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La lucha económica en Siria

Las esperanzas de recuperación de Siria siguen viéndose frustradas con el cambio habido en el país de un conflicto armado a una lucha económica. Damasco, seguro de su victoria militar, se enfrenta ahora a una batalla cuesta arriba por la supervivencia económica. Un Estado vaciado que se autofinancia cada vez más a través de un gobierno corrupto y depredador, al tiempo que no proporciona siquiera el apoyo básico necesario a los ciudadanos de a pie y a las empresas. Esas tácticas mantienen el sistema a flote pero socavan la capacidad de recuperación de la economía.

De Rebelión, 23/10/2019


Los adversarios extranjeros del régimen agravan estos problemas imponiendo nuevas rondas de castigos económicos. A medida que el endurecimiento de las sanciones occidentales causa penalidades cada vez más tangibles a la sociedad siria -desde la abrumadora escasez de combustible hasta un potente efecto paralizador incluso en inversiones con beneficios-, sus objetivos políticos se vuelven más nebulosos e inverosímiles. Los aliados de Damasco son solo un poco más de utilidad: Rusia e Irán, decididos a mantener el régimen intacto pero sin interés patente en una recuperación más amplia, reclaman en cambio su porción de los menguados recursos del país, desde el petróleo y los fosfatos hasta el comercio marítimo.

El mundo ha permitido que los sirios normales y corrientes sufran las consecuencias de todo e improvisen sus propias soluciones. Cada vez más aislados, siguen siendo incansablemente emprendedores a la hora de navegar por un clima económico cada vez más corrupto y sofocante. Si bien esa resistencia no impulsará por sí sola una recuperación a gran escala, es la mejor oportunidad de Siria para lograr una estabilización parcial y provisional después de casi una década de caída libre de la economía.

Ciudades de frágil bonanza

La guerra ha destruido la economía de Siria y ha reconfigurado la actividad económica que aún subsiste. Aunque franjas del país han quedado destruidas y despobladas, otras han absorbido a su gente, negocios y capacidad económica. Docenas de empresarios en Siria han dado testimonio de esta transferencia caótica de la riqueza, que ha estimulado un crecimiento económico limitado al tiempo que ha ido generando nuevas formas de disfunción socioeconómica.

Las ciudades costeras de Siria son quizás el ejemplo más crudo y consecuente de esta tendencia. Las ciudades de Lataquia y Tartus, que permanecieron relativamente estables durante la guerra, absorbieron oleada tras oleada de personas desplazadas de Homs, Alepo e Idlib, una afluencia que forzó e impulsó la economía de la región en un momento de estancamiento. Un gerente de hotel en Tartus, cuya economía ha dependido durante décadas de los turistas que visitan las playas mediterráneas de la costa, subrayaba así la paradoja: “El período de 2012 a 2017 fue un mal momento para el turismo. Pero, no obstante, todos los hoteles y centros vacacionales estaban alquilados por las familias desplazadas”.

Entre los recién llegados había comerciantes e industriales de Alepo y Homs, dos antiguos centros de tránsito y manufactura a los que el asedio y los bombardeos habían destruido. Con frecuencia, esas personas se llevaron consigo sus pequeñas y medianas empresas, acelerando palpablemente la actividad económica de la región. Un residente de Lataquia describía cómo una calle que solo tenía tiendas cerradas antes de 2011 está ahora llena de actividad gracias a los desplazados de Alepo, que habían alquilado y reabierto todas y cada una de esas tiendas.

Este aumento de la actividad comercial marca un cambio histórico importante, ya que el centro de gravedad económico de Siria había estado distribuido desde hacía mucho tiempo a lo largo del eje norte-sur, de Alepo a Damasco. Este cambio ha provocado múltiples alteraciones, sobre todo en forma de competencia entre los trabajadores y empresarios recién llegados y los de antes de la guerra: “Los carpinteros de Homs y Alepo trabajan más duro y tienen más experiencia que los locales de aquí”, dijo un nativo de Homs que trasladó su tienda de muebles a Tartus en 2013. “Por tanto, compiten con los locales, expulsándolos a menudo del mercado laboral”.

