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Sobre la desobediencia civil

Do Sin Permiso, 24 de Janeiro 2021
Por Robert Kuttner 



Por una sombría convergencia, la semana del aniversario del nacimiento [15 de enero] del Dr. King [Día de Martin Luther King, fiesta oficial en los EE.UU, el tercer lunes de enero] coincide este año con los planes de milicias armadas de extrema derecha de invadir los capitolios de los estados, creyendo que practican la desobediencia civil. Y politicos y editorialistas de derechas rebosan de afirmaciones de que “la izquierda también lo hace”.

Vale la pena detenerse un momento a reflexionar sobre lo que es y lo que no es la desobediencia civil.

El ensayo de Henry David Thoreau, “Desobediencia Civil”, de 1849, sostenía que los ciudadanos eran responsables de las acciones injustas de sus gobiernos y de que debían distanciarse de ellas. Llevó a cabo un acto simbólico de desobediencia civil —negándose a pagar el impuesto de capitación y pasando una breve temporada en la cárcel — como forma propia de protestar contra la esclavitud y la guerra de los EE.UU. contra México.

Thoreau influyó directamente en Gandhi, que entendió que la desobediencia civil podia ser una táctica de masas para exigir reformas drásticas, y ambos hombres influyeron en el Dr. King. Lo que tenían en común unos con otros —y no con las milicias de hoy — son dos elementos centrales.

En primer lugar, su concepto de desobediencia civil era, por encima de todo, no violento. Las milicias son, por encima de todo, violentas.

En segundo lugar, se implicaban en la desobediencia civil para recuperar derechos democráticos centrales. Las milicias están substituyendo su propia violencia por el saqueo de la democracia.

Pero aquí es donde las cosas se vuelven un poco complicadas. La derecha trumpista está convencida de que les robaron las elecciones. Siguiendo su lógica, ellos son los que defienden la democracia, y por cualquier medio necesario. El New York Times cita al presidente del Partido Republicano del Condado de Cleveland, estado de Oklahoma: “¿Qé mierda crees que fue la Revolución Americana? ¿Un puñetero juego de hacer palmas?”

Ciertamente, el tan citado preámbulo de la Declaración de Independencia sostiene que cuando el gobierno se convierte en destructor de derechos inalienables, “es derecho del pueblo alterarlo o abolirlo”. Las milicias nacionalistas blancas se consideran a si mismas los verdaderos patriotas, herederos de la Revolución Americana.

Lo que resulta notable en esto es el papel central de la esclavitud y el legado de la esclavitud en la apropiación indebida del derecho a la revuelta democrática. Durante toda la época anterior a la Guerra Civil, los propietarios de esclavos insistieron en que defendían sus libertades como hombres blancos libres; eran los abolicionistas los que supuestamente las pisoteaban.

Gandhi tuvo experiencia de la democracia británica como joven abogado en Londres, con las esperanza de asimilarse, y allí se vio tratado como inferior al no ser blanco. Fue esa experiencia la que le encaminó en su vía de volver a su país a practicar la resistencia pasiva y, en última instancia, a anular el dominio británico.

Y por supuesto, la amplia desobediencia civil del Dr. King se centraba toda ella en recuperar derechos democráticos, en un momento en que los que ostentaban el poder en los estados eran los que destruían la justicia.

Las milicias de hoy, con sus fantasias de ser patriotas, son herederas de ese legado de racismo patrocinado por los estados. Si los republicanos no hubieran tenido tanto éxito en negarle a tantos negros el derecho a votar, Joe Biden habría ganado en varios estados más, y la afirmación del robo electoral habría sido mucho más ridícula.

¿Qué hay de la afirmación de que también lo hace la izquierda? La página editorial del Wall Street Journal afirma que “la tolerancia cero frente a la protesta violenta, hoy popular entre los demócratas, no fue su reacción durante el verano”.

¿Perdón? Las protestas de Black Lives Matter fueron ejemplares en su autocontrol y autodisciplina en un momento en el que los cuerpos policiales ejercían la violencia. Es cuento viejo. El Walker Report, informe oficial sobre la violencia durante la Convención Nacional Demócrata de Chicago en 1968, lo denominó “revuelta policial”.

Yo fui uno de los muchos presentes en las manifestaciones antibelicistas de los años 60, y nadie llevaba armas. Aunque los manifestantes rodearon el Pentágono y el Departamento de Justicia, nadie trató de invadirlos.

La franja de los Weathermen que recurrió a la violencia en esa época fue condenada por el resto de la izquierda y, por supuesto, por el Partido Demócrata. Por contraposición, algo así como la mitad de los republicanos en el Congreso justifica la invasión del Capitolio norteamericano y los inminentes esfuerzos por perturbar el gobierno en los estados.

Pensándolo bien, la yuxtaposición de la protestas violentas de este fin de semana con el contraejemplo del Dr. King no es algo sombriamente irónico. Es perfecto.
Robert Kuttner

cofundador y codirector de la revista The American Prospect, es profesor de la Heller School de la Universidad Brandeis. Columnista de The Huffington Post, The Boston Globe y la edición internacional del New York Times, su último libro es "Stakes: 2020 and the Survival of American Democracy" (2019).Fuente:
The American Prospect, 15 de enero de 2021.Traducción:Lucas Antón

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