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El marxismo en la práctica: por un diálogo entre Luxemburg y Gramsci

Do VientoSur, 9 ABRIL 2021
Por YOHANN DOUET


Comentario sobre el libro Rosa Luxemburg, Antonio Gramsci actuels, de Marie-Claire Caloz Tschopp, Antoine Chollet y Romain Felli (éd.), París, Kimé, 2018, 391 p.

Rosa Luxemburg y Antonio Gramsci tienen mucho en común 1/. Desde un punto de vista histórico, una y otro participaron en la fundación de sendos partidos comunistas, en Alemania y en Italia, respectivamente, y fueron figuras tutelares de los mismos, tanto por su vida, que fue heroica, como por su muerte a manos de la represión burguesa y fascista. Desde un punto de vista teórico, representan un marxismo abierto y creativo, pero también vinculado de un modo intrínseco con la lucha de clases, por lo que no encajan en lo que Perry Anderson llamó marxismo occidental 2/, o sea, un marxismo innovador teóricamente, pero ajeno a la praxis política. Por el hecho de que tengan mucho en común resulta particularmente interesante confrontar sus pensamientos y determinar claramente qué les opone.

La obra dirigida por Marie-Claire Caloz-Tschopp, Antoine Chollet y Romain Felli, Rosa Luxemburg, Antonio Gramsci actuels, retoma un conjunto de textos dedicados al pensamiento teórico revolucionario de las dos figuras. Se presenta a modo de homenaje a André Tosel, autor de una obra cuya importancia para los estudios gramscianos, y para el pensamiento marxista en general, no es posible sobrestimar 3/ y que murió en marzo de 2017. El libro tiene su origen en un seminario organizado por Caloz-Tschopp y Tosel, y las contribuciones recogidas son demasiado numerosas y diferentes para poder resumirlas. En este artículo exploraré tres grandes ejes en torno a los cuales podemos establecer una comparación entre Luxemburg y Gramsci, y que aparecen en gran parte de los textos del volumen: la historia del capitalismo y de las sociedades burguesas; la estrategia revolucionaria; el método teórico.

Sobre las transformaciones históricas del capitalismo: imperialismo y hegemonía

Para designar sus contribuciones teóricas, Tosel habla del descubrimiento realizado por Luxemburg y de la perla que hallamos en Gramsci. Luxemburg descubrió, en su gran obra de economía política, La acumulación de capital (1913), que la reproducción del capitalismo solo es posible “si el capitalismo encuentra fuera de su propio ámbito sociedades no capitalistas susceptibles de entrar en el circuito” de acumulación. El capitalismo requiere fuentes de materias primas, una fuerza de trabajo y una demanda económica procedentes de espacios no capitalistas, razón por la cual el imperialismo es una consecuencia necesaria del capitalismo. Para reproducirse tiene que extenderse, es decir, ensanchar cada vez más su espacio apropiándose de nuevos territorios y nuevas poblaciones. La acumulación primitiva no es un acto original, tiene que reiterarse continuamente. Por tanto, cabe esperar, una vez subsumido el mundo entero por la lógica capitalista, una crisis devastadora 4/. La violencia imperialista se desencadenará entonces también en las metrópolis de los centros capitalistas.

Esto es lo que Caloz-Tschopp denomina efecto bumerán. El mundo se sumirá en su totalidad a la barbarie, a menos que venza la revolución. Esta idea, que Luxemburg formuló en 1915 con la célebre expresión “socialismo o recaída en la barbarie” 5/, apareció en sus escritos a partir de finales de la década de 1890 6/ . El efecto bumerán, por cierto, no es una simple previsión histórica: ya opera en la época en que escribe Luxemburg, cuando el imperialismo genera sus efectos catastróficos en la misma Europa, como demuestra la primera guerra mundial. En realidad, como recuerda Caloz-Tschopp, para Luxemburg la catástrofe es el modo de existencia del capitalismo. Así, Luxemburg escribe:

