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"Yo creo que es posible que llegue otro grave accidente nuclear".

Entrevista a Joan Martínez-Alier




Do Sin Permiso, 16 de Janeiro 2022
Entrevista com Joan Martínez Alier 


Joan Martínez-Alier, del Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales de la Universidad Autónoma de Barcelona (ICTA-UAB), es un referente internacional de la economía ecológica y la ecología política. Fue galardonado con el prestigioso Premio Balzan 2020 por 'la excepcional calidad de sus contribuciones a la fundación de la economía ecológica'. Fue entrevistado por Xavier Montanyà el 27 de septiembre de 2020 para el diario VilaWeb.

En el mes de mayo 2020, publicamos en Vila-Web una extensa entrevista con Martínez-Alier que continuamos ahora. En aquella conversación una frase suya quedó en el aire como una advertencia de futuro: 'Me parece que puede haber algún accidente nuclear grave pronto, en centrales viejas; en eso soy pesimista o realista. A pesar de Fukushima y la serie televisiva sobre Chernóbil, el público no se lo
espera.'


¿Qué alarmas o indicios hay sobre centrales nucleares con riesgo de accidente grave y qué países corren este peligro?

—Normalmente, donde hay más centrales nucleares es más probable que haya el gran cuarto accidente, después de Three Mile Island en los Estados Unidos en 1979, Chernóbil en la antigua Unión Soviética en 1986 –y que ayudó mucho a la disgregación de ese estado– y Fukushima en Japón en 2011. Yo creo que se producirá algún accidente más de este tipo, ¿en Francia quizás? A medida que las centrales nucleares se hacen más viejas, hay que pensar que la probabilidad aumenta. Un accidente en Francia, o alguna de las centrales cercanas a Bruselas, sería un susto considerable. A los europeos, la sonrisa en los labios se les helaría. También son alarmantes algunas de las centrales que reciclan plutonio como es Kalpakkam en Tamil Nadu, en la India. En Europa no hay ninguna porque los movimientos antinucleares hicieron cerrar Creys-Malville, cerca de la frontera de Suiza.

—Ha habido los accidentes de Three Mile Island, Chernóbil, Fukushima, se cerró Vandellós I por un accidente grave en el que por poco ocurre en una catástrofe, Vandellós II se prorroga tras varias deficiencias... ¿Cataluña y el estado español están preparados para afrontar un accidente nuclear?

—En los Países Catalanes está Vandellós II, que entiendo que está herrumbrosa y es candidata a un accidente; también hay Ascó 1 y Ascó 2 en La Ribera d'Ebre; y Cofrents en el País Valenciano. Obviamente ninguna administración está preparada para afrontar un accidente nuclear grave, que esparza radiactividad, y haya que evacuar a la población muchos meses y años, en un radio de veinte o treinta kilómetros.

¿Qué efecto han tenido sobre las medidas de seguridad y de prevención los graves accidentes que ya han sucedido en el mundo?

—Hay más inspecciones y seguridad. Especialmente, ver de cerca los accidentes ha hecho que se detenga la industria nuclear en algunos países como Alemania y Japón. En Estados Unidos casi no se han construido centrales nucleares desde Three Mile Island en 1979, y se han cerrado algunas viejas. En California me parece que no queda ninguno en funcionamiento. Continúa el problema de qué hacer con los desechos: por ejemplo el depósito nuclear de Yucca Mountain en Nevada, en los EE. UU., no se ha puesto en marcha, y en Francia hay protestas en Bure contra un depósito parecido.

¿Y en la concienciación de la gente y los movimientos antinucleares?

—Ha subido mucho en algunos países la concienciación de la gente. Pero en lugares donde el patriotismo bélico o el orgullo tecnológico es fuerte –como en la India y en Francia donde los partidos comunistas han sido pro-nucleares, como pasó también en el estado español y en Cataluña hasta muy avanzados en los años 1980– es más difícil una confluencia ecologista con la izquierda política.

