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Palabras nuevas

COVID-19, colonialismo, estatuas y lenguaje


Do Rebelión, 17 de Agosto, 2020
Por Luisa Valenzuela, Fuentes: El Cohete a la Luna



Cada día se aprende algo nuevo. O cada mes, al menos. Lo mío son las palabras. Daré sólo un par de ejemplos.

En mayo me motivaron dos términos muy eufónicos: anosmia y disgeusia.

Entre los síntomas más conocidos del SARS, el hoy demasiado vigente Síndrome Agudo Respiratorio Severo, se habían detectado dos nuevos, uno de los cuales afecta el sentido del olfato y el otro el del gusto. La anosmia es la pérdida total del olfato y tiene una prima hermana también de bonito nombre, la hiposmia, que denota pérdida parcial y puede a veces confundirnos haciéndonos pensar, pongamos por caso, en rosas cuando picamos ajo. Lo mismo con esa otra muchacha, disgeusia, que altera el gusto a un punto llegado al cual en lugar de criticar al cocinero mejor pedir un hisopado.

Anosmia y disgeusia… Nombres que podrían muy bien prestarse al juego literario, mucho más oulipiano que poético. Al menos a mí me invitan a hacer versitos tontos que les ahorro, pero con algo hay que distraerse en estos tiempos y nada mejor que el humor para despejar angustias.

Y así, entre seriedades por todes conocidas y escritura con dejos irónicos, llegué a agosto tras diversas agitaciones: enclaustramiento acotado, alcohol al 70% y abundante espuma de jabón, sin olvidar jamás a nuestro fiel compañero el barbijo, hoy conocido como tapanasoboca, otra nueva palabra en este caso algo disonante, como para muchos nueva es la palabra cloroquina, pero de signo contrario. Hay que pasar agosto, decía o amenazaba Alsogaray. Pero hay que pasarlo lo mejor posible porque es el mes de la Pachamama, nuestra Madre Tierra. Madre, entiéndase bien, y como tal hay una sola que nos nutre y nos da vida, y la estamos matando.

Al respecto, dos son las nuevas palabras que aprendí en lo que va del mes. No sin trepidación la primera zoonosis y con esperanza la segunda, biomimesis.

Tengamos muy en cuenta el poder de los nombres. Conocerlos y captarlos a fondo nos habilita el acceso directo a lo nombrado. Nos lo trae a la conciencia, le otorga carta de ciudadanía.

Las enfermedades zoonóticas son, como su nombre casi indica, las transmitidas por los animales a los seres humanos. Fehacientes estudios científicos que ya llevan sus años han demostrado su capacidad de virulencia. “Las enfermedades zoonóticas tienen que ver con la degradación de los hábitats… La rotura del equilibrio de esos hábitats, donde se daban procesos autorregulados a partir de milenios de adaptación de las especies al ambiente, hace que los animales queden sin esa regulación natural y, a la vez, estén cada vez más cercanos al hombre” explica en una entrevista publicada por Télam Elizabeth Jacobo, ingeniera agrónoma y vicepresidenta de la Sociedad Argentina de Agroecología.

Una disciplina poco difundida, la agroecología, que conviene tener muy presente en estos tiempos aciagos, y sobre todo cuando se está hablando de crear vastos criaderos de chanchos en el país. Continuamos leyendo a la doctora Jacobo: “Los animales que se crían ya confinados pierden sus defensas naturales y tienen una alta transmisibilidad de enfermedades por el hacinamiento, lo que obliga a aplicarles un montón de drogas para tenerlos ‘sanos’”.

¡La zoonosis al acecho!

El Covid-19 que asuela al mundo parecería ser un pedido de socorro de la naturaleza en pleno, tan maltratada a lo largo de los siglos. Ha llegado el momento de frenar para siempre las despiadadas deforestaciones y desmontes que siguen practicándose por estas latitudes, muchas veces a espaldas de la ley, para abrirle campo a la devastadora soja, transgénica para colmo.

Solíamos ser el granero del mundo, era ese un orgullo pre-Monsanto. Nos estamos volviendo tierra yerma a fuerza de monocultivos, desatendiendo no sólo la vida animal sino la de los pueblos originarios que se alimentan del monte, de su flora y su fauna.

Ya en cierta ominosa oportunidad se intentó convertirnos en basurero nuclear. ¿Convertirnos ahora en el chiquero del mundo, totalmente despreocupados de nuevas e incontenibles enfermedades zoonóticas?

