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9 de Mayo de 1945, final de la Gran Guerra Patria

Do Rebelión, 8 de Maio 2021
Por Rodolfo Bueno



El 9 de mayo de 1945 finalizaron la Segunda Guerra Mundial y la Gran Guerra Patria, conflictos que se desarrollaron en lo fundamental en el frente soviético-alemán, donde se libraron las más importantes y decisivas batallas que resquebrajaron la espina dorsal de la Werhmacht, las Fuerzas Armadas de Alemania Nazi, el más potente complejo militar bélico creado por el hombre.

No se cumplieron las expectativas alemanas de conquistar el mundo porque, a diferencia del resto de Europa, la Wehrmacht encontró en la Unión Soviética una resistencia que jamás esperó. Gracias al sacrificio de todos los pueblos de la URSS, la humanidad se libró de la noche eterna del dominio imperial, con que Hitler soñó para mil años. Así es la historia. Ojalá que en Occidente dejen de mentir e inventar otras.

Hitler, el nazismo y la guerra

Adolf Hitler se suicidó el 30 de abril de 1945. Se encontraba en un bunker, donde al final de la guerra se había refugiado, protegiéndose de las tropas soviéticas que lo habían acorralado por completo durante la batalla por Berlín. El nazismo, principal responsable de este conflicto, nació antes de Hitler.

Herodoto cita la leyenda egipcia del continente Hiperbórea-Thule, situado en el lejano norte. Esta tierra mítica es mencionada también por Virgilio en la Eneida y se la suele asimilar a Escandinavia. Cuando el hielo destruye esa remota región, su pueblo emigra al sur. Según varios relatos, Hiperbórea se divide en las islas de Thule y Última Thule, que algunos suponen son Islandia y Groenlandia.

Bal Gangadhar Tilak, antiguo defensor de la libertad de India, en “El hogar ártico de los vedas”, de 1903, asocia el origen de la raza aria con la migración al sur de los habitantes de Thule. Durante la Primera Guerra Mundial, y un poco antes, Guido von List, Jorg Lanz von Liebenfels y Phillip Stauffre, representantes del misticismo y el paganismo alemán, popularizan la ariosofía, sistema ideológico esotérico en que se mezclan el concepto de raza y la teosofía con el nacionalismo germán, para sobre la base de la superioridad de la raza aria legitimar las conquistas de Alemania.

Nietzsche resalta en “Así hablaba Zarathustra” el concepto del superhombre y recalca en su colección de aforismos, “La voluntad del poder”, el papel de la fuerza interna para el desarrollo superhumano. Escribe que la manada, se refiere a la gente común, busca seguridad de sí misma creando reglas, moralidad y leyes, mientras que los superhombres cuentan con una fuerza vital interna que les impulsa a ir más allá del rebaño. Esa fuerza exige y conduce a mentir a la manada para poder permanecer independientes y libres de la “mentalidad de manada”.

Rudolf von Sebottendorf, quien vive mucho tiempo en Estambul, en 1909 se había familiarizado con el movimiento de los jóvenes turcos, pan-turaniano, implicado en el genocidio armenio. Ya en Alemania se hace miembro de la Orden Germánica de los Caballeros Teutones, agrupación basada en el espíritu de la ariosofía, y en 1910 funda en Múnich la Sociedad Thule, cofradía secreta en la que se mezclan la masonería, el racismo, la astrología, la numerología, la alquimia, la meditación sufí, la superioridad aria, el antisemitismo, el genocidio y los asesinatos por motivos políticos. Esta última doctrina se basaba en los “assassins”, actividad estratégica de asesinatos selectivos contra dirigentes políticos, militares y reyes, derivada de la secta nazarí del islam chií, que floreció durante las Cruzadas.

La Sociedad Thule, madre espiritual del nacionalsocialismo, originalmente es creada para dar valor a las tradiciones alemanas y demostrar que el origen de la raza aria, quizás, es la Atlántida, se convierte en una agrupación cuya finalidad es instaurar el nazismo en Alemania. A finales de 1919, Dietrich Eckart, dirigente de la Sociedad Thule, introduce a Hitler en esa organización y le comienza a educar en los métodos para aprovechar el poder de la mente en la creación de la raza aria. Más adelante, le entrena para el discurso público. Hitler dedica “Mi lucha” a Eckart.

Anton Drexler, miembro de la Sociedad Thule, establece en 1919 vínculos con varias organizaciones extremistas de Múnich para, junto con Karl Harrer, fundar el DAP, o Partido Alemán de los Trabajadores. Hitler ingresa a ese partido y el 1 de abril de 1920 lo refunda como NSDAP, o Partido Obrero Nacionalsocialista Alemán, Nazi.

El astrónomo británico Sir Edmund Halley añade otro ingrediente al nazismo, postula a finales del siglo XVII la idea de que la Tierra es hueca. Esta teoría capta la imaginación de mucha gente después de la publicación del libro de Julio Verne “Viaje al centro de la tierra”. En 1871, el novelista británico Edward Bulwer-Lytton, en “La raza que viene”, describe la raza superior, la vril-ya, que vive bajo tierra y planea conquistar el mundo con el vril, una energía psicoquinética. El autor francés Louis Jacolliot promueve este mito en “Las tradiciones indo-europeas” y en “Los hijos de Dios”; en ambos libros, los Thule, habitantes del mundo subterráneo, aprovecharían el poder del vril para convertirse en superhombres y dominar el mundo.

Karl Haushofer, consejero de los japoneses luego de la Guerra Ruso-Japonesa, influye también en el nacionalismo de Hitler. Es responsable, tal vez debido a la extremado respeto que sentía por la cultura japonesa, de la futura alianza de Alemania y Japón. En 1918, Haushofer funda en Berlín la Sociedad Vril, que en la práctica tiene las mismas ideas que la Sociedad Thule. La Sociedad Vril busca bajo tierra el contacto con seres sobrenaturales, para obtener de ellos el poder mental; también defiende el origen euroasiático de la raza aria. De esta manera, a principios del siglo XX, muchos alemanes creen descender de arios que habían migrado al sur desde Hiperbórea-Thule y que estaban destinados a convertirse, mediante el poder del vril, en la raza aria de superhombres; Hitler es uno de ellos.

Haushofer desarrolla la geopolítica y a principios de 1920 se convierte en director del Instituto de Geopolítica en la Universidad de Ludwig-Maximilian de Münich. En su geopolítica defiende la conquista de territorios como un medio para adquirir poder, lo que llama “espacio vital”, lebensraum en alemán. Rudolf Hess, estudiante próximo a Haushofer, le presenta a Hitler, que se hallaba en prisión después del fallido “Putsch de Münich” de noviembre del 1923. Luego le visita a menudo para enseñarle la relación de la geopolítica con las ideas de las Sociedades Thule y el vril. El 30 de enero de 1933, ya nombrado canciller, Hitler adopta la geopolítica como la doctrina para la conquista por la raza aria de Europa Oriental, Rusia y Asia Central.

La esvástica es un antiguo símbolo indú que significa bienestar o buena suerte. Durante miles de años es usada por los hinduistas, budistas y jains, también se generaliza su uso en Tibet y ha aparecido en muchas culturas del mundo antiguo. El nazismo adopta la variante que gira en contra de las manecillas del reloj.

El 25 de diciembre de 1907 por primera vez se usa la esvástica como símbolo ario. Ese día, la Orden de los Nuevos Templarios, sociedad secreta fundada por Adolf Joseph Lanz von Liebenfels, iza en el castillo de Werfenstein, Austria, una bandera amarilla con una esvástica y cuatro flores de lis, símbolo de poder, soberanía, honor y lealtad. Guido von List, poeta alemán, la considera un símbolo únicamente ario, emblema del movimiento neopagano de Alemania; sin embargo, no usa la palabra sánscrita esvástica, sino que la llama “Hakenkreuz”, o sea, la cruz gamada.

Los teóricos nazis sostienen que los arios de la India son el prototipo de invasores de raza blanca y asocian la esvástica con la tesis de la ascendencia aria del pueblo alemán. En 1920, los nazis adoptan la esvástica, la ven como el emblema apropiado de la supremacía blanca, el símbolo de la raza aria. Hitler, en “Mi lucha” la llama el estandarte de “la lucha por la victoria del hombre ario”.

La Sociedad Thule adopta la “Hakenkreuz” como emblema suyo y la sitúa dentro de un círculo con una daga vertical superpuesta. En 1920, Friedrich Krohn, de la Sociedad Thule, le sugiere a Hitler adoptar como el diseño central de la bandera del Partido nazi la «Hakenkreuz», dentro de un círculo blanco. Hitler elige el fondo rojo para competir contra la bandera del Partido Comunista.

Haushofer y la Sociedad Thule buscan los orígenes de la raza aria en el Tibet, donde creen que sus líderes espirituales poseen el poder del vril. Hitler, por influencia de Haushofer, autoriza fundar la Ahnenerbe, oficina para el Estudio de la Herencia Ancestral, que se encarga de investigar las runas alemanas, símbolos utilizados para la adivinación o la magia, la procedencia de la esvástica y el origen de la raza aria. En 1937, Himmler la adscribe a las SS. Ahnenerbe tenía el Instituto de Tibet, que en 1943 pasa a llamarse Instituto Sven Hedin para el Asia Interior y Expediciones. Toma ese nombre en honor al explorador sueco, amigo predilecto de los nazis, que fue invitado por Hitler a dar el discurso de apertura de las Olimpiadas de Berlín de 1936.