¿Quién está detrás, en origen, y quién se beneficia del negocio de la industria nuclear y la sigue manteniendo a pesar de las catástrofes, hoy, todavía, en todo el mundo?

—La industria nuclear de electricidad está ligada de buen comienzo al ámbito militar. Las primeras centrales Magnox en Inglaterra hacían electricidad pero también exportaban residuos de plutonio a los EEUU para hacer bombas, esto en los años cincuenta del siglo pasado. La central de Vandellós I –la que cerró en 1989– exportaba residuos a Francia para la industria militar, quizás precisamente para las bombas que se hacían explotar en Mururoa, aunque de eso no tengo pruebas. Además, hay otro factor: el aumento del uso de energía cuando hay crecimiento económico. Muy pronto –ya en los años veinte– se empezó a soñar una sustitución del carbón y el petróleo por energía nuclear. Estos sueños nunca han llegado a nada.

—En 2017 el Parlamento de Cataluña aprobó una ley para cobrar más tasas de las nucleares a pesar de sus peligros y, al mismo tiempo, evitaba debatir su cierre. El Tribunal Constitucional español la tumbó. Todavía está en litigio. ¿Mantener activas las nucleares es un negocio político, gobierne el PP, el PSOE o JxCat y ERC?

—Como las centrales nucleares en Cataluña y en el País Valenciano son antiguas, dan mucho dinero, su capital está amortizado. Esto también pasa en Francia y en España, en Almaraz, cerca de la frontera portuguesa, donde hay un movimiento 'ibérico' por su cierre, por ambos lados. Este tipo de movimientos ibéricos, me agradan mucho. Los impuestos sobre energía nuclear y también sobre carbón, petróleo y gas –las centrales eléctricas de gas importado de África que llamamos 'ciclos combinados'– me parecen muy bien, porque hacen relativamente más barata la electricidad alternativa. Y, además, quizás estos impuestos pueden dedicarse un poco a la salud pública y a algunas otras cosas necesarias.

—Hagamos un poco de historia: en el año 1979 se produjo el accidente grave de las centrales de Three Mile Island, en Pennsylvania, un modelo como los de Ascó y Vandellós II. A partir de aquel accidente, ¿hubo posibilidades reales de detener a las centrales catalanas?

—Recuerdo que a raíz del accidente de Three Mile Island, Tarradellas, que justo había vuelto, envió a los Estados Unidos en visita de inspección el físico Antoni Lloret, que había trabajado en la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN), en Ginebra. Nos conocemos de hace años. Es un gran experto también en energía fotovoltaica. Los primeros antinucleares en Cataluña salieron de Ascó, eran Joan Carranza, el párroco Redorat y más gente del pueblo y de la comarca de la Ribera d'Ebre, y también en la costa, en L'Ametlla, donde unas mujeres muy firmes querían detener las centrales nucleares. Uno de los principales impulsores de la energía nuclear aquellos años en Cataluña fue el ingeniero Pere Duran Farell. En la oposición había además algunos científicos y periodistas, Santiago Vilanova, Pep Puig –ingeniero y gran experto en sistemas energéticos–, Antoni Lloret, el periodista Jordi Bigues, y también algunos miembros o ex miembros del PSUC, seguidores de Manuel Sacristán.

¿Cómo pensaban los partidos catalanes y el gobierno de la Generalitat de Josep Tarradellas?

—El PSUC en conjunto fue pro-nuclear hasta que las centrales de Vandellós o Ascó entraron en funcionamiento. En la época, el PSUC tenía suficiente gente y fuerza política para detener las centrales nucleares en Cataluña, pero ellos eran pro-nucleares –como los comunistas en Francia. El partido de Jordi Pujol, no digamos, era tanto o más pro-nuclear incluso que el diario La Vanguardia, que se reía de los antinucleares. En 1979, Tarradellas quizás había visto en Francia la primera oleada de oposición cívica antinuclear – contra la central bretona de Plougoñ (Plogoff, en francés), que François Mitterrand tuvo que detener en 1980 porque la gente, pescadores, se enfrentaban a la policía. Tarradellas tuvo dudas sobre qué había que hacer tras el gran susto de Three Mile Island en Pennsylvania, y envió Lloret a los Estados Unidos, quien hizo un informe totalmente contrario a la energía nuclear. Lloret era defensor de las energías solares, fotovoltaica y eólica. Los socialistas –J.M. Bricall, Narcís Serra– que estaban en el gobierno de Tarradellas no recuerdo que dijeran nada en contra de la energía nuclear.