Resulta imperativo, casi de vida o muerte, atenerse hoy a la biomimesis, esa forma de intervención reflexiva y moderada que respeta el equilibrio natural.

Billetera mata galán, solía decirse en mi juventud. En estos días no cabe la menor duda de que la descomunal billetera de los ultrapoderes nos está matando a todes, al igual que las saudades en la vieja canción de Antonio Almeida y João de Barro que tan dulcemente canta Maria Bethania: “A saudade mata a gente, morena”.

Triste es reconocerlo, morena. Porque el presente covid, invisible como globalizada saudade, mata especialmente a las gentes de pieles no “blancas”. Y no por motivos genéticos, no, sino cruelmente sociopolíticos.
Black Lives Matter (y las vidas indígenas también)

El eslogan, lema o reclamo se ha vuelto universal, la mecha que encendió el despiadado asesinato del joven afroamericano George Floyd a manos de la policía se hizo reguero de pólvora. Floyd fue uno más entre tantos, pero desbordó el vaso y dejó al descubierto el racismo y la desigualdad que permean nuestras sociedades y lleva a inconcebibles jefes de Estado, como Trump o Bolsonaro, a desentenderse de la salud de sus gentes (total sobra mucha resaca, deben de estar pensando) y privilegiar una economía por demás incierta a causa de pandemia.

Pero por fin el momento ha llegado. Y en los Estados Unidos, en medio de altísimos índices de contagio y de muerte, estalló con enorme fuerza la protesta. Y si la policía –disfrazada o no de civil—intenta reprimir y cargarse a manifestantes pacíficos, desde Portland, Oregon, el Muro de Madres dio ejemplo al mundo poniéndole el pecho –los pechos— a los golpes, las balas de goma y demás desmesuras oficiales.

Imparable parecería ser la fuerza de la indignación, el retorno de lo reprimido.

El verbo inglés to haunt no tiene equivalente en castellano y por ende tampoco lo tiene su accionar, haunting, una amenaza que acecha secretamente en las sombras y también en lo oscuro del inconsciente humano. Lo menciono porque, para hacer pie en el movimiento antirracista que ha eclosionado con más fuerza que nunca, acudí al esclarecedor libro Ghostly Matters, Haunting and the Sociological Imagination, de la socióloga norteamericana Avery Gordon, publicado en 1997.

En su país, afirma Gordon, el imborrable estigma de la esclavitud y el inherente racismo configuran la “materia fantasmática” que enferma al tejido social. Basándose en la novela Beloved de Tony Morrison y yendo tanto más allá, Gordon explora el fantasma “que no es sólo una persona muerta o desaparecida, sino una figura que al investigarla puede conducirnos al denso sitio donde la historia y la subjetividad configuran la vida social”.

La eminente socióloga explora también el fantasma de los desaparecidos en la Argentina, una historia ya por suerte bastante “des/fantasmisada”, si bien el racismo sigue haciendo de las suyas. Pienso que en estos tiempos a Avery Gordon le tocaría adentrarse –quizá lo esté haciendo— en el tema de los pueblos originarios, también muy golpeados por la presente pandemia. Y muy dejados de lado.

Los indígenas son también víctimas del racismo silencioso y subyacente que por fin la pandemia ha sacado a la luz. Según se dice muchos norteamericanos “de bien” acabaron por enterarse de que en su propio país poblaciones enteras viven sin agua potable, sin electricidad y sin recursos, como ellos pensaban que sólo ocurría en el África.

Resulta desolador comprobar que la gran Nación Návajo, la mayor reserva indígena de los Estados Unidos, que se extiende entre Arizona, Utah y Nuevo México, tiene a su vez el mayor número de víctimas del coronavirus por habitante. A los návajos nadie los ha cuidado ni los cuida, siendo ellos ancestrales guardianes de la tierra.

Como ocurre con el resto de los pueblos originarios de América, la cosmovisión návajo sabe del universo unificado donde todo está vivo e interactúa en un dialogo constante, desde las piedras hasta los seres humanos. Hozho es la palabra que define su filosofía, y significa —groso modo— “camina en belleza”. Hozho es un término infinitamente más rico que conservacionismo, porque implica constante intercambio, entendiendo que la salud de la gente depende de la salud del planeta y viceversa. Cada aspecto de la vida návajo, secular o espiritual, está en conectado con el hozho.

