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¿Cómo reconstruir los contrapoderes sindicales?

Entrevista a S. Béroud y K. Yon


Do Rebelión, 29 de Outubro 2021
Por Alexis Cukier 
: Viento Sur 



[Foto: Paule Bodilis/manifestación del 28 de diciembre de 2019 en París contra el proyecto de reforma de las pensiones]

[Ofensivas de las fuerzas neoliberales y antisindicales, avances de la extrema derecha y del confusionismo, nuevas formas de movilización que ponen en tela de juicio el repertorio tradicional de acción del sindicalismo, dificultades organizativas en el momento de la pandemia, etc. Esta entrevista con Sophie Béroud y Karel Yon propone examinar estas fuerzas, amenazas y problemas a los que debe enfrentarse el sindicalismo. Hemos concebido esta entrevista, en el marco del libro recientemente publicado coescrito por Sophie Béroud (En lutte! Les possibles d’un syndicalisme de contestation, Raison d’agir, 2021-), y un artículo de Karel Yon publicado en mayo de 2020 en Contretemps (“Le syndicalisme, la retraite et les grèves”) – a raíz de la violencia antisindical que tuvo lugar durante la manifestación del 1º de mayo de 2021 en París. Y lo hemos constatado cuando se acerca la fecha de la movilización sindical y de organizaciones juveniles del 5 de octubre (la entrevista se realizó antes del 5 de octubre, ndt). Mientras tanto, se han desarrollado las movilizaciones contra el pasaporte sanitario, que han cristalizado algunas de las dificultades del período para el sindicalismo de clase y el movimiento obrero.]

Alexis Cukier: Entre las cuestiones puestas en juego en estas fechas (1º de mayo y 5 de octubre, 2021), no están las de la evolución de las formas y prácticas de las manifestaciones. Desde 2016, entre manifestantes sindicados/as, autónomos o chalecos amarillos se ha hablado mucho de los grupos, cortejos, que se sitúan a la cabeza de las mismas [normalmente sectores en lucha o radicalizados, que escapan al control de las organizaciones convocantes, aunque en ella participen gente afiliada a esos sindicatos], así como de los acuerdos y desencuentros tácticos frente a la represión policial y de la nueva generalización de ciertas técnicas para mantener el orden (por ejemplo el cercamiento policial de las manifestaciones). ¿Creéis que hay algo nuevo, duradero e importante ahí?

También ha habido mucho debate, dentro del movimiento de los chalecos amarillos y en el exterior del mismo, y más tarde, durante las movilizaciones del invierno de 2019, sobre la efectividad o no de las manifestaciones, su relación con las reivindicaciones, la huelga, el motín. … ¿Qué opináis de estos debates sobre las transformaciones y el futuro de las manifestaciones?

Karel Yon: Creo que el fenómeno de los cortejos que se sitúan a la cabeza de las manifestaciones refleja una relación más fluida y menos cautiva entre asalariadas/os y sindicatos, más que una ruptura. Expresa desconfianza en la delegación, más que en la representación sindical per se, basta con ver el número de miembros del sindicato que se encuentran allí. Para mí, es un fenómeno que, junto a otros: desde Nuit debout, de la que en parte emergió la práctica de esos grupos que se sitúan a la cabeza, hasta los chalecos amarillos, pasando por las huelgas feministas, atestigua que en las movilizaciones que tratan temas (el derecho del trabajo, las pensiones, los salarios, etc.) que anteriormente se consideraba que estaban en la jurisdicción exclusiva del movimiento obrero [sindicatos], ahora éste debe lidiar con otras fuerzas.

Ello es a la vez una muestra del debilitamiento del sindicalismo, lo que es lamentable, y también de la pluralización de las representaciones de la clase trabajadora, lo que es más bien una buena noticia en relación con algunas carencias de las organizaciones sindicales.