¿Cuándo empezaron a tomar conciencia de ello?

—De hecho, el PSOE no empezó a ser un poco antinuclear hasta que hubo las fuertes protestas de Valdecaballeros, en Extremadura, los primeros años de la 'transición', la muerte de la activista Gladys del Estal en Tudela por la Guardia Civil en junio de 1979, y la violencia de ETA en Lemoiz. Yo había ido a manifestaciones pacíficas contra Lemoiz en Bermeo con estudiantes de la UAB. El PSOE decidió en 1982 no hacer más centrales nucleares, ya habían hecho demasiado. Ahora son muy viejas y peligrosas. Pere Duran Farell volvió a aparecer, ahora como el rey del gas natural importado de África.

—Me decía en la entrevista del mes de mayo 2020 que, a pesar de los accidentes y la serie televisiva sobre Chernóbil, el público no se espera que pueda haber otro accidente. ¿Hay censura o minimización política e informativa de la amenaza real de accidente nuclear que existe hoy en el mundo?

—Yo creo que se habla poco. Existen los peligros evidentes de guerras regionales nucleares, entre Israel y Irán en los próximos años, o entre el Paquistan y la India. Las armas nucleares, desde el comienzo, han estado ligadas a la energía nuclear para uso pacífico. Es extraño que el movimiento antinuclear británico, la Campaña para el Desarme Nuclear (CND), que yo recuerdo de muy joven por las sentadas en la calles de Londres del filósofo Bertrand Russell, separase el uso pacífico y bélico de la energía nuclear. Fue en los años sesenta y setenta cuando creció con fuerza el movimiento contra la energía nuclear en Estados Unidos y en Europa, y uno de los argumentos siempre ha sido que los residuos nucleares son materias primas para hacer bombas. Este es un peligro.

—Y no es el único.

—El otro es qué se hace de ellos, de los desechos –sin uso militar–, que son abundantes, y radiactivos durante miles de años. Ya hemos hablado del depósito de Yucca Mountain en Nevada, contra el que se oponen los shoshones, poblaciones indígenas. Y el tercer peligro es que la radioactividad se esparza si el reactor se funde, es decir, si se queda sin agua de refrigeración. Puede llegar a explotar como pasó en Chernóbil y también en Fukushima. Mucha gente muere poco a poco, incluso en lugares un poco lejanos, por el exceso de radioactividad, cuando hay un accidente de este tipo. A mí me parece bien posible que vuelva a suceder. En el Atlas Global de Justicia Ambiental (EJAtlas) tenemos descripciones de estos casos, pero también hay muchos documentales, bibliotecas enteras sobre Chernóbil (1986) o Fukushima (2011).

—La escritora bielorusa y premio Nobel Svetlana Aleksiévitx escribió el impresionante libro La plegaria de Txernòbil. Crónica del futuro. Ella nos transmite el relato de las víctimas. ¿Qué os aportó este libro?

