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Leña al fuego en América del Sur

Un escenario de fragmentación e incertidumbre

América Latina se está convirtiendo en el nuevo epicentro de la pandemia. La llegada del coronavirus a los barrios marginales de la región amenaza con avivar los problemas políticos, económicos y sociales preexistentes. Con los matices propios de cada país, la crisis sanitaria podría pronto derivar en una realidad tan inestable como explosiva.

Do Rebelión, 02/06/2020 

Por Pablo Stefanoni |
Fuentes: Le Monde Diplomatique, Buenos Aires

¿América del Sur se encamina hacia una “nueva normalidad” o la pandemia de COVID-19 es solo un paréntesis trágico en su “normalidad de siempre”? ¿Habrá efectos sociopolíticos de envergadura o solo consecuencias políticas de corto plazo? Es pronto para saberlo, pero una mirada a la región muestra que la lucha contra la pandemia está atravesada por los problemas de siempre y las dificultades de siempre para enfrentarlos: sistemas sanitarios erosionados y muy desiguales de país a país, altísima informalidad laboral, hacinamiento, capacidades estatales insuficientes, falta de respuestas a escala regional y creciente irrelevancia internacional. Según afirman funcionarios de la Organización Mundial de la Salud (OMS), América Latina se está transformando en un nuevo epicentro de la pandemia.

Como respuesta al COVID-19, los gobiernos decidieron aplicar confinamientos –con diferentes dosis de militarización–, ayudas sociales –incluyendo en algunos casos protoingresos básicos temporales–, auxilio a negocios y empresas, y esfuerzos improvisados para poner al día los hospitales y lugares de internación de casos testados positivos.

A diferencia de Europa, podría decirse que el dilema sudamericano no es estrictamente entre salud y economía, sino entre salud y estallidos sociales. Se avecina un escenario aun peor del que antecedió a la pandemia, que ya era poco auspicioso: la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) prevé una contracción del 5,3% del PIB regional y el Fondo Monetario Internacional (FMI) habla de una nueva “década perdida”. A esto se suma, como consecuencia directa, un fuerte aumento del desempleo y de la desigualdad (1). Para complicar el panorama, la mayoría de los presidentes están lejos de contar con bases sociales de apoyo sólidas para enfrentar nuevos ciclos de inestabilidad política que, al menos hasta ahora, la pandemia había cancelado o al menos postergado, como en Chile, Bolivia o Colombia.

Las periferias de las grandes ciudades son territorios potencialmente explosivos. En estos densos espacios populares, la consigna “quedate en casa” choca contra las realidades cotidianas, no solo porque las familias ampliadas viven hacinadas y necesitan conseguir ingresos sino porque muchas de las cosas básicas que las clases medias hacen en su casa, como comer o acceder al agua, a menudo deben realizarse en espacios comunes por falta de recursos. Por eso, aunque de manera tardía, en el caso de las villas de emergencia en Argentina, el “quedate en casa” fue mutando a “quedarse en el barrio”, como forma de cuarentenas comunitarias sin planificación, mientras se intenta aumentar de emergencia los testeos. “El aislamiento social en las favelas es inviable, tanto desde el punto de vista de la vivienda como desde el punto de vista de las formas de vida que, a diferencia de las clases medias y altas, tienen la costumbre de expandir la casa más allá de sus paredes”, apuntaba la Federação de Órgãos para Assistência Social e Educacional, una ONG brasileña (2). Uno de los problemas de las cuarentenas latinoamericanas fue, precisamente, su inadaptación a estas realidades.

Con una informalidad que alcanza a alrededor de la mitad de los trabajadores, las cuarentenas se volvieron flexibles de facto. Casi el 89% de los comerciantes sometidos a testeos rápidos en el Mercado Mayorista de Frutas en Lima dieron positivo, en Bolivia y Chile hubo protestas en zonas populares y en Ecuador los manifestantes amenazaron con un “nuevo octubre”, en referencia a las violentas protestas de 2019 contra el aumento de los combustibles. Muchos anticipan una “tragedia” si el virus llega a los cerros de la ciudad de Valparaíso, uno de los nuevos focos de COVID-19.

“Cuando la pandemia de coronavirus se interne en los barrios populares de las grandes ciudades latinoamericanas, estará ingresando por vez primera en un mundo desconocido de pobreza profunda, hambre crónica, infra-viviendas sin agua y desocupación estructural, en sectores ya afectados por el dengue y la tuberculosis”, escribió el periodista uruguayo Raúl Zibechi. Al momento de escribir estas líneas ya se había internado, por ahora sin que podamos saber en qué dimensiones ni qué resultados lograrán las políticas públicas, que, como vimos en el caso argentino, hicieron saltar todas las alarmas en las oficinas de los decisores políticos.

