas se quedaron estupefactas cuando la poderosa Unión Soviética implosionó en 1991 y sus repúblicas [1] hermanas proclamaron su derecho a la autodeterminación. El Imperio ruso que se había mantenido desde el siglo XVIII como la mayor potencia territorial del mundo y que había sido capaz de soportar los trágicos acontecimientos del siglo XX (la primera y la segunda guerra mundial, el cerco capitalista y la guerra civil de 1918 a 1921, la colectivización forzosa de la agricultura y el terror y las purgas de los años 30, los impactos económicos de la carrera armamentista y espacial, la debilitadora guerra en Afganistán) se derrumbó, al decir de Fidel Castro, como un castillo de arena en la última década del siglo XX.

La problemática pérdida de Ucrania

Como lo señaló el norteamericano Zbigniew Brzezinski: “Lo más problemático de todo fue la pérdida de Ucrania. La aparición de un Estado ucraniano independiente no solo obligó a todos los rusos a replantearse la naturaleza de su propia identidad política y étnica, sino que representó un revés geopolítico vital para el Estado ruso.” La emergencia de un movimiento nacionalista que repudiaba a un Imperio que había durado casi tres siglos, la pérdida 52 millones de personas, en su gran mayoría eslavas, ruso parlantes y ortodoxas que se alejaban de su matriz histórica, a lo que hay que sumar la pérdida de una economía industrial, agrícola y minera potencialmente muy rica; la pérdida de su puerto de acceso al mar Negro, Odesa, que le permitía vincularse con las economías del Mediterráneo y otras regiones del mundo. Todos esos factores dejaban a Rusia solitaria y enredada “en interminables conflictos con los pueblos no eslavos”, cuya advertencia fue la guerra con Chechenia.

La potencia unipolar

Los dirigentes políticos de la potencia victoriosa en la “Guerra Fría”, los Estados Unidos de América, coincidieron en la lectura optimista de Francis Fukuyama: Se iniciaba una nueva época de paz, democracia y progreso encabezada por la gran potencia americana. El presidente George Bush, padre, proclamó su esperanza de un nuevo orden mundial wilsoniano:

“Tenemos la visión de una nueva asociación de naciones que trasciende la Guerra Fría. Una asociación basada en la consulta, la cooperación y la acción colectiva, especialmente por medio de organizaciones internacionales y regionales. Una asociación unida por el principio y por el imperio del derecho y apoyada por un reparto equitativo de los costos y los compromisos. Una asociación cuyas metas sean intensificar la democracia, aumentar la prosperidad, robustecer la paz y reducir las armas”.

Pero, como lo recuerda Kissinger: “En el mundo posterior a la Guerra Fría, los Estados Unidos son la única superpotencia que queda con la capacidad de intervenir en cualquier parte del mundo. Y sin embargo, el poder se ha vuelto más difuso y han disminuido las cuestiones a las que pueda aplicarse la fuerza militar”. [2]

Y en esas condiciones la superpotencia única, los Estados Unidos de América, repitió el discurso idealista, pero no renunció a sus viejas prácticas expansionistas, ni se desmontaron los pactos político - militares que se habían construido durante la Guerra Fría. En Europa se mantuvo intacta la OTAN que aprovechó la desintegración del campo socialista y la URSS para incorporar al pacto militar a varios de esos países: Albania, Bulgaria, Croacia, Eslovaquia, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Macedonia del Norte, Montenegro, Polonia, República Checa, Rumanía.

