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Los líderes norteamericanos sabían que no teníamos que lanzar bombas atómicas sobre Japón para acabar la guerra. Pero las lanzamos

Do SinPermiso, 9 de Agosto, 2020
Por Gar AlperovitzMartin J. Sherwin
 



En un tiempo en el que los norteamericanos vuelven a evaluar tantos aspectos dolorosos del pasado de nuestro país, es el momento oportuno de tener un diálogo nacional honesto acerca de nuestro uso de las armas nucleares sobre ciudades japonesas en agosto de 1945. La fatídica decisión de inaugurar la era nuclear cambió de modo fundamental el curso de la historia moderna y sigue amenazando nuestra supervivencia. Tal como nos avisa el Reloj del Juicio Final [Doomsday Clock, un reloj que se acerca o aleja de las doce según la estimación del peligro de catástrofe nuclear y, ahora, climática] de la revista The Bulletin of the Atomic Scientists, el mundo se encuentra más cerca de la aniquilación nuclear que en ningún otro momento desde 1947.

La creencia admitida en los Estados Unidos durante los últimos 75 años ha sido que lanzar la bomba sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945, y sobre Nagasaki tres días más tarde, fue la única manera de acabar la II Guerra Mundial sin una invasión que habría costado cientos de miles de vidas norteamericanas, y quizás millones de japonesas. No sólo terminaron la guerra, sino que, según está lógica, la concluyeron de la manera más humana posible.

Sin embargo, las abrumadoras pruebas históricas de los archivos norteamericanos y japoneses indican que Japón se habría rendido en ese mes de agosto, aun cuando no se hubiera recurrido a las bombas, y los documentos demuestran que el presidente Truman y sus asesores más cercanos lo sabían.

La exigencia aliada de rendición incondicional llevó a los japoneses a temer que el emperador, al que muchos consideraban una divinidad, fuera juzgado como criminal de guerra y ejecutado. Un estudio del Mando del Sudoeste del Pacífico del general Douglas MacArthur comparaba la ejecución del emperador con la “crucifixión de Cristo para nosotros”.

“La Rendición Incondicional constituye el único obstáculo para la paz”, cablegrafió el ministro de Exteriores [japonés] Shigenori Togo al embajador Naotake Sato, que se encontraba en Moscú el 12 de julio de 1945, tratando de comprometer a la Unión Soviética para que mediase en unas condiciones de rendición admisibles en nombre del Japón. Pero la entrada de la Unión Soviética en la guerra el 8 de agosto lo cambió todo para los líderes de Japón, que reconocieron en privado la necesidad de rendirse sin demora.

La inteligencia aliada llevaba informando desde hace meses que la entrada soviética en la guerra forzaría a los japoneses a capitular. En fecha tan temprana como el 11 de abril de 1945, el Servicio de Inteligencia Conjunto de la Junta de Jefes de Estado Mayor había predicho: “Si en cualquier momento entrara la URSS en la guerra, todos los japoneses se darían cuenta de que la derrota absoluta es inevitable”.

Truman sabía que los japoneses estaban buscando una forma de acabar la guerra; se había referido al cable interceptado a Togo del 12 de julio como el “telegrama del emperador japo en el que pide la paz”.

Truman sabía también que la invasión soviética sacaría a Japón de la guerra. En la cumbre de Potsdam, en Alemania, el 17 de julio, tras las seguridades de Stalin de que los soviéticos se ajustarían al plan previsto, Truman escribió en su diario: “Estará en guerra con Japón para el 15 de agosto. Los japos estarán acabados en cuanto esto se produzca”. Al día siguiente le aseguró a su esposa: “¡Ahora acabaremos la guerra un año antes, y piensa en los chicos que no tendrán que morir!”.

Los soviéticos invadieron la Manchuria ocupada por Japón en la medianoche del 8 de agosto y destrozaron rápidamente al Ejército de Guandong [cuerpo del Ejército Imperial de Japón responsable del gobierno militar de Manchuria]. Tal como se había predicho, el ataque traumatizó a los dirigentes del Japón. No podían librar una guerra en dos frentes, y la amenaza de una ocupación comunista del territorio japonés representaba su peor pesadilla.

El primer ministro Kantaro Suzuki explicó el 13 de agosto que Japón hubo de rendirse rápidamente debido a que “la Unión Soviética no sólo ocupará Manchuria, Corea, Karafuto, sino también Hokkaido. Con ello se destruiría la base del Japón. Debemos concluir la guerra cuando podamos tratar con los EE.UU.”.

Si bien puede ser que la mayoría de los norteamericanos no esté familiarizada con esta historia, el Museo Nacional de la Marina norteamericana de Washington, D.C., lo deja de manifiesto sin ambages en una placa en su exposición correspondiente a la bomba atómica: “La ingente destrucción causada por las bombas de Hiroshima y Nagasaki, y la pérdida 135.000 vidas, causó poco impacto en los militars japoneses. Sin embargo, la invasión soviética de Manchuria… les hizo cambiar de opinión”. Pero en la Red, la redacción se ha modificado para mostrar las bombas atómicas bajo una luz más positiva, mostrando una vez más de que modo los mitos pueden arrollar a las evidencias históricas.

Siete de los ocho oficiales de cinco estrellas del Ejército y la Armada de los EE.UU. en 1945 se mostraron de acuerdo con la corrosiva valoración de la Marina. Los generales Dwight Eisenhower, Douglas MacArthur y Henry “Hap” Arnold, y los almirantes William Leahy, Chester Nimitz, Ernest King y William Halsey dejaron registrado que las bombas atómicas eran o bien militarmente innecesarias, o bien moralmente represensibles, o ambas cosas a la vez.

Nadie se mostró más vehemente en su condena que Leahy, Jefe de Estado Mayor de Truman. Escribió en sus recuerdos que “el uso de esta arma bárbara en Hiroshima y Nagasaki no fue de ayuda material en nuestra guerra contra Japón. Los japoneses ya habían sido derrotados y estaban dispuestos rendirse…. Al ser los primeros en usarla adoptamos un rasero ético común a los bárbaros de la Edad Obscura”.

MacArthur pensaba que el uso de bombas atómicas resultaba inexcusable. Le escribió posteriormente al expresidente Hoover que si Truman hubiera seguido el consejo de Hoover, “sabio y propio de un estadista”, de modificar sus condiciones de rendición y comunicar a los japoneses que podían mantener al emperador, “los japoneses lo habrían aceptado y no tengo duda de que gustosamente”.

Antes del lanzamiento de las bombas, Eisenhower había insistido en Potsdam que “los japoneses estaban dispuestos a rendirse y no era necesario golpearles con esa cosa horrenda”.

La evidencia muestra que estaba en lo cierto, y el Reloj del Juicio Final que va avanzando es un recordatorio de que la violenta inauguración de la era nuclear tiene todavía que consignarse al pasado.

Gar Alperovitz
autor de “The Decision to Use the Atomic Bomb,” es director del centro de estudios e investigación The Democracy Collaborative, de la Universidad de Maryland, y fue miembro del King’s College en Cambridge, Reino Unido.
Martin J. Sherwin
es profesor de Historia en la Universidad George Mason y autor de “Gambling With Armageddon: Nuclear Roulette From Hiroshima to the Cuban Missile Crisis”, de próxima publicación. Los historiadores Kai Bird y Peter Kuznick han colaborado en la elaboración de este artículo.Fuente:
Los Angeles Times, 5 de agosto de 2020Traducción:Lucas Antón

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