Otra línea divisoria separa a las élites establecidas y a los especuladores en tiempos de guerra que buscan blanquear su riqueza en la economía regular. Este cisma particular adquiere un tono sectario inconfundible, ya que son sobre todo los nuevos ricos alauíes los que han irrumpido en mercados históricamente controlados por suníes y cristianos. Sin embargo, este cambio fomenta también la colaboración pragmática en una relación simbiótica en la que destacados comerciantes experimentados contribuyen con su veteranía, mientras que las nuevas empresas suministran dinero en efectivo y contactos con el aparato de seguridad. El dueño de un restaurante cristiano en la ciudad de Tartus resumía esta dinámica en un tono que transmitía su propia inclinación sectaria:

Históricamente, las familias suníes han dirigido los restaurantes, cafeterías y hoteles de Tartus. Los cristianos estaban al frente de las tiendas de vinos y restaurantes que servían alcohol. En los últimos dos años, cada vez más oficiales de seguridad alauíes y líderes de la milicia han ido comprando restaurantes, cafeterías y tiendas de vinos a suníes y cristianos.

Pronto me iré de Siria y espero vender mi tienda a un alauí. Ya he recibido múltiples ofertas de alauíes. Tienen mucho dinero para comprarla, pero no van a poder llevarla como yo: tengo mucha experiencia en la fabricación de alimentos y vinos de alta calidad, y estas personas solo tienen dinero. El resultado es que uno ve a oficiales alauíes comprando restaurantes pero manteniendo a suníes y cristianos como gerentes y chefs, mientras que la mayoría de los camareros y el personal de limpieza son jóvenes alauíes.

Aunque algunos alauíes de la costa se han beneficiado con éxito de la economía de conflicto de Siria, la mayoría se ha visto sumida en la miseria y en trabajos de baja categoría sencillamente para sobrevivir. Una comunidad que estaba oprimida antes de la guerra se ha empobrecido aún más por el malestar económico general en Siria, así como por la muerte, desaparición o debilitamiento de innumerables jóvenes que formaban la columna vertebral del aparato de seguridad del régimen. El resultado es un complejo tapiz de desigualdad y frustración: si bien los propietarios de los negocios establecidos en la costa se irritan ante la creciente competencia de las personas desplazadas, una subclase de alauíes en expansión está más abandonada que nunca a pesar de haberse sacrificado enormemente para defender al régimen.

Los desplazados de Homs y Alepo también convergieron en la ciudad de Hama, en el centro de Siria. Esta última se salvó en gran medida del conflicto y, por lo tanto, adquirió una importancia creciente como centro administrativo: a medida que las capitales de provincia de Idlib y Raqqa se separaban del control del gobierno, Damasco reubicaba las oficinas estatales de esas ciudades en Hama (junto con el personal y los recursos), que se convirtió así en la capital de facto de tres provincias. Mientras tanto, el posicionamiento estratégico de la ciudad, en una encrucijada entre varias áreas controladas por el régimen, los rebeldes y la Administración Autónoma Kurda, la convirtió en un centro de tránsito y comercio. Un industrial de Alepo, hablando desde su fábrica justo al sur de la ciudad, contaba así su propia experiencia:

Llegué a Hama a principios de 2014 cuando los enfrentamientos en Alepo alcanzaron la zona industrial de Sheij Nayar. Hama es una ciudad estable con una ubicación perfecta. Conozco a cientos de comerciantes e industriales que fueron desplazados de Alepo y reiniciaron aquí sus negocios. Muchos comerciantes de Homs, Idlib y Raqqa también abrieron empresas en Hama y ahora compran sus materiales a proveedores locales.

