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El despojo y el saqueo; ahora, nuevas etapas

Uruguay: recuerdos del futuro

Do Rebelión, 21 de Julho 2021
Por Luis E. Sabini Fernández ;https://revistafuturos.noblogs.org/


“LA RIQUEZA QUE SE VA ES LA POBREZA QUE NOS DEJAN” [autor desconocido]

Ya supimos cómo el núcleo dirigente montevideano jamás aceptó el Reglamento Provisorio de Tierras de 1815, que apenas se pudo iniciar a plasmar en los 4 años de 1815 a 1819 y que, llamativamente el cuerpo jurídico de la reacción antiartiguista y oligárquica pasó casi todo el resto del siglo XIX desmontando por vía judicial; esas entregas de tierra, “mal habidas”, diezmando a los usufructuarios del reparto inicial (“los negros libres, los zambos, los indios y los criollos pobres […] las viudas pobres con hijos”).

Montevideo, su población pudiente y dirigente, actuó para con la campaña oriental como lo hiciera el núcleo del poder porteño con respecto a todas las provincias del Virreinato del Río de la Plata.

Volviendo al Uruguay, el mal llamado Interior sufrió sucesivas colonizaciones; la inicial, lusoespañola, arrasando a las poblaciones originarias, que eran muy escasas.[1] Con las tensiones entre porteños, cariocas, ingleses y orientales, se fue consolidando un Uruguay, olvidado de negros, zambos, indios, criollos o viudas pobres.

Un Uruguay de la Contrarreforma agraria, es decir un país de latifundios. Con estancieros. Cimarrones o positivistas y modernizadores. Y su contracara, los rancheríos con abuelas, algunas mujeres y niños. Los varones, conchabados en las estancias, peones para todo servicio, y a menudo las mujeres también; cocina, limpieza, lavado y planchado para “los señores”. Al pueblo natal, a los rancheríos, se venía en todo caso, en algún franco y era por su excepcionalidad encuentros intensos, cargados de privaciones.[2]

Luego de la modernización urbana que trajo el batllismo, en las primeras décadas del s XX, que tal vez ahondó el despojo rural; el urbanismo progresista y modernizador buscaba un lugarcito para Uruguay al sol del nuevo imperio (no ya el Reino Unido sino EE.UU.), y, grosso modo, se desentendió de “el campo”.

En los ’60 sobrevino la Revolución Verde; la primera explosión planetaria de agrotóxicos,[3] y en plena década de los ’90 irradiando hacia el nuevo siglo sobreviene un nuevo desarrollo tecnológico, con la llamada ingeniería genética aplicada a la agricultura.

Así como con la “Revolución Verde” (que es todo menos ecológica, valga la aclaración cromática para principiantes) hizo su entrada la quimiquización de los campos, con la ingeniería genética, prestamente rebautizada “revolución biotecnológica”, tenemos un nuevo despliegue de contaminación cada vez más generalizada (y al glifosato, un herbicida, como su estrella).

Como se ve por sus denominaciones, revolución verde, revolución biotech, la ruralidad en manos de los dueños del capital, constituye un “campo revolucionario”).

Los titulares de las explotaciones de la agricultura contaminante, que de modo no precisamente humilde se autocalifican como “agricultura inteligente”, han entrado en estos últimos años en una nueva etapa de implantación: ya no el arrebato de tierras, de aguas, que está más que medianamente logrado con la extranjerización de la tierra, por ejemplo; ahora se trata de implantar mecanismos de cooptación para que la población “se trague la píldora” de las nuevas realidades.

Estos peldaños de neocolonización o satelización revelan cuánto ya ha avanzado la heteronomía en “nuestro” país; no estamos, como en aquella etapa primigenia del colonialismo europeo de la era moderna; siglos XVII y XVIII, en que ingleses, holandeses, portugueses, procuraban enclaves desde los cuales adueñarse de riquezas que Europa ingería sin pausa. Hoy, con la globocolonización, enfrentamos una situación de mucha mayor penetración imperial.