Entre abril de 1938 y mayo de 1939 tuvo lugar la expedición al Tíbet, dirigida por el naturalista alemán Ernst Schäfer. Uno de sus miembros, Bruno Beger, es antropólogo y se encarga de investigar las características raciales del pueblo tibetano. En “La raza nórdica entre los indo-germanos de Asia”, defiende la teoría de una “raza nórdica” en Asia Central y el Tibet. En Sikkim y en el Tibet, Beger mide los cráneos de trescientos tibetanos y habitantes de Sikkim y posteriormente examina otras características físicas y marcas corporales. Concluye que los tibetanos ocupan una posición intermedia entre la raza mongola y las europeas y que la presencia del elemento racial europeo se encuentra en la aristocracia, principalmente.

Diversas convicciones religiosas y corrientes ocultistas tuvieron influencia directa en el desarrollo del nazismo y en las creencias espirituales de sus líderes. Adolf Hitler es aficionado a la astrología, la mitología y la mística medieval; Himmler, Hess y Rosenberg tienen gran interés por el ocultismo, cuyo conocimiento debe permitirles determinar los orígenes de la raza aria, su pureza ligada a las tribus germanas y la superioridad de los arios por encima de las demás razas. En el misticismo nazi son importantes la Atlántida; Hiperbórea-Thule; Agartha, reino legendario ubicado debajo del desierto de Gobi; Shambhala, reino místico escondido en algún lugar más allá de la cordillera del Himalaya, y Aldebarán, la estrella más brillante de la constelación Tauro, que consideran los hogares originales de la raza aria y el superhombre.

Creían en la raza madre, “herrenrasse”, que fue corrompida y debilitada por la mezcla con otras razas inferiores. De este conjunto de creencias nazis se destaca la búsqueda del Santo Grial. Otto Rahn, miembro de las SS y autor de “La corte de Lucifer”, lo buscó en Montsegur, y el propio Heinrich Himmler acudió a Montserrat, Barcelona, acompañado de Karl Wolf, su jefe de Estado Mayor y mentor de Rahn. Himmler llevaba consigo “La corte de Lucifer” y ordenó su distribución gratuita entre los oficiales de alta graduación de las SS.

Otro elemento dominante en el nazismo es el interés por los cátaros. Otto Rahn consideraba el Catarismo como una religión ecuménica, capaz de unificar Europa, y a los cátaros como los legítimos guardianes del santo Grial. Rahn falleció de frío el 13 de marzo de 1939 en la montaña del Wilden Kaiser, practicaba la Endura, una especie de suicidio en el ritual de los cátaros.

Himmler concedía a ciertos elegidos el anillo Totenkopfring que indicaba un rango de iniciación en las creencias esotéricas que caracterizaban a la alta cúpula de las SS, creencias que se traducían en rituales mágico-paganos practicados durante los solsticios o equinoccios, que propugnaban la exaltación de la raza aria.

Bajo la influencia de las obras de Nietzsche y la ideología de la Sociedad Thule, Hitler cree que el cristianismo es una religión infectada en sus raíces por el judaísmo, percibe el perdón y la abnegación como algo antinatural, como el triunfo de los débiles, y él mismo se ve predestinado a eliminar el comunismo, doctrina política para los débiles de espíritu.

Si a todo este mejunje ideológico se añade el soporte del gran capital financiero mundial, que ve en Hitler suficientes atributos de dureza y violencia, necesarios para derrotar la efervescencia revolucionaria del pueblo alemán, se comprende que Hitler no es sólo el demagogo que engatusa a un país de grandes tradiciones libertarias y formidables pensadores y artistas, que instaura una dictadura personal y lleva a los habitantes de Alemania a la guerra, como a una manada de ciegos, sino que se trata del resultado de un fenómeno político todavía latente, que muestra su vitalidad en el mundo actual, repleto de conflictos sociales.

La Segunda Guerra Mundial, una guerra imperialista

La Segunda Guerra Mundial fue obra de la plutocracia anglo-estadounidense, apenas terminada la Primera Guerra Mundial, la FED de Estados Unidos y el Banco de Inglaterra prepararon un conflicto de envergadura planetaria; por eso, el Tratado de Versalles exigió a Alemania pagos draconianos, germen del descontento popular que llevó a Hitler al poder, luego del fracaso de la República de Weimar.

En la década de los 30, muchas empresas de EEUU hicieron fuertes inversiones en Alemania, lo que permitió su recuperación luego de la Primera Guerra Mundial. Para entonces, las grandes compañías alemanas estaban en manos estadounidenses: la Standard Oil controlaba las refinerías de petróleo y el proceso de licuefacción de carbón; la Ford, gran parte de las acciones de Volkswagen; el grupo Morgan, la industria química Farbenindustrie AG; la ITT, la red telefónica; la General Electric, la radio y la industria eléctrica AEG, Siemens y Osram; Wall Street controlaba el Deutsche Bank, el Dresdner Bank y el Donat Bank, los más grandes bancos alemanes. Incluso, el oro de Checoslovaquia, depositado en Londres, fue entregado a Hitler cuando sus tropas entraron en Praga. Durante la guerra, la General Motors, dueña de la Opel, mejoró la tecnología de los vehículos militares con los que Alemania invadió la URSS, y una subsidiaria suya fabricó para la Wehrmacht camiones, repuestos para aeronaves militares, minas y detonadores para torpedos.

Por otra parte, los grandes capitalistas alemanes y los mayores empresarios del mundo se habían acercado al partido Nazi, que en la Alemania de la década de los 30 contaba con la mayor organización y fuerza para combatir el comunismo, porque Hitler les había prometido erradicarlo del planeta. En noviembre de 1932, diecisiete poderosos banqueros e industriales alemanes firmaron una solicitud dirigida al presidente Hindenburg, en la que exigían dar a Hitler el cargo de Canciller de Alemania. El 30 de enero de 1933, Hitler fue nombrado Canciller de Alemania después de que banqueros de EEUU estudiaran bajo lupa su candidatura, finalmente aprobada. Luego se produjo el incendio del Reichstag, achacado a los comunistas, lo que le permitió a Hitler investirse de poderes omnímodos, proclamarse Führer, líder absoluto de Alemania, y obtener todo el apoyo internacional. Una vez en el poder, Hitler constituyó el Consejo General de la Nueva Alemania, compuesto por Thyssen, propietario de las minas de carbón del Ruhr; Krupp, dueño de grandes acerías; Simens, magnate de la electricidad; Schrodar, banquero y financista vinculado al capital estadounidense; Reinhardt, Presidente del Consejo de Observación del Banco Comercial; Fisher, Presidente de la Asociación Central de Bancos. En este organismo se hallaban las fuerzas que desataron la guerra.

Para 1939, el New Deal, plan económico creado por Roosevelt, había fracasado y la situación se mantuvo sin cambios. Lo único que pudo salvar al capitalismo mundial fueron los vientos de guerra, que con su soplo eliminaron la crisis. Antes del 1 de septiembre de 1939, los plutócratas del mundo presionaron a Hitler para que desatara la guerra contra Polonia y, posteriormente, contra la Unión Soviética, que siempre fue el blanco principal. Se trató de una política peligrosa, que estimuló las conquistas nazis en el llamado ‘espacio vital’ del este y que casi termina descuartizando a sus auspiciadores, ya que Hitler, antes de dar un paso hacia el Oriente, lo dio hacia Occidente, pues siempre mal paga el diablo a sus devotos.

Stalin, la Unión Soviética y la Gran Guerra Patria

Stalin es, tal vez, la personalidad más deformada de la historia, aunque se debe ser ecuánime y objetivo respecto a este controvertido líder. Un método sería escuchar la opinión de quienes pudieron evaluarlo mal, y no lo hicieron. Isaac Deutscher, autor de una trilogía llena de elogios a Trotsky, el mayor adversario de Stalin, escribe: “Stalin ha alzado a Rusia hasta el grado de segunda potencia industrial del mundo… No se habría podido obtener un resultado similar sin una gran revolución cultural, que ha enviado al colegio a un país entero para impartirle una amplia enseñanza”. Winston Churchill, cuando inicia la Guerra Fría, afirma: “Siento gran admiración y respeto por el valiente pueblo ruso y por mi compañero en tiempos de guerra, el Mariscal Stalin”. Ejemplos así hay por miles.

La Revolución Rusa puso fin a la propiedad privada en todos los ámbitos de la sociedad, redistribuyó los bienes en favor de las clases desposeídas y creó el sistema koljoziano de cooperativas campesinas, con el fin de convertir a corto plazo un país agrario en un país industrial. Entre los mayores logros de Stalin están la electrificación de la Unión Soviética, el progreso de la ciencia en todos los dominios y el desarrollo industrial de ese país mediante planes quinquenales, que se logró en el lapso de diez años, pues, debido a la situación internacional, Stalin previó en 1931 que la guerra contra Rusia se avecinaba, con más razón luego de la llegada de Hitler al poder en Alemania.