Un comerciante del textil nativo de Hama se hizo eco de este punto, señalando la ironía de que los lugareños a menudo parecen beneficiarse de los recién llegados aunque les moleste:

Mis ganancias aumentaron más de diez veces durante la guerra. Todos los días vienen comerciantes y dueños de tiendas de Raqqa e Idlib a comprar prendas y textiles al por mayor para vender en sus pueblos. Mi hermano tiene una oficina inmobiliaria y la mayoría de sus clientes son personas desplazadas. Mi cuñado tiene una gran heladería, en la que también vende principalmente a personas desplazadas. Aquí todos están ganando dinero con los desplazados, aunque se quejen de ellos.

Este incómodo crecimiento representa, en parte, la herencia de la sangrienta historia de Hama. La ciudad soportó la peor parte de la represión del régimen sobre una insurgencia dirigida por la Hermandad Musulmana en la década de 1980, y aún conserva las cicatrices. Este legado ayudó a disuadir a sus habitantes de unir su suerte al levantamiento de 2011, y continúa moldeando una relación tensa entre los residentes originales y los recién llegados, muchos de los cuales son funcionarios empleados por el Estado. “Los de Hama no confían en estos forasteros”, comentó un comerciante de granos y miembro de una familia profundamente arraigada en la ciudad. “Les consideran leales al régimen e informantes”. Las sensibilidades políticas se superponen con los cismas sociales entre la población conservadora y urbana de Hama y las circunscripciones desplazadas que tienden a ser más rurales y laicas. “La gente de Hama es muy religiosa”, añadió el mismo comerciante. “Los recién llegados son suníes como nosotros, pero no son muy devotos”.

Esas tensiones se basan en una presión histórica de competencia entre Hama y Homs, que se encuentra a solo 45 kilómetros al sur. En una sorprendente imagen reflejo del presente, fue la destrucción de Hama lo que permitió que Homs floreciera en los años ochenta y noventa. Hoy, Homs, que estuvo a la vanguardia del levantamiento de Siria en 2011, sigue paralizado económicamente tras su desastroso enfrentamiento con el régimen. Algunos habitantes de Homs miran con amargura a su vecino del norte, que se ha beneficiado de una guerra que ellos han pagado tan cara.

Mientras tanto, Homs se ha reorganizado de una forma que no hace sino añadir amargura a la frustración de muchos residentes. A medida que el asedio y la campaña militar del régimen arrasaron franjas de los barrios occidentales predominantemente suníes de la ciudad y el antiguo zoco comercialmente vital, el centro de gravedad interno de Homs se desplazó hacia su barrio oriental de mayoría alauí. Este último ha sido testigo de su propio auge en miniatura, ya que los combatientes y los líderes de la milicia han tratado de reinvertir su botín. Un trabajador de una ONG de un vecindario alauí describía la transformación del área:

La zona este de Homs ha prosperado, pero de una forma muy frágil. Son principalmente las figuras de la milicia quienes abren una tienda con unos cuantos miles de dólares procedentes de lo que saquearon, a pesar de no tener ni idea de cómo administrarla. Cierran y son reemplazados por otra persona que tampoco sabe. Todo el sistema se basa en el robo, pero en esta etapa no queda nada por robar. Así pues, se está produciendo un declive.

Gran parte del crecimiento de Siria en tiempos de guerra parece igualmente efímero, ya que los empresarios se apresuran a gastar ganancias mal obtenidas en respuesta a demandas que cambian rápidamente. “Así como el comercio y los servicios producen dinero rápido”, comentaba un economista sirio, “la construcción está absorbiendo gran cantidad de efectivo, pero eso no hará sino crear una burbuja”. Por el contrario, el sector industrial de Siria, parte integral de cualquier recuperación a gran escala, presenta perspectivas sombrías por la falta de inversión, experiencia y apoyo del gobierno. “La industria será un sector infernal para trabajar en los próximos años”, agregó el mismo economista. “Resucitar la industria requeriría de asociaciones entre los nuevos ricos y los antiguos industriales con experiencia”. Por ahora, muchos de estos últimos siguen en el exilio.