El rasgo característico del imperialismo como lucha competitiva suprema por la hegemonía mundial capitalista no estriba únicamente en la energía y la universalidad de la expansión –signo específico de que el ciclo de la evolución comienza a cerrarse–, sino en el hecho de que la lucha decisiva por la expansión rebota de las regiones que fueron objeto de la codicia hacia las metrópolis. De este modo, el imperialismo retrotrae la catástrofe, como modo de existencia, de la periferia de su campo de acción a su punto de partida. Después de librar durante cuatro siglos la existencia y la civilización de todos los pueblos no capitalistas de Asia, África, América y Australia a incesantes convulsiones y al declive generalizado, la expansión capitalista precipita hoy los pueblos civilizados de la propia Europa a una sucesión de catástrofes cuyo resultado final no puede ser más que la ruina de la civilización o el advenimiento de la producción socialista 7/.

La perla que descubre Tosel en Gramsci también tiene que ver con las transformaciones históricas del capitalismo, pero en términos muy diferentes. Se trata del principio de asimilación, asociado a la política hegemónica de la burguesía y sus metamorfosis. Para Tosel, este principio define la modernidad como tal: en el seno de las sociedades europeas, la dinámica de la lucha de clases ha permitido, hasta cierto punto, destruir la lógica social rígida y tradicional que prevalecía hasta entonces. Las antiguas clases dominantes eran conservadoras y se veían a sí mismas como “castas cerradas” 8/. A la inversa, al comienzo de su periodo de dominación y hegemonía –en particular después de 1789, pues Gramsci considera que la Revolución francesa fue el pivote de la historia moderna, como dice Tosel–, “la clase burguesa de autodefine como un organismo en continuo movimiento, capaz de absorber, asimilando a su nivel cultural y económico, a toda la sociedad” 9/.

Sin embargo, en un momento determinado –la fecha de 1871, la de la Comuna, puede servir de marca simbólica de esta inflexión 10/–, “se produce un parón”, debido a que “la clase burguesa está saturada: no solo no se amplía, sino que se desagrega; no solo no asimila a nuevos elementos, sino que pierde una parte de sí misma”. Las clases subalternas tienden a desarrollar su actividad y a ensanchar su margen de participación, pero las clases dominantes no pueden aceptarlo. Por esta razón, recurren a la fuerza del Estado para reprimir las luchas de las clases subalternas por su emancipación o emplean nuevas “formas de asimilación”, es decir, formas de asimilación “falsas” o “perversas”, en la medida en que su propósito es que las clases subalternas se vuelvan pasivas. Desde luego, pueden combinar estas dos estrategias, cosa que hacen la mayoría de las veces.

La nueva vía emprendida por la burguesía para reproducir su dominación o, en otros términos, la nueva modalidad de su actividad hegemónica, es claramente diferente de la movilización de las fuerzas populares que habían practicado típicamente los jacobinos. Corresponde, como dice Gramsci, a una “revolución pasiva”: la clase dominante mantiene a las masas populares en la pasividad y emprende por su parte ciertas transformaciones sociales requeridas por la situación histórica (transformaciones requeridas en particular para que pueda mantener su dominación).

De este modo, el descubrimiento de Luxemburg y la perla de Gramsci nos proporcionan dos ideas muy distintas sobre la historia de las sociedades capitalistas modernas. Teniendo presentes estos elementos, veamos ahora los planteamientos estratégicos y organizativos que una y otro abordaron de una manera original y específica.

Sobre la estrategia revolucionaria: las masas y el partido

Recordemos de entrada, a fin de evitar debates innecesarios, algunas cosas evidentes. Rosa Luxemburg y Antonio Gramsci desarrollaron el pensamiento revolucionario y fueron dirigentes del movimiento obrero. Pese a que esto a veces se olvida o se malinterpreta, el partido era, tanto para Luxemburg como para Gramsci, “el horizonte insuperable de su tiempo”, como dice Jean-Numa Ducange. Claro que Luxemburg discrepaba de la dirección del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) y de la Internacional en virtud de su internacionalismo incondicional (tanto antes como durante la guerra) y de la primacía que otorgaba a la actividad de las masas (por ejemplo, cuando defendió la estrategia de la huelga de masas durante el debate que siguió a la Revolución rusa de 1905, en particular en Huelga de masas, partido y sindicatos, 1906).

