Pages

Relecturas. Manuel Ugarte: “Los pueblos del Sur ante el imperialismo norteamericano”

Do Grandes Alamedas, 6 de Outubro, 2019
Por Lucila Pagliai



En esta conferencia, pronunciada en el corazón del imperialismo norteamericano por entonces en vía de consolidación, Manuel Ugarte va construyendo una arenga antimperialista lúcida y vaticinadora destinada a dar voz a los pueblos de la América latinoamericana (“nuestra América”, sintagma que él utiliza aquí para esa denominación abarcadora).

Con hábiles argumentaciones que apuntan a sensibilizar y convencer a un auditorio singular, Ugarte se mueve en varias direcciones discursivas:
Distingue entre pueblo y gobernantes /dirigentes /poderes fácticos.
Desmonta la falacia imperialista de imponer por la fuerza “ventajas civilizatorias”.
Marca la contradicción flagrante entre ese discurso “con colores de redención y evangelismo” y el derrocamiento o sostén de dictadores en función de los negocios expoliadores que éstos habiliten.
Muestra que las naciones latinoamericanas con menor penetración del imperialismo norteamericano son las más desarrolladas del subcontinente.
Alerta sobre el odio defensivo y abroquelador que estas políticas imperialistas generarán en los pueblos atacados (“El sentimiento de la opinión Latinoamericana se puede condensar en una frase: Amigos, siempre; súbditos, jamás.”)

Una última consideración, referida al contexto de lectura de “Los pueblos del Sur ante el imperialismo norteamericano”:

La mayoría de las naciones hispanoamericanas habían consolidado su organización institucional republicana hacía poco más de medio siglo (Brasil menos de 25 años), con Constituciones inspiradas en el modelo norteamericano, pensado por los Padres Fundadores a partir de los modos organizacionales que venían rigiendo la vida social de la futura nación. De ahí, la admiración histórica de la intelectualidad crítica progresista latinoamericana hacia ese pueblo, su cultura y su ética política, y la denuncia actual sobre los desvíos expoliadores de esa experiencia fundacional. Por otra parte, es el momento, además, en que se impone la División internacional del trabajo con países exportadores de materias primas y países industrializados.

Al texto de Ugarte que se propone leer aquí, conviene acercarse teniendo como marco esas circunstancias y tensiones epocales.



MANUEL UGARTE (Buenos Aires, 1874 – Niza, 1951)

“Los pueblos del Sur ante el imperialismo norteamericano” (*)

Conferencia pronunciada en la Universidad de Columbia (Nueva York, 9 de julio de 1912).

Mi más vivo deseo, mi aspiración más honda, hubiera sido poder hablar aquí en inglés, para ser comprendido por el mayor número posible de personas. Desgraciadamente me veo obligado a decir mis argumentos y a exponer mis ideas en nuestro buen español sonoro y quijotesco, que se presta, por otra parte, a maravilla para semejantes aventuras. Para los oyentes que solo entienden inglés se ha hecho traducir e imprimir la conferencia en los folletos -que todos han tenido oportunidad de reclamar a la entrada-, y cada cual puede seguir en ellos las gradaciones de la doctrina que vamos a desarrollar.

Además, es bueno también que los latinoamericanos confirmen su nacionalidad, defendiendo su lengua y rompiendo con la debilidad que les ha llevado hasta ahora a inclinarse y a someterse a los idiomas extranjeros, desdeñando injustamente uno de sus más valiosos patrimonios.

De más está decir que esto no significa que yo venga a hablar aquí como adversario de un pueblo. Vengo a hablar como adversario de una política.

El solo hecho de haberme presentado a gritar mis verdades desde tan enorme Metrópoli, indica que tengo amplia confianza y completa fe en el buen sentido y en la honradez fundamental de este admirable país que, ocupado en su labor productora y benéfica, no sabe el uso que se está haciendo de su fuerza en las comarcas limítrofes, no sabe que está levantando las más agrias antipatías en el resto del Nuevo Mundo, no sabe la injusticia que se está cometiendo en su nombre, no sabe, en fin, que sin que él lo sospeche, por obra de los políticos expeditivos y ambiciosos, se está abriendo en América una era de hostilidad, un antagonismo inextinguible, cuyas consecuencias tendrán que perjudicarnos a todos.

