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Cuando todos trabajan todos trabajan menos (I)

¡Descrecimiento o colapso!



Do Rebelión, 20 de Outubro 2021
Por : ECOMUNIDADES


Según antropólogos,[1] esta regla fue formulada por Aleksander Chayánov, gran investigador y defensor de la economía campesina rusa.

Hoy día esta regla nos sirve para dar una idea de la profunda transformación que ha sufrido el trabajo en los últimos dos siglos desde que aparece en Inglaterra el trabajo industrial, muy especialmente, en los países del Sur global como México que llegó a tener una gran cultura campesina como la rusa y que fue devastada por el Estado.

El trabajo, como hoy lo entendemos (industrial), no es un fenómeno natural de todos los tiempos, por sus condiciones, es una actividad muy novedosa, muy moderna. De acuerdo con el historiador Ludolf Kuchenbouch[2] el trabajo industrial tiene poco que ver con aquello que algunos llaman el “trabajo preindustrial”, realizado principalmente por campesinos y artesanos.

Poco antes de la Revolución Francesa , los poderosos de la Europa occidental: banqueros, piratas y traficantes de esclavos y drogas, ya se habían percatado que obtenían más beneficio político y económico por medio de la explotación de trabajadores “libres” a sueldo que con la explotación de esclavos a quienes había que cuidar de su salud y cuyo tráfico y condición eran inaceptables en un mundo desacralizado y racionalista que buscaba principalmente “La Libertad”, para poder hacer negocios muy tóxicos y legitimar la acumulación de dinero sin límite; nace el liberalismo.

A punto de crear la revolución industrial, Gran Bretaña es la primera potencia colonial en aprobar la “abolición de la esclavitud”, con el fin de abrir paso a la nueva forma “racional y científica” de la explotación del ser humano, realizada por medio del empleo o trabajo industrial que propicia el desarraigo, la devastación cultural, la muerte atroz en el trabajo y la enfermedad, por el ambiente de trabajo, así como por las adicciones, el suicidio y la violencia intrafamiliar, escolar, laboral y urbana que este tipo de trabajo induce.

Los abolicionistas y los industriales son reconocidos entonces como progresistas y benefactores de la Humanidad y la industria puede fácilmente utilizar niños en la producción e imponer jornadas de trabajo de 15-18 horas diarias.

Los trabajadores de la industria son ahora libres de morir de hambre en un nuevo ambiente económico que hace muy difícil obtener alimentos sin tener dinero. Se trata de fabricar mercados internacionales a costa de los mercados locales. El socialismo se fortalece ante las atrocidades del primer siglo de vida de la industria (movimiento romántico-novela realista del siglo XIX)

Los economistas clásicos, fundadores del nuevo pensamiento industrial, legitiman este nuevo gran rodeo (tener un empleo, para poder comer) que abre la puerta a otros rodeos que gustan tanto a los economistas modernos, como los rodeos que hacen los autos para llegar a un domicilio en la zona urbana: hacen crecer los mercados y la dependencia del dinero, objetivos principales de los banqueros.

Se ajustan las leyes de Inglaterra (Ley Speedhamland), con el fin de hacer obligatorio este nuevo gran rodeo social que coloca a los pobres en un mayor desamparo. Hace más de dos siglos aparece en Inglaterra una revolución conservadora que provoca una radical partición social: la revolución industrial: aparece un nuevo tipo de pobres, racionalizados como que “tienen un empleo o trabajo” (diligentes) y uno nuevo tipo de personas en la miseria: los desempleados (indigentes, por perezosos)[3].

Con la industrialización, esta partición social se extendió por el mundo y ha sido permanente, endémica e incontrolable, a pesar de todos los esfuerzos políticos realizados, con el fin de eliminarlos. El pleno empleo (Keynes) ha sido siempre un buen deseo.

Hace más de doscientos años, el Estado y el Mercado nacidos en el occidente europeo se habían vuelto tan poderosos que se unen para hacer posible la economía industrial internacional, por medio del trabajo asalariado obligatorio, largas jornadas de trabajo y la explotación intensiva de la Naturaleza a la que convierten en Recursos Naturales.