Gramsci también criticó arduamente a la dirección del Partido Socialista Italiano (PSI, del que fue miembro hasta la fundación del PCI en enero de 1921), cuya burocratización y cuyo reformismo (a menudo no reconocido) fueron en su opinión la causa principal de la derrota de la clase obrera turinesa en el movimiento de los consejos del bienio rojo (1919-1920). Más tarde, después de 1926, pondrá en tela de juicio la línea sectaria de la Komintern en la medida en que representaba un obstáculo a una verdadera política de masas antifascista.

A la luz de su compromiso revolucionario y de sus marxismos antidogmáticos, vivos y abiertos, Frigga Haug –retomando una expresión de Peter Weiss– habla de una “línea Luxemburg-Gramsci” y la toma como hilo conductor de su estudio. Vista su gran sensibilidad ante la actividad autónoma de las masas subalternas, Michael Löwy puede escribir que, pese que solamente Gramsci utilice esta expresión, una y otro desarrollaron una “filosofía de la praxis”, en la que la categoría de praxis remite a “la unidad dialéctica entre lo objetivo y lo subjetivo, la mediación por la que la clase en sí deviene clase para sí”.

Löwy observa que, mientras que para Lenin, “redactor del periódico Iskra [Chispa], la chispa revolucionaria la aporta la vanguardia política organizada, desde fuera de las luchas espontáneas del proletariado”, para Luxemburg, “la chispa de la conciencia y de la voluntad revolucionarias se enciende en el combate, en la acción de masas”, si bien el partido prepara y desempeña un papel necesario en este proceso. Explica su concepción dialéctica del desarrollo de la conciencia de clase en su respuesta polémica a ¿Qué hacer?:

Tan solo en el transcurso de la lucha se recluta el ejército del proletariado y este toma conciencia de los objetivos de esta lucha. La organización, los progresos de la conciencia y el combate no son fases particulares, separadas en el tiempo y mecánicamente, como en el movimiento blanquista, sino, por el contrario, aspectos diversos de un único e idéntico proceso 11/.

En estas luchas, la clase se educa a sí misma: para referirse a este proceso, Luxemburg utiliza sobre todo la noción de Selbstbetätigung (actividad autónoma o autoactivación).

Si hubiera que situar a Gramsci –al menos al Gramsci de los Cuadernos de la cárcel– entre Lenin y Luxemburg, sin duda estaría más cerca del primero. Luxemburg contempla el partido ante todo como expresión orgánica de la clase, mientras que Gramsci, al igual que Lenin, insiste en la forma de organización específica que representa el partido. Presenta el partido como el “Príncipe moderno” que debe dirigir el proceso revolucionario, lo que significa que la formación de un verdadero Príncipe moderno es uno de los problemas que deben resolver los movimientos revolucionarios para que pueda triunfar la revolución. Como defiende Tosel en su segunda contribución al libro, Gramsci se esfuerza por establecer un “círculo virtuoso”, de pedagogía recíproca, entre la espontaneidad y el “sentimiento” de las masas por un lado, y la intelectualidad colectiva del partido, “intérprete de las relaciones sociales”, por otro.

De todos modos, aunque Gramsci fuera más lejos que Lenin en la teorización de la dialéctica entre espontaneidad y dirección consciente, se centra como este en el papel dirigente del partido. Por eso sus Cuadernos de la cárcel nos ofrecen reflexiones preciosas sobre las organizaciones y estrategias revolucionarias, pero tal vez no desarrollan suficientemente cuestiones fundamentales como las libertades políticas y la democracia socialista, contrariamente a Luxemburg. Este hecho, referido a los textos escritos por Gramsci en la cárcel, ha de matizarse si tenemos en cuenta sus escritos de la época de L’Ordine nuovo y del bienio rojo, donde dedicó profundas reflexiones a las formas de autoorganización y de la democracia concreta como los consejos obreros.

Sobre el método teórico: abstracciones y mediaciones

Las diferencias analíticas y estratégicas entre Luxemburg y Gramsci que se han evocado tienen que ver con la diferencia entre sus métodos teóricos. Como escribe Guido Liguori, en Luxemburg se puede discernir una manera de pensar abstracta (sin que esto sea peyorativo), que se traslada de inmediato a lo más general, ya se trate de los principios políticos más importantes o del nivel más fundamental de la realidad 12/. Por el contrario, Gramsci se interesa más por las mediaciones y se detiene en situaciones sociohistóricas concretas.

