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PROPUESTAS ECOFEMINISTAS PARA DEFENDER UNA VIDA DIGNA

Defensa de los territorios y ecofeminismos del sur



MARÍA EUGENIA GARCÍA NEMOCON
Do Viento Sur, 6 OCTUBRE 2020 


He vivido desde el conocimiento y descubrimiento de las historias de nuestros pueblos y también desde el recóndito espacio de conexión con mi memoria ancestral, el sentimiento de despojo; despojo de mi historia invisibilizada y blanqueada, despojo de territorios, costumbres, sabidurías, epistemologías; despojo de cuerpos expropiados, despojo del sentir o del sentirpensar que evocan todavía esas comunidades que a pesar de este despojo aún tiene esas vivencias cosmogónicas con ancestras y ancestros.

Las mujeres y su papel en luchas ecosociales y feministas en Abya Yala 1/ y otros sures

En los países del sur el papel de las mujeres en las luchas sociales, ecofeministas y populares es vanguardista. Aunque las denominaciones, conceptos y premisas ecofeministas tienen su origen en epistemologías del norte global y muchas veces se soslayan otras visiones y acciones no valoradas históricamente por el racismo epistémico, actualmente han surgido múltiples colectivos, asambleas y comunidades de mujeres desde espacios ecofeministas –aunque muchas veces no se autodenominan así–. Se trata de espacios muy propios a las circunstancias del sur, que esencialmente orientan sus luchas por la defensa de lo que designan como territorio-cuerpo y territorio-tierra, el agua, los bienes comunitarios, por el buen vivir y contra los extractivismos. Se basan en teorías ecosociales para explicar las causas de sus problemas, que afectan no solo a las mujeres sino a la humanidad, a la sociedad y a la naturaleza y todas las vidas integradas; sus ejes son las luchas contra el patriarcado, el colonialismo, el racismo y el capitalismo; asimismo, plantean caminos posibles para sus soluciones, que son variadas y de acuerdo a contextos territoriales y plurinacionales.

Desde los diálogos, encuentros y entretejidos de luchas sur-sur, así como el compartir saberes, se está logrando –no solo desde los discursos sino desde prácticas diversas– la construcción de disyuntivas más allá del llamado desarrollo capitalista, no un desarrollo alternativo sino una alternativa al desarrollo, sin la visión antropocéntrica, considerando todas las vidas y los ciclos naturales.

Cuerpos como nuestro primer territorio y lugares de memoria

Las mujeres encabezan discursos, movilizaciones y acciones en defensa de sus cuerpos como primer territorio, que son objeto de mercantilización, subyugación, violencia, violaciones, invisibilización de parte de las instituciones, de parte de la sociedad y también de los propios compañeros de sus comunidades. Esta situación se recrudece en el caso de mujeres indígenas y negras, ya que el patriarcado imperante se combina con el racismo.

Esos territorios-cuerpos también padecen las consecuencias del extractivismo, del despojo de sus territorios-tierra, del agua y los efectos del cambio climático, mayoritariamente en las zonas rurales. Las mujeres, por la división sexual del trabajo, son las encargadas de proveer de agua, pero debido a la apropiación de las fuentes por parte de megamineras, forestales o grandes monocultivos y la construcción de infraestructuras como presas, que afectan grandes cuencas hidrográficas, acceder a este bien imprescindible es cada vez más difícil. Y todo esto es agravado por la contaminación, que produce enfermedades en las poblaciones. La defensa de los ríos, lagos y fuentes es una prioridad para las mujeres, indefectiblemente asociada a la defensa de la vida, no solo la humana sino de todos los seres vivos. En algunos entornos y comunidades se habla de justicia restaurativa de la biodiversidad, que tiene que ver con todas las vidas, instaurando a la naturaleza y al agua como sujetos políticos de derecho (siendo el agua un derecho humano), para recuperar ecosistemas y flujos hidrológicos. Además, estas luchas son desde las plurinacionalidades y contra las economías patriarcalizadas.

