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El cineasta habla con Jacobin de su vida y de la política

Do VientoSur, 28 de Setembro, 2020
Por ED RAMPELL 



Pocos cineastas estadounidenses han hecho una carrera tan salvaje y exitosa como Oliver Stone, tres veces ganador del Óscar. Y todavía son menos quienes lo hacen con voz propia como lo hizo Stone, creando un cine de izquierda no apologético en pleno corazón del Hollywood de los Reagan, Bush y Clinton.

Ahora este azote cinematográfico de los poderes establecidos acaba de sacar un libro de memorias. Chasing the Light: Writing, Directing, and Surviving Platoon, Midnight Express, Scarface, Salvador, and the Movie Game cuenta la vida y la carrera de escritor y director, desde la infancia de Stone en la ciudad de Nueva York hasta su obra clásica y controvertida en Hollywood en plena década de 1980. Y por primera vez, Stone hurga en sus experiencias personales como combatiente en Vietnam, de las que salieron películas que nutrieron las filas de las mayores obras maestras antibélicas de la gran pantalla.

En 1979 ganó el Óscar al mejor guion adaptado por Expreso de medianoche, el primero de los tres premios de la Academia que ha obtenido. Pero fue en 1986 –el año en que Stone cumplió 40 años y en que concluyen sus memorias– cuando el cineasta adquirió personalidad propia como autor. Fue el año en que Stone dirigió sus propios guiones originales, Salvador (escrito en colaboración con Richard Boyle) y Platoon. Los guiones de ambas películas fueron propuestos para el Óscar el mismo año, pero en vez de ello, Stone ganó el premio al mejor director por Platoon, basada en gran parte en sus propias experiencias como soldado de infantería en la guerra de Vietnam.

Como señala el cineasta condecorado con el Corazón púrpura en sus memorias, Platoon–ganadora asimismo del Óscar a la mejor fotografía– tenía “energía, vitalidad, originalidad y algo que no se ve a menudo en el cine estadounidense… un compromiso político radical e impresionante que recuerda a algún que otro joven dramaturgo de las décadas de 1930 o 1940, un Clifford Odets o un Arthur Miller, que irrumpen contando una verdad de una manera de un modo dinámico y directo”.

Ed Rampell, articulista asiduo de Jacobin, ha hablado con Stone sobre Fidel Castro, Edward Snowden, películas sobre la guerra de Vietnam y su legado cinematográfico.
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ER: El precio del poder comienza con imágenes del éxodo de Mariel que trajo a miles de cubanos a EE UU, incluyendo instantáneas de Fidel Castro, de quien Tony Montana, interpretado por Al Pacino, habla mal repetidamente. Esto parece prefigurar tus documentales sobre Fidel, Comandante en 2003 y Fidel Castro en invierno en 2012, además de Al sur de la frontera en 2009.

OS:Y también está Looking for Fidel en 2004. ¡Has olvidado una! [Risas]

ER: ¿Qué piensas de Fidel?

OS: Escucha, lo que escribí en el guion de El precio del poder no refleja mi opinión sobre Fidel. La única manera que tenías de filmar en Miami, que es una sociedad muy de derechas y anticastrista –como sabes, el senador [por Florida] Marco Rubio es uno de los principales halcones de la guerra que tenemos–, en aquella época, particularmente en 1980, dios mío, el odio por el experimento de Castro era extremado. Y yo no comparto todos esos puntos de vista.

Al contrario, pienso que Castro trajo grandes cambios a América Latina. Es un enorme símbolo de la reforma: la reforma agraria y todas las variantes de reforma. Y, por supuesto, siempre le atacan, y todavía tenemos el embargo decretado en aquellos años. Es demencial. Las gentes de todo el mundo lo rechazan, la comunidad mundial condenó ese embargo hace años en las Naciones Unidas. Nadie en EE UU parece escuchar, prestar atención. Creo que tenemos dos o tres aliados que votan con nosotros [en Naciones Unidas] todos los años sobre este embargo.

[En lo que respecta a las percepciones de Cuba] hay un montón de élites que vienen a este país que son corruptas y huyen de revoluciones en sus países. Ya sea en Vietnam o en Cuba…, muchos de ellos se han hecho terroristas por derecho propio y tratan de volver y joder a sus propios países.

ER: Al realizar y publicar los documentales sobre Castro, ¿te encontraste con algún tipo de censura de autoridades cubanas o estadounidenses?

OS: Sí, la hubo. Comandante estaba a punto de emitirse en HBO, pero no lo hicieron, y ni siquiera me avisaron. Actuaron repentinamente, respondiendo a cartas de extremistas de derechas cubanos que estaban recibiendo con la amenaza de cancelar –era la cultura de la cancelación– sus suscripciones a HBO. Eran toda una avalancha, dijeron. Nadie había visto la película, salvo en el Festival Sundance, donde se había proyectado un mes antes. Entonces fue todo muy bien, pero corrió la noticia de que daba la palabra a Castro. La película como tal no tomaba partido, era simplemente una plataforma en la que le entrevisté durante varios días, y él me regaló un montón de comentarios interesantes. Daba la visión de Castro de la Revolución Cubana, que aquí nunca escuchamos.

ER: ¿Por qué a menudo tomas partido por gente proscrita, que a veces son impopulares en EE UU, como Castro y Edward Snowden?