La paz y el buen acuerdo entre los pueblos solo pueden estar basados sobre la justicia y donde no hay equidad, no existe nunca el orden, ni la amistad durable. Si yo vengo a hablar aquí contra el mal del imperialismo, no es para desafiar vanamente a la opinión ; es porque acaricio el deseo de contribuir a desvanecer los antagonismos, es porque abrigo la esperanza de ver a toda América fraternalmente unida en el futuro como lo estuvo en las épocas de la independencia, cuando, sin distinciones de lengua ni de origen, las colonias que descendían de Inglaterra como las que se segregaban de España y de Portugal, las de procedencia anglo-sajona como las de filiación latina, se lanzaban en bloque a la conquista de su personalidad.

Tal es el sentido superior del viaje que vengo realizando a través de América. En el curso de él he tenido ocasión de decir muchas veces que no soy un adversario de los Estados Unidos. Quiero y admiro a esta gran nación, pero por encima de todas las simpatías, está la legítima defensa de mi nacionalidad; y el norteamericano, tan patriota siempre, no puede asombrarse de que nosotros seamos patriotas también, y tengamos el culto inextinguible de nuestras banderas. Los hombres que defienden contra la inundación y contra el viento su hogar, sus creencias y la cuna de sus hijos, acaban por hacerse simpáticos hasta a la misma tempestad. Y lo que nosotros estamos haciendo, es lo que los norteamericanos harían en un caso análogo, si sintieran que peligraba su autonomía. Por eso han de ver nuestra cruzada con interés. Los pueblos, como los hombres fuertes, quieren hallar más bien un adversario que los mire cara a cara que viles traidores que tiemblan y se humillan.

Desde hace seis meses recorro las repúblicas latinas, sin mandato de ningún gobierno, sin subvenciones de ninguna firma social, por mi propia cuenta y riesgo; y este viaje que empezó siendo viaje de estudio, va resultando como una emanación de la conciencia colectiva, porque traduce y concreta en un gesto de vigilancia y de protesta, la sorda inquietud que nos conmueve a todos, desde la frontera norte de México hasta el estrecho de Magallanes. Se trata de un fenómeno que tiene que hacer reflexionar a ciertos políticos.

He pasado por Cuba, Santo Domingo, México, San Salvador, Honduras, y Costa Rica y sin ser orador, sin tener una representación dentro de la política internacional, careciendo de todas las condiciones para arrastrar a las multitudes, me he visto levantado en todas partes por grandes olas de pueblos que se arremolinaban espontáneamente en torno mío, porque encontraban en mi actitud un reflejo de sus preocupaciones más íntimas. El movimiento ha tomado proporciones especiales. En cada capital ha quedado uno o varios centros de defensa latinoamericana que están relacionados entre sí, y en muchos de ellos se han celebrado después de mi partida mitines de protesta contra los atropellos de que son víctimas ciertos grupos de América. Es un clamor colectivo que levanta de norte a sur de las tierras de origen hispano. Es el anuncio de un problema vital que habrá que resolver dentro de muy pocos años.

Por eso es que he creído que debía venir al foco mismo de donde parte la amenaza, no en son de guerra, sino serenamente, para decir: aquí está la cuestión, examinémosla. Cuando, hace más de un siglo cundió la idea separatista, el Nuevo Mundo estaba dividido por la raza, por la religión, y por las costumbres en dos porciones muy fáciles de delimitar. Al norte, las colonias inglesas, al sur los países donde dominaban España y Portugal. Eran dos mundos que reflejaban dos direcciones diferentes de la civilización europea. Al norte los que prolongaban la cultura anglo-sajona, al sur los que eran producto del pensamiento latino. No vamos a hacer ahora un estudio de los caracteres que revistió la lucha en las dos regiones. Baste recordar que el imperio colonial inglés se conglomeró en una sola nacionalidad y que el imperio colonial español se subdividió en veinte nacionalidades distintas, creando así el desequilibrio que debía dar margen a la situación de hoy.

Lo que importa establecer es que durante los primeros tiempos, en lo que podríamos llamar años principistas de las primeras décadas del siglo XIX, los dos grupos se mantuvieron dentro de la fraternidad y el respeto que convenía entre colectividades que aspiraban a desarrollarse al margen de los procedimientos de Europa, depurando las concepciones del mundo viejo, renunciando a la injusticia que da a ciertos pueblos un derecho superior sobre otros y reaccionando, en suma, contra los errores que habían dado lugar precisamente a la ruptura y la emancipación.