Asimismo, podíamos apuntar que son las mujeres, en gran parte, quienes se encargan de los cultivos y de las hierbas y plantas medicinales, y son expertas en su uso y aplicación de sabidurías ancestrales, siendo mujeres-medicina para sus comunidades. También son las mujeres las que se dedican a la preparación de los alimentos, cuyos cultivos también están siendo afectados por efectos de la degradación ambiental y el cambio climático.

Hay una relación imbricada entre el territorio-cuerpo y el territorio-tierra para las mujeres de muchas comunidades del sur global y en concreto en Abya Yala, porque el territorio no es solo un espacio físico o mapa geográfico, sino una manifestación en espacio y tiempo con conexiones con el cosmos, bosques, agua, aire, montañas y todos los seres visibles y perceptibles. El territorio es espacio de vida y de espiritualidades, de procesos colectivos, son relaciones, es construir comunidad, es conexión con los cuerpos, con nuestros cuerpos que son cosmosintientes por su conexión con el cosmos. El territorio es lo que provee lo vital para la vida con sus ciclos naturales, es la red de la vida.

Nuestro cuerpo es territorio de memoria colectiva ancestral, que está atravesado por vivencias, goces, cuestionamientos, culpas, jerarquías, opresiones, racismo, machismo, signos de diferenciación y desigualdades. Como el territorio-tierra, el territorio-cuerpo es un territorio en disputa, mercantilizado por el sistema patriarcal, ni siquiera somos propietarias de nuestro cuerpo. Hablamos de cuerpos expropiados, esclavizados y violentados, de vivencias con desarraigo histórico de los cuerpos negros que fueron esclavizados. Los cuerpos colonizados de las mujeres tienen toda una historia de violaciones, ya que se juntaron las formas patriarcales de dominación ancestral existentes con las que trajeron los colonizadores, mucho más violentas y expropiantes de nuestros cuerpos.

Territorios-cuerpos migrados

Los ecofeminismos establecen como contradicción principal la acumulación de capital y la vida. Tomando los discursos desde el norte, que hablan de poner la vida en el centro, nosotras nos preguntamos si se ponen todas las vidas en el centro, o si algunas valen más que otras. Porque el sistema mundo que dio su inicio hace siglos, donde los pueblos originarios no eran considerados humanos, prevalece. El racismo está en el subconsciente y hemos crecido con esa visión de que los cuerpos son diferentes, algunos son más objetos que sujetos, concretamente los cuerpos de los sures, de países ricos pero empobrecidos por el saqueo y el despojo. Un despojo del que no son ajenos los habitantes de estos nortes cuyos consumos son tan desmedidos que rebasan con creces los consumos de muchos pueblos del sur.

Todo lo anterior quiere simplemente poner en evidencia que el racismo no es una palabra, es una actitud que millones de personas sufren día a día. Son cuerpos desvalorizados, que pueden terminar en el Mediterráneo, sin nombre, sin identidad y sin ser llorados, son esos otros. Son cuerpos aniquilados porque donde habitan tienen materias primas esenciales para el desarrollo y el nivel de consumo que mantiene el confort de otra parte de la humanidad, cuyos cuerpos valen más y son los que se ponen en el centro.

Atahualpa Yupanqui decía “El hombre es tierra que anda”, aquí nosotras venimos con esa tierra pegada a nuestros pies y cuerpo y desde esos orígenes somos valoradas y tratadas; por eso desde Abya Yala se habla de la colonialidad del ser, porque somos el no ser para que otros/as sean el ser. Son esas otras que están en el lado oscuro del ser.

Feminismos, ecofeminismos y decolonialidad

Los feminismos decoloniales y ecofeminismos del sur cuestionan la colonialidad como algo inherente al sistema de depredación, racismo, patriarcado y muerte instaurado con la conquista y que es predominante. Aunque para evitar esencialismos, desde algunos colectivos de mujeres indígenas se indica que ya había formas de patriarcado originarias. En apartados anteriores ya hemos indicado en qué consiste la colonialidad del ser y los efectos que ha tenido y tiene sobre los cuerpos y existencias de los sures, unos efectos que no solo afectan a los cuerpos de las mujeres, aunque son ellas las que más los sufren.