Como resultado de la Gran Crisis del capitalismo, que comenzó en 1929 y afectó al mundo de la postguerra como ningún otro fenómeno económico, se inició la lucha por el nuevo reparto colonial del mundo. Tal como lo analiza Stalin: A la sazón se podía dividir al mundo en potencias imperialistas agresoras y potencias imperialistas agredidas. Las primeras, que nada tenían y lo exigían todo, atacaban a las segundas, que lo poseían todo. Para ello, Alemania, Italia y Japón abandonaron la Liga de Naciones, conformaron la alianza del Eje y firmaron el Pacto AntiKomintern.

Las potencias agredidas, pese a que eran económica y militarmente mucho más fuertes que las agresoras, cedían y cedían posiciones. La razón de esta rara conducta era darle aire a la agresión hasta que se transforme en un conflicto germano-soviético; al mismo tiempo, quedar ellos al margen del conflicto. Esperaban que Hitler cumpliese la promesa de liquidar el comunismo, lo presionaban para que se dirija cada vez más lejos en dirección al Este, le abrían la posibilidad de atacar a la Unión Soviética a través de los países del Báltico, y le daban largas al asunto de emprender la creación de un sistema de seguridad colectiva contra la agresión nazi-fascista. Incitaban a las naciones del Eje a atacar a la URSS con la esperanza de que la guerra agotase mutuamente a ambos bandos. Entonces les ofrecerían sus soluciones y les dictarían sus condiciones. Los países beligerantes, cuyas fortalezas se hubieran destruido como consecuencia de un largo batallar entre ellos, no tendrían más opción que aceptarlas. Una forma fácil y barata de conseguir sus fines.

Pese a todos los esfuerzos por mantenerse al margen del conflicto, en 1941 la guerra llegó a la URSS. Desde el primer día de la agresión nazi, Stalin emitió órdenes para trasladar la población e instalaciones industriales lejos del frente; por su parte, el pueblo se aglutinó a su alrededor bajo la consigna: “¡Todo para el frente, todo para la victoria!” Con el fin de defender la patria, los trabajadores laboraron sin descanso, los poetas escribieron poemas motivadores, los compositores crearon música inspirada, los artistas se presentaron en todos los frentes, los campesinos cosecharon los mejores frutos de la tierra, los ingenieros crearon novedosos instrumentos de combate y los soldados entregaron la vida en aras de la libertad. Nadie permaneció indiferente. Un ejemplo es la creación del nuevo himno de la Unión Soviética, que antes había sido “La Internacional”. Cerca de 170 compositores participaron en el concurso. Stalin, personalmente, aprobó el himno y es el autor de la primera estrofa: “Unión indestructible de repúblicas libres, que la Gran Rusia ha unido para siempre…” Desde el 24 de junio de 1945 se entona en los desfiles del Día de la Victoria y su música es la misma que la del himno de Rusia.

El siguiente anécdota es un ejemplo de cómo Stalin tomaba decisiones importantes. La Conferencia de Yalta de 1945 reunió a Stalin, Roosevelt y Churchill, jefes de Estado de los aliados más importantes de la Segunda Guerra Mundial; se convocó para elaborar la política a seguir en Alemania por parte de los Aliados, luego de la guerra. A la propuesta de Churchill de dividir a Alemania en numerosos pequeños estados, Stalin contestó: “Los hitleres van y vienen, pero el pueblo alemán es uno y perdura”. Se puede pensar lo que se guste de Stalin, pero es de ingratos olvidar la inmensa contribución de este dirigente comunista en la derrota del nazismo.

Las guerras de la preguerra

Los historiadores de Occidente sitúan el 1 de noviembre de 1939, cuando Alemania invadió Polonia, como el inicio de la Segunda Guerra Mundial; no toman en cuenta que en el Lejano Oriente, entre el 30 de diciembre de 1937 y el día de la invasión a Polonia, Japón había asesinado a más de diez millones de chinos y que antes hubo otras guerras desatadas por el nazi-fascismo.

La guerra de Etiopía

Italia, cuya voracidad estaba estimulada por creerse estafada en la repartición del mundo que las potencias imperialistas realizaron en 1870, comenzó a codiciar Etiopía, en esa época llamada Abisinia. Esgrimió como razón una “misión civilizadora”. Mussolini preguntó su opinión a Mac’Donald, Primer Ministro de Inglaterra, quien le respondió: “A las mujeres inglesas les enorgullece las aventuras amorosas de sus maridos bajo la condición de que actúen discretamente. Por eso actúe con mucha táctica, nosotros no nos opondremos”.

Italia comenzó la agresión a Etiopía a partir de Eritrea y Somalía. Sus pertrechos, 350.000 soldados y 14.500 oficiales, 510 aviones y 300 tanques, cruzaron sin ninguna dificultad el Canal de Suez, que en esa época pertenecía a un consorcio anglo-francés. La URSS propuso en la Liga de Naciones que se declarara a Italia país agresor y se ayudese a Etiopía a repeler la agresión, pero no le hicieron caso. “Si se hubieran aplicado sanciones totales, la movilización de Mussolini hubiese sido detenida por completo”, escribe en sus memorias C. Hull, en ese entonces Secretario de Estado de Estados Unidos. Al contrario, Italia adquirió en ese país material estratégico, especialmente petróleo.

El cruce del Rin por las tropas alemanas

En 1936, Hitler rompió el Tratado de Versalles al cruzar sus tropas al otro lado del Rin, zona desmilitarizada de Alemania. Francia aceptó que el Ejército Alemán llegase a sus fronteras por estar paralizada por la política de apaciguamiento. “A Adolf Hitler se le permitió ganar la primera batalla de la Segunda Guerra Mundial sin disparar un solo tiro”, escribió Sir Wheeler Bennet, historiador inglés.

La Guerra Civil de España

Posteriormente, los fascistas fijaron su interés en España. El triunfo del Frente Popular en las elecciones parlamentarias de ese país era algo que la derecha mundial no pudo aceptar. El 18 de julio de 1936, el General Francisco Franco inició el levantamiento de los llamados nacionalistas españoles. Hitler y Mussolini enviaron aviones de transporte para trasladar las tropas de Franco de Marruecos a España. Entre 1936 y 1939 llegaron para pelear en las filas nacionalistas 310.000 soldados extranjeros, de ellos 150.000 italianos, 90.000 marroquíes, 50.000 alemanes y 20.000 portugueses.

La política de no intervención, declarada por Inglaterra y Francia, consistía en prohibir la venta de armas a la República de España, y resultó ser de gran ayuda para Franco que, al mismo tiempo, adquirió 12.000 camiones Ford y 1’800.000 toneladas de gasolina, que la Texaco de la “neutra Norteamérica” y la inglesa Shell le vendieron a crédito durante la guerra. Franco sostuvo: “Sin el petróleo americano, sin los camiones americanos, sin los créditos americanos, nunca hubiésemos ganado la guerra”. A fines de marzo de 1939, Franco derrotó a la República de España.

La URSS fue el único país que vendió armas a la República de España y ayudó a organizar al Ejército Popular Español, también fueron de gran ayuda en la lucha contra el nazi-fascismo y por la democracia las Brigadas Internacionales procedentes de cincuenta y tres países. En ellas pelearon personalidades de la talla de Ernest Hemingway, César Vallejo, George Orwell, Palmiro Togliatti y otros más.

La Guerra Civil Española fue la más sangrienta conflagración que hubo antes de la Segunda Guerra Mundial, se prolongó durante 986 días y si las fuerzas democráticas fueron derrotadas fue porque se dieron una serie de factores, especialmente de orden externo, que posibilitaron este fatal suceso.

El Anschluss

La primera víctima directa de Alemania Nazi fue Austria. Un día soleado del 12 de marzo de 1938, Alemania invadió Austria y la anexó. Todo transcurrió mientras el gobierno británico ofrecía un almuerzo al ex Embajador Von Ribbentrop, que acababa de ser nombrado Ministro de Relaciones Exteriores del Tercer Reich. Ribbentrop tranquilizó a Lord Halifax, Canciller de Gran Bretaña, le explicó que sólo se trataba de reunificar a los alemanes y que, finiquitado este espinoso problema, quedaba abierto el camino para el entendimiento anglo-alemán.

El “Anschluss”, o sea la transformación de Austria en una provincia del Tercer Reich, fue un aperitivo en los planes expansionistas del nazismo. El territorio del Reich creció en un 17%, su población en un 10%, la Wehrmacht se incrementó de golpe en 50.000 soldados y oficiales y la economía y la industria de Austria comenzaron a trabajar para satisfacer los apetitos imperiales de los revanchistas alemanes.

El Primer Ministro de Inglaterra, Chamberlain, que no estaba dispuesto a pelear contra Alemania, dijo ante el comité de política exterior de Inglaterra: “Lo sucedido no debía obligar al gobierno inglés a cambiar de política, al contrario, los últimos acontecimientos han fortificado su convencimiento en la justeza de esta política y lo único de lamentar es que este rumbo no se hubiese emprendido antes”. Alemania comenzó de inmediato a construir autopistas que conducían a las fronteras checas, húngaras y yugoslavas. Checoslavaquia quedó así atenazada por las nuevas fronteras.

