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La II guerra mundial y la transformación de las fuerzas productivas en destructivas

Do Rebelión, 20 de março 2021
Por Roberto Laxe 



El concepto de “fuerzas productivas” nos remite a la capacidad del ser humano de producir con el trabajo bienes y servicios que con su uso le permitan, primero, resolver sus necesidades básicas como especie a través del incremento de la riqueza social, y segundo, una vez que estas están cubiertas, la acumulación del excedente generado en la producción de esa riqueza. Que esta sea en manos privadas o colectivas no depende de las FFPP en sí mismas, sino de las relaciones de propiedad con las que los seres humanos se organicen. Es esta condición subjetiva, la organización de las relaciones sociales de la que se doten, la que puede convertirse en un acicate para el desarrollo de las fuerzas productivas o, por el contrario, en su freno objetivo.

Las precondiciones para la II guerra estaban en cómo se cerró la primera, con una “tregua”, la paz firmada por Versalles, que no resolvía ninguno de los problemas que la habían generado; es más, los había agudizado hasta el extremo que la II guerra iba a ser más violenta y destructiva que la I.

Como vimos antes, el origen del I guerra mundial está en la lucha por el mercado mundial entre los imperialismos emergentes, Alemania a la cabeza, contra los imperialismos en decadencia, Gran Bretaña y Francia; con dos espectadores de lujo, los EEUU y Japón, que ya habían presentado sus credenciales como potencias regionales derrotando a dos imperios decrépitos. El primero en 1898 cuando ayuda a “liberar” las últimas colonias españolas (Cuba, Filipinas y Guam), el segundo al derrotar al zarismo en la guerra que los enfrentó en 1905.

La primera guerra mundial no resuelve ninguna de estas contradicciones, solo las aplaza, puesto que ni los contendientes son capaces de infligirse una derrota definitiva, la paz de Versalles es en realidad un armisticio, una tregua, ni habían entrado en liza seriamente los espectadores de lujo. Las aplaza introduciendo dos elementos nuevos en la ecuación de la situación mundial, uno, en 1917 se produce en Rusia la primera revolución obrera triunfante, con continuidad en el tiempo, dos, en 1929 el mundo va a conocer una crisis económica devastadora con el resultado de un empobrecimiento masivo de la población en las potencias imperialistas. Este empobrecimiento en Alemania actuó como el bombero loco, añadió gasolina a los rescoldos que habían supuesto la humillación de la Paz de Versalles. De esta humillación surgiría la fuerza social y política que desencadenaría la barbarie de la II Guerra, el nazismo.

En estas condiciones, en las que el mundo parecía haberse vuelto loco, Trotski escribió en las primeras frases del Programa de Transición: “Las fuerzas productivas de la humanidad han cesado de crecer. Las nuevas invenciones y los nuevos progresos técnicos no conducen a un acrecentamiento de la riqueza material”. Estaba claro para cualquiera que la guerra era inevitable, primero, para liberar a esas fuerzas productivas de los frenos jurídicos y políticos que las limitaban, segundo, como derivación de esta premisa, resolver lo que la I había dejado en el aire, qué aparato jurídico y político, o sea qué estado imperialista sustituiría a Gran Bretaña y Francia en la hegemonía del mercado mundial.

La frase de Trotski es algebraica, hay que entenderla en su contexto histórico y con el método leninista del “análisis concreto de la realidad concreta”; las fuerzas productivas habían cesado de crecer no en términos absolutos, eso sería admitir la teoría objetivista del derrumbe del capitalismo por su propia inercia, sino que cesaron de crecer bajo las condiciones concretas de los años 30 del siglo XX. El agotamiento de Gran Bretaña y Francia como potencias hegemónicas entraba en contradicción con la necesidad del sistema capitalista de revolucionar constantemente las formas de producción y de las fuerzas productivas; de este choque surgían las chispas que harían explotar el polvorín que era el mundo y provocar la II Guerra Mundial, como la manera de resolver esas contradicciones.

Tras la II Guerra el mundo no iba a ser igual, como así fue; el capitalismo se liberó del dominio de las trabas jurídico políticas que lo atenazaban, las potencias en decadencia y las instituciones que expresaban esa correlación de fuerzas, la Sociedad de Naciones, el dominio nazi sobre Europa, el japonés en el Oriente y construyó nuevas instituciones a su imagen y semejanza, la ONU, la OTAN, el FMI. El eje del imperialismo cambio de continente y “la destrucción creativa” que supuso la destrucción masiva de fuerzas productivas en la Guerra las liberó de los corsés de los viejos imperios coloniales. El imperialismo yanki se declaró abiertamente en defensa del “derecho a la autodeterminación” de los pueblos al incluirla en la Carta fundacional de la ONU con un objetivo muy preciso, desmantelar los viejos imperios coloniales; Alemania o Japón fueron derrotados, pero las potencias europeas irían perdiendo una tras otra todas sus colonias. Los EEUU no lo hicieron por una convicción democrática, sino para sustituir el dominio colonial por el de su capital financiero.