Tan pronto nace la industria, los indígenas, los campesinos y los artesanos, que no requieren de un trabajo o empleo para obtener sus alimentos, se convierten rápidamente en enemigos del Nuevo Orden Industrial y se vuelven el objeto principal de la persecución legal y económica de los gobiernos y de los ricos y poderosos, con el beneplácito de la mayor parte de los economistas. Son acusados por los gobiernos “liberales” de ser “poco productivos”, “enemigos del Progreso y la Modernidad”. Estos gobiernos quieren crear toda clase de mercados internacionales y convertir en mercancía a cualquier persona, cualquier tierra, cualquier obra de arte y cualquier conocimiento.

La amenaza de morir de hambre que produce el trabajo asalariado en la sociedad, crea la pobreza y la miseria modernizadas, condiciones que se complementan y hacen más poderosos a los banqueros y los industriales. Sin el sufrimiento del desempleado no se consiguen altos rendimientos de los que tienen empleo.

Para legitimar este nuevo sistema, los primeros economistas (Malthus, Ricardo), inventan una “filosofía natural” que condenaba cualquier ayuda o expresión de piedad por los trabajadores asalariados de la industria. Esta “filosofía” sigue viva en las mentes de los adoradores de los mercados.

Quienes no tienen empleo resultan explotados de otra forma: no sólo sirven de ejemplo a los que tienen empleo de lo que puede sucederles de no trabajar con gran diligencia, opcionalmente, deberán ocuparse de subsidiar a la economía con el trabajo fantasma, no pagado, en el hogar o en la economía informal.

“Chayánov descubre en el pueblo de Volokolamsk que la media anual de días de trabajo de un campesino típico era de 132 días, un poco más de la tercera parte del año; descubre que mientras más grande era la capacidad de una familia, sus miembros trabajaban menos y comprendió que cualquier grupo que trabajara a plena capacidad rompería el equilibrio entre las familias y la cohesión social.

En cambio, la economía industrial obliga al trabajador a producir lo más posible en un tiempo dado. Para los campesinos una obligación de este tipo sería mortal [4]

Para los banqueros, ha sido fundamental sacralizar el trabajo industrial con discursos morales: El que no tiene trabajo es porque no quiere, es un irresponsable un holgazán. De esta manera, se victimiza doblemente a la víctima: es responsable de su desempleo y miseria, por su falta de voluntad para trabajar. Hitler llevó esta burla patronal al extremo en lo alto de las rejas de los campos de exterminio: El Trabajo te hará libre (Arbeit macht frei)

A pesar de que, desde hace muchas décadas la nueva tecnología ha hecho posible la reducción de la jornada laboral- con el fin de crear empleo asalariado-, las patronales del mundo se han opuesto rotundamente a esta propuesta, alegando los dogmas de la “productividad” y el “crecimiento económico”: han querido conservar el viejo moralismo del trabajo industrial como algo valioso para la sociedad y el terror omnipresente a la miseria de los asalariados, para proteger la aberrante producción industrial.

Las propuestas de Roosevelt, Jacques Ellul, Adret, Tarde, Gorz y otros que hace décadas propusieron la reducción de las jornadas de trabajo a 6 o 4 o 3 horas diarias, con el propósito de redistribuir el trabajo, como lo hacían los campesinos rusos, fueron firmemente rechazadas por las patronales de los países “desarrollados”.

En cambio, con la caída de la Unión Soviética en 1991, las patronales poderosas advirtieron que “habría que trabajar el doble, para ganar lo mismo” y lo han cumplido: desde entonces han aumentado las horas de trabajo anual en EU y muchos países dominados por el neoliberalismo, incluyendo a México.

En los últimos dos siglos, los Sueños de la Razón (Goya) han creado otro monstruo: la sociedad basada en el trabajo sin trabajo (Hannah Arendt) Al terminar los Treinta Años Gloriosos (1945-1975) empieza la rápida decadencia del trabajo asalariado, sin embargo, el creciente número de desempleados virtualmente no reaccionaron: los enseñaron a creer que ellos eran los responsables de no tener empleo, se sostuvieron suspendidos entre dos eras.