Otros fenómenos son más anecdóticos, pero, no obstante, siguen siendo preocupantes. Estoy pensando en la agresión del cortejo de la CGT durante el 1º de mayo. De acuerdo con lo que acabo de decir, no creo que exprese una desconfianza latente. En mi opinión, se trata de una operación política de facciones muy minoritarias pero que, en el ambiente de confusión de las manifestaciones, han logrado transformar esa distancia en abierta hostilidad. Cuando hablo de confusión, pienso tanto en la confusión militante provocada por la actitud de la policía como en la confusión ideológica; pero, sin duda, tendremos oportunidad de volver a hablar de ello en relación con las manifestaciones anti-pasaporte/anti-vacuna…

Volviendo al futuro de las manifestaciones, me parece que lo que está en crisis es menos la manifestación en sí misma que la ilusión de su autosuficiencia. Es una crisis que se remonta a mucho tiempo atrás, al Juppethon de 1995 [movilización contra la reforma de las pensiones y la Seguridad Social impulsada por Alain Juppé que dió inicio a un nuevo ciclo de movilizaciones en Francia], pero que se ha agravado bajo la presión de la represión de las manifestaciones y el agravamiento de las políticas neoliberales desde la crisis financiera de 2007-2008. Esto plantea la cuestión práctica de la construcción de una relación de fuerzas eficaz, de la renovación del repertorio de protesta (con la cuestión del recurso a los bloqueos), de las condiciones de redinamización de la acción huelguística, pero también de los resortes políticos del poder sindical.

Sophie Béroud: Para ampliar este último punto, me parece que el aumento de la represión policial así como las tensiones dentro de las manifestaciones plantea un problema central para los sindicatos: el de lograr que los sectores más alejados [del sindicalismo] se involucren en este tipo de protestas. El miedo a quedar atrapado en interacciones violentas puede disuadir a un cierto número de asalariados/as a unirse a los cortejos. Se me puede replicar que muchos de los y las participantes en los chalecos amarillos fueron nunca antes se habían manifestado. Eso es cierto y precisamente prueba lo mucho que les marcó el enfrentamiento con la policía.

Como recordaba Karel, la jornada de acción centrada en las manifestaciones en todo el territorio nacional se ha consolidado como el elemento central del repertorio de acción sindical desde 1995. Si este elemento cada vez es más difícil de manejar y aporta menos que antes a la extensión de la movilización, uno de los riesgos es privilegiar las acciones que puedan ser más efectivas en términos de bloqueo de la economía, pero que son llevadas a cabo, sobre todo, por grupos de militantes que ya están convencidos. Existe, por tanto, una cierta urgencia no solo de lograr redesplegar manifestaciones más festivas, sino también de pensar en métodos más variados para implicarse en las luchas sociales (como se hizo, además, durante el movimiento contra la reforma de las pensiones con las flash-mobs Rosie la riveteuse).

Alexis Cukier: Vayamos a las dificultades más generales a las que se enfrenta hoy el sindicalismo en Francia. En este sentido, generalmente mencionamos estas grandes tendencias: transformaciones en la organización y división del trabajo, desmantelamiento del derecho del trabajo y generalización de las políticas antisindicales, declive generalizado del movimiento obrero y del campo de la emancipación social en Europa, emergencia de nuevas prácticas llevadas a cabo por nuevos actores y actrices en el seno del movimiento social.

Mis investigaciones sobre la relación entre trabajo y democracia, pero también mi experiencia sindical y militante, me impulsa a insistir en otro factor, sobre el que también habéis arrojado luz en vuestras respectivas investigaciones: la dificultad de democratizar la actividad, la organización, la división del trabajo sindical. Así, en torno a lo que a veces se denomina “enfoque trabajo”, se trata de acabar con la concepción delegataria del sindicalismo, según la cual el sindicalista recoge las quejas, las transforma en reivindicaciones y negocia con la patronal en lugar de los trabajadores y trabajadoras. Pero, sobre el terreno, a menudo es muy difícil desafiar y reemplazar estas prácticas delegadas y aportar una nueva cultura política, heredera de los movimientos sociales post-2008, más horizontal y autogestionaria. ¿Cómo analizáis, en general, estos problemas del sindicalismo contemporáneo en general y, más en particular, la cuestión de la democratización del trabajo sindical?

Karel Yon: Me parece que la forma en que planteas el problema es la correcta: pensar en términos de división sindical del trabajo es darse los medios para generar una mirada materialista a las condiciones de la actividad sindical, lo que significa varias cosas. Primero, nos permite entender que el problema del sindicalismo no es tanto el de una cultura delegataria como el de las condiciones materiales que, por un lado, fomentan esta relación social delegataria y, por otro, obstaculizan una práctica más colectiva y democrática.

