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El poder de la mentira

Ante el desbordamiento del presente, echar la vista atrás para entender la estructura de nuestras sociedades y el papel que juegan los bulos y las mentiras.

La Historia es la venganza que el ser humano ejecuta contra su naturaleza mortal. La Historia niega la superstición de que nada cambia, ni puede hacerlo, y nos libera del pasmo circense inducido por la avidez idiota de novedades. Conociendo la Historia, se desmiente la singularidad contemporánea del bulo, pero también se atisba cuán peligroso llegan a ser fuera de madre.

En Antropología se sabe que hay pocas cosas con tanto poder de control social como la maledicencia. Bajo cada hecho social opera lo que castizamente se conoce como el qué dirán: la mirada recíproca que permite a cada cual ser juez y parte en las situaciones a las que concurre. En términos generales uno se expone constantemente al albedrío del grupo pero conoce las claves para fiscalizar a los demás, y puede manejarlas en su provecho fingiendo que se pliega al consenso general. Podemos llamarlo, si nos place, hipocresía: “entre gitanos, nos mentimos, pero no nos engañamos”. Sin embargo, cuando se produce un desgarramiento social y se cuela una autoridad que trata de imponer su discurso, el tránsito de rumores populares puede convertirse en un crescendo de mentiras alimentadas desde el poder: es el cinismo elevado a institución política. Algo mucho más peligroso.

La epidemia de peste bubónica del siglo XIV nos legó las caricaturas de la bruja y del judío y los fenómenos del auto de fe y de los primeros pogromos que coincidieron, además, con la pugna entre las monarquías, que no acababan de asentarse, y las jurisdicciones feudales, renuentes a ceder su poder. Las leyendas de brujas y judíos municionaron en parte esa guerra en la que reyes y señores trataban de atraerse a la servidumbre cada cual para su causa. Ahora, como entonces, cuando una fantasía deja sus cauces ordinarios generales (el habla común, los libros, el cine, la televisión o los canales de YouTube), se instila en lo cotidiano y pasa a ser manejada desde intereses concretos, se acaba, en el mejor de los casos, con el “Capitán de la Nave del Misterio” asesorando sobre el coronavirus al presentador de un noticiario radiofónico. O en el peor, con la ofensiva más sórdida de embustes burdos que han conocido las instituciones españolas, que ya es decir.

El bulo es deudor del modelo productivo. Con la sociedad fabril y las grandes oportunidades de la segunda mitad del XIX, el bulo se difunde a escala industrial y de la mano de oportunistas. Su uso actual es heredero directo del que se desarrolló en aquella época, sólo que a éste le han colocado fibra óptica en casa. Veamos tres ejemplos.

En la hoja de servicios de Hubert-Joseph Henry hay un apunte de 1872, cuando era teniente, en la que sus mandos le describen como un chusquero de los que sólo la milicia puede criar y que ascendería, con suerte, a base de trienios. 1893: ya comandante de Inteligencia tras años de arrastrarse por las moquetas del Estado Mayor, le llega la ocasión de su vida: el que pasaría a la posteridad como “affaire Dreyfus”. Henry no duda en amañar documentos para procesar por espionaje al capitán Alfred Dreyfus hasta que se descubre su trama. Arrestado, apela a la de afeitar y se corta el gaznate en la trena del Fort du Mont Valérien el 31 de agosto de 1898. La ultraderecha francesa, pese a la restitución plena del capitán en 1906, insistirá reivindicando la trola de Henry como “faux patriotique” (una “mentira patriótica imprescindible para evitar la guerra con Alemania”) y acusando de traidores a los intelectuales y políticos izquierdistas que apoyaron la causa de Dreyfus. Los reaccionarios galos arrastrarán ese discurso hasta la invasión alemana de Francia en 1940.