El Estado multinacional ruso se desploma

La URSS se desmembró en 15 nuevos estados nacionales, pero Rusia logró mantenerse como el Estado territorial más grande del mundo y conservar algunos de los elementos que habían forjado el poderoso estado soviético. Las potencias occidentales se comprometieron con Gorbachov en 1990 a respetar las zonas de influencia rusa pero, en los hechos, violentaron esos compromisos y Rusia ha terminado, desde el punto vista geopolítico, rodeada en su parte europea por un conjunto de Estados que son miembros de la OTAN. Uno de los pocos Estados que todavía no ingresa a la OTAN es Ucrania, república de compleja historia cuyos dirigentes actuales han expresado su deseo de incorporarse a la OTAN, agravando un conflicto que se había iniciado en el 2014. El teórico de la contención George Kennan había advertido que: “La ampliación de la OTAN sería el más fatal error de la política estadounidense desde el final de la Guerra Fría. Agregando que: Es previsible que está decisión despierte las corrientes nacionalistas, antioccidentales y militaristas de la opinión pública rusa, que reavive una atmósfera de Guerra Fría en las relaciones Este – Oeste y que enrumbe la política exterior rusa en una dirección que ciertamente no será la que deseamos”. [3]

Henry Kissinger, en su libro “La Diplomacia”, escrito en los años 90, constata que el vasto imperio ruso formado en el curso de dos siglos se encuentra en estado de desintegración”. Pero el teórico realista anota también que: “los grupos gobernantes rusos han concebido tradicionalmente su Estado convencidos de su misión “civilizadora”. La abrumadora mayoría de las figuras rusas importantes – cualquiera que sea su persuasión política – se niega aceptar el desplome del imperio soviético o la legitimidad de los Estados sucesores, especialmente el de Ucrania, cuna de la ortodoxia rusa. Hasta Aleksandr Solzhenitsyn cuando escribió acerca de liberar a Rusia de la maldición de unos renuentes súbditos extranjeros, pidió que Moscú retuviera su núcleo formado por Ucrania, Bielorrusia y cerca de la mitad de Kazakstán, casi el 90% del antiguo imperio”. [4]

En el campo diplomático Bush lamentó la desintegración de la URSS de Gorbachov, y Bill Clinton aceptó los esfuerzos hechos para restaurar la antigua esfera de influencia rusa. Pero su política internacional real ha marchado por el sendero de la subordinación total de las nuevas élites de Europa Oriental a los intereses del hipercapitalismo financiero y transnacional de Occidente hegemonizado por los Estados Unidos de América. Es bueno recordar que: “La política exterior (y la democracia) de Estados Unidos está dominada por tres oligarquías (no sólo hay oligarcas en Rusia y Ucrania): el complejo militar – industrial; el complejo gasífero, petrolero y minero; y el complejo bancario – inmobiliario… El objetivo de estos complejos es mantener el mundo en guerra y crear la mayor dependencia de los suministros de armas estadounidenses”. [5] En Rusia y Ucrania, los países más grandes de Europa Oriental se configuran desde entonces Estados capitalistas oligárquicos y predatorios que bajo las orientaciones del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial conducen a un desastre económico y social que se prolonga en casi toda la región en la década de los noventa del siglo pasado.

Vladimir Putin

En esas condiciones emerge en Rusia, desde el año 2.000 la figura de un exagente de la KGB, Vladimir Putin, que se convierte en dirigente político capaz de lograr la recuperación económica de su País y diseñar una estrategia global que busca devolver a Rusia la grandeza y el prestigio perdidos, respondiendo al interés histórico de sus élites. Por ahora los objetivos de la invasión militar, abierta y masiva, iniciada el 24 de febrero de este año, se concentran en consolidar la soberanía rusa sobre Crimea y sobre una buena parte de la zona occidental de Ucrania en las llamadas “repúblicas populares” y en impedir que Ucrania sea miembro de la OTAN.

Hay que señalar que los objetivos estratégicos de Putin se plantean en un momento de reconfiguración del orden mundial en el que los Estados Unidos de América ya no es la única superpotencia, por la poderosa emergencia de China y la India en el Asia y por la recomposición del poder militar y económico de Rusia que es la principal fuente energética de Europa Occidental y que ha suscrito acuerdos de cooperación con China y la India.