En primerísimo lugar, en el lenguaje: no “es de recibo” emplear hoy, fórmulas perimidas, sesentaiochescas, como la que acabo de emplear; “penetración imperial”: se trata de integración económica; ingreso de capitales dinámicos y modernizadores.

Así como no corresponde siquiera mencionar las instancias de modernización críticamente (que por otra parte ya están más que asentadas entre nos), podemos sí verificar cómo se vacían los campos, de población, de fauna y de flora propia, y cómo las nuevas producciones con capitales ajenos, disponen de resortes claves: nos están reconfigurando para ser apenas asiento de emplazamientos transnacionales; un tren que nos trae dolores de cabeza en el tejido social para su construcción, y contaminación en su uso; una instalación fabril que usará sin costo aguas nuestras que quedarán inevitablemente contaminadas, arruinando nuestra biota. Y toda esa hipoteca, ambiental y económica dejará poco y nada al país bajo el régimen de zonas francas de que gozan tales emprendimientos.

Grandes extensiones agroindustriales, por más retoques “agroecológicos” que se les adosen, sofocan la producción local, artesanal; la de mejor calidad alimentaria. Enormes superficies de forestación implantada, ha empobrecido la biota y a lo sumo estimulado la presencia de chanchos salvajes en tanto ha disminuido o extinguido la fauna tradicional (la autóctona ya había sido extinguida o casi con la implantación europea; el caso paradigmático es la desaparición de la mara, sustituida en similar nicho biológico, por la liebre europea). En general, podríamos decir que nuestro territorio se está quedando sin mulitas, ni zorros ni perdices ni liebres, para no detallar el verdadero insecticidio producido por los agrotóxicos; coleópteros, ledilópteros, himenópteros y en particular el monstruoso abejicidio.

Teníamos de las mieles mejor cotizadas en el mercado internacional, porque provenían de vegetación natural o de cultivos frutihortícolas, de abejas que volaban de la colmena a los montes y no de la colmena al azúcar dejada al lado de la colmena por el apicultor industrial; ese prestigio correspondía a tiempos en que los agrotóxicos no habían emponzoñado el suelo, el aire y el agua… y las colmenas.

Análogamente, teníamos carne de vaca o de oveja que pastaban “naturalmente”, caminando, y no carne de feed-lot, alimentada desde comederos para vacas casi inmovilizadas, en pie sobre un lago de estiércol y orín. Los dueños de tales campos de concentración suministran una batería de antibióticos, antiparasitarios y antibióticos a sus jóvenes planteles para evitar que las pestes los arrasen. Y los atosigan de alimentos para carnearlos jóvenes porque esos animales no pueden transitar todo su ciclo biológico; mueren antes.

Irónicamente, esa carne joven tiene enorme aceptación entre consumidores locales, que mastican lo tierno, pero no ven lo tóxico. (No pasa lo mismo en el mercado de países mejor informados, que estiman cada vez más carnes sin aditamentos químicos.)

La implantación entonces de una forestación que saquea la humedad de nuestros campos y pone al país al servicio del desarrollo extractivista de celulosa, no nos otorga sino aguas contaminadas, tierras devastadas, escasísimos dólares… ¿cómo sin embargo se aprovechan de la situación?

No solo mediante la claudicación de las capas dirigentes de nuestro país, siguiendo la máxima de Nicanor Parra: ”La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas”, sino también mediante “compensaciones” locales de los inversores: clubes de futbol infantil; cursos de capacitación para la propia industria celulósica; algún a instalación “simbólica” en las cercanías de la planta de, por ejemplo, una potabilizadora (que será usado en primer lugar por la misma empresa); carne “carbononeutral”, última novedad glamorosa que postula producir una carne ambientalmente responsable.

