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Hay muchas trampas en el mundo y hay que romperlas

Las fuerzas armadas de Brasil están más orientadas a la represión interna que a la defensa en las fronteras del país



Do Rebelión, 26 de Março 2022
Por Vijay Prashad: Instituto Tricontinental de Investigación Social


El 31 de marzo de 1964, los militares brasileños iniciaron un golpe de Estado contra el gobierno progresista del presidente João Goulart, elegido democráticamente.

Al día siguiente, Goulart fue derrocado y, diez días después, los 295 miembros del Congreso Nacional entregaron el Estado al general Castello Branco y a una junta militar. Los militares gobernaron Brasil durante los siguientes veintiún años.

El Ejército brasileño es una institución con profundas raíces en la sociedad y constituye la segunda fuerza militar más grande de América, después de la de Estados Unidos. El golpe de 1964 no fue la primera vez que los militares salieron de los cuarteles y tomaron el poder del Estado. Además de su papel en el derrocamiento del Imperio brasileño (1822-1889), los militares entraron para destituir al presidente Washington Luís en la Revolución de 1930, sustituyéndolo por Getúlio Vargas, y luego intervinieron en 1945 para acabar con el Estado Novo de Vargas, también conocido como la Tercera República brasileña. Los nueve presidentes que siguieron en la era civil de Brasil incluyeron a un general, Eurico Gaspar Dutra (1946-1951), y el regreso de Vargas, hombres vestidos de civil que defendieron los intereses de las élites y sus aliados cercanos en Estados Unidos. Goulart intentó romper parte del viejo pacto, impulsando un programa socialdemócrata en beneficio de las masas brasileñas. Esto irritó al gobierno estadounidense, que consideró que Goulart entregaría a Brasil al comunismo.



Si se revisan los archivos de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos se puede comprobar su profunda implicación en el golpe de 1964. Menos de un año después de que Goulart asumiera el cargo en septiembre de 1961, el presidente estadounidense John F. Kennedy se reunió con su asesor Richard Goodwin y el embajador de Estados Unidos en Brasil, Lincoln Gordon, en julio de 1962 para discutir sus preocupaciones sobre el presidente brasileño. Gordon dijo a Kennedy y a Goodwin que Goulart estaba tratando de transformar el Ejército, habiendo sustituido a varios comandantes militares y amenazando con sustituir a otros. “El alcance de esos cambios depende un poco de la resistencia de los militares. Creo que uno de nuestros trabajos más importantes es reforzar la columna vertebral del Ejército. Dejar claro, discretamente, que no somos necesariamente hostiles a cualquier tipo de acción militar”. ¿Por qué debería actuar Estados Unidos contra Goulart? “Está regalando el maldito país a los…”, empezó a decir Gordon, cuando Kennedy le interrumpió: “comunistas”. “Puedo ver que los militares son muy amigables con nosotros, muy anticomunistas, muy sospechosos de Goulart”, dijo el embajador Gordon. El golpe formaba parte de lo que el gobierno estadounidense llamaba Operación Hermano Sam, para asegurarse de que Brasil se mantuviera dócil a los objetivos de las empresas multinacionales.

Estados Unidos entregó ayuda al Ejército brasileño, junto con el claro mensaje de que Washington apoyaría un golpe militar. Cuando los militares brasileños salieron de sus cuarteles el 31 de marzo, un telegrama de la embajada de Estados Unidos en Río de Janeiro alertó a la marina estadounidense para que estacionara una flotilla de buques de guerra frente a la costa brasileña. Documentos desclasificados nos muestran ahora que en la ejecución del golpe había una coordinación minuto a minuto entre el presidente estadounidense Lyndon B. Johnson, la CIA y los militares brasileños.



Los generales del Ejército que gobernaron Brasil durante los veintiún años siguientes extrajeron su «geoestrategia» de la Escuela Superior de Guerra (ESG), una perspectiva basada en la idea de que Estados Unidos y Brasil controlarían conjuntamente las Américas. Los generales abrieron las puertas de la economía brasileña, acogiendo a bancos y empresas mineras norteamericanas para que invirtieran y repatriaran sus beneficios (en 1978, el 20% de los beneficios de Citicorp procedían de Brasil, más de lo que ganaba en Estados Unidos). Las concesiones a las empresas multinacionales estructuraron el gobierno de los generales, con unos salarios que se mantuvieron por debajo del crecimiento de la productividad laboral y una inflación que pasó del 30% (1975) al 109% (1980). En 1980, Brasil tenía el nivel de deuda más alto (55.000 millones de dólares) del Sur Global; el presidente João Figueiredo (1979-1985) dijo que «no quedaba nada para el desarrollo».

