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Desinformación como derecho

Do Rebelión, 27 de Setembro 2021
Por Antonio Lorca Siero


La información siempre ha sido un bien escaso para las masas, porque ayudar al conocimiento a caminar por libre es un riesgo para el que ejerce el poder. El problema se alivió cuando pasó a ser reconocida como derecho. Lo que supuso entregarla a los canales de la burocracia. Se puede entender que en este caso hay información, pero pasando de puntillas por lo que no conviene que se difunda o dejando fluir al escenario público material irrelevante, es decir, aquel en el que no están involucrados intereses de alguna naturaleza. En lo demás, cuando entran el acción la propaganda y la publicidad para el tratamiento de los hechos noticiables, inmediatamente se contaminan y llegan al receptor del conocimiento disfrazados del color de las conveniencias de sus patrocinadores. Porque maquillar los hechos es romper su pureza y alterar la información de tal forma que al final resulta no ser ella. Desinformar es simplemente no informar de lo que se debe informar o hacerlo bastardeando la noticia con la finalidad de alimentar la ignorancia de las masas, incumpliendo el principio de procurar conocimiento real.

Efectivamente, la información sigue siendo un derecho para los ciudadanos de los países ricos, pero debiera aclarase que, una vez oficializada, debe someterse al filtro de la censura de la libertad, en la que solo están presentes los intereses del poder dominante. Lo que supone dar a la información el sesgo apropiado para que coincida con ellos, es decir, manipularla. De manera que si hay manipulación, la información deja de serlo y pasa a ser desinformación, sencillamente porque no se informa conforme a la realidad o lo que resulta ser objeto de información son hechos evidentes o irrelevantes. Cuando la información es contaminada por el interés y se aleja de la realidad material, subsiste como derecho, pero no a la información, sino como derecho a la desinformación, porque se oferta con la correspondiente carga de maquillaje ideológico o comercial.

Hoy, contando con tanta información y medios para conocimiento de la noticia por las masas, resulta que en pocos momentos de la historia se ha dado la paradoja de que, dado el amplio despliegue dedicado a tal fin, la ciudadanía en general esté tan desinformada. La cuestión obedece a que se sirve información, porque es un derecho ciudadano, pero como simple formalidad. Un envoltorio, dentro del cual solo hay desinformación o noticia adornada, y a esto ha quedado reducido el llamado derecho a la información. Lo que pudiera ser una aparente sinsentido se hace evidente en el plano de la realidad, es decir, más allá de ese mundo ficticio fabricado por el alto entramado empresarial capitalista que controla toda la existencia en connivencia con la política.

Ya sobre el terreno, la información en la actualidad se mueve por los cauces establecidos por la doctrina oficial, entregada a la función de servir informativamente lo que conviene al que controla el sistema. Aunque, a veces, la vanguardia informativa le cuela algo inconveniente y tiene que activar a sus operarios para que arreglen el asunto y las aguas vuelvan a su cauce, jugando con la teoría del bulo. Cualquier observador, al que no se le haya lavado el cerebro y que se lo proponga, puede apreciar la categoría de la que gozan las noticias informativas a la vista de su ejercicio práctico. Unas, las que conjugan con los intereses de la minoría dominante, se anuncian con altavoz a todas horas, desplegándose sin limitaciones, al punto de tomar el ritmo machacón de un martillo pilón. Sobre otras, se corre un tupido velo para no despertar el bien durmiente consumista, que no ciudadano, y descubra el grado de manipulación al que ha sido sometido. Las especiales, quedan en tono reservado para uso exclusivo de la elite del poder y, en su caso, de los adinerados. En general, a las masas se les suministra el tópico, la anécdota intrascendente y, ya en el plano de la abundancia, estupideces de variada naturaleza para entretener. Tan deprimente panorama, no es para alarmarse, simplemente es el resultado de una sociedad avanzada educada en el plano de la sumisión al mandatario de turno, al consumismo y al sistema capitalista. En cuanto a los medios, no cabe apreciar perversión, sencillamente se limitan a hacer su papel, porque están a lo suyo, dada su condición de voceros retribuidos de los intereses del sistema. De lo se trata es de ganar dinero e influencia a todos los niveles y, más allá, poder para los dirigentes.

Apuntado lo más visible del asunto de informar a las masas, para tratar de hacer de ellas disciplinadas consumidoras y usuarias, lo de desinformar, alimentado con lo de entretener, se ha consolidado como directriz oficial. Aquello que debiera ser información aséptica, al estar contaminada, pasa a ser simple desinformación, entendida como falta de información sobre la realidad de los hechos que acontecen. Dicho esto, resulta que eso otro que la oficialidad ha venido llamando desinformación, puesto que solo lo que lleva su sello se dice que es información veraz, por ejemplo, la publicidad antisistema, la acracia, las noticias falsas, el negacionismo, la propaganda desalineada o la manipulación de otros medios fuera de su control, viene a coincidir en el fondo, aunque no en la forma, con lo que se sirve como información oficialmente validada, pero en este caso desde el lado contrario, es decir, se trata de otra desinformación. Ambas coinciden, usando métodos diferentes y cada una a su manera, en el punto de procurar la desinformación de las masas.

Si el derecho a la información oficial ha mutado en derecho a la desinformación, viene el interrogante sobre donde se encuentra la auténtica información, la que procura conocimiento real. Aquí entra en escena el dinero como instrumento de poder. De ahí que nunca llegue a las masas, porque se reserva solamente para quien dispone del poder y, cuando la comparte, lo hace tras cobrar la tasa correspondiente y solo se oferta a una minoría privilegiada.

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