—Es premio Nobel y ha salido a los periódicos estos días pidiendo democracia en Bielorrusia. Lo voy a volver a leer hace meses por la serie de televisión de Chernóbil, muy pedagógica. Cherrnóbil fue un fracaso tecnológico tan grande que ayudó a derrumbar la Unión Soviética, y a la separación de Ucrania y Bielorrusia de Rusia, separación no tan inesperada históricamente. A mí el accidente de Chernóbil me cogió a punto de ir de viaje a Suecia, precisamente a una de las reuniones preparatorias de la fundación de la Sociedad Internacional de Economía Ecológica, en mayo de 1986. Tuve que ir pocos días después de la explosión. No dejaban salir las vacas a pastar en Suecia. Había una sensación de peligro muy real. La lluvia, un poco radiactiva a consecuencia de Chernóbil, se medió incluso en Barcelona y en Valencia. Entre Bielorrusia, Ucrania y Lituania las centrales nucleares, con o sin accidentes, han tenido importancia geopolítica: Ignalina, en Lituania, fue una herencia soviética y cerrarla fue una consecuencia de la independencia de Lituania. Y hoy causa alarma la nueva central de Ostrovets en Bielorrusia en el noroeste de Minsk y cerca de Vílnius, de 2.400 MW.

—A pesar del peligro permanente, ahora hay visitas turísticas a Chernóbil ¿Cómo se entiende: negocio, banalización de la catástrofe y de los riesgos futuros, como lo interpretas?

—Jean-Pierre Dupuy tiene unos libros sobre Chernóbil –y una estimación de víctimas esparcidas por Europa, según la incidencia diversa de la radioactividad, de 50.000 personas– que presentan otra teoría, diferente de la indiferencia o la banalización. Son estos dos libros: Pour un catastrophisme éclairé (Seuil, 2004) y Retour de Tchernobyl. Journal d'un homme en colère (Seuil, 2006). Las catástrofes causadas por los humanos –guerras nucleares y grandes accidentes nucleares, el cambio climático, la gran pérdida de biodiversidad–, o mejor dicho por algunos humanos de los países más ricos y 'avanzados', pueden causar desesperación, tratados de colapsología, o, por el contrario, pueden causar el negacionismo, la trivializaciób: Cherrnóbil convertido en lugar turístico, para estancias cortas. O, una tercera alternativa mejor: estas catástrofes nos deberían hacer pensar, de una manera racional, qué podemos hacer para evitarlas y qué hemos hecho mal, para producirlas. Un catastrofismo ilustrado, racional.

¿Qué fuerza tienen los movimientos antinucleares en Japón después de Fukushima?

—La historia se mueve a golpe de catástrofes, y hay que sacar lecciones. Por ejemplo, en Japón, después de Fukushima (2011), que fue un golpe muy duro a la imagen del Japón como potencia tecnológica, cerraron casi todas las centrales nucleares. Había muchas. La catástrofe de Hiroshima y Nagasaki hubiera podido crear una conciencia antinuclear también respecto de la energía eléctrica nuclear habitual, pero no lo hizo. Cerraron centrales nucleares después de Fukushima. Pareció una reacción precipitada, algunos pensaron. Poco a poco, con mucha discusión y oposición cívica, se han reabierto algunas, hay que pensar que ahora con más seguridad. También hay una discusión sobre el cambio de sistema energético hacia la energía solar. Japón es un país donde la gente vive bien, económicamente hablando, sin crecimiento económico, sin crecimiento de la población, puede ser un modelo para nuestro futuro inmediato. Cometieron una gran imprudencia con energía nuclear a granel. La pagaron cara. Ahora hay un cierto renacimiento de centrales eléctricas de carbón –pero hay oposición por la contaminación local y el cambio climático. Estos son los dilemas de nuestra época. La filosofía del catastrofismo ilustrado es más oportuna que la religión del progreso tecnológico. Hay que discutir las tecnologías democráticamente.

—En el Atlas Global de Justicia Ambiental, de los casos de conflicto ambiental que, se han situado en el planeta, algunos se centran en el peligro nuclear y las repercusiones en la lucha política y social. [En enero 2022, de 3,600 conflictos registrados en el EJAtlas, 145 son de energía nuclear]. ¿Qué características tienen los nuevos movimientos de lucha ecológica antinuclear que nacen en el mundo?