Esa neolengua que denomina anglificadamente carne “carbononeutral” [4] invoca a vacas pastando dentro de cultivos forestales. Alegando dos razones: 1) carne de ganado vacuno alimentado en plantaciones forestales compensarían la producción de gas metano de los rumiantes –que, como se sabe, es un factor que incide en el efecto invernadero– con la producción simultánea, en el mismo lugar, de árboles secuestradores de carbono (que el destino de dichos árboles en pocos años sea la tala para dar lugar a chips de celulosa no parece entrar en la compensación); 2) el otro tipo de “razón” es más problemático, si cabe: se trata de limitar, modificar el carácter rumiante de las vacas, para aminorar la emisión de gas metano: aun cuando se sepa que por kilo en pie, el metano tiene alta incidencia, al observar en el mundo la presencia de otros generadores de efecto invernadero –automovilismo, aviación– nos revela que toda consideración sobre el metano de los rumiantes es apenas una mala coartada simulando preocupación ambiental.


[1] La etnia más numerosa, la charrúa, estaba perfectamente “estudiada” por los sacerdotes que actuaban como punta de lanza para dimensionar “el enemigo” que tenían por delante para adueñarse de toda la tierra. Registros de ese método de relevamientos han quedado en sus informes, de que los charrúas eran apenas pocos miles, dos mil, tal vez, y que los que ellos estimaban particularmente, los “hombres de pelea”, andaban por los 500 (el resto de la población de la sociedad charrúa era denominado por estos “misioneros espías” “chusma”; algo sin importancia ni valor: viejos, mujeres y niños).

[2] Una estampa, de mediados del s XX que registré personalmente: como integrante del equipo de relevamiento de la situación habitacional del país (dirigido por Juan P. Terra, en 1962), me desplacé por zonas y regiones del Uruguay con vehículos provistos mediante acuerdo previo, por municipalidades, policía, Liga de la Lucha Antituberculosa y ejército. Transportado a Las Flores, Paysandú, por el comisario zonal en un jeep policial, antes de iniciar el relevamiento, al ir ingresando al poblado (que constaba entonces apenas de 19 viviendas) me pregunta, inquieto: -¿Tendrá usted que visitar esa casa? mostrándome un rancho con una anciana a la vista. No, le respondo (por el muestreo, me tocaban otras 2 o 3 viviendas). Entonces, cómodamente liberado de una carga, exclama: -“Menos mal, porque ésa es ¡una vieja cuchillera, refalosa y desacatada!”. De retorno, más distendido me explicó: ‘-un domingo los hijos estuvieron de visita, hicieron un asado y se empedaron y hubo que ir a detenerlos [no explicó porqué], pero esa vieja nos enfrentó para impedir que se los llevaran.’ “Esa vieja” era la madre. Y ese comisario, que era “el poronga” local, como me tocó saberlo por otros episodios, había encontrado allí una horma para sus zapatos.

[3] En sus dos ramas, biocidas y fertilizantes. Mientras insecticidas, fungicidas, vermicidas y plaguicidas en general son venenos directamente y como venenos que son envenenan el ambiente, los fertilizantes no sólo no son venenos sino que son vigorizadores de los ciclos vitales. Su toxicidad es por eso indirecta y proviene del sistema agroindustrial, es decir a gran escala; entonces, se advierten sus efectos deletéreos y contraproducentes; por ejemplo, por presencia excesiva de nitrógeno (dando lugar a un derivado; nitrosaminas) o de fósforo (favoreciendo la formación de cianobacterias).

[4] Es un rasgo característico de las implantaciones imperiales la de no respetar los lenguajes vernáculos. Cuando los think tanks de origen estadounidense, en los ’90, se adueñan de un sistema de producción transgénico de alimentos (empezando por los genéticamente más sencillos; soja y maíz) proyectaron un plan alimentario mundial, inicialmente basado en EE.UU. y Argentina como “los” proveedores” para todo el mundo (en rubros principales). Contaban con la aquiescencia de las órbitas necesarias en la Argentina (gobierno peronista de Carlos Menem) y trasladaron “a toda velocidad” el plan a la Argentina. Que más rápido que corriendo aprobó “los alimentos transgénicos”, con informes presuntamente científicos… en inglés.

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