La Ucrania actual no es la histórica

El general español Martín Bello Crespo, especialista en geopolítica, sostiene que la Ucrania actual no es la histórica, sino el resultado de un largo proceso en el que actuaron los zares Pedro el Grande y Catalina, los dirigentes revolucionarios Lenín, Stalin y Nikita Jrushchov en las siete décadas soviéticas, por ello señala que sería mejor decir que Ucrania es la herencia dejada por la URSS y precisar que los rebeldes pro rusos son en realidad rusos, parte de los 25 millones de rusos que se quedaron fuera de su Patria cuando se desintegró la Unión Soviética. [6]

Rusia y Ucrania tienen una historia común de varios siglos, por ello el ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, en un artículo escrito en el 2014, sostiene que: “Occidente debe entender que, para Rusia, Ucrania nunca puede ser simplemente un país extranjero. La historia rusa comenzó en lo que se llamó el Kievan-Rus. La religión rusa se extendió desde allí. Ucrania ha sido parte de Rusia siglos y sus historias estaban entrelazadas antes de esa fecha. Algunas de las batallas más importantes por la libertad rusa, comenzando por la batalla de Poltava en 1709, se libraron en suelo ucraniano. La Flota del Mar Negro, el medio de Rusia para proyectar poder en el Mediterráneo, tiene su base de arrendamiento a largo plazo en Sebastopol, en Crimea. Incluso disidentes tan famosos como Aleksandr Solzhenitsyn y Joseph Brodsky insistieron en que Ucrania era una parte integral la historia rusa y, de hecho, de Rusia”. [7]

Kiev es conocida como la madre de todas las ciudades rusas

Kiev, capital de Ucrania, se la conoce como “la madre de todas las ciudades rusas”. En la Edad Media, la ciudad se desarrolló como capital de un poderoso Estado llamado Kiev – Rus que se extendía desde el Báltico y Corelia en el norte, hasta el mar Negro en sur, y desde el río Volga, en el este, hasta Polonia y Hungría en el oeste. Este Estado fue destruido por los mongoles en 1240. [8] Pero los ucranianos “orgullosos del pasado glorioso de Kiev, se llamaban a sí mismos rusos, que ha iglesia romana tradujo por rutenos.” La región fue objeto de interminables disputas con sus vecinos, de hecho, estuvo un largo tiempo bajo el dominio polaco. En 1648 los cosacos del Pnieper se levantaron contra el dominio polaco y Rusia los apoyó. En 1667 Polonia cedió la parte oriental de Ucrania a Rusia, que se apoderó también del resto en la segunda partición de Polonia (1793). Crimea que había formado parte del Imperio Otomano desde 1475 es absorbida por Rusia en 1783. En el siglo XVIII Pedro el Grande tomó posesión de la región y Catalina II prohibió la lengua ucraniana y destituyó al último hetmán, como se llamaban los jefes ucranianos.

Ucrania en la Revolución de Octubre

Ya en el siglo XX, en junio de 1905 se produce la rebelión de los marineros del Acorazado de Potemkin, en el puerto de Odesa, inmortalizada por el cineasta Sergei Eisestein, que da inicio de la primera revolución contra los zares. Durante la primera guerra mundial y la revolución rusa la “Sociedad de los progresistas” convocó en Kiev una reunión que proclamó “la república democrática ucraniana independiente” en noviembre de 1917. Los bolcheviques por su parte crearon un gobierno rojo en Jarkov en diciembre de 1917. Pero estos movimientos fueron derrotados en la guerra civil. En 1918 León Trotsky firma el Tratado Brest-Litovsk por el que cede a Alemania: Finlandia, Polonia, Estonia, Livonia, Curlandia, Lituania, Ucrania y Besaravia. La parte orientan se incorporó a la URSS en 1922 bajo las concepciones de Vladimir Lenin.