Retomando los términos de Tosel, podemos decir que Luxemburg descubre la lógica económica del capitalismo imperialista que opera a escala mundial, mientras que la perla teórica de Gramsci (el principio de asimilación asociado a las nociones de hegemonía y de revolución pasiva) aporta ante todo un análisis político-ideológico a escala nacional, aunque afirmando asimismo que la estructura económica es fundamental. Así, con respecto a la escala pertinente del análisis y de la acción política, Gramsci escribe que “el desarrollo va en dirección al internacionalismo, pero el punto de partida es nacional, y por tanto hay que partir de este nivel. Pero la perspectiva es internacional y no puede ser de otra manera” 13/. Dicho de otro modo, el carácter internacional del proletariado no puede traducirse inmediatamente, sino que requiere –dialécticamente– mediaciones nacionales. Esta es la razón por la que el pensamiento de Gramsci es probablemente menos útil que el de Luxemburg para comprender la lógica imperialista en toda su pureza, pero más pertinente para comprender fenómenos concretos complejos, como la nación y el nacionalismo, el racismo o la espacialidad.

La oposición entre la estrategia política de Luxemburg y la de Gramsci también está relacionada con la cuestión de las mediaciones. Aunque Gramsci sea demasiado severo con Luxemburg y no hace justicia a la sutileza de su pensamiento, era consciente de esta diferencia entre sus visiones. Así, escribe que “Rosa”, a causa de “la clase del prejuicio economicista y espontaneísta que albergaba, despreció los elementos voluntaristas y organizativos” en su análisis de la revolución de 1905. Según él, Huelga de masas, partido y sindicatos es “una de las ilustraciones más destacadas de la teoría de la guerra de movimiento aplicada al arte político”:

El elemento económico inmediato (crisis, etc.) se considera el equivalente a la artillería de campaña que, en una guerra, abre una brecha de la defensa enemiga, una brecha suficiente para que las tropas propias puedan penetrar por ella y conseguir una ventaja definitiva (estratégica), o por lo menos un éxito importante en la perspectiva de la línea estratégica 14/.

Desde el punto de vista de Gramsci, Luxemburg consideraría que los acontecimientos políticos eran una expresión casi directa de los factores económicos. Para él, hay que rechazar categóricamente esta visión, sobre todo en “Occidente”, es decir, en los países capitalistas avanzados. Y estima necesario examinar las mediaciones en juego: el movimiento revolucionario ha de librar una guerra de posición, esforzarse por construir organizaciones y partidos de masas –siendo el partido la mediación por excelencia– y combatir en el terreno político-ideológico, luchas y actividadades que convergerán hacia la conquista de la hegemonía. Por supuesto, el diagnóstico de Gramsci sobre el economicismo, el espontaneísmo y la huelga de masas en Luxemburg es demasiado unilateral y reduccionista. Pero vio claramente que el pensamiento de Luxemburg no se centra de entrada en las mediaciones políticas, mientras que según él la política debe concebirse precisamente como –para emplear una expresión de Daniel Bensaid– un “arte de las mediaciones”.

Por tanto, es más bien en Gramsci donde habrá que buscar las fuentes teóricas que nos permitan captar las dimensiones ideológico-culturales de la realidad histórica. Sus concepciones resultan útiles para comprender las transformaciones intelectuales y subjetivas asociadas al capitalismo contemporáneo. Del mismo modo, Tosel puede utilizar la noción de revolución pasiva para analizar el neoliberalismo: aplicando continuamente innovaciones técnicas y organizativas, e instrumentalizando las demandas de autonomía de las clases subalternas, el neoliberalismo reconduce su pasividad. Por esta razón, los grupos subalternos necesitan, según él, una “revolución antipasiva” que les permita volver a ser activos.

