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Intercambiar saberes ancestrales

Do Página12, 09 de abril de 2021
Por Laura Litvinoff



Imagen: Constanza Niscovolos


La Red de Plantas Saludables por el Buen Vivir se reúne para recuperar el legado de la tierra

Desde hace cinco años, esta Red se junta en la localidad bonaerense de Marcos Paz para compartir conocimientos y recuperar la sabiduría de las plantas y yuyos medicinales. Calmar dolores y aportar nutrientes fundamentales para nuestro cuerpo es una de las misiones pero el círculo feminista que se arma alrededor de esta tarea es quizá la razón más poderosa por la que estas mujeres se siguen reuniendo, honrando la naturaleza y la producción de la tierra.

En las primeras semanas de otoño, el aire húmedo y tropical que se respira por la zona rural de Marcos Paz, en el oeste del conurbano bonaerense, todavía pareciera querer retener el calor del verano. Rita, 63 años, camina por el jardín de su casa debajo de un cielo nublado. Pasa por al lado de las hojas secas que tapan el compost y sigue hasta las hierbas aromáticas. Su pequeño cuerpo se inclina hacia la planta de melisa, y con una tijera corta un puñado de ramas frescas.

En el mismo jardín, alrededor de una mesa con frutas, dulces caseros, frascos de aceites medicinales y distintos tamaños y variedades de semillas, el grupo de mujeres que integran la Red de Plantas Saludables por el Buen Vivir empieza con la actividad que desde hace cinco años, con excepción de los meses más estrictos de la cuarentena, las viene convocando.

“Nos encontramos para hacer reconocimientos de plantas y preparados con yuyos, organizar talleres, compartir semillas, plantines y experiencias. Nuestra intención es intercambiar saberes y recuperar un conocimiento ancestral que fue transmitido, en su mayoría, por generaciones de mujeres, y que durante mucho tiempo ha sido muy menospreciado por la medicina hegemónica”, cuenta Rita Merlo, una de las fundadoras de la Red, mientras prepara la infusión de melisa y un aroma intenso y alimonado se expande por el lugar.

Un saber comunitario y ancestral

"Paramos un ratito acá y seguimos", dice Liliana Sajtroch, una de las integrantes de la Red, cuando estaciona su auto frente a la plaza que está ubicada en la esquina de las avenidas Jujuy y Belgrano, en el barrio porteño de Balvanera. Son alrededor de las 10 de la mañana y el trayecto hacia Marcos Paz recién comienza.

La mujer entra al parque, se acerca a unos arbustos y extrae de sus ramas unas pequeñas vainas color ámbar de textura aterciopelada. “Estos árboles se llaman Inga, son nativos y están por toda América. Su hábitat más natural en Argentina es Misiones, pero igualmente también llegan hasta acá”. Y agrega: “Quiero llevarles estas semillas a mis compañeras para que las estudiemos, porque estuve leyendo que tienen propiedades medicinales y en esta época del año ya están listas para activar y cosechar”.

Liliana, que también es bibliotecaria del Polo Educativo Mujica de la Villa 31, vuelve al coche con un puñado de semillas y continúa manejando. Unas cuadras más adelante, cuenta que forma parte de la Red de Plantas Saludables desde hace cinco años y explica que el conocimiento que circula por la zona de Marcos Paz tiene que ver con lo que trajeron las mujeres que han ido llegando al Gran Buenos Aires con sus plantas y sus saberes desde el interior de Argentina y de otros países hermanos.

¿Cómo funciona la Red? “Somos una organización rizomática, porque tendemos siempre a la horizontalidad y nos vamos expandiendo y echando raíces a la vez que nos nutrimos con conocimientos que van apareciendo en ese mismo armado. Es muy distinto a lo que sucede en las organizaciones más verticales, en donde la dirección de las raíces ya se sabe de antemano porque está mucho más definida”, explica Liliana.

Al igual que este grupo, existen muchas mujeres de pueblos originarios y también criollas que mantienen vivo el conocimiento de las plantas medicinales, y agrupaciones de otros lugares de Argentina como la Red Jarilla, que está hace más de 10 años funcionando en la Patagonia, o el grupo Laicrimpo, en el noreste del país, que ya lleva más de 30 años organizando encuentros anuales relacionados con la salud comunitaria.