Durante la dictadura de Stalin se detuvo la ucranización y se persiguió a los dirigentes sospechosos de nacionalismo burgués. La parte occidental se incorpora en 1939 como resultado de los acuerdos Ribbentrov -Molotov entre la URSS y Alemania en que se reparten el territorio de Polonia y parte de Ucrania En la II Guerra Mundial Ucrania es destruida por los nazis, aunque un sector de la clase dominante colabora con los alemanes y participa en el genocidio contra los judíos y los comunistas. [9] En ese período se gestan grupos nacionalistas pronazis cuya ideología reaparece cuando se desintegra la Unión Soviética. Como resultado de la guerra y de la victoria de la Unión Soviética se le añadieron a Ucrania varios territorios: Bucovina del norte, alguna parte de Besaravia y Rutenia. Crimea, cuya población mayoritaria es rusa, se integra a Ucrania en 1954 cuando el ucraniano Nikita Jrushchov, presidente del Consejo de ministros de la URSS, dona ese territorio a Ucrania como parte del tricentenario de los acuerdos rusos con los cosacos. El Oriente de Ucrania es ortodoxo y habla ruso. El occidente católico y habla ucraniano. [10]

Los datos históricos anteriores permiten entender por qué Moscú considera a Ucrania como parte de su identidad y de su espacio de influencia y también por qué asume la defensa de la población rusa que vive en Crimea y en la región de las “republicas populares” de Donetsk y Lugansk.

La escalada de la guerra actual

El 29 de noviembre del 2013 el presidente de Ucrania Victor Yanukóvich suspendió la firma de un acuerdo de asociación con la Unión Europea, la decisión genera protestas, inicialmente pacíficas, de sectores sociales nacionalistas que son partidarios de la unión con Europa. Las manifestaciones se vuelven cada vez más violentas con la participación de sectores radicales que han sido reclutados por las potencias de occidente. En febrero del 2014 un golpe de Estado obliga al presidente Yanukóvich a refugiarse en Rusia. Investigaciones posteriores y la filtración de documentos de la CIA han demostrado que las potencias occidentales, con los Estados Unidos a la cabeza, desempeñaron un papel decisivo en el financiamiento y gestación del Euromaidan, como se conoce a este amplio proceso conspirativo. Los sectores partidarios del mantenimiento de la histórica vinculación con Rusia, el 16 de marzo del año 2014, organizan un referéndum en Crimea que ganan con el 97% de los votos, Rusia, en acatamiento de la voluntad popular, toma posesión de Crimea. En mayo del mismo año grupos pro rusos, en el sudeste de Ucrania, donde el 45% de la población es de origen ruso y el 75% de la población habla ruso, se proclamaron las “repúblicas populares” en Donetsk y Lugansk.

Se inicia entonces una larga y violenta guerra civil que se ha prolongado hasta la actualidad. El 5 de septiembre del 2015 se firman los acuerdos de Minks de alto al fuego. El 10 de diciembre del 2019 el actual presidente de Ucrania Volodimir Zelensky y Vladimir Putin firman los acuerdos de Paris sobre el proceso de paz. El 3 de febrero del 2022 los Estados Unidos de América y la OTAN rechazan firmar un Tratado de Seguridad en Europa con Rusia que cierre la puerta al ingreso de Ucrania en la OTAN. El 21 de febrero Putin firma los acuerdos de reconocimiento a las “repúblicas populares” de Donetsk y Lugansk y el 24 de febrero Putin da inicio a la llamada “Operación militar especial”, es decir, a la invasión militar de Ucrania como mecanismo de presión para demandar tres puntos: Uno, el reconocimiento de la soberanía de Rusia sobre Crimea; dos, la independencia de las “repúblicas populares” y tres, el compromiso constitucional de Ucrania de mantener una política internacional de neutralidad.

La guerra ha sido siempre un azote para la humanidad

La guerra siempre ha sido aborrecida como un azote pero, paradójicamente, desde el siglo pasado ha sido el principal instrumento utilizado en las disputas del poder mundial. Desde el fin de la guerra fría en los años 90, la que se creía la potencia unipolar ha desatado varias guerras y agresiones: en el Golfo Pérsico en 1990 – 91; en Irak entre el 2003 y el 2011; en Afganistán, entre el 2001 y el 2021; en Siria desde el 2017; en Yemen, en Somalia, en Libia, en Níger. La opinión civilizada de los pueblos condenó esos hechos, pero los gobernantes de occidente mantuvieron un silencio parecido a la complicidad.