Durante siglos, el epistemicidio indígena y de las comunidades originarias colonizadas ha sido una constante, lo que en términos decoloniales denominamos la colonialidad del saber. Por ello reivindicamos el reconocer, valorar y visibilizar estas epistemologías, que a pesar de la capacidad de destrucción occidental aún permanecen. Sobre todo, desde los colectivos de mujeres se reivindican estas epistemologías como necesarias e imprescindibles en estos contextos de crisis ecosocial y sistémica, porque la realidad es que estas culturas y comunidades han convivido ancestralmente con los ecosistemas, forman parte de ellos, los integran y los preservan.

Recordamos aquí la práctica y filosofía del buen vivir, que es aún esencial y parte de la vida en muchas comunidades originarias en diferentes latitudes. El buen vivir en diferentes lenguas es la vida armónica con la tierra, la naturaleza y con todos los seres visibles e invisibles que la habitan, es un bienestar colectivo, de memoria ancestral heredada y bienes comunes. Según las comunidades afrodescendientes, indígenas y campesinas, hay dos visiones de desarrollo: la del desarrollo para el buen vivir o desde el punto de vista comunitario y la visión de la institucionalidad y de las grandes empresas, que es la de la acumulación.

Asimismo, la colonialidad ha afectado a la naturaleza en Abya Yala y demás espacios conquistados, tanto en su biofísica como en la configuración territorial. La podemos definir como colonialidad de la naturaleza, donde se pasó de la Pachamama, o tierra de nadie para todos/as, a territorios privatizados y a espacios subalternizados por las élites colonizadoras y criollas, las cuales tienen la potestad de arrasar, reconfigurar y explotar los territorios como espacios subalternos, conforme a las necesidades de un sistema hegemónico de acumulación.

La apropiación de la biodiversidad natural, la megaminería, la explotación de hidrocarburos, el establecimiento de monocultivos para la exportación (para agrocombustibles o para las grandes forestales), y las grandes infraestructuras han convertido los territorios en áreas sometidas, donde flora, fauna, comunidades y ecosistemas enteros han sido devastados, con profusión de uso de agrotóxicos y químicos. Es así como la naturaleza está al servicio de los requerimientos del gran capital, no de las necesidades de los pueblos que las habitan. Todo este despojo trae como consecuencia, además de lo indicado, contaminación de suelos, aire, aguas y sus subsiguientes efectos en las vidas de todo el entorno humano que en ella vive y demás vidas y especies del medio natural.

El conflicto con los pueblos originarios no se soluciona o resuelve con la restitución de tierras –ya dijimos que el concepto de territorio-tierra va mucho más allá de un espacio físico o geográfico–, porque la cosmogonía no se soluciona con esto, porque la visión y modo de ver y vivir en el mundo son totalmente contrapuestas y antagónicas a la visión occidental dominante, utilitarista/mercantilista, tanto de cuerpos humanos como de todo tipo de vidas y ecosistemas.

Otras cosmovisiones que en la práctica superan el sistema de muerte y la tanatopolítica

Para la situación actual de crisis ecosocial hay alternativas planteadas desde comunidades y colectivos de mujeres que tienen que ver con socializar los bienes comunes y eliminar el extractivismo sin límites de materiales que afecta a gran parte de las poblaciones del sur global. Las poblaciones del sur global siguen colonizadas por las transnacionales en complicidad con sus gobiernos locales, por ello es necesario eliminar la explotación del trabajo y de otras especies y visibilizar otras cosmovisiones y formas de ver y vivir el mundo, así como valorar en su justa medida los cuidados y dejar de invisibilizar trabajos que en su mayor parte ejercemos las mujeres, y en estos nortes globales las migrantes. Dejar atrás todo lo que nos ha llevado a esta crisis y también a esta pandemia.

Es un hecho que otras prácticas son posibles, incluso en medios donde estas son susceptibles de sufrir ataques armados por parte de los gobiernos o de paramilitares al servicio del latifundio y el agronegocio. Desde la sociedad organizada se pueden proponer acciones prácticas y aterrizadas que conllevan infringir el orden establecido, dígase propiedad privada, privilegios de unos pocos, leyes del suelo, etc. En este sentido, planteamos defender los bienes comunes a través de las siguientes medidas:

– Socialización de tierras para cultivo, desechando y quitando los grandes monocultivos, para que se produzcan los cultivos necesarios para una alimentación equilibrada y sana, con recuperación de semillas autóctonas más resilientes y producción agroecológica. La recuperación de tierras para comunidades y campesinado debe ser un hecho también en estos territorios.