La confabulación de Münich

En septiembre de 1938 se suscribió el Pacto de Münich, que traspasó a Alemania la estratégica región de los Sudetes, perteneciente a Checoslovaquia. Hitler reclamaba para Alemania los Sudetes, donde estaban las principales fortificaciones militares de Checoslovaquia, por estar poblada mayoritariamente por alemanes. De esta manera, los imperios rifan el destino de las naciones más débiles; es este caso, las debilidades y las falencias de Inglaterra y Francia coludieron con las ambiciones de Hitler.

Checoslovaquia surgió luego de la Primera Guerra Mundial como consecuencia de la desintegración del Imperio Austro-Húngaro. El Pacto de Asistencia Mutua, firmado entre Francia y Checoslovaquia, garantizaba su existencia. También se firmó el Tratado Checo-Soviético, según el cual, en el caso de una agresión a Checoslovaquia y si Francia cumplía con el Pacto de Asistencia Mutua, la URSS se comprometía a pelear contra el agresor. Por otra parte, Gran Bretaña se comprometió a luchar junto a Francia en el caso de una guerra contra Alemania.

El capitán Wiedemann, enviado de Hitler, informó a Lord Halifax que el Führer estaba iracundo y que habría consecuencias desastrosas de no resolverse el problema de los Sudetes. Halifax le respondió: “Trasmítale que espero vivir hasta el momento en que se realice la meta fundamental de todos mis esfuerzos: Ver a Hitler con el rey inglés juntos en el balcón del palacio de Buckingham”.

Chamberlain se entrevistó con Hitler para “lograr un acuerdo anglo-alemán”, que resolviera definitivamente el problema checo. Le planteó a Hitler que Alemania e Inglaterra debían ser “los pilares de la paz en Europa y los baluartes contra el comunismo”. Luego de tres horas de conversación con Hitler, Chamberlain aceptó el traslado de los Sudetes a Alemania. Pidió tiempo para consultar con su gabinete y con París, a los que sostuvo que si se entregaban los Sudetes a Alemania se lograría el deseado arreglo con el Füher y “se podría amortiguar las dificultades existentes y alcanzar acuerdos en otros problemas”. No fue tomada en cuenta Checoslovaquia, a la que recomendaron anular los pactos con Francia y la URSS y ceder a Alemania las partes de los Sudetes donde vivían más del 50% de alemanes. A cambio de ello, Inglaterra y Francia se comprometían a garantizar las nuevas fronteras. La respuesta debía ser inmediata, pues Chamberlain se encontraría con Hitler el 22 de septiembre.

El Presidente Beneš rechazó la propuesta de Chamberlain porque la Unión Soviética le confirmó que estaba dispuesta a ayudar a Checoslovaquia aun si Francia no lo hacía y tendría el respaldo de Moscú en la Liga de Naciones en el caso de que Praga solicitara ayuda a ese organismo. Inglaterra y Francia le presentaron un ultimátum: “Si los checos se agrupan con los rusos, la guerra podría transformarse en una cruzada contra los bolcheviques. Entonces a los gobiernos de Inglaterra y Francia les sería muy difícil quedar al margen”. La mañana del 21 de septiembre, los checos aceptaron el ultimátum. Hitler exigió entonces que antes del 28 de septiembre los Sudetes debían formar parte del Tercer Reich y, a pedido de Chamberlain, alargó el plazo hasta el 1 de octubre.

Cuando Lord Halifax entregó esta exigencia a Jan Masaryk, Embajador de Checoslovaquia, le explicó: “Ni el Primer Ministro inglés ni yo queremos darle consejo alguno con respecto al memorándum… El Primer Ministro está persuadido de que Hitler sólo quiere los Sudetes, si lo consigue no reclamará nada más”. El díalogo continuó así, Masaryk: “¿Y usted cree eso?”; Lord Halifax: “Yo no le he dicho que el Primer Ministro esté convencido de eso”; Masaryk: “Si ni usted ni el Primer Ministro quieren darnos ningún consejo sobre el memorándum, entonces, ¿cuál es el papel del Primer Ministro?”; Lord Halifax: “El de correo y nada más”; Masaryk: “Debo entender que el Primer Ministro se ha convertido en recadero del asesino y salteador, Hitler”; Lord Halifax, un poco turbado: “Pues, si le parece, sí”.

Hitler propuso la realización de una conferencia entre Inglaterra, Francia, Alemania e Italia. Checoslovaquia, que en ese conciliábulo perdió la quinta parte de su territorio, la cuarta parte de su población y la mitad de su industria pesada, no fue invitada.

El 30 de septiembre se le comunicó verbalmente a la delegación checa, que esperaba impaciente en el piso inferior de la reunión, el destino de su país. Sus delegados reclamaron indignados por la monstruosa resolución, a lo que se les contestó: “¡Es inútil discutir! Está decidido”.

Chamberlain regresó a Londres. Blandía con mucho orgullo un papel que, según dijo, “aseguraba la paz por una generación”. Para reafirmar sus palabras citó la frase de Henrique IV, de Shakespeare: “De la ortiga de los peligros sacaremos las flores de la salvación”. El periódico Izvestia de Moscú le recordó al día siguiente la réplica que sigue a la misma frase: “La empresa que has cometido es peligrosa, los amigos que me has enumerado son inseguros, y el mismo momento ha sido mal escogido. Toda tu conspiración es demasiado liviana como para pesar más que dificultades graves”.

Medio año después, las tropas alemanas entraron a Praga ante la impasible mirada de Inglaterra y Francia, garantes que no movieron un dedo para prestar ayuda a Checoslovaquia. Política que hasta ahora no ha cambiado y que favorece al agresor.

El Pacto de no Agresión Ribbentrop-Mólotov

El 23 de julio de 1939, Molótov, Ministro de Relaciones Exteriores de la Unión Soviética, propuso a Gran Bretaña y Francia el envío de una comisión militar a Moscú, con el propósito de lograr un acuerdo que impidiera la agresión alemana a Polonia. Pese a que la guerra estaba al borde de estallar, el 11 de agosto, diecinueve días después, la misión arribó a Moscú. Estaba encabezada por personajes que no tenían atribuciones ni poderes para discutir nada ni firmar algún convenio militar concreto. La delegación nunca contestó a la inquietud fundamental de Moscú: para poder enfrentarse con Alemania, las tropas soviéticas tenían que pasar por el territorio polaco o el rumano, sin esta condición era imposible la participación de la Unión Soviética en una alianza militar con Inglaterra y Francia.

El 14 de agosto, el Almirante Drax, Jefe la Misión, reconoció: “Creo que nuestra misión ha terminado”; sin embargo, propuso una nueva reunión para después de tres o cuatro días. El 23 de agosto, Voroshilov, Ministro de Defensa de la URSS, advirtió a la comisión: “Nosotros no podemos espera a que Alemania derrote a Polonia para que después se lance contra nosotros. Mientras tanto ustedes estarían en sus fronteras reteniendo a lo mucho diez divisiones alemanas. Necesitamos un trampolín desde el cual atacar los alemanes, sin él no podemos ayudarlos a ustedes”. Ante el silencio de los delegados añadió: “El año pasado, cuando Checoslovaquia se encontraba al borde del abismo, no obtuvimos una sola señal de Francia. El Ejército Rojo estuvo listo para atacar, pero esa señal nunca llegó. Ahora los gobiernos de Francia e Inglaterra han prolongado inútilmente y durante demasiado tiempo estas conversaciones. Fue necesario obtener una clara respuesta de Polonia y Rumania sobre el paso de nuestras tropas a través de sus territorios”.

Poco después, el gobierno soviético aceptó la propuesta alemana de concluir un acuerdo de no agresión que Alemania le había planteado en reiteradas ocasiones, desde mayo de 1939. La URSS, que actuaba con mucha cautela para impedir que la arrastraran a un conflicto que no buscaba ni deseaba, firmó el Pacto de no Agresión con Alemania el 23 de agosto de 1939. Conocía además que Francia e Inglaterra sostenían conversaciones secretas con Alemania con la finalidad de concluir un acuerdo dirigido contra la Unión Soviética. Al firmar este pacto, el gobierno soviético no se hacía ilusiones. El Mariscal Zhukov sostuvo que se partía del supuesto de que el mismo no libraba a la URSS de ser agredida y añadió: “En ningún momento escuché a Stalin palabras tranquilizadoras en relación al Pacto de no Agresión”. Las críticas a este pacto tienen la finalidad de absolver a los responsables del estallido de la guerra. Posteriormente, cuando se conformó la coalición antinazi, muchos políticos relevantes de Occidente lo valoraron positivamente.

La Segunda Guerra Mundial

Luego de la entrega de Checoslovaquia a Alemania, Hitler exigió la devolución del Corredor Polaco, la entrega del puerto de Dánzig y que Polonia le cediera facultades extraterritoriales para construir autopistas y líneas férreas por territorio polaco. Después, anuló el pacto de no agresión firmado con Polonia y renunció al convenio naval anglo-alemán, posteriormente comenzó a reclamar las colonias que le fueron arrebatadas por Francia e Inglaterra luego de la Primera Guerra Mundial.

El 1 de septiembre de 1939, Alemania invadió Polonia. Dos días después Inglaterra y Francia le declararon la guerra a Alemania, estos hechos dieron inicio a la Segunda Guerra Mundial. La “Blitzkrieg” fue la estrategia de guerra que dio grandes éxitos a la Wehrmacht. Consistía en concentrar gran cantidad de fuerzas en zonas estrechas del frente, con lo que adquiría absoluta superioridad, tanto de soldados como de instrumentos de guerra. El Ejército Polaco fue derrotado en cinco semanas.

