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Estudié neurociencia para comprender mi adicción a las drogas y a hora sé que la cura no está ahí

Drogas. Adicciones

Do VientoSur, 08 de Janeiro,2020 
Por Judith Grisel


Antes pensaba que las adicciones eran causa de moléculas anómalas en el cerebro y que la neurociencia podía curarlas. Comencé a aprender cómo funciona el cerebro después de acabar en tratamiento por mi adicción a las drogas a mediados de los 80, una época en que las propiedades curativas de la neurociencia se exageraban tanto como los peinados.

Igual que muchas personas en aquellos años, me imaginaba el cerebro como el director ejecutivo de un drama épico, responsable único de todas mis acciones, sentimientos y pensamientos. Cuando me doctoré en neurociencia del comportamiento, mi objetivo específico era encontrar la explicación neuronal de mis decisiones irracionales en relación con las sustancias químicas que alteran la forma en que funciona la mente.

¿Cuál era la falla neuronal que hace que rompamos promesas sinceras o que traicionemos nuestras convicciones más sólidas como respuesta a casi cada oportunidad de alterar la realidad? Mis decisiones se volvieron cada vez más peligrosas y descabelladas, a medida que la posibilidad de sentir la alegría pasajera de una raya de cocaína, la barriga llena de alcohol o un colocón de marihuana prevalecían sobre mis obligaciones o mi sentido común.

Los exámenes finales, las últimas oportunidades en el trabajo o el funeral de un ser querido, por ejemplo, no eran más importantes que la oportunidad de pillar cualquier tipo de sustancia intoxicante que pudiera encontrar. Para cuando toqué fondo, la elección entre enfrentarme a la cruda realidad o seguir consumiendo drogas ya no era realmente una elección: la regulación cortical (de la corteza cerebral) ya había dado paso al dominio de los impulsos y los hábitos subcorticales.

Se calcula que a nivel mundial unos 35 millones de personas sufren trastornos por el consumo de drogas . Las causas de este desastre de salud pública son complicadas, pero está generalmente aceptado que la mitad de la contribución proviene de riesgos heredados y que el resto sería una desafortunada confluencia de factores medioambientales que interactúan con esa vulnerabilidad biológica.

Pese a ello, las adicciones han sido consideradas principalmente un problema personal provocado por un sistema nervioso arruinado. La alegre noción de que el problema de las personas como yo yace en nosotros mismos refuerza etiquetas sencillas: enfermo o sano, normal o anormal. Así, se hace parecer que las personas que no han sido afectadas personalmente por la epidemia quedan exentas de responsabilidad. Se trata de encontrar las proteínas o las secuencias erróneas relacionadas con el comportamiento desviado, traducir este conocimiento en intervenciones biomédicas y, ¡voilà! ya tenemos la cura.

Aristóteles creía que la finalidad del cerebro era enfriar la sangre. Grandes descubrimientos a cargo de anatomistas del Renacimiento –incluyendo a Da Vinci y Vesalius- y al trabajo de científicos del siglo XIX como Broca y Ramón y Cajal contribuyeron a cartografiar las estructuras cerebrales y sus funciones, pero el progreso ha sido lento debido a la abrumadora diversidad de las 100 mil millones de células que tiene el cerebro y sus complejas interacciones. Cuando estudiaba en la universidad, me enseñaron cosas sobre el cerebro como si fuera cualquier otro órgano del cuerpo y me explicaron que comprender la función de un puñado de células sería suficiente para entenderlo todo. Actualmente, casi ningún aspecto de esta perspectiva simplista se considera cierto.

Un puñado de células anormales puede provocar un cáncer testicular o de mama, pero los trastornos por consumo de sustancias implican grandes sectores del entramado neuronal y procesos como la motivación y el aprendizaje. No es viable extirpar las células o las sustancias químicas cerebrales responsables de estas funciones. Además, la posibilidad de encontrar un gen o una sustancia química específica que sea responsable de los comportamientos adictivos es nula.