Fue en esas épocas de austeridad y de lógica, cuando aprendimos los hispanoamericanos a admirar a Norteamérica. El hálito de equidad de que apareció animada la joven nación nos inspiró la simpatía más desbordante y más sincera. Cuando los Estados Unidos obtuvieron de España la venta de la Florida y de Francia la cesión de la Luisiana no vimos en este engrandecimiento formidable más que el justo deseo de borrar los vestigios de la dominación de Europa. Nos inclinábamos ante el hermano mayor y nos enorgullecíamos de sus triunfos. Pero las víctimas de ayer tienen a menudo una tendencia a transformarse en verdugos. Y los súbditos emancipados, los colonos libres, una vez fortalecidos, olvidaron las declaraciones severas de sus héroes y empezaron a abusar, a su vez, de la fuerza.

La anexión de los territorios mexicanos en 1845 y 1848 fue la revelación de una política que debía extenderse después de una manera lamentable. Sin embargo, como una novia fiel que trata de excusar y de disimular con laboriosos silogismos las inconsecuencias y las faltas que su prometido comete contra ella misma, la América Latina hubiera seguido enamorada de los Estados Unidos si lo que juzgó excepción no se hubiera transformado en sistema. Pero las heridas y las injurias se multiplicaron. Un espectro de dominación y de despojo empezó a flotar sobre nuestros países indefensos. Varios puebles sucumbieron. Y la injusticia se ha acentuado de tal suerte, en los últimos tiempos, que, rotos ya los vínculos de antes, nos volvemos hoy hacia los Estados Unidos para gritarles: «Las mismas injusticias que la Metrópoli cometió con vosotros, las estáis cometiendo ahora con nosotros, que no tenemos más defecto que el que vosotros teníais ayer: el ser débiles.»

No quiero preguntar lo que dirían Washington, Jefferson o Lincoln si se levantaran hoy de sus tumbas ante las dos hazañas más recientes del imperialismo.

El empréstito de Nicaragua es quizá la más monstruosa de las negociaciones que se han intentado jamás en el mundo. Ese país está a punto de entregar sus aduanas sin recibir nada en cambio, porque el dinero que le prestan queda en manos de los mismos prestamistas. ¿Qué diríamos de un particular que, pidiendo mercancías a un comisionista europeo, celebrara un contrato de empréstito con el mismo comisionista y dejara el producto en poder de este y le pagara crecidos intereses, al mismo tiempo que le enviara grandes cantidades de café, cuyo producto en venta fuera bastante para pagar las mercancías pedidas? Ni uno solo de los presentes se atrevería a proponer en el orden personal un contrato semejante, porque hay principios superiores de pudor que limitan hasta la usura y el despojo.



Sin embargo lo que ningún ciudadano osaría intentar aisladamente, se está haciendo en Nicaragua en nombre de todo un pueblo y al amparo de los pliegues de una bandera tradicional de libertad. Se me dirá que la culpa la tiene el gobierno que acepta, pero así como según las leyes ningún hombre puede venderse y la moral civil considera como nulo cualquier contrato en ese sentido, tampoco es admisible que una nación —mal representada por un gobierno que no quiero calificar—, comprometa vergonzosamente su soberanía. Para que el derecho superior de control que los Estados Unidos se atribuyen se justifique en cierto modo, es necesario que esté basado sobre un sentimiento de responsabilidad, de honradez, y de cultura superior, es necesario que contenga lecciones constantes de equidad y de alta justicia.

Si sólo se trata de abusar de las inexperiencias, si lo único que se persigue es explotar los desfallecimientos de algunos hombres y la debilidad de ciertos pueblos, dígase claramente y no se disfrace con colores de redención y de evangelismo lo que no es más que un nuevo desborde de apetitos dentro del imperialismo internacional.

Bien sé que un gran pueblo como los Estados Unidos no puede ser responsable de estos actos. Esa política interpretará la manera de ver de ciertas potencias financieras, traducirá el orgullo de determinados «parvenus» de la nacionalidad que quieren mostrar su fuerza como los enriquecidos muestran sus brillantes, pero no puede expresar, repito, porque sería una catástrofe nacional, el verdadero sentir colectivo de los nobles puritanos que, huyendo hace varios siglos de la barbarie civilizada de Europa, vinieron a estas tierras vírgenes, creyendo en la equidad y en la justicia de Dios.