Entre 1980 y el comienzo de este siglo, en los países “desarrollados” se realiza una gran mutación en los asuntos del empleo que no fue debidamente reconocida por su opinión pública. Con anticipación, los ricos y poderosos vieron la forma de paralizar cualquier reacción contra ella manteniéndola en la semiclandestinidad con la que entró la barbarie neoliberal. A finales del siglo pasado muere en el mundo el “derecho al empleo”, cimiento de la civilización occidental[5]

La supresión de empleos deviene en una forma de moda en la administración de empresas, la más segura variable de ajuste, una suerte de economía prioritaria, un agente esencial de las utilidades [6]

desde hace algunos años, el tándem Economía-Tecnología descubre los instrumentos frecuentemente «menos caros», más confiables y «más operativos” que pueden ya tomar el lugar de los trabajadores siempre insatisfechos y reivindicativos. Contrariamente a lo que se producía en crisis pasadas, la escasez de empleo es endémica e irreversible.[7]

En los próximos lustros, la mayor parte de los profesionistas verán muy reducidas sus posibilidades de conseguir un empleo. Los mayores inversionistas del mundo encuentran supernumeraria a la mayor parte de la población humana: cada año los trabajadores son más superfluos en los países del Norte global que prefieren migrantes indocumentados y técnicos globalizados; pronto lo serán en los países del Sur Global que descubran la calamidad que representan las armadoras y las maquiladoras: un fenómeno clandestino.

Es hora de reconocer en México que desde hace décadas el empleo que se crea es de tres tipos: el empleo caníbal: empleo que destruye otros empleos, por la alta tecnología utilizada (la creación de un empleo destruye más de 3 empleos en otras ramas industriales). Global: empleo que requiere habilidades globales y que lo consiguen principalmente trabajadores extranjeros. Empleo walmartizado o amazónico: empleo en los servicios que exige muchas horas de trabajo y una paga muy exigua, por la gran dificultad de crear sindicatos y hacerlos funcionales.

Gran cantidad de industrias que producen gran cantidad de productos dañinos para la salud humana, que producen grandes cantidades de residuos sólidos (empaques y embalajes) y grandes cantidades de contaminantes (gases que dañan el clima de la Tierra o el sistema respiratorio de los seres humanos), que producen descargas de aguas muy envenenadas y polvos y lodos muy contaminados, alegan que dan empleo, como coartada de sus crímenes ambientales; son empleos como los que crean los traficantes de drogas: no debería existir.

Es hora de abandonar el sistema productivista y competitivo que han impuesto los poderosos inversionistas extranjeros. Es urgente exigir la eliminación de los subsidios enormes que tienen los nuevos tipos de empleo- renegociar los infames tratados de libre comercio- y solicitar subsidios para el trabajo creativo de los que no tienen empleo formal: el trabajo relocalizado o trabajo artesanal que no requiere mucho transporte, en la producción local muy diversificada de alimentos y otros productos básicos, para consumo local.

El trabajo post industrial debe recuperar la capacidad de ayudar a fortalecer las facultades creativas del ser humano, sus capacidades de cooperación y amistad, y reducir radicalmente las guerras que crea la muy depredadora productividad y competitividad industrial.

Notas:

[1] Gonzalo Aguirre Beltrán

[2] La Puissance des Pauvres, Mahid Rahnema y Jean Robert, Actes Sud, France, 2008 p 174

[3] Ibid

[4] La Puissance des Pauvres, Mahid Rahnema y Jean Robert, Actes Sud, France, 2008 p 176

[5] La Puissance des Pauvres, Mahid Rahnema y Jean Robert, Actes Sud, France, 2008 p 187

[6] Viviane Forrester, L’Horreur economique p102

[7] La Puissance des Pauvres, Mahid Rahnema y Jean Robert, Actes Sud, France, 2008 p 188

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