Mi propio camino para alejarme del ciclo destructivo de la adicción comenzó con factores exteriores a mi cerebro, en lugar de con intervenciones biológicas directas. Cuando comencé a ver claramente la tremenda factura que me estaba pasando mi uso de las drogas y decidí intentar mantenerme sobria, me apoyé en todos los recursos que tenía a mi alcance. Me beneficié de la ayuda clínica, de jefes comprensivos, de poder caminar por el bosque, de compartir un café, lágrimas y risas con nuevos amigos que estaban en el mismo barco que yo. Puse en acción mi lado obsesivo-compulsivo haciendo fichas para estudiar biopsicología y confié en el poder curativo del paso del tiempo. Cada una de estas experiencias tuvo un impacto en la estructura y las funciones de mi cerebro. Y esa es la idea que quiero transmitir. ¿Hubiera sido más eficiente (en la actualidad) algún tratamiento farmacológico, alguna corriente eléctrica que ataque los circuitos adictivos o un procedimiento de modificación genética –¡que sin duda pronto llegará a tu consultorio más cercano!–?

La investigación biomédica está más de moda que nunca, pero yo me mantengo cautelosa y voy a esperar sentada. Si bien la pérdida de mi idealismo ingenuo se viene fraguando desde hace tiempo, recientemente mi perspectiva, junto con la evidencia empírica, se he ampliado. Está claro que la salud mental depende de importantes conexiones cerebrales, así como de otras muchas cosas. Recuperar o mantener saludables el funcionamiento cerebral es una empresa a largo plazo y construida en su relación con el entorno. Dadas las interminables e ilimitadas interacciones del cerebro con todo ello, podríamos anticipar que encontraremos intervenciones más eficientes y más efectivas para combatir los trastornos por consumo de sustancias a través de sus conexiones que a partir de tratamientos individuales que intenten modificar directamente la actividad cerebral.

Durante mis más de 30 años como neurociencientífica, la lección más potente que he aprendido es que el cerebro y el comportamiento son producto de múltiples influencias que interactúan entre sí, y que las más poderosas de estas están fuera de nuestras cabezas y, por tanto, más allá de nuestro control individual. El cerebro actúa como un canalizador de estas influencias para conformar lo que somos, pero el cerebro no es la fuente. Por eso, la adicción es un síntoma y no una causa de enfermedad.

30/12/2019

Judith Grisel es una neurocientífica del comportamiento en la Bucknell University, Pennsylvania y autora de Nunca es suficiente: la neurociencia y la experiencia de la adicción (Never Enough: The Neuroscience and Experience of Addiction).

Reeditado por viento sur a partir de la traducción de Lucía Balducci para eldiario.es

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Comentarios de lectoras seleccionados por The Guardian

Comentario 1

Después de haber estado cerca de mi hermana cuando atravesaba la adicción, recuerdo lo enloquecedor que fue el principio, cuando pensamos que una vez que estuviera más allá de los retiros, un poco de terapia sería suficiente. Más tarde, fue la metadona ambulatoria. 10 años después, después de docenas de intentos, finalmente logró mantenerse limpia (durante casi 10 años ya). Fue un camino glacial, sinuoso y aparentemente sin sentido al final. En resumen, no se parecía en nada a las expectativas presentadas por muchos científicos y compañías farmacéuticas, siempre a punto de erradicar todos los problemas de salud mental.

Peor que las expectativas personales son las expectativas que provienen de la sociedad en su conjunto. Sin la empatía derivada de la experiencia personal directa, muchas personas todavía ven la adicción a las drogas (y muchos otros problemas de salud mental) como un fallo personal, y si intentan ayudar, se rinden rápidamente cuando la persona no es capaz de realizar un cambio inmediato. Este estigma y la idea de que la sociedad moderna puede curar la adicción como una enfermedad simple, solo sirve para reforzar la adicción. Los adictos son tratados de manera diferente porque la opinión común es que existe un medicamento que puede tratarlos instantáneamente, y que la resistencia al tratamiento se debe principalmente a la terquedad y la debilidad personal.

Es el conocido efecto del experimentador pero en grande, y este tipo de arrogancia impregna la medicina en general. Cualquier cosa que la ciencia no pueda hacer, excepto, tal vez, curar el cáncer, el paciente debería ser capaz de superarla solo con su fuerza de voluntad. No es la ciencia la que es inadecuada, somos nosotros.