Por eso es bueno que sepan estas cosas aquí. Nosotros admitimos que la civilización de los Estados Unidos se refleja sobre el resto de América, aceptamos la natural y benéfica influencia que deben ejercer, pero no toleramos que nuestros territorios sean un mundo sin control y sin ley, donde ciertos ciudadanos americanos se pueden permitir todo lo que la decencia y la moral reprueban dentro de su país natal.

El segundo hecho a que me he referido, es más significativo aún. Dentro de poco tiempo el canal de Panamá habrá puesto en comunicación a los dos océanos y bajo la bandera de Norte América se habrá realizado una de las obras más colosales que ha intentado el hombre. Pero ese monumento de grandeza está edificado sobre una atrocidad, esa gloria nacional tiene una base de deslealtad. No creo que haya memoria en la historia de las naciones de una injusticia tan ruda como la que se cometió en Colombia. Ante el atentado contra los derechos de un Estado nos hemos preguntado todos, de norte a sur de la América Latina; ¿son éstas las lecciones de civilización, de moralidad y de rectitud que dan los Estados Unidos a los pueblos sobre los cuales se atribuyen un derecho de vigilancia paternal? Al violar descaradamente un tratado, nos enseñaron que los fuertes pueden faltar impunemente a su palabra; al pretender que el gobierno colombiano obligara a las cámaras a aprobar un compromiso, aconsejaron al Poder Ejecutivo que se levantara contra la constitución; al servirse de elementos infidentes para determinar la separación de la provincia, establecieron una prima en favor de las ambiciones, y al tratar tan duramente a Colombia después del despojo, parecen probar, en fin, que la doctrina de Monroe, que en las primeras épocas pareció salvaguardia para toda América, se ha convertido en instrumento de tiranía y que ya no significa como antes «ningún país puede tener colonias en América», sino que significa : «La América Latina es nuestro feudo colonial».

¿ Cómo asombrarse después de que volvamos los ojos hacia Europa o hacia el Japón, pidiendo el contrapeso y el equilibrio que la equidad de los Estados Unidos no nos quiere dar? ¿ Cómo asombrarse de que toda la América Latina que, a pesar de sus divisiones es moralmente solidaria, se conmueva de norte a sur, aun en aquellas repúblicas que no han sido rozadas todavía? Ya he tenido ocasión de decir que cuando tenemos una enfermedad en una mano, no está enferma la mano, está enferma la persona, está enfermo todo el cuerpo. Y es contra ese mal de imperialismo que amenaza extenderse a todo el Continente, que traigo hoy la protesta de la opinión general de nuestras repúblicas, convencido de que el norteamericano, que es justo y es perspicaz, comprenderá que solo la equidad puede acercarnos de nuevo, porque el imperialismo podrá aterrorizar a nuestras autoridades, apoderarse de los resortes de nuestras administraciones y sobornar a los políticos venales, pero a los pueblos que reviven sus epopeyas heroicas, a los pueblos que sienten las diferencias que los separan del extranjero dominador, a los pueblos que no tienen acciones en las compañías financieras, ni intereses en el soborno y en la tradición, a esos pueblos no los puede desarraigar ni corromper nunca nadie.

Habéis podido despreciar y desde ese punto de vista tenéis plena razón, a los políticos ambiciosos que abundan en algunas de nuestras tierras, a los conspiradores que vienen a pedir el oro extranjero para arruinar a su patria con una nueva revolución, a los presidentes que solo quieren ser mantenidos en sus puestos, a toda la espuma que no debe pasar a vuestros ojos como nuestra representación nacional. Desde ese punto de vista, repito, que tenéis mil veces razón; ¡despreciadlos profundamente, que nunca los despreciaréis tanto como nosotros! Pero a los pueblos que supieron conquistar su libertad después de luchas admirables, a los pueblos que no son responsables de sus malos gobiernos, a esos no los podéis despreciar. No somos una raza vencida y dispersa; sentimos, a pesar de todo, la cohesión que da un pasado común, glorias paralelas y destinos idénticos. Tenemos un punto de partida y uno en la historia; y nadie puede permitirse tratar a colectividades cultas que han producido patriotas como Bolívar y San Martín, del mismo modo come trataríais a las hordas del Camboya o del Congo.