Un Estado esquelético

En medio de esta economía de sálvese quien pueda, el Estado sirio, lejos de proporcionar estructura u orientación, contribuye a la agitación. Un gobierno degradado y con escasez de efectivo se abstiene de todas las formas de gobierno excepto de las más insubstanciales, dedicándose en cambio a financiarse de tal manera que no logra sino empujar al país a una espiral descendente. En el corazón del desmoronado Estado sirio se encuentra su acosada burocracia, tan mal pagada y con tan pocos recursos que los funcionarios públicos solo pueden sobrevivir asumiendo múltiples trabajos y participando en formas diversificadas de corrupción menor. En el mejor de los casos, los empleados gubernamentales bien intencionados hacen su trabajo, como consecuencia, de forma inadecuada. Un bombero del gobierno describía su situación:

El gobierno quiere soldados, no empleados. Realmente no les importa cómo viven los ciudadanos normales. Nuestros salarios no superan las 20.000 libras sirias [aproximadamente 40 dólares], por lo que realmente estamos trabajando para Dios más que cualquier otra cosa. Soy el jefe de una brigada de bomberos y todavía tengo que trabajar como taxista y depender del apoyo de mi familia. Todos en la brigada tienen otro trabajo.

El Estado compró nuestros trajes contra incendios a través de un contratista corrupto, y se nota que los trajes son prácticamente de plástico. En un incendio grave, creo que se derretirían en nuestros cuerpos. Solo tenemos un conductor para nuestro camión de bomberos, por lo cual, si no está cerca cuando lo necesitamos, no hay nada que podamos hacer.

Este deterioro tiene implicaciones diversas y de largo alcance para una economía originalmente construida sobre principios socialistas y que aún depende de una intervención estatal intensiva en sectores como la industria, la energía, el comercio y la agricultura. Incluso en algunas zonas que ha controlado durante todo el conflicto, el Estado se ha retirado de una serie de funciones esenciales, como proporcionar subsidios clave y garantizar servicios municipales centrales como la gestión de los residuos. Un ingeniero agrónomo empleado por el Estado comentaba sobre la disminución del apoyo a la agricultura en la costa siria:

Los agricultores de invernadero en Latakia y Tartus pertenecen en su mayoría a familias vinculadas con el ejército, los servicios de seguridad y las milicias leales. Esos agricultores han estado pidiendo al gobierno que les suministre petróleo para calefacción, fertilizantes químicos y pesticidas. Pero el gobierno no les ha dado nada.

Donde el Estado mantiene funciones económicas positivas, lo hace de manera selectiva y egoísta. En 2019, por ejemplo, Damasco reafirmó su papel tradicional en la compra de trigo a precios fijos de los agricultores privados, a pesar de la concentración de estos últimos en áreas controladas por la Administración Autónoma Kurda. Esta medida, y su amplia cobertura por parte de los medios estatales, respondía a objetivos eminentemente políticos, lo que refleja el esfuerzo de Damasco por restablecer la influencia económica en el noreste de Siria al tiempo que reduce su propia dependencia del trigo importado. En otro ejemplo revelador, un residente del suburbio de Damasco de Harasta señaló que a su vecindario, a diferencia de muchos otros, lo habían limpiado de escombros y ahora disfruta de electricidad gratuita las 24 horas. De hecho, está junto a la autopista M5, estratégicamente vital, y contiene o colinda con múltiples sitios militares. Se rumorea, además, que un compinche del régimen de máximo nivel ha seleccionado la zona para remodelarla.

A medida que el Estado se retira, los ciudadanos tienen que abrirse camino a través de un proceso de privatización ad hoc en el que el gobierno interviene para extraer recursos en una versión extrema de los esfuerzos de liberalización de Siria en los años 90 y 2000. Los consejos municipales de Duma y otras áreas en ruinas del este de Ghuta aportaron un claro ejemplo a finales de 2018: “Si la gente quiere eliminar los escombros, debe alquilar a sus expensas las excavadoras del municipio”, dijo un corredor inmobiliario de Damasco. “El municipio solo se ocupa de las carreteras principales. Es bien conocido que los trabajadores municipales dañan los edificios porque recogen los escombros de forma descuidada; así pues, en cualquier caso, la gente prefiere hacerlo por sí misma”.