Con el consumo no alcanzó

Aunque resulta atractivo pensar la crisis actual como un clivaje progresismo/neoliberalismo, la realidad, como suele ocurrir, “es un poco más complicada”. Sin duda, hubo reducciones significativas de la pobreza durante el “giro a la izquierda” –sobre todo en el primer lustro de la década de 2000–, especialmente por los aumentos del salario mínimo y las políticas de transferencias directas de ingresos. Pero estas iniciativas no solo coincidieron con el boom de los commotidies sino que, a menudo, no tuvieron como contrapartida una mejora de las capacidades estatales y de los sistemas de protección social. En el caso de Venezuela, el sistema de salud se hundió en una profunda crisis, en el marco del declive más amplio del modelo económico y social bolivariano (3). En Bolivia, donde el manejo macroeconómico estuvo en las antípodas de Venezuela, e incluso se habló de “milagro económico”, con un crecimiento promedio del 5% anual, la salud fue una de las grandes asignaturas pendientes del gobierno de Evo Morales. Recién al final de su gestión, que terminó abruptamente en medio de una crisis política y un golpe de hecho de los militares, el presidente boliviano intentó avanzar de manera desordenada y a las apuradas en la reforma de la salud por la presión social.

Brasil, otro ejemplo de “inclusión social” de dimensiones gigantescas bajo los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), también muestra los límites, en términos de Estado de Bienestar, del modelo aplicado. La experta en protección social Lena Lavinas lo sintetizó así: “En el caso de Brasil, la política social sirvió para consolidar el modelo de consumo socialdesarrollista, que consistió en promover la transición hacia una sociedad de consumo de masas a través del acceso al sistema financiero. La novedad del modelo socialdesarrollista es la de haber instituido la lógica de la financiarización en todo el sistema de protección social, ya sea mediante el acceso al mercado de crédito, ya sea vía la expansión de los planes de salud privada, crédito educativo, etc. Fueron años de promoción de una agresiva estrategia de inclusión financiera” (4). Entretanto, el sistema de salud público, subfinanciado por décadas, ahora entró en colapso.

En casi todos los casos, el ciclo progresista alentó en mayor medida un modelo de acceso más democrático al consumo que la construcción de sistemas sólidos de protección social y bienes públicos de calidad (como transporte, salud o vivienda). Muchos de estos déficits se agudizan ahora, en contextos pospopulistas en los que gobiernos con tintes restauracionistas y proyectos reaccionarios se han instalado en países como Brasil y Bolivia. O se expresaron, de manera más matizada, en el interregno de Mauricio Macri en Argentina.

Hoy asistimos en todo el mundo a un “socialismo repentino” producto del “nerviosismo de los gobiernos”, en las palabras no carentes de ironía de John Keane (5). Esto provocó que, con fe o sin ella, la mayoría de los gobiernos hayan relajado las ortodoxias fiscales y “puesto dinero” en los bolsillos de empresas y personas. Si Alberto Fernández decidió un pago único de 10.000 pesos a trabajadores informales y monotributistas, Jair Bolsonaro aprobó un ingreso básico de 600 reales (algo más de cien dólares), durante tres meses, para los trabajadores informales. “Así tendrán recursos para afrontar durante los próximos tres meses la primera onda del impacto, la de la salud. Hay otra onda que nos amenaza y vendrá de la desarticulación económica”, dijo el ministro de Economía, Paulo Guedes, un Chicago Boy que trabajó con asesores de Augusto Pinochet en los años 70 y hoy, ante la presión de la pandemia y de los militares, se muestra más flexible a abrir la canilla. Perú destinó entre el 9% y el 12% de su PIB para ayudar a la gente que perdió su empleo (o autoempleo) y a las empresas que se quedaron sin ingresos a causa de la emergencia, lo cual no impidió que el país esté cerca de los casi 4.000 muertos y el virus se expanda peligrosamente (6).

¿Y la política?

Uno de los efectos de la pandemia fue sacar de las calles a quienes protestaban, postergar citas electorales y de acuerdo al caso despolarizar o crispar más el escenario político. En el caso chileno, la pandemia de COVID-19 le dio aire a un Sebastián Piñera que venía transitando su mandato como un calvario frente a una insubordinación social incombustible, uno de cuyos resultados fue ponerle fecha a un referéndum constitucional para reemplazar la Carta Magna de la dictadura de Pinochet. Pero si en una primera etapa Chile aparecía como un caso exitoso que legitimaba los confinamientos “estratégicos” y “flexibles” del gobierno, y la ocupación de las calles por los militares, el agravamiento de la situación lo llevó a volver sobre sus pasos y decretar una cuarentena más dura. De esta forma, pudimos ver los límites de una estrategia que buscó combatir el coronavirus con muchos testeos y sin cuarentenas como la argentina. Quienes desde este lado de los Andes elogiaban la política chilena debieron pasar rápidamente a exaltar a Uruguay.