A partir del la derrota de Polonia se desarrolló lo que se conoce con el nombre de “Guerra Boba”. El ejército anglo-francés, que no había hecho nada durante el ataque alemán a Polonia, siguió sin hacer nada mientras Alemania concentraba grandes cantidades de tropas en la frontera occidental de Francia y continuó sin hacer nada cuando Alemania, entre el 9 de abril y el 10 de mayo de 1940, se apoderó de Noruega, Dinamarca, Holanda, Belgica y Luxemburgo.

El corresponsal francés R. Dorgeles escribe: “Yo estaba asombrado de la tranquilidad allí reinante. Quienes manejaban la artillería en el Rin miraban tranquilamente a los trenes alemanes que transportaban material de guerra en la orilla contraria, nuestros aviadores volaban sobre las humeantes chimeneas del Sarre, sin arrojar bombas. Evidentemente la principal preocupación del comando supremo consistía en no intranquilizar al enemigo”. Cuando al Ministro de Aviación de Inglaterra se le pidió bombardear los bosques macizos de Alemania, respondió: “Qué le pasa, es imposible, es propiedad privada. Sólo faltaría que se me pidiera bombardear el Ruhr”.

El 14 de mayo de 1940, los tanques alemanes rompieron las líneas defensivas francesas, en la región de Sedan, y se precipitaron en dirección a occidente, el pánico se apoderó de las tropas francesas. El 18 de mayo el 9° ejército francés fue derrotado y su comandante capturado. El 20 de mayo, las divisiones motorizadas alemanas llegaron a las costas de la Mancha. El 27 de mayo comenzó la evacuación de las fuerzas inglesas desde Dunquerke, que fue exitosa gracias a que las divisiones motorizadas comandadas por el General Kleist detuvieron su marcha.

Este hecho tiene una explicación política, eliminada Francia, Hitler esperaba ponerse de acuerdo con Gran Bretaña para lograr la creación de un frente común contra su principal enemigo, la Unión Soviética. Se cree que para esa negociación, Rudolf Hess, segundo hombre fuerte de Alemania, voló a Gran Bretaña y se arrojó en paracaídas cerca de la residencia de Lord Halifax. Buscaba contactos con Inglaterra para lograr la división de las esferas de influencia en el mundo.

La mañana del 14 de junio, las tropas nazis entraron en París y desfilaron por los Campos Elíseos. El Mariscal Petain formó un nuevo gobierno. El 17 de junio, Petain pidió a los franceses cesar los combates. El 21 de junio de 1940, en el bosque de Compiègne, a unos 70 kilómetros de París, en el mismo vagón en el que 22 años atrás se habían rendido los alemanes a los franceses, bajo los acordes de “Deutschland Uber Alles” y el saludo nazi hecho por Hitler, Francia se rindió a Alemania. Todo el potencial industrial de Francia, las fábricas de automotores, de aviación y de productos químicos, comenzó a trabajar para las necesidades bélicas de Alemania. Lo mismo pasó en todos los demás países ocupados por los nazis.

La mitad de Francia iba a ser zona ocupada, allí vivía el 65% de la población, se producía el 94% del acero, el 79% del carbón, el 75% del trigo y el 65% de la ganadería; la otra mitad, desde la ciudad de Vichy, iba a ser gobernada por Petain, dictadura del sector de la burguesía francesa, aliada al régimen nazi de Alemania. Razón por la cual, terminada la guerra, la IV República nacionalizó las fábricas de la mayor parte de estos sectores sociales. Pero la gran mayoría del pueblo francés se alineó con las fuerzas de la “Francia Libre”, a cuya cabeza se encontraba el General Charles De Gaulle, o con el Partido Comunista Francés. Ambos movimientos combatieron codo a codo y jugaron un importante rol en la lucha contra el fascismo.

El Plan Barbarrosa

Luego de apoderarse de Europa continental, el 18 de diciembre de 1940 Hitler firmó la orden para desarrollar el Plan Barbarrosa; el mismo contemplaba la destrucción de la URSS en tres o cuatro meses. El alto mando alemán estaba tan convencido del éxito del Plan Barbarossa que para después de su cumplimiento planeaba, a través del Cáucaso, la toma de Afganistán, Irán, Irak, Egipto y la India, donde las tropas alemanas planificaban encontrarse con las japonesas; esperaba también que se les unieran España, Portugal y Turquía. Dejaron para después la toma de Canadá y EEUU, con lo que Alemania lograría el dominio total del mundo.

La orden de poner en ejecución el Plan Barbarossa la dio Hitler cuando trabajaban para la Wehrmacht cerca de 6.500 centros industriales europeos y en las fábricas alemanas laboraban 3’100.000 obreros especialistas extranjeros. Alemania poseía en ese entonces dos veces y media más recursos que la URSS y era la más poderosa potencia imperialista del planeta; lo acompañaron en esta mortífera aventura muchos otros estados europeos y numerosos voluntarios del resto del mundo.

El Pacto Tripartito

El 27 de septiembre de 1940 se firmó el Pacto Tripartito, según el cual el mundo se dividía en esferas de influencia: Alemania e Italia dominarían Europa y Japón, el Asia Oriental. El 25 de marzo de 1941, Yugoslavia se unió al Pacto Tripartito. El pueblo de ese país salió a las calles a manifestar su descontento, y un grupo de jóvenes oficiales dio un golpe de Estado, derrocó al gobierno aliado de los nazis y nombró uno nuevo, encabezado por el General Simovich, Jefe de la Fuerza Aérea. El 6 de abril de 1941, Hitler declaró la guerra contra Yugoslavia y Grecia. La campaña de los Balcanes duró 18 días, entre el 6 de abril y el 24 de abril de 1941. Hitler era, prácticamente, dueño de Europa. Ahora sí podía lanzarse contra la Unión Soviética.

La Gran Guerra Patria de la Unión Soviética

La guerra de Alemania contra la URSS era esperada, pero las fechas notificadas por los servicios secretos soviéticos sobre su inicio no coincidían, algunas eran reales y otras erróneas. La “Orquesta Roja” informó a Moscú que “la cuestión del ataque armado contra la Unión Soviética estaba decidida”; Harro Schulze-Boisen, sobrino del Almirante Tirpiz y funcionario del Estado Mayor de las Fuerzas Aéreas de Alemania, comunicó que “la cuestión de la agresión de Alemania a la Unión Soviética definitivamente está decidida. Su comienzo debe esperarse próximamente”; desde el Japón, Richard Sorge hizo saber que la guerra se iniciaría a fines de junio; Zoia Voskresenskaya relata en “Ahora puedo contar la verdad”, que el conde Von Schulenburg, Embajador de Alemania en la URSS, dio una recepción poco antes del comienzo de la Gran Guerra Patria, en ella, Schulenburg la invitó a bailar. Mientras bailaban el embajador disimuladamente la hizo pasar por distintas salas y Zoia cayó en cuenta de que la embajada iba a ser evacuada, pues las salas y los despachos estaban atiborrados de maletas, cajas… y los armarios estaban vacíos, lo que confirmaba la información que tenía la Inteligencia rusa. Horas después Zoia informó a sus jefes lo que había visto, los que, a su vez, informaron a Stalin. Todo esto se sabía, pero la Wehrmacht tenía el mayor poder destructivo conocido hasta entonces.

El domingo 22 de junio de 1941, exactamente a las 4 horas de la madrugada, Alemania nazi dio inicio al Plan Barbarossa. Un ejército jamás visto por su magnitud, experiencia y poderío, se lanzó al ataque en un frente de más de 3.500 kilómetros de extensión, desde el mar Ártico, en el norte, hasta el mar Negro, en el sur. Era un total de 190 divisiones, cinco millones y medio de soldados, 4.000 tanques, 4.980 aviones y 192 buques de la armada nazi.

El 24 de junio de 1941, el entonces Senador Harry Truman declaró al New York Times: “Si vemos que gana Alemania, entonces debemos ayudar a Rusia y si comienza a ganar Rusia, entonces debemos ayudar a Alemania. De esta manera, ojalá se maten entre ellos, entre más mejor. Aunque yo no quiero la victoria de Hitler bajo ninguna circunstancia”. Esta era la mentalidad de quien a la muerte de Roosevelt ocuparía la presidencia de EEUU.

Las expectativas alemanas del plan Barbarossa fracasaron porque la Wehrmacht encontró en la URSS una resistencia que los desesperó desde el mismo inicio de la guerra. El General Galdera, jefe de Estado Mayor de las tropas terrestres de Alemania, escribió: “Los rusos siempre luchan hasta la última persona”. Es que desde el primer día de guerra, la población soviética se aglutinó bajo la consigna: “¡Todo para el frente, todo para la victoria!” Con la finalidad de defender a su patria, los trabajadores laboraron sin descanso, los poetas escribieron poemas motivadores, los compositores crearon música inspirada, los artistas se presentaron en todos los frentes, los campesinos obtuvieron los mejores frutos de la tierra, los ingenieros inventaron novedosos instrumentos de combate y los soldados entregaron su vida en aras de la libertad. Nadie permaneció indiferente.