Son todas las transformaciones institucionales las que consolidan la práctica del trabajo sindical, así como la de los profesionales del diálogo social, mientras los apoyos a una práctica sindical inclusiva tienden a declinar. La fusión de todos los órganos de representación de los trabajadores en el Comité Social y Económico (CSE), siguiendo las Ordenanzas de 2017, resume bien estas dos tendencias, ya que concentra las responsabilidades sindicales y, a su vez, reduce el derecho sindical y los recursos a disposición de los militantes.

En contra de estas tendencias, abogo por la institución de un derecho sindical interprofesional y en particular de un mandato de organizador/a sindical, que reconozca y valore el saber hacer militante de movilización y organización colectivas[1]. Es una propuesta que me ha inspirado las experiencias de organizing que lleva a cabo el ReAct que estudio, y que concibo no como un conocimiento militante que vendría a ser abordado desde el exterior sobre las situaciones de trabajo, sino como un medio de atraer la atención sobre lo que llamo el trabajo sindical reproductivo necesario para la producción de la acción sindical[2].

Continuando con esta reflexión, la otra ventaja de un enfoque en términos de división del trabajo es que nos interpela sobre la división sexual del trabajo sindical. Sigue existiendo una tendencia a denigrar todo lo que precisamente se relaciona con el manejo y tratamiento de las reclamaciones, que se califican como sindicalismo de servicios. Este trabajo, que se percibe como menos noble que el trabajo de negociación o el de conflicto, es mayoritariamente realizado por mujeres. Esta es a menudo la primera forma de encuentro entre las y los trabajadoras/es, especialmente los más precarios, y los sindicatos. Y dado el estado del mundo del trabajo, de las condiciones laborales y del empleo, ¡no es probable que eso cambie de inmediato! Sin embargo, como ha demostrado claramente el trabajo reciente de jóvenes colegas, este tipo de trabajo sindical puede ser un vehículo importante para politizar la relación con el trabajo[3].

El último desafío de este enfoque en términos de división sindical del trabajo es que nos permite entender la actividad sindical como una configuración de la acción colectiva, un mundo del trabajo sindical que no puede reducirse a los sindicatos tradicionales, sino que involucra a otros actores individuales y colectivos: IRP [inspectores], expertos y expertas, abogadas, asociaciones y organizaciones para-sindicales y, por supuesto, a todas las trabajadores y trabajadores que no están sindicados… Pensar la actividad sindical en esta escala evita reducir la cuestión de la democracia sindical a la del funcionamiento interno de los sindicatos. La democracia en el seno de los sindicatos depende de las relaciones que los sindicalistas oficiales forjen con esta multitud de actores, y sólo en esta escala se puede vislumbrar un verdadero funcionamiento democrático.

Sophie Béroud: Comparto completamente este marco analítico. La transformación de los órganos de representación en el sector privado, con la constitución de los CSE y, en determinados casos, cuando los acuerdos lo prevean, de representantes de proximidad, empobrece aún más la labor de representación para la que algunos y algunas asalariados aceptan comprometerse. Se encuentran sentados en reuniones muy técnicas y muy largas, alejados de la realidad concreta de su trabajo, sin tener tiempo para estar en contacto con sus compañeros y compañeras. Este es también el caso de los representantes locales, que en ocasiones se encuentran muy aislados, a los que el empleador ha concedido muy pocos recursos. También genera trayectorias de desvinculación muy rápida de los mandatos.

En varias empresas sobre las que he investigado recientemente, el número de electos y electas del CSE se ha reducido, la lista de titulares y suplentes casi se ha agotado en dos años. Es muy difícil implementar formas de democracia sindical, entendidas como espacios abiertos de participación y deliberación, cuando los sistemas institucionales de representación en los centros de trabajo no solo aíslan a las y los electos sino que los agotan. Así pues, podemos ver claramente la urgencia de que los sindicatos se liberen de este corsé institucional que enmarca y reduce su rol para crear espacios autónomos de discusión y participación.