Fue la fuerza de las armas como continuación de la política la que resolvió las contradicciones que atenazaban al capitalismo en los años 30, y que habían provocado que las fuerzas productivas hubieran dejado de crecer. El capitalismo conoció en los 30 años siguientes el mayor crecimiento económico y de riqueza social de la historia. La mayoría de las bases técnicas para la modificación productiva sobre el que se basaron estaban en descubrimientos previos a la II Guerra, la informática, la TV y los medios de comunicación, la energía nuclear, etc., habían sido realizados en el primer tercio del siglo XX; pero estaban estancados por la hegemonía que el capital financiero británico y francés ejercían sobre el mercado mundial. Una vez liberado de esta traba, y resuelto qué imperialismo iba a hegemonizar el mercado mundial, si los EEUU o Alemania, se abrieron las compuertas para un salto en el desarrollo de las fuerzas productivas.

La manifestación de esta “liberación” fue que la población creció entre 1930 y el año 2000 en más de 5 000 millones de seres humanos, fruto sin lugar a dudas de las mejora en la esperanza de vida, que si bien a comienzos del siglo XX era 48 años, a finales de ese siglo había saltado a 78 años. Las condiciones de desigualdad, pobreza y marginación subsistieran, son consustanciales al capitalismo, desarrolle o no las fuerzas productivas y no desmiente que la gran carnicería mundial que fue la II Guerra abrió un periodo de aumento de la riqueza social. Que en este reparto de la riqueza que los capitalistas hicieron tuvo que ver, de una manera decisiva, la expropiación de la burguesía en 1/3 del mundo, es también cierto. Como dice Thomas Pikkety en Capital e Ideología, “En comparación con el riesgo de expropiación generalizada, los impuestos progresivos de repente parecían menos aterradores” (pag. 559)

Sin embargo esto tampoco es un proceso lineal ni mecánico, sino concreto, histórico, que lleva a la transformación de las fuerzas productivas en fuerzas destructivas. Dicho de otra forma, el valor de uso de los avances técnicos y de la capacidad productiva del ser humano tras la guerra no tiende a aumentar la riqueza social, sino que la destruye, porque este salto no se produce en el momento del ascenso de la burguesía como clase revolucionaria que destruye el pasado feudal, para liberar a la sociedad del esclavismo y la servidumbre y las fuerzas productivas contenidas en ellas, como diría Marx, sino todo lo contrario. Se produce cuando el capitalismo está en su fase de decadencia, de dominio del capital financiero, del imperialismo; y esto marca esa liberación de las fuerzas productivas, donde la tendencia decreciente de la tasa de ganancia y los oligopolios reducen la “tarta” de la ganancia generada por el sistema. El proceso de generación de riqueza del capitalismo basado en la fórmula D-M-D’, donde M es la mercancía resultado del proceso productivo que incorpora la ganancia del capitalista, tiene a simplificarse en un D-D’, es decir la ficción del neoliberalismo de que el Dinero genera incremento de Dinero, que no riqueza social. Esto se llama vulgarmente especulación. Luego vienen las crisis, el choque con la realidad y todo este montaje se va por el desagüe de la crisis.

Por otro lado, la hegemonía del imperialismo yanqui se basa en su superioridad militar aplastante; habían ganado la guerra porque, a diferencia de las guerras anteriores (solo la I había anticipado el peso de los procesos industriales en las victorias militares), la capacidad de producción industrial es la que la decide, dando origen a lo que se conoce como el “complejo militar industrial”.

En las guerras napoleónicas Gran Bretaña había derrotado a su competidor burgués, Francia, no solo por su capacidad industrial, sino también por el apoyo decisivo de estados feudales, el imperio austro húngaro, los zaristas rusos o Prusia, que todavía cumplían un papel central en la geo política europea. En las guerras previas a la I, el potencial industrial deciden la superioridad yanqui o japonesa frente a españoles y rusos; sin embargo, es en la I Guerra cuando se introducen masivamente medios técnicos de matar de manera industrial, las ametralladoras y los comienzos de la aviación y los tanques; pero las tácticas militares de hacer la guerra eran las del pasado. Hay un ejemplo en la I Guerra, trágico porque supuso la muerte de miles de soldados ingleses, cuando se da la orden de una carga de infantería al viejo estilo, enfrente los soldados alemanes armados de ametralladoras que salen de las trincheras a gritarles que no cargaran, que los iban a masacrar; pero las órdenes son las órdenes, y los ingleses cargaron: se calcula que fueron 20 mil los muertos.