Siguiendo hacia al oeste, a la altura de Morón se suma al viaje Liliana Arango, una de las mujeres con más años en la Red. Ahora jubilada pero durante mucho tiempo bioquímica del Hospital Güemes y Argerich, en los años ‘90 Liliana integró el Primer Encuentro de la Red de Información y Trabajo en Plantas Medicinales de Argentina, organizado por varias ONGs, cátedras universitarias y grupos comunitarios. Estos encuentros juntaban especialistas del ámbito de la ciencia con gente de los barrios que practicaban medicina popular y fueron el lugar de confluencia de varias de las mujeres que hoy integran esta red.

Mientras la orilla urbana va quedando cada vez más lejos y el paisaje se transforma en ambientes menos ruidosos y más naturales, Arango cuenta que, a diferencia de la medicina tradicional, las plantas son remedios naturales que forman parte de un saber milenario, comunitario y popular, cuya función no es reemplazar a esa medicina sino acompañarla para ayudar a mejorar la calidad de vida de las personas.

“Las plantas existieron en todos los tiempos: históricamente nuestras abuelas las utilizaban para tratar los problemas de salud de atención primaria porque calman dolores y aportan nutrientes fundamentales para nuestro cuerpo. En las enfermedades oncológicas por ejemplo, ayudan muchísimo a mejorar la calidad de vida y a transitar la patología de la mejor manera posible. A ese tipo de cosas apuntamos, haciendo siempre primero un estudio profundo de cada planta y utilizando las que tenemos cerca y crecen en nuestro territorio”.


De izq. a der.: Liliana Arango, Beatriz Itten, Mónica Morales, Isabel Díaz, Rita Merlo y Liliana Sajtroch (foto: Constanza Niscovolos).

Feminismo medicinal

Ya en Marcos Paz, el auto de Liliana pasa la tranquera de la casa de Bea, como le dicen en el grupo a Beatriz Itten -52 años y también una de las fundadoras- y automáticamente tres perros de distintos tamaños aparecen saltando y moviendo la cola. Cuando las mujeres bajan, “la negra”, una perra flaca, grande, ágil, se sube encima de ellas y va dejando pequeñas huellas de tierra húmeda en la ropa mientras desoye la voz de Bea que intenta detenerla.

Atrás del alambrado, las gallinas cacarean. En un árbol enorme, arriba de una rama gruesa que le hace sombra a la casa, una gatita atigrada observa la llegada de las mujeres y maulla, tímida y curiosa. El terreno de Bea se extiende a lo largo de la cuadra y la naturaleza y las plantas están por todas partes. “Ginkgo, cocú, carqueja, chilca, apio fino, topinambur, gramilla...”, van enumerando las mujeres yuyeras mientras recorren el jardín y explican las funciones medicinales de cada una de ellas.

Cuando la conversación vira hacia el permanente rol de las mujeres en los cuidados de la salud, Liliana Arango recuerda: “Desde el inicio de los encuentros nos preguntábamos porqué históricamente somos las mujeres quienes más nos ocupamos de estos temas, y con el tiempo fuimos descubriendo que esto es así porque los cuidados de la salud y de la alimentación fueron desde siempre cuestiones que recayeron sobre nosotras. Cuando trabajaba en el Argerich lo veía claramente: siempre era la madre o la abuela la que acompañaba a lxs chicxs. Recién en la crisis del 2001 se veía algún padre porque las madres estaban ocupadas en los trueques y en las ollas populares”.

Bea, referenta del frente ambiental de Nuevo Encuentro y militante de esta organización desde hace siete años, también opina: “No tiene sentido hablar de agroecología o de plantas medicinales si no es desde una perspectiva de género, porque es innegable que una vinculación más amorosa con la tierra, y en particular con las plantas, se da desde una mirada feminista y no desde la actividad del agronegocio, que con su accionar patriarcal desbasta y envenena la tierra como si fuera el amo y señor del ecosistema”.


Beatriz Itten. Foto: Constanza Niscovolos

El poder de las plantas

Un rato después, llegan más compañeras y todas se juntan para hacer una foto grupal. Isabel Díaz, 87 años, camisa floreada y zapatillas Adidas, trajo una tablet y también se propone llevarse su propio registro del encuentro. Cuenta que se sumó al grupo en 2003, pero que su curiosidad por las plantas viene desde mucho antes: “Mi papá era yuyero y, como vivíamos en San Juan, se iba al medio de la montaña y volvía con hierbas que no salían en cualquier parte”.