–Básicamente, son de dos tipos: cerrar las centrales antiguas muy peligrosas, como por ejemplo Diablo Canyon en California, después de más de cuarenta años de lucha –y muchas más que tenemos en Francia, en el estado español y en más países– y frenar las que se quieren hacer nuevas, en China, en la India. Algunas se frenan a sí mismas por los costes enormes que tienen, como en Finlandia. También es muy importante ir a los lugares de extracción de uranio y estudiarlos, en Níger por ejemplo, donde la gente muere sacrificada en la minería de uranio por la industria nuclear francesa, como murieron los navajos en Nuevo México, en Estados Unidos.

—Una victoria importante del activismo antinuclear es la de la central de Bataan, en Filipinas, que nunca ha operado. ¿Cómo está la cuestión? ¿El gobierno ya ha desistido de ponerla en marcha? ¿Qué se hará?

—Esta es otra gran central nuclear muy política porque va ligada a una gran corrupción en la época del presidente Marcos, con la compañía Westinghouse. El pueblo la detuvo cuando cayó Marcos, ya la habían terminado, podía funcionar. Hace muchos años que está parada, a veces hay rumores que la quieren poner en marcha. Hay quien la quiere convertir en un museo y un parque temático. Como Wunderland Kalkar, en Alemania, un proyecto de reactor rápido con sodio que no se hizo. Esta solución del museo o parque temático también se ha propuesto para la central Lungmen 4, en Taiwán, terminada y parada. [Un referéndum in Taiwan in diciembre 2021 ha corroborado que la central Lungmen 4 permaneza parada].

—Otro problema peligroso y, en consecuencia, un aspecto importante de la lucha antinuclear es el de los residuos. Los movimientos han conseguido algunas victorias importantes. Por ejemplo, en Gastre, en Argentina. La movilización popular desde abajo fue decisiva para detener un cementerio nuclear. ¿Ha sido como un despertar de la conciencia ecológica de los pobres?

—El caso de Gastre, en la Patagonia, es de los que más me gusta de todo el EJAtlas. Un pueblo que en los años setenta se opuso a un depósito de desechos nucleares, con el papel importante de Javier Rodríguez Pardo, uno de los protagonistas del ecologismo popular en la Argentina. Porque los militares argentinos estaban enamorados de las bombas nucleares y por eso estimularon las dos o tres centrales eléctricas nucleares que hay en el país. ¿Dónde pondrían los desechos? ¿Admitirían además desechos de los demás países en las inmensidades de la Patagonia? Un pequeño pueblo de 400 habitantes dijo basta.

—Francia depende mucho de la energía nuclear. ¿Cómo aborda el envejecimiento de sus centrales? La reacción de los movimientos antinucleares, ¿en qué aspectos o en qué zonas como Bure, es más activa?

—El ministro Nicolas Hulot –con el presidente Macron– quiso detener algunas centrales nucleares viejas. Algunas, como Fessenheim, se han detenido. Muchas otras centrales nucleares francesas funcionan, son peligrosas. El ministro y quizás el presidente mandan menos que Electricité de France. La compañía Areva ha tenido una situación financiera difícil, construye nuevas centrales muy caras que funcionan bien, parece. Creo que hay peligro de un accidente nuclear grave en Francia. El movimiento antinuclear en Francia ha sido demasiado flojo comparado con Alemania, Suiza e Italia, donde se hizo un referéndum y no hay ninguna central nuclear. También en Austria, donde ya tenían la central de Zwentendorf terminada, en 1978 un referéndum la detuvo. Esto fue unos meses antes del accidente de Three Mile Island. El primer ministro austríaco era el gran político socialdemócrata Bruno Kreisky, que la pifió porque se declaró partidario de la central nuclear y la gente votó en contra. Kreisky era de los fieles a la religión del inevitable progreso tecnológico.
Joan Martínez Alier
es catedrático de teoría económica de la UAB. Amigo y colaborador de SinPermiso es un investigador pionero en el campo de la economía ecológica.Fuente:
https://www.vilaweb.cat/noticies/joan-martinez-alier-un-altre-accident-nuclear-greu-possible/Traducción:Joan Martínez Alier

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