Esto es lo que introduce el capitalismo en la I Guerra, y que en la II será ya la única manera de combatir, una manera “industrial” de organizar la matanza entre seres humanos, sea los bombardeos de los Stuckas alemanes, la “guerra relámpago”, los bombardeos de saturación sobre las ciudades alemanas o, en su culmen, la utilización de las bombas atómicas, afectando de manera especial a la población civil. La población desarmada ha sido la principal afectada por incursiones que disolvieron la vieja distinción entre combatientes y civiles. Solamente el 5% de las víctimas de la Primera Guerra Mundial eran ciudadanos no alistados. Esta cifra se elevó al 66% en la Segunda Guerra y promedia el 80-90% en los conflictos actuales (Hobsbawm, Historia del Siglo XX).

De aquella hasta hoy, solo se han mejorado las condiciones para que la productividad/destructividad en la guerra vaya parejo al desarrollo de las fuerzas productivas de tal forma que la frontera entre la paz y la guerra está desapareciendo, potenciando el sufrimiento de los refugiados. Según Acnur, su número registró en 2019 un total de 79,5 millones de personas desplazadas de sus hogares.

Sin necesidad, por el momento, de guerras mundiales, esta transformación de las fuerzas productivas en fuerzas destructivas es la que está poniendo al mundo al borde del desastre por el cambio climático y la presión social incontrolable sobre los ecosistemas en todo el planeta, consecuencia de la irracionalidad intrínseca del sistema, basado en la lógica del beneficio.

El mundo del siglo XXI es un mundo altamente urbanizado, donde el crecimiento de la población ha sido exponencial en los últimos 100 años producto del desarrollo que el capitalismo ha provocado.

Evolución población mundial: (% Crecimiento)

Año 1.700 = 700 millones

» 1.800 = 950 » ( 35,71 % )

» 1.900 = 1.600 » ( 68,42 %)

» 2.000 = 6.000 » (275,00 %)

» 2.020 =7.700 » (28,33 % en 20 años)

Aunque se detecta una cierta ralentización en el crecimiento de la población mundial, sobre todo en las potencias imperialistas (Europa y Japón), lo cierto que en estas condiciones la presión sobre la naturaleza es salvaje, no solo por las consecuencias de la industrialización y urbanización masiva, sino por la misma necesidad de alimentar, vestir y dar vivienda a más 7 000 millones de seres humanos, y en crecimiento. Es, quizás, la principal manifestación de que sí estamos ante el fin de toda una era, la de la prehistoria de la humanidad, puesto que mientras la gestión de esta población esté limitada por las relaciones sociales de producción basadas en la propiedad privada de los medios de producción, desde los biológicos -comida, habitación, vestir- hasta los más sofisticados -redes virtuales, ocio, etc.- y la acumulación de capital, va a ser imposible resolver la presión sobre la naturaleza.

Las relaciones de producción que se basan en la búsqueda del beneficio por encima de cualquier otra consideración convierten al Capitalismo en el Groucho Marx del “más madera que es la guerra”, en el desbocado camino hacia una verdadera catástrofe medioambiental y social, confirmando la tesis de que las fuerzas productivas se han transformado en fuerzas destructivas, no solo porque la capacidad de matar seres humanos se haya convertido en una industria, sino porque el mismo desarrollo capitalista destruye la otra gran fuente de riqueza junto al ser humano, la naturaleza.

Se confirman, todavía por la negativa, las tesis de Marx de que “Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más elevadas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, porque, mirando mejor, se encontrará siempre que estos objetivos solo surgen cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización” (Introducción a la Contribución de la Crítica de la Economía Política).

La lucha está en convertir esta confirmación negativa en la lucha revolucionaria por el socialismo, puesto que “las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso social de producción; antagónica, no en el sentido de un antagonismo individual, sino de un antagonismo que proviene de las condiciones sociales de vida de los individuos. Pero las fuerzas productivas que se desarrollan en la sociedad burguesa brindan, al mismo tiempo, las condiciones materiales para la solución de este antagonismo. Con esta formación social se cierra, por lo tanto, la prehistoria de la sociedad humana” (op citada)


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