Alexis Cukier: Estas dificultades parecen haberse incrementado durante la pandemia, con el confinamiento, la escolarización a domicilio y el teletrabajo, el estado de emergencia sanitaria, las políticas sanitarias muy verticales sin posibilidad de intervención de los y las asalariados. Es la instrumentalización de esta situación por parte de las jerarquías de las empresas y de la función pública, y también el hecho de que el excedente de trabajo, los riesgos y esfuerzos se concentraran en las mujeres, las personas racializadas, las más precarias. Podríamos haber esperado, en la primavera de 2020, que hubiera derechos de abandonar el puesto de trabajo [posibilidad de las y los trabajadores de abandonar el trabajo cuando exista un peligro grave e inminente para su vida o su salud, ndt], derechos de alerta, por ejemplo; pero al final es bastante lógico que lamentablemente no haya sido así… ¿Disponéis de alguna investigación u observación sobre las dificultades específicas del sindicalismo en tiempos de pandemia?

Sophie Béroud: Sería importante contar con datos precisos sobre lo que sucedió durante el primer confinamiento, porque las encuestas de campo realizadas en las empresas muestran que, no obstante, los y las asalariados utilizaron con frecuencia los derechos individuales de abandono del trabajo y de alerta. Esto, especialmente desde que las CHSCT [comité de higiene, seguridad y condiciones laborales] acababan de desaparecer y las Comisiones Salud, Seguridad y Condiciones de Trabajo (CSSCT), cuando existen, no siempre han encontrado un lugar real en los CSE. A veces, para las asalariadas y asalariados el derecho de desistimiento han sido la única solución disponible

Este período del primer confinamiento fue muy interesante porque allí se planteó con fuerza la cuestión de las actividades esenciales y, por tanto, las preguntas planteadas por las y los asalariados sobre los productos fabricados y la forma de producirlos. Estas preguntas se formularon en ocasiones en desacuerdo con los sindicatos, aunque organizaciones como la CGT o Solidaires hicieron de la protección de la salud una prioridad muy clara.

En una empresa de un sector de alta tecnología en pleno auge, sobre la que estoy realizando un estudio, por ejemplo, las y los asalariados plantearon su derecho a abandonar el puesto mientras que los sindicatos, por muy combativos que fueran, tenían más en cuenta la situación de la empresa en un contexto de un mercado muy competitivo y no tenían previsto detener la producción. Así, el primer confinamiento no sólo permitió arrojar luz sobre la utilidad social de los llamados oficios de primera y segunda línea y mostrar la paradoja de su devaluación social, sino también renovar el significado del trabajo.

En la primavera de 2020, quizás hubo un espacio abierto para hacer entender a escala masiva otro discurso, para subrayar la necesidad de reforzar y redesplegar los servicios públicos, pero también se mostró hasta qué punto nuestra sociedad está marcada por una división de género y una racialización del trabajo. Como sabemos, los trabajos de segunda línea, desde las cajeras hasta las auxiliares domiciliarias, son trabajos predominantemente femeninos y precarios. En las semanas que siguieron, los sindicatos se esforzaron por plantear las cuestiones de la mejora social de estas profesiones, en particular al estar muy movilizados por la Seguridad de la salud.

Pero, precisamente, si bien se trataba de no ceñirse a una lógica de compensación económica para obtener medidas más estructurales, este hilo de protesta se perdió un poco, ahogado por la irrupción de otros temas. Los sindicatos tuvieron que posicionarse sobre el teletrabajo, los primeros planes de despidos colectivos, etc. Esta multiplicación de temas de intervención, impuesta por el contexto, ha servido, me parece, para una estrategia discursiva más unificada que podría haber sido en cierto modo contrahegemónica en relación a las políticas neoliberales y centrada en las opciones fundamentales de sociedad.

Karel Yon: Por mi parte, yo me fijé más bien en lo que estaba sucediendo en los restaurantes comerciales y de comida rápida en el momento del primer confinamiento. En ese momento fue muy publicado el caso de una franquicia de McDonald’s en la región de Tours, el único que mantuvo abiertos sus restaurantes[4]. Trabajadores y trabajadoras de varios restaurantes se movilizaron para intentar cerrarlos haciendo valer colectivamente su derecho abandonar el puesto de trabajo, a pesar de la desinformación e intimidación por parte del empleador. Este es un caso interesante, porque inicialmente estas personas actuaron solas, y fue la publicidad de este enfrentamiento en las redes sociales lo que les permitió obtener el apoyo sindical. Esto demuestra que más allá de los casos publicitados de grandes empresas como Renault o Amazon, puede haber formas de movilización más o menos autónomas en pequeños establecimientos, que han pasado desapercibidos por falta de infraestructura sindical que les haga eco[5].