¿Qué es lo que se nos reprocha en suma? ¿Cuáles son los pretextos de que se sirve el imperialismo para justificar su acción opresora? Los que más a menudo se invocan son nuestra incapacidad aparente para hacer valer la riqueza y nuestras revoluciones. Según ciertos apasionados es inadmisile que permanezcan inexplotados ciertos tesoros, y hay que poner coto en nombre de la civilización, a la inquietud bélica de nuestra raza. Pero, ¿a qué se reducen estos dos argumentos si los examinamos serenamente? Basta dirigir una ojeada sobre la América Latina para comprender que no está probada la incapacidad de que se nos acusa. La prosperidad inverosímil de la Argentina, del Brasil y de Chile indica: que también somos capaces de crear enormes conjuntos prósperos, y prueban que para el libre crecimiento de ellos los Estados Unidos resultan un inconveniente; puesto que son las tierras donde no tienen ellos ninguna influencia, las que más vigorosamente han progresado y son las comarcas donde más estrecha vigilancia ejercen las que van quedando rezagadas en el movimiento general.

Pero, aun admitiendo que la Argentina no fuera el Eldorado moderno, que el Brasil no tuviera sus fabulosas exportaciones y que Chile no resultara uno de los pueblos más laboriosos del mundo, aceptando que nuestra América no produjera ni una planta de café, ni un grano de trigo ¿sería esta una razón para venir a despojarnos? ¿Qué dirían muchos de los que están aquí si teniendo depositada en el banco desde hace algún tiempo una suma de dinero, pretendiera un extraño, un vecino, un transeúnte, apoderarse de ese dinero, argumentando que como la suma está improductiva, el poseedor no tiene derecho a conservarla ? Todos sabemos que ese procedimiento tiene un nombre y una penalidad en todos los códigos. Cada pueblo, como cada individuo, conserva el derecho de dirigir su vida y nadie puede invocar razones para obligarle a obrar en contradicción con sus gustos.

En cuanto al reproche de las revoluciones, es el más artero que se nos puede hacer. Se necesita audacia para formularlo, cuando es precisamente el imperialismo el que ha abierto en Nueva York y en Nueva Orleans una especie de bolsa de revoluciones, donde se especula con el desorden, con el hambre y con la ruina de muchos países hispanoamericanos. Porque ¡qué son sino una especulación vergonzosa esos bonos de quinientos pesos que se negocian por cincuenta y dan a un partido en interés usurario los medios de subvertir el orden en una república, obligando a esta no solo a sufrir los perjuicios de la agitación, sino a pagar después multiplicados por diez, los gastos de la misma tempestad que la arrasa? Si queréis evitar las revoluciones, en vuestra mano está. Lejos de dar dinero y armas a los aventureros que vienen a solicitar vuestro apoyo, entregando a cambio del poder girones de sus banderas, dadles lecciones de moralidad y de rectitud, declarando que cada pueblo debe arreglar sus asuntos dentro de sus propias fronteras.




Pero bien sabemos todos que las revoluciones han sido el mejor instrumento de la política imperialista. Con ayuda de ellas se ha extendido la influencia norteamericana por todo el Golfo de México. Cuando la revolución puede serles favorable, los imperialistas la provocan; cuando puede serles nociva la hacen imposible. Tres hombres han querido oponerse en estos últimos tiempos al imperialismo: Porfirio Díaz en México, Cipriano Castro en Venezuela, y Santos Zelaya en Nicaragua. Los tres han sido derrotados por levantamientos alentados por los imperialistas de este país. No me digáis que eran tiranos que cayeron al peso de sus crímenes. Ningún político está tan desprestigiado como el que rige los destinos de Guatemala y sin embargo el imperialismo lo sostiene, porque es su mejor apoyo en Centroamérica. Algunas veces se ha llegado hasta a contribuir con soldados y armas para apoyar la revolución.

Y yo me pregunto, yo pregunto a la opinión norteamericana si es justo que un gran pueblo, que ha contraído responsabilidades históricas, en vez de corregir el convulsionismo de los países vecinos permita que algunos de sus ciudadanos lo estén fomentando con todas sus fuerzas para poder decir al mundo: ¿no véis? ¡Solo habrá aquí paz si dominamos nosotros! ¿Es moral que un país que podía ser el educador de esas jóvenes democracias consienta en que se las esté corrompiendo y anarquizando como un mal curador que fomenta en su pupilo la embriaguez y los vicios para minar su naturaleza, empujarlo al cementerio y apoderarse de su fortuna?