Isabel dice que su padre también le enseñó a observar la naturaleza: “Cuando era chica, me decía `mirá para arriba, cuando el sol está allá es tal hora; a tal hora va a salir tal estrella’. Esas cosas después te quedan siempre, y ahora me gusta enseñarlas porque siento que es una manera de seguir conectada con lo natural”.

Tanto a esta mujer como a las demás integrantes de la Red les da mucha satisfacción poder enseñar sin que exista ningún interés económico de por medio: “Creemos que el conocimiento es un bien común y que lo que una sabe, si no lo comparte, no crece”. Mónica Morales, otra integrante del grupo, cuenta su experiencia: "Yo era asmática grave, tomaba un cóctel de medicamentos y tenía que inhalar ventolín muy seguido. Eso me generó problemas cardíacos, porque me terminó agrandando una parte del corazón, pero gracias a este grupo aprendí sobre una planta llamada Marrubio. Hicimos una tintura, la empecé a tomar. Muchas veces me curo con las plantas, pero igualmente no dejo de ir a los médicos: si tengo que ir al dentista, al traumatólogo, al oculista, también voy". Y agrega que, para cada molestia o dolor, existe una planta diferente:

"Hay por ejemplo un yuyo popularmente conocido como ‘el rompe piedra’ que sirve para tratar las piedras que se forman en los riñones. El té de sauce tiene el mismo efecto que una aspirina. El té de carqueja baja la fiebre y la menta sirve para curar el dolor de cabeza. Y lo mismo pasa con otros yuyos: la gran mayoría tienen poderes medicinales".


Foto: Constanza Niscovolos

Visibilizar el conocimiento

Cada vez que empieza alguno de sus talleres sobre plantas medicinales, Rita le dice a lxs participantes su frase de cabecera: “Ustedes dicen que no saben, pero saben”.

“Siempre les digo eso, porque ¿quién no pasó por la vida sin tomarse un tecito de hierbas? Y bueno, desde ahí sabemos, algo ya sabemos”, explica Rita con esa humildad que solo suelen tener las buenas maestras. Y de eso mismo cuenta también que trata este aprendizaje constante de las plantas que nos rodean y que tantas veces se tiende a invisibilizar, al igual que el conocimiento que se ha ido transmitiendo durante generaciones y todo el saber adquirido que poseen las mujeres sobre la naturaleza y sobre tantos otros temas.

“La idea es que podamos reconocer y darle visibilidad a la sabiduría ancestral que venimos trayendo. Y para eso el feminismo ha sido fundamental, porque nos supo dar la fuerza y la confianza necesaria para que todo esto se vuelva a poner en valor y se empiece a entender por qué es tan importante”.

A partir de los años ‘50, toda esa cadena que menciona Rita se cortó por la irrupción de los medicamentos de síntesis, el poder de las empresas farmaceúticas y la industria química con la llegada de los agrotóxicos y la avanzada del agronegocio: “Desde ese momento, todos lo que estuviera relacionado a las plantas medicinales fue muy atacado y menospreciado, y todos los saberes que cualquier anciana podía llegar a tener sobre el tema de repente parecieron dejar de tener valor”, explica Rita. Así como el agronegocio destruye al medio ambiente y la producción agrícola y ganadera con el uso de agroquímicos, de igual modo también perjudica el cultivo de plantas medicinales.

“Nosotras protegemos las semillas de la medicina popular porque muchas plantas son utilizadas por la industria farmacéutica, que a su vez utiliza agrotóxicos, y por eso muchas hierbas básicas medicinales desaparecen, como es el caso de la manzanilla: antes en Argentina había grandes cantidades, pero el avance de la frontera agrícola con el uso de herbicidas como el glifosato ha ido matando a todas estas plantas”.

Para terminar, Rita cuenta que, hace un tiempo, en el último encuentro de uno de sus talleres, una mujer se le acercó y le dijo: “Siento que recuperé mi historia, mi infancia, lo que sabía y me habían hecho creer que no servía para nada”. Al recordarlo ahora, Rita vuelve a sonreír, a emocionarse, tal vez porque ella sabe, mejor que nadie, todo lo que eso significa.

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