Además, es interesante la observación de Sophie sobre la brecha entre los y las asalariadas favorables al derecho abandonar el puesto de trabajo y sus representantes sindicales, que temían las consecuencias económicas [para la empresa], porque por mi parte, en el momento del primer desconfinamiento, me enfrenté a la situación inversa: en otro establecimiento de comida rápida que estudié, ¡era el representante sindical quien estaba frenando la recuperación mientras las y los asalariados querían volver al trabajo! Refleja las dificultades de este período, la alineación de preocupaciones sanitarias y económicas que no era evidente, las diferencias en la experiencia del confinamiento según las edades y la situación material de las y los trabajadores…

Dicho esto, la crisis sanitaria también pudo haber sido la ocasión de una mayor visibilidad de los sindicatos que supieron apoderarse de las redes sociales. Me refiero al caso de un gran minorista donde el sindicato más activo en las redes sociales pasó de 5.000 a 10.000 suscriptores en su página corporativa de Facebook, porque fue el único que brindó información actualizada sobre las consecuencias del confinamiento y las condiciones de desempleo parcial, por ejemplo. Ello no sustituye a la implantación sobre el terreno, pero en determinados casos podría prepararlo. Muchos sindicalistas evocaron un cambio de actitud de los y las asalariados hacia ellos, una necesidad de información, una mayor escucha.

Alexis Cukier: Y luego surgió el movimiento contra el pasaporte sanitario, que ha dividido a toda la izquierda y al movimiento obrero, dificultando tomar una posición: ¿cómo hacer que la gente entienda, escuche, defienda que se está a la vez a favor de la vacunación y contra el pasaporte sanitario y lo que éste contiene de amenazas y nuevos retrocesos para los derechos de las y los trabajadores?

Hemos observado discrepancias entre las posiciones de las centrales sindicales y algunos sindicatos e incluso federaciones (por ejemplo, CGT Santé action sociale y Sud santé sociaux); también entre diferentes ciudades con manifestaciones a veces francamente de extrema derecha que a veces también incluyen una fracción no política no insignificante de sindicalistas, y evoluciones en el tiempo, como en Orleans, donde Solidaires convocó (junto con otras organizaciones de izquierda y antifascistas) a manifestaciones distintas de las que se habían desarrollado inicialmente.

¿Cómo analizáis los debates y las posiciones tomadas en el seno del sindicalismo en relación a este movimiento contra el pasaporte sanitario? También aquí se puede hablar de confusión política, del avance de la extrema derecha, del retroceso del movimiento obrero, pero ¿no es esta movilización contra el pasaporte sanitario también el signo de una cierta impotencia de los sindicatos para avanzar reivindicaciones claras (por ejemplo, vacunación para todos, levantamiento de las patentes, pero también propuestas de democracia sanitaria tanto en las empresas como en las ciudades) y audibles a gran escala desde el inicio de la pandemia?

Sophie Béroud: La imposición del pasaporte sanitario en algunos sectores podría ser vista por un cierto número de trabajadores/as y sindicalistas como una doble provocación por parte del gobierno. En primer lugar, el hecho de apuntar fuertemente a determinadas profesiones, en particular la salud, pero no solo -como se ha visto con los bomberos- que un año antes se presentaban como heroicas porque permanecían en el lugar de trabajo a pesar de los riesgos de contagio y, en segundo lugar, el intento de transformar el despido en una herramienta de política pública para regular la crisis sanitaria.

Creo que hay que agrupar todos estos elementos para comprender la hostilidad generalizada en las filas sindicales contra esta nueva medida, hostilidad que ha llevado a direcciones sindicales como la de la CGT a apoyar este rechazo a la vacunación obligatoria. Esta medida es parte de un proceso continuo de reducción de las libertades públicas y, no lo olvidemos, una de las raras movilizaciones que tuvo un poco de amplitud durante la crisis fue la que tuvo lugar contra la ley de seguridad global en el otoño de 2020.

También muestra toda la hipocresía de un gobierno que, sin embargo, estaba dispuesto a crear una nueva causa de despido mientras las pérdidas de puestos de trabajo eran masivas -con una situación que se acerca a la crisis de 2008- y todo el desprecio social que siguen mostrando los máximos dirigentes políticos. Por tanto, son muchas las razones para el descontento que han alimentado huelgas localizadas.