Profunda cosmovisión que se refleja hasta en las novelas de misterio de Tony Hillerman, porque tienen lugar en las sagradas tierras návajo. Su protagonista, el comisario Joe Leaphorn de la Policía Tribal, en algunas circunstancias es asistido por el oficial Jim Chee. Y Chee no piensa que su trabajo es incompatible con su vocación chamánica y actúa en consecuencia, buscando siempre la posibilidad de encontrar el equilibrio entre el bien y el mal, mucho más eficaz desde el punto de vista de su gente que el simple e irracional castigo.

Releo las novelas de Hillerman como consuelo o antídoto en los tiempos que corren. Como una forma de cura, también, y me pierdo por esos paisajes tanto físicos como espirituales. Debo reconocer que el suspenso y el misterio ayudan.
Cristóbal Colón

Hay tanto para decir sobre los pueblos originarios, también en nuestro país donde abundan y sufren en mucha mayor medida de lo que imagina el común de los argentinos, pero el espacio es limitado y opto por dejar este muy importante tema para más adelante. Sólo me cabe agregar que con la llegada de los europeos y sus vocablos equívocos tales como descubrimiento, conquista, conquistadores, y con su monoteísmo a ultranza, ganamos sobre todo una gran lingua franca en medio de una absoluta Babel, pero la pérdida de una cosmogonía integradora nos está resultando fatal.

Razón no desdeñable para que Cristóbal Colón esté hoy en la mira. No su vida ni sus diarios, sino sus monumentos. O mejor dicho la destrucción de los mismos.

El despertar de la conciencia ante el racismo que minaba y sigue minando a la sociedad estadounidense se expandió hasta abarcar a esos otros “olvidados”, los pueblos originarios que habitan como parias un territorio que antes les pertenecía.

A nadie debe sorprender, entonces, que Colón sea considerado el padre del etnocidio que lo sucedió. Las asociaciones indígenas norteamericanas llevan años pidiendo que se deje de venerar a quien abrió un camino de muerte y de expoliación a las tierras tan veneradas por ellos. Que por favor se retiren esos monumentos ofensivos, que se deje de glorificar a ese navegante tránsfuga. El mismo –esto lo agrego yo— que Alejo Carpentier volvió sospechosamente entrañable a pura picaresca en su novela El arpa y la sombra.

Las autoridades gringas siempre alegaron que las estatuas de Colón sembradas por todo el país estaban allí para honrar y apaciguar a los esforzados y laboriosos emigrantes italianos (la mafia nunca fue mencionada, tampoco los españoles si vamos al caso). Pero el pueblo, no sólo el originario, finalmente se hartó y las protestas callejeras empezaron a clamar por la revisión histórica. “Decenas de estatuas de Colón y otras figuras relacionadas con el colonialismo fueron retiradas o destruidas al calor de las movilizaciones antirracistas”, se lee en las noticias.

Aquí en la Argentina, en cambio, supimos ser pioneros. Allá por 2012, Cristina Fernández de Kirchner se empezó a sentir incómoda con ese Cristóbal Colón de mármol que veía todos los días al pie de la Casa Rosada, encarando el río. ¿Qué tenía que hacer ése que no nos representaba? Mejor sustituirlo y mandarlo a otro emplazamiento menos connotado.

Y pensó en Juana Azurduy, la teniente coronel (ascendida post mortem por la misma Cristina a generala) que combatió en las guerras de las Republiquetas y ganó más de treinta batallas al mando de su tropa de Leales, compuesta por indios tarabuqueños y chiriguanos. La misma que perdió a sus cuatro hijos en esa lucha por la libertad, en la que fervorosamente creía, que parió a su quinta hija Luisa en plena batalla y tuvo que salir defendiéndola a sablazos – usando quizá la espada que el general Belgrano le había regalado en reconocimiento de sus proezas militares.

Volviendo al tema monumentos, recordamos el revuelo que se armó alrededor del recambio de figuras emblemáticas. Pero más recordamos el colorido Festival de la Integración que tuvo lugar al inaugurarse el de Juan Azurduy, obra del escultor Andrés Zerneri, donado por Bolivia. El carnaval de Oruro danzaba en la Plaza de Mayo, el presidente Evo Morales estaba en visita oficial. Esos eran los tiempos. Corría julio de 2015, otros vientos pronto soplarían. El pesadísimo monumento ahora encara al Centro Cultural Kirchner, el antiguo Palacio de Correos. Su traslado fue lo menos malo que pasó en los últimos años. El mensaje de doña Juana ha sido enviado, hay esperanzas de que llegue a buen puerto.

Fuente: https://www.elcohetealaluna.com/palabras-nuevas/

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