– Una utilización racional de las aguas superficiales y subterráneas, con criterios destinados a cubrir las necesidades básicas de la población y de los cultivos, con gestión pública o autogestión del campesinado y las comunidades. Evaluar qué cultivos son más resilientes y establecer sistemas de riego que garanticen el uso racional y colectivo del agua.

– Recuperación de bosques, masas forestales y en general ecosistemas. En las Constituciones de Ecuador y Bolivia han sido reconocidos como sujetos de derecho, denominándolos Pachamama, por su nombre en quechua.

– Presión social, información y boicot de productos provenientes del extractivismo y saqueo de otros territorios y poblaciones. Hay listas de transnacionales, territorios y productos que saquean, hay que hacer evidente su destrucción.

Terricidio, un concepto introducido por las mujeres de los pueblos originarios

Las hermanas del Movimiento de Mujeres Indígenas por el Buen Vivir han introducido el concepto de terricidio, que se puede definir como el asesinato no solo de los ecosistemas y de los pueblos que lo habitan, sino también de todos los ciclos que regulan la vida en la tierra, que llamamos ecosistemas perceptibles.

Entendemos que el terricidio es consecuencia del modelo civilizatorio dominante, enmarcado dentro de la crisis general del capitalismo, que lleva a este sistema al saqueo indiscriminado de recursos para seguir acumulando ganancias a costa del pueblo, las comunidades, la vida y los ecosistemas. Estos procesos se dan en beneficio de la clase dominante y de las empresas transnacionales representantes del imperialismo, poniendo en evidencia la contradicción entre capital y vida, ya que la acumulación de bienes y capitales está acabando con todo tipo de vida y está poniendo en riesgo nuestro futuro en el planeta. Contradicción que hoy se manifiesta a través del cambio climático, la desigualdad, el hambre y la miseria que sufren nuestros pueblos.

El terricidio es la violación y violencia de nuestro primer territorio, que es el cuerpo de nosotras, mujeres indígenas, campesinas y afrodescendientes que, desde la colonia, somos consideradas objetos y meras mercancías, ni siquiera alcanzamos el rango de humanas. Los efectos del extractivismo también se ven reflejados en la violencia en el cuerpo de las mujeres, porque afectan nuestras formas de vida y de subsistencia. Para quienes defienden el cuerpo-territorio, la Madre Tierra es un espacio vital, lo que podríamos llamar conexiones desde lo no perceptible, de construcción de comunidad, de espiritualidad, de procesos colectivos con todo tipo de vida que existe en el entorno, no solo la vida humana.