Encontrar a colectivos de chalecos amarillos que se han mantenido en el tiempo, a pesar de muchas dificultades, en las primeras manifestaciones contra el pasaporte sanitario no fue para asustar a los militantes sindicales que han recorrido un largo camino en relación con los chalecos amarillos, que han podido asistir localmente en la primavera de 2019 y luego durante la movilización contra la reforma de las pensiones del invierno 2019-20. Sin embargo, lo que diferencia a estas movilizaciones del movimiento de los chalecos amarillos es que los grupos de extrema derecha se han mantenido en las manifestaciones, en las que han tomado un lugar cada vez más importante, logrando influir en las consignas, en los símbolos, etc. Es un poco el movimiento inverso de lo que había sucedido con los chalecos amarillos donde, por el contrario, la infiltración liderada por la extrema derecha se había reducido poco a poco a lo largo de las semanas, también a medida que se establecían conexiones con las y los militantes sindicales. Esto muestra, como dices, que hay círculos de extrema derecha más organizados en relación a este tipo de protestas y que también han aprendido, por su parte, del movimiento de los chalecos amarillos.

Karel Yon: Voy a ser prudente en esta cuestión, porque ya no estaba en Francia cuando comenzó el movimiento y desde entonces lo he seguido desde la distancia y con mucha cautela. Entiendo por supuesto la rabia de las y los asalariados, y en primer lugar de las enfermeras que, después de tener que soportar la dilación, los errores y las mentiras del gobierno, la falta de medios a lo largo de la crisis sanitaria, de repente fueron tratadas como irresponsables y merecedores del palo, aunque los verdaderos oponentes a la vacunación son una minoría. También escucho a los oponentes al pasaporte sanitario que denuncian una nueva restricción de libertades. Pero en el contexto de una nueva ola epidémica con una variante a la vez más contagiosa y peligrosa, se necesitaba una política de salud pública que acelerara la vacunación y controlara la circulación del virus. Y tenía que hacerse tanto a nivel nacional como internacional. El método punitivo del gobierno era la peor forma de hacerlo, pero me parece que las movilizaciones que se desplegaron para oponerse a él, al mantener la confusión entre oposición al pasaporte sanitario y a la vacunación, no podían ser vistas más que como fuerzas que obstaculizaban el logro de estos objetivos fundamentales de salud pública.

Alexis Cukier: En los círculos militantes hay mucha expectativa con respecto al paro y la jornada de movilización en defensa del salario, el empleo, las condiciones de trabajo y el estudio que se llevará a cabo el 5 de octubre, convocada por la CGT, FO , FSU y Solidaires junto con organizaciones juveniles. En ella se plantea el vínculo entre las políticas sociales y sanitarias del gobierno; la intersindical indica que las organizaciones “se oponen a que la situación sanitaria sea utilizada por el gobierno y la patronal para acelerar el cuestionamiento de los derechos y conquistas de los trabajadores/as y de los jóvenes”.

¿Se puede ver en esto un intento de recuperar el control de la oposición al pasaporte sanitario integrándolo en las reivindicaciones y posiciones clásicas del movimiento obrero? Después de un año y medio de crisis sanitaria, social y política, y el escaso impacto de la movilización contra el seguro de desempleo antes del verano, ¿cómo percibís los retos de esta movilización del 5 de octubre y del período pre-electoral que se abre?

Sophie Béroud: El 5 de octubre es sin duda una importante iniciativa que se apoya en una intersindical extendida a las organizaciones juveniles, que puede contribuir a su éxito en un contexto de mayor precariedad de las y los estudiantes pero también de desestabilización de estos últimos ante un mayor proceso de selección en la universidad (a la entrada con Parcoursup, pero también en Master). La movilización también puede ser fuerte en los servicios públicos por el mantenimiento de las políticas de austeridad pero también por los grandes cambios que allí se están produciendo, a raíz de la ley de transformación de la función pública.

A esto se suma, por supuesto, el enfado acumulado por la obligatoriedas del pasaporte sanitario. Sin embargo, creo que esta jornada de acción hay que verla, sobre todo, como un encuentro militante que apunta sobre todo a removilizar a quienes ya están comprometidos a nivel sindical, para reinyectar de cierta forma un poco de combustible militante. Varias organizaciones sindicales están inmersas en la preparación de su congreso, la Unión Syndicale Solidaires lo acaba de realizar, el de la CGT se pospuso en 2023, pero internamente está en la mente de todas. En este contexto, es importante mostrar que se está movilizado, que se está tratando de construir una relación de fuerzas.