Comentario 2

Después de haber trabajado con personas con abuso de sustancias durante 35 años, este artículo me fascinó y lo encontré muy interesante. Superar una adicción es una elección que suena tan sencilla, y fundamentalmente lo es, pero en realidad haber optado por parar y luego mantenerse en ello es algo mucho más difícil. Puedo contar con los dedos de una mano el número de clientes que no han sufrido algún trauma en la infancia por el cual tuvieron que automedicarse y escapar del dolor psíquico. Esto no es una excusa, sino una parte de una explicación del comportamiento.

Estoy a favor de la terapia cognitivo-conductual (TCC) como una forma de trabajar, una forma bastante rápida de cambiar el comportamiento, pero, sin embargo, mantener el cambio es la parte difícil. Lo vi desde que empecé a usar la TCC. Trabajé para involucrar al cliente, manteniendo una relación sin prejuicios, consistente y profesional. Creo que abordar los problemas de la vida temprana tiene que hacerse cuando el cliente está realmente limpio, sobrio y estable, y lo suficientemente fuerte como para enfrentarlos, y también dentro de una buena relación terapéutica profesional. Es un proceso largo y doloroso para los usuarios.

Los clientes siempre sufren los juicios atroces y el estigma de la gente. Los insultos no son propicios para la recuperación. Los usuarios de sustancias son solo personas con problemas que han encontrado una manera, aunque a menudo destructiva, de tratarlos. Me encantó trabajar con este grupo y pude ayudar a algunas personas a hacer cambios positivos y permanentes en sus vidas.

Parece ahora que la rehabilitación residencial es la mejor manera de recuperación, mientras que siempre sentí que, si los clientes iban a hacer cambios sostenibles, hacer esto en su entorno normal era una mejor opción. La rehabilitación tiene su lugar siempre y cuando el cliente reconozca que él/ella puede terminar regresando a su entorno habitual. La atención posterior a la rehabilitación con el apoyo y el asesoramiento continuado de su trabajador inicial es esencial para garantizar la continuidad de la atención. El paquete de atención siempre debe estar bien preparado y ser consistente. Todo esto es un sueño imposible hoy con los recortes, que hacen poco probable que esté disponible.

Finalmente me jubilé después de haber encontrado que los recortes eran imposibles de tolerar, la falta de recursos simplemente no me permitía trabajar de la manera que consideraba, por experiencia, la más efectiva. ¡Todavía me interesa el área, pero padezco por los servicios actuales!

Comentario 3

En pocas palabras, la mente no es un sujeto biológico que se encuentra dentro del húmedo cerebro, sino que es una relación social que se encuentra dentro de la sociedad.

En nuestra sociedad, si a uno se le muestra una imagen con tres cabezas en una línea, y luego se le pide que ponga una x entre cada par de orejas donde se ubicará la mente, la mayoría pondrá una x sobre cada cara. Tres x, una para cada cerebro.

Pero es mejor colocar cada x entre cada cabeza, entre las orejas de las cabezas vecinas, de modo que haya dos x colocadas en los espacios en la línea de las cabezas.

La búsqueda de la mente dentro de los cerebros, de las cabezas individuales, susceptibles de cirugía o drogas, fracasará. Nuestras mentes son producidas socialmente, y los cambios en nuestras relaciones sociales serán la fuente de curas para la mayoría de nuestros problemas mentales.

Esto, por supuesto, es una opinión política, igual como lo es la de que "la mente es el cerebro".

Comentario 4

Nuestra cultura actual alienta fuertemente la reducción del complejo comportamiento humano a lo que está codificado en nuestro ADN o incorporado a nuestras vías neuronales. Este artículo cuestiona tal reduccionismo al señalar la necesidad de mirar fuera del marco humano, al lugar donde se forma y ejerce el comportamiento humano complejo: en nuestra interacción con los demás en la sociedad.

https://www.theguardian.com/commentisfree/2019/dec/30/studied-neuroscience-understand-addictions-not-cure

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