También Bolivia vio “congelarse” una situación que se movía a un ritmo político frenético tras el derrocamiento de Evo Morales en noviembre del año pasado. La presidenta Jeanine Áñez se enfrenta a una erosión de su imagen producto de la gestión de la pandemia, que azota en mayor medida al Oriente del país, de donde proviene ella misma. Un caso de sobreprecios en la compra de respiradores llevó a la renuncia y detención en tiempo récord del ministro de Salud, Marcelo Navajas, y puso contra las cuerdas a un gobierno que no surgió del voto popular. Con alrededor del 30% de voto duro, el ex ministro de Economía del gobierno de Evo Morales, Luis Arce Catacora, busca capitalizar el descontento mientras se discute el calendario electoral. Sin un clima social que reclame la vuelta del ex mandatario, actualmente exiliado en Buenos Aires, el Movimiento al Socialismo (MAS) buscará capitalizar su gestión de la economía y sobreponerse a lo que ya antes de la crisis de noviembre se percibía como el agotamiento de una forma de ejercer el poder que duró una década y media.

Mientras tanto, Brasil explica en gran medida el desalentador clima regional: alguna vez motor de la integración sudamericana, hoy es un elefante en un bazar, gobernado por un presidente negacionista que pone en riesgo la propia convivencia republicana. Jair Bolsonaro navega tres crisis sobrepuestas: política, económica y sanitaria. Conspiraciones políticas y judiciales tras la salida del gabinete del ministro estrella Sérgio Moro, una caída estimada en alrededor del 5% del PIB (7), y cifras del coronavirus que rondan los 400.000 casos detectados y las 25.000 muertes tiñen una gestión que, como señaló André Singer, se basa en una “radicalización permanente”. Con un tercio de apoyo, Bolsonaro gestiona el gobierno en clave de “guerra cultural”. La ideologización del combate a la pandemia lo llevó a ironizar, entre carcajadas, que “la derecha toma cloroquina y la izquierda Tubaína”, comparando el medicamento impulsado por el infectólogo francés Didier Raoult, por ahora con resultados muy cuestionados, con una gaseosa popular de San Pablo. Como sustrato, se observa una creciente influencia militar y una posible deriva autoritaria de un gobierno que es lo más parecido a la “derecha alternativa” en América Latina.

El caso de Venezuela es, como siempre, particular. Posiblemente por su aislamiento internacional previo, el país sigue sin ser golpeado severamente por la pandemia. Su “nueva normalidad” incorpora escasez de gasolina –se invirtió la dirección del contrabando: ahora es de Colombia hacia Venezuela–, una dolarización de facto de la economía y nuevas aventuras de la oposición, como el intento de “desembarco” del 3 y 4 de mayo pasado, una rocambolesca operación llevada adelante por una empresa de Miami con desertores de las Fuerzas Armadas bolivarianas cuyos coletazos podrían erosionar aun más el liderazgo de Juan Guaidó, el autodenominado “presidente encargado” (8).

En un escenario de fragmentación e incertidumbre, América del Sur se enfrenta a una carencia de liderazgos con aspiraciones regionales así como de visiones políticas con proyección hacia el futuro. En un mundo que, de un modo u otro, discutirá formas de adaptación al contexto pospandémico, el agotamiento del “giro a la izquierda” y el fracaso de las derechas neoliberales o “alternativas”, posiblemente haga que la “nueva normalidad” sudamericana consista en respuestas coyunturales e improvisadas a una sumatoria de crisis, con riesgos renovados de inestabilidad social y política, y “presidentes bomberos” que intentarán apagar los incendios. Mucho va a depender de la evolución en nuestra región de la “gran pestilencia” global, lo que, como estamos viendo depende de multiplicidad de variables y un poco de azar.

Notas

1. “Alicia Bárcena: ‘Si no se toman medidas, la pobreza aumentaría en forma dramática en la región’”, DW, 22-5-20.

2. “La Covid-19 y la injusticia de la vida en las favelas y periferias urbanas de Río de Janeiro”, OpenDemocracy.net, 24-4-20.

3. Stefania Gozzer, “Cómo la crisis de salud en Venezuela se puede convertir en un problema para los países de la región, BBC, 26-2-19.

4. Pablo Stefanoni, “Brasil: pandemia, guerra cultural y precariedad”, entrevista a Lena Lavinas, Nueva Sociedad, Nº 287, Buenos Aires, mayo-junio de 2020.

5. John Keane, “La democracia y la gran pestilencia”, Letras Libres, México-Madrid, 1-5-20.

6. Cecilia Barría, “Coronavirus: los 10 países que más han gastado en enfrentar la pandemia (y cómo se ubican los de América Latina)”, BBC, 18-5-20.

7. Cecilia Filas, “Por el coronavirus, Brasil estima que el PBI podría sufrir la peor caída en 120 años”, El Cronista, Buenos Aires, 13-5-20.

8. Manuel Sutherland, “¿Cómo fue la parodia venezolana de Bahía de los Cochinos?”, Nueva Sociedad, edición web, mayo de 2020, Nuso.org

https://www.eldiplo.org/252/lena-al-fuego-en-america-del-sur/

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