Sin embargo, existen varias dificultades, cuyo impacto deberá medirse en la jornada de acción. Uno de ellos es el hecho de llamar en base a un conjunto de motivos de descontento y no en oposición a un proyecto de ley específico (las intenciones del gobierno sobre la reforma de las pensiones no están del todo aclaradas)… Establecer una valoración crítica y transversal de la situación social y un llamamiento a movilizarse por aumentos salariales, etc., constituye un planteamiento original y ofensivo por parte de los sindicatos. Pero siempre es más complicado tener un registro de propuestas y lograr imponer un calendario autónomo, diferente al calendario impuesto por el gobierno y esto incluso cuando entramos en la precampaña para las elecciones presidenciales. Otra dificultad surge de las condiciones para recibir este llamamiento a la movilización por parte de las y los asalariados, especialmente en el sector privado. Este período de regreso está marcado por una especie de retorno a la normalidad que no es total, el teletrabajo se ha reducido mucho, se han reanudado las reuniones presenciales, pero también los viajes domicilio/trabajo. Para muchos asalariados y asalariadas, hay que volver a acostumbrarse a las condiciones de lo presencial en un contexto que aún sigue siendo incierto…

Karel Yon: Estoy totalmente de acuerdo con la evaluación matizada de Sophie. Solo podemos alegrarnos de la existencia de este llamamiento sin dejar de ser cautelosos sobre su posible alcance. La multiplicidad de reivindicaciones, el contexto de la vuelta post-vacacional y el hecho de que parte del movimiento sindical permanezca al margen no facilitan la movilización. Tampoco estoy seguro de que este día permita que el sindicalismo recupere el control de la oposición al pasaporte sanitario. Es un llamamiento a la movilización durante la semana, que hablará sobre todo a militantes y sectores acostumbrados a las jornadas sindicales. No a quienes se manifiestan los sábados. Ya hemos observado este tipo de discrepancia durante las movilizaciones de los chalecos amarillos. Especialmente permite que el sindicalismo ocupe su sitio.

Alexis Cukier: Finalmente, ¿cómo resumiríais los desafíos del sindicalismo en el próximo período? Después de los chalecos amarillos, cuando el neoliberalismo se hace cada más autoritario, frente a la extrema derecha, el confusionismo y la fascistización de la sociedad, para construir convergencias con la nueva generación de movimientos ambientalistas, feministas y antirracistas, ¿qué pensáis que puede hacer el movimiento sindical en los próximos años?

Karel Yon: Creo que hay una doble apuesta para el sindicalismo, organizativa y política, que resumo en la idea del movimiento sindical como partido del trabajo. Pero para no dar la impresión de divagar[6], insistiré en un solo punto, el de la reconstrucción de una capacidad representativa que permita al movimiento sindical hacerse cargo de los intereses del mundo del trabajo en toda su diversidad, no solo de las y los obreros ni de los que aún se benefician de la plenitud del estatuto salarial. En mi opinión, esto significa adoptar políticas reales de sindicación y desarrollo, que vayan al encuentro y estén a la escucha a de las trabajadoras y trabajadores en su diversidad, y en particular de las y los más precarios. Como las políticas de organizing que he mencionado anteriormente.

Pero para eso debemos reconocer que todo el trabajo militante de prospección, de encuentro, de conexión con las y los asalariados, ¡requiere tiempo y dinero! Esto es lo que llamo trabajo sindical reproductivo, porque encuentro esclarecedora la analogía con la noción feminista-materialista de reproducción social: para que haya acción sindical productiva, en el sentido de producir resultados de protesta, debemos comenzar por producir y mantener a colectivos que apoyen esta acción. Sin embargo, muchas veces este trabajo militante no se toma lo suficientemente en serio, se considera como algo informal, que se puede aprender en el tajo, que no podría ser formalizado ni siquiera un mínimo y gestionado colectivamente.