El 3 de julio de 1941, Stalin se dirigió al pueblo soviético en un discurso, célebre porque, pese a no ocultar para nada la gravedad de la situación en frente, sus palabras imbuían en el pueblo soviético la seguridad en la futura victoria. En su discurso dijo: “Nuestras tropas luchan heroicamente, a pesar de las grandes dificultades, contra un enemigo superiormente armado con tanques y aviones… El propósito de la guerra popular consistirá no sólo en destruir la amenaza que pesa sobre la Unión Soviética sino también en ayudar a todos aquellos pueblos de Europa que se encuentran bajo el yugo alemán… Camaradas, nuestras fuerzas son poderosas. El insolente enemigo se dará pronto cuenta de ello… ¡Hombres del Ejército Rojo, de la Armada Roja, oficiales y trabajadores políticos, luchadores guerrilleros! ¡Camaradas! ¡Los pueblos de Europa esclavizados os miran como libertadores! ¡Sed dignos de tan alta misión! La guerra en la que estáis luchando es una contienda libertadora, una guerra justa. Ojalá, os inspiren en esta lucha los espíritus de nuestros grandes antepasados… ¡Adelante, hacia la Victoria!” A partir de entonces se inicio la conflagración conocida como la Gran Guerra Patria. Se necesitó del colosal esfuerzo del pueblo soviético para revertir la grave situación y lograr la victoria.

En los primeros meses de guerra, los grupos “Centro” y “Norte” de la Wehrmacht lograron acercarse a Moscú y Leningrado, dos de sus principales metas; nada parecía capaz de detener a este monstruo apocalíptico, cuyas botas habían pisado casi toda Europa. Sin embargo, el primer fracaso del Plan Barbarrosa se dio cuando la Wehrmacht fue derrotada en las puertas de Moscú y no pudo desfilar el 7 de Noviembre de 1941 por la Plaza Roja, tal cual había sido planificado, sino que lo hizo el Ejército Soviético, después los soldados se dirigieron al frente y ganaron la Batalla de Moscú; cosechaban el ejemplo del Mayor Klochkov, que se arrojó debajo de un tanque alemán con granadas en las manos exclamando: “Aunque Rusia es inmensa, no hay a donde retroceder, ¡detrás está Moscú!”

Sobre esta batalla el General Douglas MacArthur escribe: “En mi vida he participado en varias guerras, he observado otras y he estudiado detalladamente las campañas de los más relevantes jefes militares del pasado. Pero en ninguna parte había visto una resistencia a la que siguiera una contraofensiva que hiciera retroceder al adversario hacía su propio territorio. La envergadura y brillantez de este esfuerzo lo convierten en el logro militar más relevante de la historia”.

Stalingrado, la batalla que enrumbó a la historia

La siguiente victoria soviética se dio en la Batalla de Stalingrado, la más sangrienta y encarnizada que se conoce, la suma total de las perdidas por ambas partes supera con creces los dos millones de soldados muertos; se prolongó desde el 17 de julio de 1942 hasta el 2 de febrero de 1943, cuando, luego de ininterrumpidos y feroces combates, culminó con la victoria del Ejército Rojo sobre el poderoso Sexto Ejército Alemán, comandado por el General Paulus, algo que nadie en el mundo occidental esperaba.

Cuando el General Vasili Chuikov llegó a hacerse cargo de la comandancia del 62.º Ejército que se enfrentó al Sexto Ejército Alemán, fuerza élite de la Wehrmacht que había conquistado Europa continental, el Mariscal Yeriómenko le preguntó: “¿Camarada, cuál es el objetivo de su misión?” Su firme respuesta fue: “Defender la ciudad o morir en el intento”. Yeriómenko tuvo la certeza de que Chuikov había entendido perfectamente lo que se le exigía. Según Chuikov, “por todas las leyes de las ciencias militares, los alemanes debieron ganar la batalla de Stalingrado y, sin embargo, la perdieron. Es que nosotros creíamos en la victoria. Esta fe nos permitió vencer y evitó que fuésemos derrotados”. Comprendía cabalmente que Alemania ganaba la guerra si triunfaba en Stalingrado.

Chuikov comenzó con menos de 20.000 hombres y 60 tanques, pese a ello fortificó las defensas en los lugares donde era posible contener al enemigo, especialmente, en la colina de Mamáev Kurgán, donde cayó abatido Rubén Ruiz Ibárruri, hijo único Dolores Ibárruri, la Pasionaria, dirigente comunista de España; además, estimuló el uso de francotiradores, uno de ellos, el famoso Vasili Záitsev. Seguía la doctrina del conde Súvorov: “Sorprender al contrincante significa vencerlo”. Por eso, luchaba en las condiciones que los alemanes detestaban, ello le permitió derrotarlos.

Después de tres meses de sangrientos combates, los alemanes habían capturado el 90% de la ciudad y dividido a las fuerzas soviéticas en tres bolsas estrechas. Gracias a la moral combativa de los defensores de Stalingrado, los alemanes lograron avanzar apenas medio kilómetro en doce días de la ofensiva de octubre del 1942. El 11 de noviembre, y por última ocasión, los alemanes atacaron en Stalingrado, intentaban llegar al río Volga en un frente de cinco kilómetros; el ataque fracasó porque los rusos defendieron cada metro de su tierra.

Sobre la Batalla de Stalingrado, el General alemán, Dorr, escribió: “El territorio conquistado se medía en metros, había que realizar feroces acciones para tomar una casa o un taller… Estábamos frente a frente con los rusos, lo que impedía utilizar la aviación. Los rusos eran mejores que nosotros en el combate casa por casa, sus defensas eran muy fuertes”. El General Chuikov fue el que ideó esta forma de lucha, en la que el espacio de separación de sus tropas de las alemanas jamás excedía el radio de acción de un lanzador de granadas.

El 19 de noviembre de 1942 comenzó la operación Urano, ofensiva soviética que había sido preparada con el mayor de los secretos, por lo que fue inesperada para los alemanes, el objetivo donde convergían las tenazas de la ofensiva era el pueblo de Kalach y su puente. Al cuarto día, el 23 de noviembre, 330.000 soldados alemanes fueron cercados en un anillo de entre 40 a 60 kilómetros de amplitud. El ultimátum enviado por el Mariscal Rokosovsky al General Paulus fue rechazado.

El 30 de enero, Hitler ascendió al rango de Mariscal de Campo al General Paulus. En realidad, el acenso era una orden de suicidio, pues en la historia de las guerras no hay un sólo caso en que un mariscal de campo haya caído prisionero. Pero Paulus no tenía la intención de dispararse por ese cabo bohemio, como informó a varios generales, y prohibió hacerlo a los demás oficiales, que debían seguir la suerte de sus soldados.

El 2 de febrero de 1943, luego de arduos combates en los que fracasaron todos los intentos por romper el cerco, cesó la resistencia alemana en Stalingrado. El Ejército Soviético capturó un mariscal de campo, 24 generales, 25.000 oficiales y 91.000 soldados. Paulus fue hecho prisionero y en 1944 se unió al Comité Nacional por una Alemania Libre. En 1946 fue testigo en los Juicios de Núremberg. Antes de partir hacía Dresde, donde fue jefe del Instituto de Investigación Histórica Militar de la República Democrática Alemana, declaró: “Llegué como enemigo de Rusia, me voy como un buen amigo de ustedes”. Murió en Dresde el 1 de febrero de 1957.

En la batalla de Stalingrado, la Wehrmacht perdió cerca de un millón de hombres, el 11% del total de todas las pérdidas alemanas durante la Segunda Guerra Mundial, el 25% de todas las fuerzas que en esa época operaban en el Frente Oriental. Fue la peor derrota sufrida por el Ejército Alemán durante toda su historia. En Memorias de un Soldado, el General Heinz Guderian escribe: “Después de la catástrofe de Stalingrado, a finales de enero de 1943, la situación se hizo bastante amenazadora, aún sin la intervención de las potencias occidentales”.

Un episodio épico de esta batalla es el de la Casa de Pávlov, que sucedió entre el 23 de septiembre y el 25 de noviembre de 1942. Los alemanes fueron incapaces de apropiarse de ese edificio de departamentos, defendido por una docena de aguerridos soldados rusos. Los hombres de Yákov Pávlov, suboficial que tomó el edificio y comandó la defensa de ese fortín, eliminaron más soldados del enemigo que los soldados alemanes que murieron durante la liberación de París.

La Batalla de Stalingrado fue el punto de inflexión de la Segunda Guerra Mundial y resultó una auténtica catástrofe militar para los alemanes, cuyas tropas no pararían de retroceder hasta rendirse ante el Mariscal Zhúkov en Berlín, dos años y cuatro meses después. La victoria Stalingrado marcó el inicio de la derrota de Alemania, sentó las bases para la expulsión masiva de los invasores del territorio soviético, desbarató los planes alemanes, resquebrajó su sistema de alianzas y llenó de esperanzas a todos los pueblos de los países que luchaban contra el fascismo. La casi totalidad del material militar que se empleó fue fabricado en las fábricas que los técnicos de la Unión Soviética habían trasladado desde la zona central de Rusia hasta el otro lado de los Urales, con los alemanes pisándoles los talones.