La invasión militar abierta ordenada por Putin a Ucrania ha causado una simultánea guerra informativa que ha deformado por completo la naturaleza y origen del conflicto. La Asamblea General de las Naciones Unidas con el apoyo de 141 votos afirmativos ha “deplorado” la agresión rusa y “demanda” que Moscú ponga fin y retire inmediatamente y sin condiciones sus tropas. Pero la resolución no tiene un carácter vinculante y Rusia tiene el poder de veto en el Consejo de Seguridad. Estados Unidos y la OTAN han señalado que no intervendrán militarmente en la zona, porque son conscientes de que al hacerlo podría desatar una guerra mundial. Rusia y Ucrania han retomado el camino de las negociaciones pero excepto el acuerdo de abrir “corredores humanitarios” en las zonas de guerra, hasta el momento en que se escribe este resumen, no existen evidencias de que se busque el alto al fuego y las sanciones económicas de Occidente contra Rusia y la ayuda de 13.600 millones de dólares a Ucrania aprobada por el Congreso de los Estados Unidos parecen indicios de que, por ahora, la vía militar decidirá cuándo y cómo se producirá el fin de esta guerra asimétrica que ya ha durado 8 años con un doloroso saldo de víctimas humanas en ambos bandos y una considerable destrucción material.

Las grandes potencias saben que en las guerras asimétricas cuando se enfrentan con pueblos decididos a cambiar su historia no es posible la victoria. Estados Unidos ha perdido todas las guerras iniciadas desde el fin de la guerra fría y los rusos deben recordar que uno de los factores que aceleró el final de la Unión Soviética fue su fracasada guerra en Afganistán. Pero en Ucrania hay un bando que se identifica con Rusia y otro que esgrime un nacionalismo extremo, de carácter neofascista, sometido a los intereses de los Estados Unidos y la OTAN. La guerra incluye en occidente una batalla informativa sin precedentes, no exenta de racismo y xenofobia, contra los rusos. Las sanciones económicas de occidente buscan hacer daño a la retaguardia rusa, pero han creado un panorama complejo en Europa Occidental que tiene una enorme dependencia energética de Rusia y que viene de una larga crisis sistémica, agravada por la pandemia global. Lo cierto es que estamos ante una guerra que forma parte del reacomodo e implementación del nuevo orden mundial en el que, por ahora, parece configurarse un orden multipolar, cuyas mayores ventajas están en el sudeste asiático y China.

Notas

1 Zbigniew Brzezinski, El gran tablero mundial. La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos, (Barcelona, Editorial Paidós, 1998) 99.
2 Henry Kissinger, La diplomacia, (México, Fondo de Cultura Económica, Tercera reimpresión, 1996) 801-802.
3 George Kennan, “A fateful error”, The New York Times, 5 de febrero de 1997.
4 Kissinger, La Diplomacia, p.p. 812-813.
5 Boaventura de Sousa Santos, Por una autocrítica de Europa, 10 de marzo del 2022. https://rebelión.org/
6 Visión geopolítica: Ucrania: guerra en Europa. https://www.youtu.be/Tm2wts/539M
7 Henry Kissinger, Cómo terminar la crisis de Ucrania, publicado por la Federación de Periodistas del Perú, el 24 de febrero del 2022.
8 Universidad de Londres, Geografía Universal, Tomo 11, (Barcelona, Ediciones Nauta, 1982)91.
9 Ver documental “Ucrania en llamas” de Oliver Stone.
10 La Gran Enciclopedia Larousse, Tomo Décimo, (Barcelona, Editorial Planeta S.A., Reimpresión abril de 1980) 473-474.

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