Relación entre pandemia y terricidio

El escenario de pandemia actual tiene muy probablemente relación con el terricidio. A continuación indicamos cómo las prácticas de explotación y producción capitalista, que en este documento definimos como terricidio, pueden estar detrás de esta pandemia. Actualmente, gran parte de las medidas tomadas contra la pandemia son de emergencia, cuando hay causas estructurales de las mismas que no se están combatiendo; las más plausibles tienen que ver con estos aspectos:
Forma de producción capitalista, con una industria alimentaria basada en el agronegocio y, entre otras, en la ganadería intensiva, léase macrogranjas. A falta de análisis más profundos, se puede decir que posiblemente el virus proviene de un tipo de murciélago, de este pasó a un animal intermedio, antes de saltar a los humanos. Algunos estudios apuntan como animal intermedio/huésped al pangolín (casi extinguido por su comercio legal/ilegal) o a algunas de las especies salvajes y silvestres que se venden y consumen en el mercado húmedo de Wuhan. Pero también se ha planteado que podría ser el cerdo. Con respecto a este último, en Hubei, provincia en la que se localiza Wuhan, se encuentran algunas de las mayores granjas industriales de estos animales, cuya producción masiva los somete a condiciones en las que sufren estrés y tortura animal. Los altos grados de hacinamiento propician la transmisión del virus y también disminuyen su capacidad de respuesta a los contagios; además, la similitud entre el sistema inmunológico del cerdo y el de los humanos facilita el salto de virus entre estas especies. Se infiere por lo tanto que esta forma de producción eleva las condiciones para que se den estos patógenos y luego se dé la zoonosis.
Otras acciones del capitalismo que tienen que ver con el inventario de tierras y recursos explotables para incorporarlas al agronegocio y al extractivismo y al usufructo de corrientes de agua. Las grandes corporaciones están haciendo este inventario con el propósito de adueñarse de las mismas para su usufructo, acumulando propiedades, en algunas de las cuales se encuentran aún bosques primarios, que han deforestado para poder dedicarlos a los monocultivos como palma, soja y forestales, o para extraer minerales, hidrocarburos o construir grandes infraestructuras como presas de generación eléctrica, o vías para sacar su producción poniéndose en contacto con zonas periurbanas. Además de destruir ecosistemas salvajes, despojar a los pueblos y comunidades que aún hay en estos territorios (que en su gran mayoría llevan muchísimo tiempo en ellas), esto extermina casi todo tipo de vida. También se rompe una barrera natural entre los humanos y las especies que habitan estas áreas y que estaban resguardadas, y que ahora han entrado en contacto con seres humanos de una forma más directa y más rápida, permitiendo que muchos patógenos de estas especies salten a los humanos. El daño en todos los aspectos es incalculable, porque han destruido un equilibrio natural existente, dañando los bosques. Además, se promueve una agricultura basada en agrotóxicos, que contamina todo su entorno, así como el uso de mercurio y cianuro en actividades extractivas como la minería de oro, acompañado del uso de explosivos para extracción a cielo abierto, que modifican la geología y propician diferentes tipos de contaminación.

Indudablemente, cualquier alternativa para superar este sistema, que en sí mismo es una pandemia, no puede provenir de seguir impulsando este tipo de formas de producción y explotación de los bienes comunes y del trabajo. Sería conveniente recordar en qué consiste la filosofía y práctica del buen vivir, que todavía para muchos pueblos indígenas en diferentes latitudes es parte esencial de la vida: el buen vivir en todas las lenguas es vida armónica con la tierra, la naturaleza y con todos los seres visibles e invisibles que la habitan.

Recordemos también que alrededor del 75% de la biodiversidad está en territorios indígenas y campesinos, con lo cual se corrobora que no es un mero discurso ni un hecho puntual, sino que es su filosofía de vida la que ha permitido que se preserven todos estos territorios y ecosistemas asociados. Han resistido violencias y conquistas coloniales, y ahora en este siglo están sufriendo ataques brutales para despojarlos de lo que aún conservan y preservan. Las sabidurías y conocimientos ancestrales, considerados salvajes incivilizados y subhumanos, ahora más que nunca tienen trascendencia y deben estar dentro del qué hacer para transformar un futuro que, si no, será tal vez la extinción nuestra y de otras muchas especies.

Esta pandemia puede reproducirse o pueden surgir otras si solo nos atenemos a los científicos y a la idea de que la tecnología logrará salvarnos de toda esta situación, en la que ya se combina crisis ecosocial con pandemia. Por eso, las tierras y los bienes comunes deben ser comunes, no privados. El agua, las semillas y los bosques y selvas no deben ser patentados, privatizados y arrasados con fines de explotación; si no, nos esperarán pandemias tal vez intermitentes y cada vez más mortíferas. La civilización moderna capitalista no da respuestas a los orígenes de la pandemia, sino que los causa, por eso es imprescindible cambiar el modelo de desarrollo basado en el agronegocio, la agricultura industrial, la ganadería intensiva, el extractivismo a gran escala y los megaproyectos. Si algo ha demostrado esta pandemia es que sobrepasar los límites no es algo inocuo, cada vez trae más consecuencias y cada vez estas consecuencias son más globales y planetarias.

Binomio economía-vida. Tenemos que dilucidar entre vida o capital o entre vida y economía. Los mismos gobiernos e instituciones tendrán que posicionarse, pero la población debemos tener como objetivo común la vida.

María Eugenia García Nemocon es miembro de la Comisión Ecofeminismo de Ecologistas en Acción y forma parte del Área de Ecosocialismo de Anticapitalistas

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