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El golpe de Burkina Faso tiene trasfondo geopolítico

Do Rebelión, 26 de Janeiro 2022
Por Juan Agulló



En la matriz del reciente Golpe de Estado en Burkina Faso (África Occidental) están, la guerra contra la Al-Qaeda local y una inestabilidad geopolítica que afecta a la región entera, el Sahel. En 2014, como consecuencia de dicho conflicto fue desplegada en la zona una misión militar francesa que ha terminado provocando un fuerte descontento popular. Rusia, a la que se supone ocupada en Ucrania, aparece entre bambalinas

Limitar lo sucedido desde el domingo pasado en Uagadugú, capital del Burkina Faso, a un problema nacional es perderse mucho. En ese Golpe de Estado conviven diversas dinámicas: se confirma una renovación generacional en el ejército burkinés (y en última instancia, en las élites dirigentes del país africano); se evidencia el hastío popular con los efectos de la larga guerra contra Al-Qaeda del Maghreb Islámico pero también se suma un capítulo más a la sorda lucha que, las grandes potencias, libran por el control del estratégico Sahel.

En realidad, varias tramas convergen en un Golpe de Estado clásico que, como el ocurrido recientemente en el vecino Mali, parece inaugurar una inquietante tendencia: la población civil lo aprueba y lejos de manifestarse para defender la democracia, se expresa apoyando lo que considera una medida de fuerza contra la corrupción pero, sobre todo, contra la incompetencia. De hecho, anteayer en Uagadugú -como hace un par de semanas en Bamako (Mali)- miles de manifestantes salieron a la calle ¿Todos pagados o amedrentados? Dudoso

Francia, la vieja potencia colonial sabía lo que podía suceder y sugirió, según la prensa de Costa de Marfil (otro país vecino) evacuar discretamente al depuesto Presidente, Roch Kaboré aunque, éste, se habría negado. El Presidente francés, Emmanuel Macron, dijo que en esta ocasión reaccionaría igual que en el caso de Mali: recurriendo a la CEDEAO (la organización de integración del África occidental, a la que pertenece Burkina Faso) con vistas, se supone, a promover un embargo regional contra el país saheliano. Eso, Macron lo sabe, es papel mojado.

La influencia de Francia en la zona (y por ende, la de la Unión Europea) es declinante. Ahora, la Operación Barkhane y la Covid-19 parecen haberle puesto la puntilla a una relación (neo)colonial que se remonta al siglo XIX. Desde el punto de vista práctico existen similitudes, subrayadas por algunos analistas, entre la citada misión militar francesa y la presencia occidental, liderada por Estados Unidos, en Afganistán: desde 2014 ha habido cerca de dos mil muertos; un millón y medio de desplazados y en consecuencia, decepción e incertidumbre.

En el caso de Burkina Faso, la indignación no solo se dirige contra los militares franceses (que amparados en la pandemia y en una aprobación muy discreta de su misión en la propia Francia han ido abandonando, por goteo, los cinco países del Sahel) sino, también, contra el Gobierno de Kaboré. Dicho Gobierno surgió indirectamente del espíritu de otro Golpe militar “popular” (en 2014, contra el régimen clientelar y afrancesado del viejo Blaise Compaoré, que gobernó el país durante 23 años) y ahora parece haberle fallado a los burkineses.

Los episodios que han precipitado la situación son elocuentes: el año pasado se supo que varios cuarteles militares situados en la árida, poco habitada y peligrosa zona Norte del país habían hecho llamamientos desesperados de avituallamiento y municiones que no habían sido atendidos. En uno de ellos, Al-Qaeda, perpetró una masacre: 53 muertos el pasado 14 de noviembre. La opinión pública se enteró coincidiendo con la revelación de otro escándalo: el Gobierno había comprado seis helicópteros inadecuados para el combate. Hubo protestas…

Y de las calles de Uagadugú se pasó a los cuarteles. El ruido de sables en Burkina Faso, como antes en el caso de los vecinos Mali, Chad o Níger se amparó en el descontento popular y frente a lo que parte de la prensa francesa caviló (posible fidelidad del alto mando del ejército al viejo Compaoré, que vive en Costa de Marfil) ha podido desembocar -ya se verá- en un inédito acercamiento de sus cuadros medios a Rusia. Dicha maniobra se inspiraría en líneas de cooperación trazadas durante la cumbre ruso-africana de Sochi, celebrada en 2019.

Rusia de hecho, como China, “vende” bien en África. La apuesta de Pekín, eso sí, es más económica (39 países de la región ya se han sumado a la iniciativa de la “Nueva Ruta de la Seda”). Moscú, por el contrario, lo que ofrece es seguridad y estabilidad: gusten o no sus métodos y a quién proteja, casos como los de Chechenia, Siria o recientemente, Kazajistán, hablan por sí solos. Los rusos parecen haber desarrollado una técnica pero lo que sobre todo se aprecia es su experiencia de terreno y su eficacia. Y Burkina Faso tendría con qué pagar…

Y tendría con qué pagar -como el resto de sus vecinos del Sahel- porque la región está subexplotada, sobre todo en términos de recursos minerales. Burkina Faso es, de hecho, un gran exportador de oro y en los otros cuatro países del entorno parece haber grandes depósitos de uranio, hierro y otros minerales estratégicos. Eso es parte de lo que podría explicar el acercamiento de los cuadros medios del ejercito burkinés a Rusia: la evolución de la guerra contra Al-Qaeda parece haber afectado gravemente a la explotación minera.

Y en ese sentido, lo que sutilmente ofrecen China y Rusia, es compatible: estabilización para incrementar los términos de la explotación minera y por tanto divisas para países muy necesitados. Dicha posibilidad genera, por cierto, mucha inquietud en Europa pues el Sahel es una especie de “patio trasero”: no solo supone un colchón frente a dinámicas migratorias sino que forma parte de una especie de enorme reserva estratégica de energías fósiles como el gas o el petróleo. En la crisis de la lejana Ucrania, por cierto, también está implicado el gas.

Sea como sea y suceda lo que suceda parecen venir tiempos interesantes, no solo para Burkina Faso, sino para todo el Sahel. Los recientes Golpes de Estado (cinco en poco más de un año en África Occidental) pudieran estar apuntando a algo más que a caricaturescas diatribas locales: la guerra total, larvada desde las vecinas Argelia y Libia, pudiera estar dando paso a transformaciones estructurales y estratégicas con un impacto mucho más global del que, a primera vista, cabría imaginar. Nos movemos ya, de hecho, en un mundo post-Covid.

* Juan Agulló es Sociólogo y periodista @JAgulloF

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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