Marie Joseph Gabriel Antoine Jogand-Pagès (“Leo Taxil”) fue un avispado periodista famoso por sus polémicas. En 1873, a través de cartas anónimas a su propio periódico, La Marotte, alerta de que una plaga de tiburones en la rada de Marsella. El pánico desatado obliga al Gobierno a despachar tropas para hacerse cargo de los inexistentes escualos. Condenado por ello a ocho años, huye a Suiza, donde usa el mismo método para anunciar el descubrimiento de una ciudad romana sumergida en el lago Lemán. Vuelve a Francia en 1878 y comienza a escribir coléricos panfletos anticlericales. En 1881 ingresa en la Francmasonería, de la que es expulsado el año siguiente. En 1886 se convierte al catolicismo y aprovecha su corta experiencia para editar libros y folletines antimasónicos que, cuanto más disparatados se volvían, mayor aceptación lograban entre los católicos. El retablo pintado por Taxil abunda en descripciones grotescas, apariciones de Satanás, orgías, sacrificios infantiles y personajes imaginarios que cita como fuentes de la “información secreta” que maneja. Cuando el 19 de abril de 1897 declara en público que todo ha sido un engaño, sus seguidores están a punto de lincharle. El desmentido no consigue que la mentira se disuelva y su modelo sirve para armar a día de hoy cualquier teoría de la conspiración que incluya las maquinaciones de alguna sociedad secreta.

El último falsario que citaremos es un opúsculo: “Los Protocolos de los Sabios de Sión”, panfleto publicado por vez primera en San Petersburgo en 1902. Es un refrito que pretende descubrir la mano de los judíos tras todo intento de transformación revolucionaria plagiando el libelo de Maurice Joly contra Napoleón III “Diálogos en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu” (1864) y la obra de Hermann Goedsche “Biarritz” (1868). En su elaboración estaban implicados muy probablemente los servicios secretos de Rusia, bastión de la monarquía absoluta, que bullía en movimientos reformistas clandestinos. A principios de los años veinte el diario The Times descubrió la obvia mixtificación de los Protocolos. Sin embargo su influencia se extendió como parte de la propaganda anticomunista que crece a partir de la Revolución rusa de 1917, y todavía hoy son citados de soslayo como fuente plausible.

Estos ejemplos comparten características. El “fraude de Henry” sucede en una Francia herida todavía en su patriotismo por la pérdida de Alsacia y Lorena frente al Imperio Alemán; las mixtificaciones de Taxil florecen amparadas por un Vaticano dolido de que la reunificación italiana redujera los territorios pontificios a un barrio romano; los Protocolos aparecen cuando se inicia la pendiente que termina en 1917. Aunque contaban con los prejuicios sociales, las tres fueron mentiras promovidas por oportunistas emboscados en la prensa, el ejército o los servicios secretos y, sobre todo, las tres continuaron circulando.

Conclusión: por mucho que nos obstinemos en adjudicar su causa última a oscuros conciliábulos, lo cierto es que el bulo no sólo va orientado a calumniar algo sino a “premiar” a los calumniadores anónimos. Para ello se debe buscar quiénes están dispuestos a difundirlo y debe pergeñarse el relato de la mentira mentira de forma que coincida con sus prejuicios. Así, el que se propale a través de los medios o desde los escaños un embuste que pocos se atrevían a soltar en público empodera y anima a quienes son propicios a hacerlo. Es la famosa “pérdida de complejos” o la “incorrección política” que adornan desde el más remoto difusor de las pseudociencias hasta los líderes de la ultraderecha. El poder del bulo estriba en que empuja a su objetivo a desmentirlo infructuosamente, en que se fortalece con cada intento que se hace por negarlo y en que ofrece a los calumniadores el placer de saberse poderoso vicariamente sin tener que esgrimir argumentos complicados.

En la tesitura de esta pandemia, el bulo es la voz que los oportunistas reaccionarios prestan a sus bases para que ejerzan una forma de participación política cuyo fin paradójico es ocluir el debate político. Los embustes de la ultraderecha parlamentaria española y sus acólitos en prensa, aparato del Estado y redes sociales sirven para mantener a sus seguidores en una algarabía antipolítica permanente. Y, en última instancia, (“piensa el ladrón...”) para avivar la idea de que cualquier discurso político es un conjunción de bulos. Tv qvoqve, por lo tanto, empate.

La verdad no sirve. Quizás la forma más efectiva de luchar contra ellos cuando termine la cuarentena sanitaria sería retomar la costumbre ancestral del vacío social, romper con la hipocresía, asumir una insumisión que comience con lo virtual y termine con el distanciamiento con respecto de quienes sepamos infectados por el “coronabulo”. Dejar de hablar con quienes difunden las mentiras, y que sepan por qué.

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