Las luchas masivas de las y los trabajadores, estudiantes, comunidades indígenas, comunidades religiosas y otros sectores de la población presionaron al decadente régimen militar para que entregara la autoridad gubernamental en 1985. Sin embargo, la transición fue cuidadosamente gestionada por los militares, que se aseguraron de no ver ningún desgaste significativo en su poder. El movimiento democrático se enfrentó a las rigideces de la estructura de clase brasileña, reforzada por los militares, y obtuvo importantes logros, encabezados por el Partido de los Trabajadores (1980), el Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra – MST (1984), y otros. El punto álgido de este movimiento democrático en el ámbito electoral fueron las presidencias del Partido de los Trabajadores de Lula da Silva y Dilma Rousseff entre 2003 y 2016. Durante este período, el Estado impulsó un programa masivo de redistribución de la riqueza centrado en la erradicación del hambre y la pobreza absoluta (a través del programa de subsidios familiares Bolsa Família); la mejora de los programas de seguridad social; el aumento del salario mínimo; la revitalización del sistema de salud; y la democratización de la educación superior. Todos estos avances comenzaron a erosionarse con el golpe de Estado contra Dilma en 2016, apoyado por Estados Unidos.

En el Instituto Tricontinental de Investigación Social, nuestros investigadores e investigadoras han estado examinando cuidadosamente el papel de los militares brasileños en el período posterior a 2016 y, en particular, durante la presidencia de Jair Bolsonaro. Bolsonaro no solo ha glorificado la dictadura militar (1964-1985), sino que en la práctica ha construido un «Partido Militar» para gobernar el país. Nuestra última publicación, La cuestión militar en Brasil: el retorno del protagonismo de los militares en la política (Dossier nº 50, marzo de 2022), analiza de cerca la militarización de la política y la sociedad brasileñas. El argumento clave de este dossier es que el Ejército de Brasil ha crecido, no para enfrentarse a ninguna amenaza externa, sino para profundizar el control de la oligarquía brasileña —y sus aliados multinacionales— sobre la sociedad. Las fuerzas armadas utilizan habitualmente la violencia contra los «enemigos internos», grupos que están profundamente comprometidos con la democratización de la sociedad, la economía y el Ejército de Brasil.

El golpe de Estado contra Dilma y el lawfare (‘guerra judicial’) contra Lula son parte del desgaste gradual de la democracia en Brasil y del desplazamiento hacia la militarización. Dentro de unos meses, Brasil se enfrentará a unas importantes elecciones presidenciales. Las encuestas actuales muestran que Lula (40%) está por delante de Bolsonaro (30%), con el viento a favor de Lula. Nuestro dossier intenta comprender el terreno social que subyace a los debates políticos que tienen lugar actualmente en el país; es una invitación al diálogo sobre el papel de los militares en la vida pública, tanto dentro de Brasil como a nivel mundial.

El arte del dossier y de este boletín recoge el argumento de que las fuerzas armadas de Brasil están más orientadas a la represión interna que a la defensa en las fronteras del país. Por eso las imágenes evocan a las personas valientes que han luchado por democratizar su país y se han enfrentado a la ira de los militares.

Antes de poder regresar a Brasil desde su exilio en Argentina, Goulart murió en 1976. Más tarde, altos funcionarios de Brasil dijeron que Goulart había sido asesinado como parte de la Operación Cóndor del gobierno estadounidense. Desde nuestra oficina en Buenos Aires, en colaboración con la Editorial Batalla de Ideas, llega una nueva publicación, El nuevo Plan Cóndor: Geopolítica e imperialismo en América Latina y el Caribe, una colección de artículos sobre las últimas manifestaciones de la Operación Cóndor en América Latina y el Caribe.



Nuestro dossier cierra con el siguiente párrafo:

Finalmente, la tercera tarea es con la memoria, pues sin ajustar cuentas con el pasado esclavista y dictatorial no es posible construir un futuro democrático en el que las Fuerzas Armadas estén plenamente subordinadas a la soberanía popular y a sus instituciones, así como destinadas exclusivamente a la defensa exterior y no más contra su propio pueblo. Esto pasa por rediscutir los crímenes cometidos durante la dictadura de 1964, pero por sobre todo rediscutir el legado autoritario en las estructuras del Estado nacional y en la cultura política que siguió presente incluso con el final del régimen de los generales. La resignificación de los símbolos patrios, como la bandera brasileña, debe formar parte de este proceso. En última instancia, debemos también cuestionar la idea de que la preparación para la guerra es necesaria para construir la paz. Al contrario: construir la paz pasa por priorizar un programa centrado en el bienestar de la humanidad y del planeta, eliminar el hambre, garantizar vivienda segura, salud de calidad para todos y todas y defender el derecho a una calidad de vida digna. Si usted quiere la paz, debe prepararse para la guerra, dicen. En realidad, si usted quiere la paz, debe prepararse, educar y dedicarse a su construcción.

Estas palabras nos recuerdan las de escritores como el poeta comunista Ferreira Gullar (1930-2016), cuya poesía sueña con un Brasil socialista. En su obra No mundo há muitas armadilhas (‘En el mundo hay muchas trampas’), publicada en 1975, Gullar escribe:

En el mundo hay muchas trampas
y lo que es una trampa puede ser un refugio
y lo que es un refugio puede ser una trampa
[…]
La estrella miente
los sofismos del mar. De hecho,
el hombre está atado a la vida y debe vivir
el hombre tiene hambre
y debe comer
el hombre tiene hijos
y debe criarlos
Hay muchas trampas en el mundo y hay que romperlas.

Fuente: https://thetricontinental.org/es/newsletterissue/militarizacion-brasil/

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