Después de la Batalla de Stalingrado, la URSS conoció que en 1943 tampoco se abrirá el Segundo Frente, lo que significaba que Alemania podía concentrar en el Frente Oriental a lo más selecto de sus tropas para luchar contra la URSS. Stalin le escribió a Roosevelt: “Usted y Churchill han decidido posponer la invasión a Europa Occidental para la primavera de 1944. Otra vez nos tocará luchar casi solitariamente”. Y en carta a Churchill escribe: “Nuestro gobierno nunca pudo imaginar que EEUU y Gran Bretaña revisaran la decisión de invadir Europa Occidental… Usted me dice que comprende por completo mi desilusión. Es mi deber aclararle que no se trata de una simple desilusión del gobierno soviético sino de mantener la confianza entre los aliados. No hay que olvidar que se trata de salvar la vida de millones de personas que viven en las regiones ocupadas de Europa Occidental y Rusia, así como también de reducir las inmensas bajas del Ejército Soviético”. Finalmente, un año después se produjo el desembarco en Normandía.

Kursk, la batalla definitoria

Bajo estas circunstancias se produjo la Batalla de Kursk, en la que, según Hitler, los alemanes “debían recuperar en el verano lo que habían perdido en el invierno”. Para ese entonces el frente soviético alemán se había estabilizado a lo largo de una línea que comenzaba en el Golfo de Finlandia, continuaba en el centro a unos 500 km de Moscú y terminaba en el sur, en el mar de Azov. El frente formaba una curva a la altura de la ciudad de Kurks, desde este arco los soviéticos se proponía liberar Oriol y Briansk. Los alemanes decidieron desatar una ofensiva, tanto desde el norte como desde sur de este arco, para encerrar en su interior a grandes concentraciones de tropas soviéticas; con este fin planificaron la operación Ciudadela.

Para ganar la batalla crearon nuevos tipos de tanques “Tigres”, los mejores que fabricó Alemania durante la guerra, carros de combate tipo “Pantera” y cañones “Ferdinand”, y concentró para el ataque 70 divisiones de 900.000 soldados, 10.000 cañones y morteros, 2.700 tanques y más de 2.000 aviones. La operación no correspondía a las posibilidades reales de la Wehrmacht, que no había apreciado correctamente las relaciones de fuerza en el Frente Oriental, donde los soviéticos habían construido 4.240 km de trincheras en Vorónezh y otra cantidad semejante en la frente central. La longitud total de las trincheras abiertas en el arco de Kursk podría cubrir la distancia entre San Francisco-Washington-Montreal.

El 5 de julio de 1943 comenzó la batalla. Los alemanes confiaban en que sus fuerzas romperían las defensas rusas tanto en el norte como en el sur, pero su ofensiva terminó en un rotundo fracaso. La contraofensiva soviética marcaría el fin del último intento alemán de recuperar la iniciativa en el Frente Oriental, iniciativa que a partir de ese momento quedó en manos del Ejército Soviético.

En la Batalla de Kursk se exterminaron las mejores unidades del ejército alemán, aquellas que luchaban bajo la consigna de vencer o morir, se enterró también el mito de que el invierno ruso era el que ayudaba al Ejército Rojo; también fue la mayor batalla de tanques de la historia, en ella participaron 6.900 tanques de ambos bandos. El General Guderian escribe en Memorias de un soldado: “Sufrimos una derrota demoledora en Kursk. Las tropas blindadas, que habían sido repuestas con gran esfuerzo como consecuencia de las grandes pérdidas de hombres y de material de guerra, quedaron fuera de servicio por largo tiempo. Era imposible restituirlas a tiempo para… el caso del desembarco con el que los aliados amenazaban para la primavera siguiente. Como consecuencia del fracaso del plan Ciudadela, el frente oriental absorbió todas las fuerzas que estaban emplazadas en Francia”.

La victoria soviética de Kursk demostró a los aliados de Occidente que si no desembarcaban en Europa, la URSS sola era capaz de derrotar a Alemania; fue el factor decisivo para que no se aplazara más el desembarco en Francia.

Novecientos días de un heroísmo ejemplar

La Venecia del Norte, como también es conocida San Petersburgo, fue fundada en 1703 por Pedro I, el Grande, y le dio a Rusia salida al mar Báltico. Ha sido la cuna de muchos pensadores y poetas: Pushkin, Gogol, Dostoievski, Blok y otros. Es también una de las ciudades más bellas del planeta: El Palacio de invierno, el Hermitage, la Catedral de San Isaac, el Palacio de Pedro… son hermosos monumentos de belleza sin par. Pero cuando se menciona su nombre, se debe recordar que sus hijos realizaron el acto de resistencia más grandioso de la historia, ante el cual es poco todo lo que se diga. Nadie podrá nunca narrar con exactitud lo que durante la Segunda Guerra Mundial aconteció en esta Ciudad Heroica, símbolo del valor del pueblo soviético. Que el heroísmo de sus habitantes, que el sacrificio de sus hijos más nobles ilumine a los futuros luchadores por la libertad, que el más de medio millón de víctimas que yacen en el grandioso cementerio de Piskariovskoye logren la paz eterna, cuando vean que el nazi-fascismo no existe más sobre este mundo.

La conquista de Leningrado, así se llamaba San Petersburgo, fue parte importante del Plan Barbarossa. Esta ciudad sufrió un bloqueo de 872 días, pero hace 78 años, el 18 de enero de 1943, el Ejército Rojo lo rompió parcialmente mediante una operación que Stalin denominó Iskrá, chispa en español, que comenzó seis días antes y conectó a Leningrado con el resto de la URSS. Cerca de un año después, el 27 de enero de 1944, el Ejército Soviético liberó la ciudad, rompiendo el bloqueo por completo.

Según el plan Barbarrosa, el grupo de ejércitos del norte, comandados por el Mariscal Leeb, debía partir desde Prusia Oriental, tomar todas las fortalezas soviéticas del Báltico y los puertos de Kronstadt y Leningrado, para dejar a la flota soviética sin bases en el Báltico. El grupo de ejércitos del norte y las tropas alemanas de Noruega, a los que se sumaría el Ejército de Finlandia, deberían ser suficientes para destruir a las fuerzas soviéticas que enfrentasen. Los sueños de Hitler de ocupar Leningrado o borrarla de la faz de la tierra tampoco se hicieron realidad, porque sus habitantes la defendieron sacrificándose más allá de lo imaginable. Durante el bloqueo, el pueblo ruso repetía como estribillo: “si Leningrado resiste, nosotros también resistiremos”.

El alto mando alemán, para el que la toma de Leningrado tenía importancia tanto política como estratégica, detuvo su avance sobre esta ciudad el 8 de septiembre de 1941, ordenó a sus tropas atrincherase y se preparó a romper la resistencia del pueblo ruso a través de un prolongado asedio, con ayuda del bombardeo continuo de la aviación a la urbe y mediante el fuego de artillería; suponían que el hambre los doblegaría. Como consecuencia murieron más de un millón de leningradenses, la inmensa mayoría, el 90 %, de hambre y frío, pero Leningrado no se rindió.

En pleno bloqueo, el 9 de agosto de 1942, la Orquesta Sinfónica de Leningrado interpretó la Séptima Sinfonía o Sinfonía a Leningrado, compuesta por Dmitri Shostakóvich. El célebre compositor dedicó esta creación a “nuestra lucha contra el fascismo, a la victoria que se aproxima y a mi Leningrado natal”. La obra, escrita durante el bloqueo, era un himno de esperanza en la victoria y el 5 de marzo de 1942 fue trasmitida por radio al mundo entero. Los altavoces se dirigían hacia donde estaban los alemanes, pues la ciudad quería que los invasores la escuchasen.

Pese al bloqueo, las fábricas de Leningrado entregaron al frente de batalla 713 tanques, 480 blindados y 10000 morteros; a su pueblo lo mantenía en píe la inquebrantable fe en la victoria. Las condiciones de trabajo eran muy duras, no había ni luz, ni calefacción, ni transporte, el frío era insoportable y no había que comer, y sin embargo, nadie se quejaba. Ni siquiera en el momento de la muerte. La gente moría en silencio.

A través del congelado lago Ládoga, llamado “el Camino de la Vida”, no se interrumpió nunca el envío de alimentos, medicina, armas y demás pertrechos. Pese al intenso bombardeo de la aviación alemana, los conductores manejaban días enteros sin descansar. Por este camino se evacuó a un millón de leningradenses. Quienes dirigían el tránsito debían permanecer parados sobre la nieve soportando el viento y el frío de hasta -30°C, durmiendo muy pocas horas al día. Se tendió un oleoducto por el fondo del lago y Leningrado revivió. Las fábricas volvieron a producir y la población de nuevo tuvo luz y calefacción. Por eso, sus habitantes dicen orgullosos: “Troya cayó, Roma cayó, Leningrado no cayó”.

