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Bolivia: La zoncera autonomista

Do Resumen Latinoamericano, 22 novembro 2019
Por Lautaro Rivara, 


“El poder es siempre opresivo”

La cita pertenece a Raúl Zibechi, escritor, educador y periodista uruguayo de cierta referencia para parte de la izquierda autonomista de comienzos del siglo. Quién como yo, por nostalgia o a la caza de zonzeras con las que discutir, siga los pasos de Zibechi, lo reconocerá por un texto reciente, ciertamente infame, llamado “Un conocido tufillo stalinista”, pródigo en piruetas historiográficas construidas para despotricar “por izquierda” contra el chavismo (o más bien con su reducción y caricatura estatal). Y sin embargo Zibechi es, ante todo, un zonzo químicamente puro. Puro, en tanto carece de maldad o de segundas intenciones. Se trata de una zoncera sin usura ni interés, de parte de quién simplemente tropieza una vez tras otra con la piedra del poder, la que no ha podido ni saltear ni tampoco intenta rodear. Autor de títulos tan sugerentes como “La mirada horizontal”, “Dispersar el poder” y “Los desbordes desde abajo”, Zibechi es aún una voz audible para otros tantos grupos, organizaciones y procesos del continente aún bajo el influjo del autonomismo. También ha sido uno de los tantos y tantas intelectuales que han sentado posición con un texto llamado “Bolivia: un levantamiento popular aprovechado por la ultraderecha” (ya dedicaremos una zoncera entera a desmenuzar la tesis del “levantamiento popular”). Por esas cuestiones él es aquí nuestro zonzo escogido.

Para el autonomismo, el sujeto del antipoder supieron ser los piqueteros argentinos, hasta que estos quedaron diezmados como sujeto en su tránsito de proletarización informal y precaria, merced a la recuperación con inclusión/exclusión operada por la política económica neodesarrollista. Muchos de ellos incluso se incorporaron no solo al extenso mundo de la “economía popular”, sino también a los primeros gobiernos kirchneristas, dando por tierra con lo que Miguel Mazzeo llamó, no sin sagacidad, la tentativa de “construir el socialismo en un solo barrio”. Antes y también después, el sujeto elegido fueron los indígenas, pero cuando estos perdieron sus oropeles o dejaron de revestir interés académico (habiendo suscitado en su momento una verdadera avalancha de papers) como sucedió con el neozapatismo en el sudeste de México; o, peor aún, cuando esetos se volvieron poder, contradicción y Estado como en Bolivia, comenzó el resentimiento de una intelectualidad que siente que fue abandonada por los movimientos. En realidad ellos fueron los únicos abandónicos, tras años de conquistar cargos y sobrias encuadernaciones en las que fungían de ventrílocuos de dichos movimientos. Es sabido que el intelectual, como el pez, por la boca muere (y también por el prestigio). En realidad, lo que sucedió es que los sujetos populares formaron y estimularon sus propias categorías intelectuales, no tan veleidosas, orgánicamente ligadas a los movimientos de masas, y sin tanta necesidad de aplausos, premios y otros consumos problemáticos.

Creemos que en resumidas cuentas el problema de Zibechi, del autonomismo y de las teorías coloniales en general, es que la fobia al Estado, la fobia a la concentración de poder, la fobia al uso de la fuerza por parte de un bloque histórico, esconde en realidad la fobia al poder sin más, bajo la vieja quimera que imagina relaciones humanas desprovistas de este elemento tan inestable como insoslayable. Es normal en la psicología del fóbico del poder ser parte sólo de los momentos ascendentes de la lucha política, en sus aristas luminosas, románticas, en los que el propio vértigo de los acontecimientos licua las amargas contradicciones. Del momento embriagador en el que el poder se acumula en el campo propio pero aún no se ejerce, mientras se vuelve puñados de arena en las manos de enemigos que es preciso desarmar, en tanto no comparten la misma candidez que afirma que es posible cambiar el mundo sin tomar el poder. El fóbico del poder se transmuta rápidamente en un resentido del poder, cuando este es ejercido por las clases populares y sus organizaciones, acusándolas invariablemente de traición, cooptación, burocratización o tiranía.

El autonomismo, lo sepa o no Zibechi, fracasó. Sus obras clásicas duermen en las mesas de saldos de las librerías de Valparaíso, Ciudad de México o Buenos Aires. Y aunque el MAS perdiera el gobierno para siempre, y esta contra-revolución en curso triunfara y truncara todas las conquistas del proceso de cambio (hecho virtualmente imposible), igual sostendríamos que el horizonte de posibilidades abierto por el proceso, su productividad política y teórica, ha dejado ya un saldo perdurable. En Argentina el autonomismo, como el posmarxismo o como la teoría queer hoy, nunca pasaron de ser una lastre colonial, asimilado fervorosamente de los textos del estadounidense Michael Hardt, el italiano Toni Negri o el irlandés John Holloway. El autonomismo es un componente disolvente en las tentativas de forjar un bloque histórico que todo sujeto popular acomete en cierto grado de su desarrollo. Nos referimos por ejemplo al salto expresado típicamente por el sector cocalero boliviano en su articulación y representación de otros sujetos para formar el Pacto de Unidad en Bolivia, para pasar de la resistencia a la ofensiva y con ello posibilitar la toma del poder gubernamental y habilitar así los debates constituyentistas sobre una nueva comunalidad de dimensión local, nacional y supranacional. Los debates de la Constituyente en Bolivia, tanto las posiciones triunfantes como la derrotadas, tanto lo exigido como lo transigido, expresan un pensamiento social y político mucho más avanzado que el del conjunto de los y las autonomistas latinoamericanos.

La invitación a ceder el poder es siempre una invitación a la derrota, como hoy experimentan amargamente los indígenas, originarios, obreros, campesinos y mujeres de Bolivia. El poder es aquello que nace de la boca del fusil, decía Mao Tse Tung antes de haber leído a Raúl Zibechi. He ahí el verdadero poder opresivo: el que apunta hoy al pueblo boliviano.

@LautaroRivara

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