Tengo la impresión de que la indiferencia hacia este trabajo militante invisible, referido a cualidades innatas, se basa en ocasiones en un sindicalismo más bien masculinizado que reduce el trabajo sindical a sus escenarios más visibles, como la mesa de negociación, el piquete de huelga, o la tribuna de mitin.

Sophie Béroud: Lo que plantea Karel como elementos de reflexión sobre esta capacidad representativa de los sindicatos es realmente muy estimulante. En relación con su análisis, me parece también que una de las cuestiones a las que se enfrentan los sindicatos consiste en vincular más estrechamente lo que se juega en la esfera del trabajo con lo de fuera del trabajo, precisamente en relación con las condiciones de la reproducción social. Esta articulación entre las dos -con énfasis en las dificultades materiales relacionadas con la vida diaria, la vivienda, el transporte, etc.- estuvo en el corazón del movimiento de los chalecos amarillos, que fue abrumadoramente una movilización de las trabajadoras y trabajadores pobres.

También encontramos un entrelazamiento muy estrecho de estas dimensiones (laboral y no laboral) en los sindicatos de privados de empleo y precarios en la CGT o Solidaires, que está empujando a los militantes de las uniones locales a realizar acciones de recuperación de viviendas vacías, sobre transporte gratuito, etc. Los temas son similares, excepto que los sindicatos para los privados de empleo y precarios tienen más probabilidades de encontrarse en áreas urbanas, mientras que los chalecos amarillos dan testimonio de experiencias vividas en espacios semiurbanos. Por supuesto, los sindicatos siempre han desarrollado acciones para ampliar sus demandas a las condiciones de vida de las y los trabajadores (en particular mediante la creación de asociaciones de consumidores/as, sobre vivienda, etc.) Pero me parece que se debe ir mucho más lejos porque también es una forma de estar más en contacto con los componentes más populares del mundo del trabajo.

Para ser clara, obviamente no se trata de abandonar la acción reivindicativa en los lugares de trabajo, que sigue siendo fundamental para los sindicatos, sino de lograr que el sindicalismo forme parte de la vida cotidiana de las clases trabajadoras y de poder alcanzar a esas fracciones de trabajadores/as precarios que son asalariados en empresas franquiciadas o en pymes subcontratadas, en sectores de actividad con escasa presencia sindical, o a trabajadoras/es desplazados a los márgenes de la clase asalariada, como las y los autónomos, etc.

Una iniciativa como “Plus jamais ça!” [iniciativa unitaria surgida durante la pandemia contra las políticas gubernamentales, que impulsa iniciativas diversas] interesante porque inscribe a los sindicatos que participan en ella en otras redes de militantes, les da otra visibilidad y contribuye al surgimiento de propuestas alternativas articulando lo que está en juego el fin de mes con las cuestiones de fin del mundo. Pero todavía hay mucho por hacer en los círculos militantes ya implantados, aunque sin duda afecta más a las generaciones más jóvenes. Sin duda, sería importante fortalecer también las iniciativas transversales con grupos formados en barrios populares sobre temas como la vivencia diaria de las discriminaciones.

Notas:

[1] Karel Yon, “Renforcer les moyens d’action du syndicalisme pour garantir une citoyenneté sociale effective”.

[2] Marielle Benchehboune, Balayons les abus. Expérience d’organisation syndicale dans le nettoyage, Syllepse, 2020.

[3] Véanse por ejemplo los trabajos de Saphia Doumenc (ver “Anarchosyndicalisme et nettoyage: l’improbable politisation de la lutte par le recours juridique”) y de Angelo Moro (ver “Un métier syndical au féminin ? Rôles et pratiques des déléguées ouvrières dans une usine mixte”.

[4] Ver Quentin Muller, “12 MacDonald’s n’ont jamais fermé et ont mis en danger employés et clients”, Streetpress.

[5] Karel Yon, Antoine, asalariado de McDonald’s e Irvin Violette, “Pourquoi pas nous? Récit d’une grève passée sous les radars/ Entretien avec Antoine, salarié McDonald’s”, Mouvements, 2020.

[6] Ver Karel Yon, “Le syndicalisme, la retraite et les grèves”, Contretemps, 2020.

Texto original: https://www.contretemps.eu/syndicalisme-france-cgt-solidaires-entretien-beroud-yon/

Traducción: viento sur

Fuente: https://vientosur.info/como-reconstruir-los-contrapoderes-sindicales/

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