No sólo es un crimen que está cometiendo el imperialismo contra todo idea de justicia, sino un atentado que está realizando contra el mismo país que quiere engrandecer. De seguir así acabará por provocar en toda la América Latina un movimiento formidable de reprobación. Es una política que tiene que llevarnos a organizar la resistencia; y todos saben que los pueblos débiles tienen un arma formidable para combatir a las pueblos fuertes: la abstención. ¿Queréis ponernos en la obligación de renovar en toda la América Latina lo que hizo hace poco el pueblo de Bogotá con la Empresa Norteamericana de Tranvías, que tuvo que vender y retirarse porque nadie subía en ellos? ¿Queréis que vuestras mercaderías sean boycoteadas en todas nuestras ciudades y que el inmenso mercado que vuestra vecindad os asegura se os escape de las manos por seguir las inspiraciones de los imperialistas? Es indispensable que el pueblo americano sepa el alcance y las consecuencias de la política voraz que consiste en tragarlo todo y en enfermarse de indigestión.

Ya sabemos reflexionar y las razones que se invocan para justificar las intervenciones no engañan a nadie, porque con la misma lógica hubiera podido intervenir Europa en los Estados Unidos durante la guerra de Sucesión que ensangrentó durante cuatro años la mitad del Continente, con la misma lógica podríamos intervenir hoy todos en los Estados Unidos por corrupción de la vida pública cuando las grandes compañías financieras alteran el sufragio, por falta de seguridad individual cuando los malhechores detienen un tren y despojan a los viajeros, y por atentado contra la civilización y la cultura, cuando las hordas de blancos asaltan las prisiones para quemar en la plaza pública a los negros que no han comparecido ante la justicia.

Lo que se proyectó hace poco contra México y contra Cuba hubiera hecho correr, en caso de realizarse, un estremecimiento de inquietud por toda la América nuestra. Si los soldados de Norteamérica hubieran invadido aunque fuera temporalmente cualquiera de esos dos países hermanos, se hubiera levantado en todas partes una unánime protesta popular. Y es para evitar los fatales antagonismos que he querido venir a decir aquí la verdad.

No puedo creer que la gloria de este pueblo, sus nobles instituciones, sus altos ideales, la atmósfera superior que aquí se respira, se refleje en los países tutelados por él en forma de opresión, de injusticia y de corrupción sistemática; no puedo creer que se realice la paradoja de un gran conjunto puro y lleno de inspiraciones nobles, que crea con su solo contacto la desolación y la anarquía. Si el hecho se produce, es porque este pueblo ignora lo que se está haciendo en su nombre. Para que la política imperialista sea reprobada por él, bastará que la conozca.

Estamos en un momento difícil para la concordia y la fraternidad de América. La protesta está en todos los labios; de todas partes surge la indignación y la cólera contra la política que pretende anular muestras nacionalidades. ¡Se está creando entre la América Latina y la América anglosajona un ambiente de antagonismo y de repulsión. Nuestro mutuo buen sentido debe evitar la ruptura. Nadie pretende oponerse a lo que los Estados Unidos pueden esperar legítimamente. Contra lo que nos sublevamos es contra la tendencia a tratarnos como raza subalterna y conquistable. Tenemos quizá en las venas unas gotas de sangre exótica; pero no nos consideramos disminuidos por ello y nos sentimos tan grandes como ustedes, o más grandes que ustedes, por el cerebro y por el corazón. La mejor prueba de que merecemos justicia, es que tenemos la concepción de lo que ella debe ser y venimos a reclamarla aquí, creyendo que los altos sentimientos tienen que acompañar siempre la acción de los pueblos grandes.

Pero entiéndase que no venimos a implorar indulgencia. Ustedes son un gran pueblo, ustedes son la nación más próspera del mundo, ustedes son un milagro de la historia, pero ustedes no lograrán nunca, ni con la diplomacia ni con los cañones, doblar la independencia, la rebeldía, el orgullo indomable de nuestro gran conjunto, que está dispuesto a todos los sacrificios para preservar su autonomía en beneficio propio y en beneficio de la humanidad.

No quiero conocer la lucha en que estáis empeñados; debo y deseo ignorar las divisiones de vuestros partidos; pero en un momento en que se resuelve la orientación general de este gran país, hago votos porque Dios ilumine vuestra conciencia y os aleje del imperialismo y de todas las catástrofes que representa. El sentimiento de la opinión Latinoamericana se puede condensar en una frase: Amigos, siempre; súbditos, jamás.

________________________________________________________________________

(*) En: Ugarte, Manuel. Mi campaña latinoamericana. Barcelona, Editorial Cervantes, s/d (1922?). Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Alicante, 2016: http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcvx2f4



Nenhum comentário:

Postar um comentário