OS: Porque soy así. No me gustan los bravucones. No me gusta que los gobiernos y otros acosen a la gente. Siempre he sido así. Es un sentimiento fuerte, no sé por qué. Creo que hay mucha gente que es como yo. Simplemente creo que es injusto. Cuando algo es injusto, despierta en mí algún gen que quiere que luche.

ER: En tu documental de 2009, Al sur de la frontera, uno de los líderes latinoamericanos que aparece es Hugo Chávez. ¿Qué dirías de Chávez?

OS: Sacó al 70 % de la gente en Venezuela de la pobreza extrema. Les dio educación, les dio esperanza, les dio un sentido de participación en la gobernanza, les dio una red de seguridad, cosa que nunca antes habían tenido. Venezuela era uno de los países más pobres y peor gobernados de Sudamérica. A modo de ejemplo, por supuesto que influyó en tantos otros países para que cambiaran. Cuando gobernó hubo una marea de cambio. Se vio en la película: visité a seis o siete otros presidentes de diferentes países para mostrar la influencia que tenía Chávez. Es como el New Deal de Roosevelt. Por supuesto, EE UU trata de revertir la marea, y lo ha conseguido efectivamente en algunos de estos países. Pero como con el New Deal de Roosevelt, la gente no volverá a ser jamás la misma. Se ha criado en tiempos de Roosevelt y Chávez y esos otros presidentes.

ER: ¿Por qué las películas sobre la guerra de Vietnam tardaron tanto tiempo en hallar un público en EE UU?

OS: La gente había visto algunas películas antes que las mías, a saber, la versión de Sylvester Stallone [la saga Rambo] y la de Chuck Norris [Desaparecido en combate]. Hubo El cazador (1978), Apocalypse Now (1979) y El regreso (1978). Esta última era muy realista, pero no tuvo mucho éxito. Apocalypse Now y El cazador tuvieron mucho éxito, pero no eran muy realistas. Eran películas fuertes, metafóricas. Las demás películas conocidas eran ultranacionalistas y pura basura.

ER: En el esfuerzo por llevar Vietnam a la pantalla, ¿hubo consecuencias no intencionadas en la presentación de la guerra como una especie de tradición cinematográfica de brutal iniciación, dejando a un lado la política y las atrocidades cometidas contra la población vietnamita para centrarse en las luchas de los soldados estadounidenses?

OS: Sí, El cazador y Apocalypse Now no tienen en cuenta el punto de vista vietnamita. Creo que yo lo hice en Platoon, donde hay toda una historia de una matanza de habitantes de una aldea, contada desde aquel punto de vista. La misma cuestión aparece en Nacido el 4 de julio. Pero en El cielo y la tierra adopto plenamente el punto de vista vietnamita. Hay una protagonista vietnamita. Pero la película no tuvo mucho éxito en este país. Creo que es una de mis mejores obras. Es muy emotiva. La historia de una mujer, Le Ly Hayslip, que acabó haciendo y padeciendo casi todo, como estar en ambos bandos, para terminar en EE UU, casada con un estadounidense, interpretado por Tommy Lee Jones, que se trajo sus problemas a casa.

ER: En Chasing the Light hablas mucho de Costa-Gavras. ¿Te consideras el Costa-Gavras estadounidense?

OS: Bueno, le admiro mucho. Z (1969) fue para mí una de las películas más evocadoras en la escuela de cine. Me reveló que era posible hacerlo, este tipo de montaje podía resultar eficaz en la pantalla. Él me enseñó el camino. Su película, si la miras de cerca, de algún modo tiene una estructura parecida a la de J.F.K.: caso abierto (1991). Vino a nuestra escuela, fue una de las cosas que más me impresionaron en aquellos años que pasé en la Universidad de Nueva York. Creo que Desaparecido (1982) también fue una película excelente, muy efectiva. Pero tampoco tuvo un gran impacto. Todas las películas sobre América Latina han sido ninguneadas, no han tenido mucho éxito. Pero Costa-Gavras es sin duda un héroe, sí.

ER: ¿Siempre tenías propósitos políticos de esta clase con tus películas?

OS: No. Siempre he tenido una vena política en el cuerpo porque mi padre hablaba de ello. Aprender la profesión cinematográfica –aprender cómo escribir guiones, dramaturgia–, esa es una materia verdaderamente crucial. Para mí, mi educación ha sido eso. Realicé dos películas de terror [De infarto en 1974, con un presupuesto muy bajo, y La mano en 1981, con Michael Caine de protagonista], y después escribí El expreso de medianoche, El precio del poder y El año del dragón. Yo era guionista y quería ser director. Pero hasta que rodé Salvador y Platoon–las dos seguidas– no me sentí realmente un guionista y director.

Sin embargo, no era esta mi intención. Platoon no tenía que ver con la política, sino que se trataba simplemente de mostrar el drama cotidiano de aquella guerra. Lo mismo ocurre con Salvador. En esta hay una escena en que [Richard Boyle, interpretado por James Woods] sermonea a la CIA. Estoy de acuerdo. Pero él es un periodista interesante y una especie de tarado. Enfocar la historia desde el punto de vista de un Hunter Thompson, no un punto de vista político. Bueno, en todas mis películas, incluida J.F.K.: caso abierto, he tratado de que fueran entretenidas, dinámicas, manteniendo la tensión, esos son mis objetivos. Si llegamos a algún tipo de fondo político, este debe surgir de la propia historia, no imponerse a la historia.

25/09/2020

https://jacobinmag.com/2020/09/oliver-stone-vietnam-war-academy-awards

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