La forma exacta de este proceso está por determinar, pero se sabe que construir organizaciones de masas asociadas a los grupos subalternos mediante un círculo virtuoso es una de sus partes constitutivas; y se sabe que este partido ampliado, capaz de librar una “lucha de clases ampliada” que ponga en juego la emancipación intelectual y democratización política articuladas con objetivos económicos, deberá estar muy atento a toda deriva autoritaria que recuerde a la de los partidos estalinizados del siglo XX.

Mientras que el tratamiento de las mediaciones en Gramsci explica el interés de su obra para nuestra época, la actualidad de Luxemburg es indisociable de su modo de pensar abstracto. Así, ella estuvo en condiciones de formular con toda su agudeza una alternativa epocal como socialismo o barbarie, que adquiere una nueva pertinencia en nuestros días. Captó las contradicciones imperialistas del capitalismo mundial en toda su radicalidad y supo hacer justicia a la posibilidad de acontecimientos o procesos políticos imprevistos, no lineales y espontáneos, que expresan esas contradicciones. Por esta razón, su pensamiento puede ayudarnos a comprender explosiones inesperadas de la lucha de clases como las revoluciones árabes o –más allá de las diferencias entre las situaciones– el movimiento de los chalecos amarillos.

En fin, la preocupación de Luxemburg por los principios políticos fundamentales la llevó a percibir plenamente el lazo existente entre democracia y socialismo. Al tiempo que saludó la Revolución de Octubre como un paso adelante en la lucha revolucionaria del proletariado, criticó el autoritarismo de las decisiones de los bolcheviques en la medida en que constituían obstáculos a la realización de una auténtica dictadura del proletariado. En marzo de 1918, refiriéndose a dichas decisiones, escribió un texto que merece citarse in extenso:

La vida socialista exige una completa transformación espiritual de las masas degradadas por siglos de dominio de la clase burguesa. Los instintos sociales en lugar de los egoístas, la iniciativa de las masas en lugar de la inercia, el idealismo que supera todo sufrimiento, etcétera. Nadie lo sabe mejor, lo describe de manera más penetrante, lo repite más firmemente que Lenin. Pero está completamente equivocado en los medios que utiliza. Los decretos, la fuerza dictatorial del supervisor de fábrica, los castigos draconianos, el dominio por el terror, todas estas cosas son solo paliativos. El único camino al renacimiento pasa por la escuela de la misma vida pública, por la democracia y opinión pública más ilimitadas y amplias. Es el terror lo que desmoraliza.

Cuando se elimina todo esto, ¿qué queda realmente? En lugar de los organismos representativos surgidos de elecciones populares generales, Lenin y Trotsky implantaron los soviets como única representación verdadera de las masas trabajadoras. Pero con la represión de la vida política en el conjunto del país, la vida de los soviets también se deteriorará cada vez más. Sin elecciones generales, sin una irrestricta libertad de prensa y reunión, sin una libre lucha de opiniones, la vida muere en toda institución pública, se torna una mera apariencia de vida, en la que solo queda la burocracia como elemento activo. Gradualmente se adormece la vida pública, dirigen y gobiernan unas pocas docenas de dirigentes partidarios de energía inagotable y experiencia ilimitada. Entre ellos, en realidad dirigen solo una docena de cabezas pensantes, y de vez en cuando se invita a una élite de la clase obrera a reuniones donde deben aplaudir los discursos de los dirigentes, y aprobar por unanimidad las mociones propuestas –en el fondo, entonces, una camarilla–, una dictadura, por cierto, no la dictadura del proletariado, sino la de un grupo de políticos, es decir, una dictadura en el sentido burgués, en el sentido del gobierno de los jacobinos (¡la postergación del Congreso de los Soviets de periodos de tres meses a periodos de seis meses!) 15/.

Conclusión

Este libro ofrece un amplio abanico de estudios sobre los pensamientos de Luxemburg y Gramsci, y las aproximaciones que pueden observarse entre sus planteamientos. Como hemos dicho, el libro tiene su origen en un seminario, y cada texto explora su propio tema, en función de su propia problemática. Esto implica necesariamente ciertas repeticiones y una escasa unidad entre las aportaciones al conjunto. De todos modos, cada contribución es en sí misma rigurosa y esclarecedora. Dado que nadie duda de la actualidad de las obras de Gramsci y de Luxemburg, no cabe sino esperar que el esfuerzo de confrontación iniciado con este libro tenga continuidad por parte de los autores y autoras que han aportado sus textos o por parte de otras personas, y que tal vez lo hagan de una manera más sistemática.