Nada es más patético que el diario de Tania Sávicheva, una niña soviética que sintetiza en pocas líneas el sufrimiento de millones de ciudadanos de Leningrado. Escribe: “Zhenia murió el 28 de diciembre de 1941, a las 12:30 horas. La abuela murió el 25 de enero de 1942, a las 3:00 de la tarde. Leka murió el 17 de marzo de 1942, a las 5:00 de la madrugada. El tío Vasia murió el 13 de abril de 1942, 2 horas después de la medianoche. El tío Lesha, el 10 de mayo de 1942 a las 4:00 de la tarde. Mi mamá murió el 13 de mayo de 1942 a las 7.30 de la mañana. Los Sávichev murieron. Murieron todos. Solo queda Tania”. Gloria eterna a esta heroica ciudad.

El secreto que Hitler se llevó a la tumba

Adolf Hitler se suicidó al final de la guerra. Se desconoce por qué continuó luchando cuando Alemania sólo reculaba y había perdido toda iniciativa a partir de la derrota de Kursk. El sueño de las armas secretas, con las que pensaba ganar la guerra o, por lo menos, prolongarla hasta negociar una paz conveniente para sus intereses, se había esfumado como resultado del avance de las tropas soviéticas; fabricar la bomba atómica era imposible, lo mismo que sus cohetes portadores. Por más que el 20 de julio de 1944 la providencia le hubiera protegido del atentado del Coronel Claus von Stauffenberg -y Hitler creía mucho en este tipo de cábalas-, las circunstancias del momento le indicaban que no tenía salvación. ¿Qué esperaba, entonces? Que la unidad de los Aliados en su contra se rompiera, pues era inconcebible que esa alianza se mantuviera, porque el nazismo en sus raíces ideológicas era mucho más cercano al capitalismo estadounidense y al imperialismo inglés que el comunismo, del que los tres eran enemigos acérrimos.

Por esa razón, la guerra que Alemania había desatado contra la URSS era una guerra de exterminio contra los pueblos eslavos, gitanos y judíos, que para los nazis eran pueblos inferiores y ocupaban el espacio vital que les pertenecía a ellos, que eran de raza superior; por eso el elevado número de civiles muertos y los crímenes horripilantes que hubo en el territorio ocupado de la Unión Soviética, algo que no se dio en el resto de Europa, pues en todas las colonias de ese continente regían leyes raciales y en el ejército estadounidense se cumplía la segregación racial, un soldado blanco no podía estar bajo las órdenes de un oficial negro, y no sólo eso sino que EEUU estableció campos de concentración para sus ciudadanos de origen japonés.

Razón por la cual, la guerra en Occidente fue contra los pueblos, sin que las bajas civiles importara a los contrincantes; por eso, el bombardeo bárbaro a ciudades como Londres, Rotterdam, Dresden… o las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki. En cambio, la URSS no peleaba contra el pueblo alemán sino contra el nazismo, y lo hizo así en las ciudades europeas que liberó.

Hitler, en su testamento político escrito horas pocas antes de su suicidio, expulsó del Partido Nazi a Goring y Himmler. Les acusó de tratar de hacerse del poder y, sin su consentimiento y contra su voluntad, intentar negociar la paz con los Aliados occidentales, con lo que “han hecho un daño enorme al país y a toda la nación… Antes de mi muerte, expulso del partido y de todas sus oficinas al antiguo Reichsführer SS y Ministro del Interior, Heinrich Himmler”.

¿Qué pasó realmente? Que un sector de Alemania buscaba capitular separadamente ante Occidente. El 21 de febrero de 1945 se inició en Berna ‘la Operación Amanecer’, en la que los jefes de las SS ofrecieron su colaboración a Occidente. Allí residía Allan Dulles, futuro director de la CIA, abogado de Wall Street y asesor de grandes empresas estadounidenses. En el norte de Italia, adonde Alemania había trasladado gran parte de su industria militar y las SS tenían su cuartel general, vivía Karl Wolff, general al que Hitler había designado Jefe de las SS. Himmler quería pactar con los norteamericanos y lo envió a Suiza para que negocie el apoyo a Alemania nazi en su lucha contra la Unión Soviética. Wolff, acompañado de altos oficiales, se reunió con Dulles en Zurich, para acordar que la Wehrmacht capitulara y no llevara a cabo su plan de atrincherarse en los Alpes, algo que Wolff no podía hacer sin el visto bueno del ejército, sólo lo podía hacer el Mariscal Kesselring, al que Hitler había nombrado Comandante del Frente Occidental. Por eso, la capitulación de Alemania en Italia está relacionada con la capitulación de todo el Frente Occidental.

Wolff no logró convencer a Kesselring de que capitule, el mariscal no quería romper su juramento al Führer. Himmler le dió un ultimátum a Wolff: o bien le revela de las conversaciones con los aliados y cómo ha negociado la capitulación de la Wehrmacht en Italia o le informará a Hitler que ha cometido alta traición. Wolff se reúne con Hitler, que le permite continuar con las negociaciones.

El 12 de abril de 1945 muere el Presidente Roosevelt, partidario de que Alemania capitule incondicionalmente y contrario a cualquier negociación con el nazismo. El 22 de abril, Dulles recibe ordenes de suspender las negociaciones, norteamericanos y británicos no quieren provocar a los soviéticos en los últimos días de la guerra. El 25 de abril, los comunistas liberan Milán. ¿Quedará bajo control rebelde el norte de Italia y el sur de Francia, como teme Occidente? No, porque la Wehrmacht capitula en Italia y no se atrincherara en los Alpes.

Luego del suicidio de Hitler, queda la pegunta: ¿Fue la ‘Operación Amanecer’ un pacto que no tuvo valor alguno sin el visto bueno de Hitler? Lo más probable es que así fuera. Como una ironía de la historia, los agentes soviéticos, infiltrados en el alto mando alemán, mantuvieron bien informado a Stalin sobre la ‘Operación Amanecer’. En 1998, el Presidente Clinton desclasificó los archivos secretos de EEUU durante la Segunda Guerra Mundial, que muestran lo estrecha que fueron las relaciones entre su país y las SS durante la guerra.

También existe la ‘Operación Impensable’, el plan británico para atacar a la Unión Soviética. Fue ordenado por Churchill a finales de la Segunda Guerra Mundial y fue desarrollado por las Fuerzas Armadas Británicas. Contemplaba “imponer a Rusia la voluntad de Estados Unidos y el Imperio Británico”, contaba con el uso de fuerzas polacas y soldados alemanes, capturados durante la guerra. Churchill ordenó al Ejército Británico apoderarse de armas alemanas para usarlas contra la URSS luego de que Alemania se rindiera. Finalmente, la derrota electoral de Churchill de 1945 y la necesidad de la ayuda soviética a EEUU en el conflicto con Japón enterraron el ‘Plan Impensable’, que hubiera sido el inicio de la Tercera Guerra Mundial. ¿Conocía de este plan Hitler? ¿Estaban ‘la Operación Amanecer’ y el ‘Plan Impensable’ concatenados? Lo más probable es que sí. Pero ese secreto lo llevó Hitler a la tumba.

9 de Mayo, final de la Gran Guerra Patria

Luego de la Batalla de Kursk, del desembarco en Normandía y de que la URSS liberara a numerosos países del yugo nazi-fascista, el Ejército Rojo entró a Berlín e izó la bandera soviética en el Reichstag, el parlamento alemán.

Finalmente, el 9 de Mayo de 1945 cesaron los combates en Praga y terminó la Gran Guerra Patria, que duró 1.418 días. Esta fecha es sagrada para Rusia, y no sólo para ese país, porque costó enormes sacrificios conseguirla. Estos son algunos hechos que los falsificadores de la historia odian recordar: La guerra eliminó en la Unión Soviética a 27 millones de personas y dejó 60 millones de heridos; destruyó en ese país 1.710 ciudades, 70.000 aldeas, 32.000 empresas industriales, 65.000 kilómetros de vías férreas, 98.000 cooperativas agrícolas, 1.876 haciendas estatales, 6 millones de edificios, 40.000 hospitales, 84.000 escuelas; los nazis trasladaron a Alemania 7 millones de caballos, 17 millones de cabezas de ganado vacuno, 20 millones de puercos, 27 millones de ovejas y cabras, 110 millones de aves de corral; la perdida total de la Unión Soviética fue de unos 3 billones de dólares (un 3 seguido de doce ceros). Gracias a este sacrificio, la humanidad se vio libre de la noche eterna del dominio imperial con que Hitler soñó para mil años.

Alexander Werth, reconocido periodista inglés de la BBC, escribe: “Los rusos llevaron el fardo más pesado en la guerra contra la Alemania Nazi, precisamente gracias a esto quedaron con vida millones de norteamericanos e ingleses”. Edward Stettinus, Secretario de Estado de EEUU durante esta guerra, reconoce que el pueblo norteamericano debería recordar que en 1942 estuvo al borde de la catástrofe. Si la Unión Soviética no hubiera sostenido su frente, los alemanes hubieran estado en condiciones de conquistar Gran Bretaña; habrían estado en condiciones de apoderarse de África y crear una plaza de armas en América Latina.

Es bueno recordar el pasado porque entonces, como ahora, el mal crecía sin aparente fin, sin que nadie fuera capaz de detenerlo; sin embargo, la heroica lucha contra la moderna barbarie, no sólo del pueblo soviético sino de todos los hombres libres, salvó al mundo. Tal vez, la más importante lección para las presentes y futuras generaciones es que las guerras hay que combatirlas antes de que estallen. ¡Gloria eterna al heroico pueblo soviético que libró al mundo del nazi-fascismo!

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