01/04/2021

http://www.contretemps.eu/marxisme-luxemburg-gramsci-imperialisme-hegemonie/

Traducción: viento sur

Notas

1/ Doy las gracias a Ulysse Lojkine por sus sugerencias y sus críticas, que me han sido de gran utilidad.

2/ Perry Anderson, Consideraciones sobre el marxismo occidental, Madrid, Siglo XXI, 2012.

3/ El año anterior a su fallecimiento, André Tosel publicó su obra cumbre sobre Gramsci: Étudier Gramsci. Pour une critique continue de la révolution passive capitaliste, París, Kimé, 2016. Es fruto de cerca de 50 años de reflexión sobre el pensamiento del revolucionario italiano.

4/ Por mucho que se utilice a menudo la idea de un colapso (Zusammenbruch) para describir la teoría de Luxemburg, esta concepción se desarrollará sobre todo después de su muerte, especialmente por Henryk Grossman: La loi de l’accumulation et de l’effondrement du système capitaliste (1929).

5/ Véase La crisis de la socialdemocracia, escrito en la cárcel en 1915 y publicado en 1916 con el seudónimo Junius. Michael Löwy escribe en su contribución al libro que “la consigna socialismo o barbarie [es] un punto de inflexión en la historia del pensamiento marxista” en la medida en que remite a una alternativa epocal y sugiere que la historia debe concebirse como un proceso parcialmente contingente. También es un punto de inflexión en el pensamiento de Luxemburg, pues antes de la primera guerra mundial, “paralelamente a [su] voluntarismo activista”, todavía era patente en sus escritos “el optimismo determinista (económico) de la teoría del Zusammenbruch, del colapso del capitalismo, víctima de sus contradicciones” (Michael Löwy, L’étincelle s’allume dans l’action. La philosophie de la praxis dans la pensée de Rosa Luxemburg, p. 239).

6/ Por ejemplo, en su artículo Verschiebungen in der Weltpolitik (Cambios en la política mundial), publicado en el Leipziger Volkszeitung el 13 de marzo de 1899, escribe explícitamente que el imperialismo estaba a punto de toparse con sus límites.

7/ Rosa Luxemburg, La acumulación de capital (febrero de 1915) [traducción propia].

8/ Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, cuaderno nº 8.

9/ Ibid.

10/ Señalemos que se trata también de la fecha de conclusión de la unidad nacional alemana, después de la unidad nacional italiana en 1870; por supuesto, esta última era particularmente importante desde el punto de vista de Gramsci.

11/ Rosa Luxemburg, Problemas organizativos de la socialdemocracia (1904).

12/ Guido Liguori, “Luxemburg e Gramsci: convergenze e divergenze di due pensatori rivoluzionari”, Critica Marxista, 2020/1, p. 36.

13/ Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, op. cit., cuaderno nº 14, §68.

14/ Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, cuaderno nº 13, §24. Gramsci desarrolla a continuación su lectura de Luxemburg: en su pensamiento, el elementos económico inmediato “estaba concebido como un factor con un doble efecto: 1) abrir una brecha en la defensa del enemigo, después de haber sembrado en él la confusión y haberle hecho perder la confianza en sí mismo y en su porvenir; 2) organizar de manera fulminante las tropas propias, crear las estructuras, o por lo menos situar de manera fulminante las estructuras existentes (elaboradas hasta entonces por el proceso histórico general) en su puesto de encuadramiento de las tropas diseminadas; 3) crear de manera fulminante la concentración ideológica en torno a la identidad del objetivo a alcanzar. Se trataba ahí de una forma rígida de determinismo económico, agravado por la idea de que los efectos se producirían con extrema rapidez en el tiempo y en el espacio; ahí había también un misticismo histórico, la espera de una especie de fulguración milagrosa” (ibidem) [traducción propia].

15/ Rosa Luxemburg, La Revolución rusa, IV. La disolución de la asamblea constituyente.

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