La capacidad menguante de la burocracia coincide con su creciente propensión al injerto. Sirios de todas las clases sociales, incluidos los propios funcionarios públicos, se quejan constantemente de una cultura metastásica de corrupción. Bromean ocasionalmente diciendo que la sociedad siria es ahora responsable de subsidiar al Estado, en un cambio radical de las raíces socialistas del régimen del Baaz. El propietario de una fábrica describía esta dinámica y los trastornos resultantes:

Los empleados del gobierno se entrometen en todo ahora. Un empleado de bajo nivel de la Dirección de Electricidad puede entrar en mi fábrica e inspeccionar cada centímetro sin dar una razón. Lo mismo se aplica a los empleados que trabajan con el agua, líneas telefónicas, impuestos, salud, medio ambiente, administración local y aduanas.

Hace solo unos días, cuatro empleados de aduanas vinieron a mi fábrica gritando y exigiendo ver todas nuestras instalaciones, incluso la cocina. Le pregunté por qué tenían que ser tan groseros; respondieron que tienen autoridad para revisar cualquier cosa y arrestar a cualquiera. Finalmente, tuve que pagar un soborno. Antes de eso, un comité de la Dirección de Medio Ambiente vino a la fábrica para verificar si estábamos usando sustancias nocivas. Si no los hubiera sobornado, podrían fácilmente haberse inventado un informe y haberme cerrado la fábrica.

Las tendencias extractivas del Estado se extienden de abajo arriba. A pesar de que los organismos gubernamentales han dejado de funcionar en gran medida como arquitectos de la política económica, continúan interfiriendo en sectores que presenten oportunidades para desviar dinero a las arcas estatales. “El régimen le está haciendo la vida más dura a todos”, dijo un empresario. “Como fabricante, me pidieron hace poco que comprara un millón de pegatinas del gobierno para colocarlas en mis productos y demostrar que estaban fabricados en Siria. La broma me costó 14 millones de libras [aproximadamente 30.000 dólares] en un momento en el que tengo que esforzarme mucho para cubrir gastos”.

Estos procesos simultáneos de retirada e interferencia son particularmente evidentes en el sector importación-exportación. A medida que Siria se ha ido quedando cada vez más aislada e improductiva, las exportaciones se han desplomado y la dependencia de las importaciones de los Estados vecinos, así como de Rusia, Irán y China se ha profundizado. Entre otros problemas, este desequilibrio comercial se acumula a la escasez de reservas de divisas creadas por las sanciones estadounidenses y europeas.

Damasco ha hecho frente a esta presión microgestionando el flujo de importaciones, concentrando derechos con individuos selectos y aumentando diversas tarifas. En el ejemplo más llamativo, la tan esperada reapertura del cruce fronterizo de Siria con Jordania a fines de 2018 marcó el comienzo de un breve repunte en el comercio que fue rápidamente sofocado porque aumentaron ocho veces las cuotas de los camiones en tránsito desde Jordania. Desde la perspectiva de Damasco, tales restricciones limitan la capacidad de los importadores privados para gastar divisas y aumentan las posibilidades de corrupción de alto nivel. Sin embargo, también cancelan los ingresos de la normalización parcial del comercio, al tiempo que castigan a los mismos exportadores que Siria necesita para traer divisas. Un exportador de productos alimenticios describía así sus dificultades:

El gobierno sirio quiere que exportemos y hace que nos resulte relativamente fácil. El problema son las importaciones: necesitamos materias primas del extranjero, pero es muy difícil obtener la aprobación para comprarlas legalmente. Solo unos pocos importadores bien conectados pueden traer mercancías fácilmente a través de los puertos. La consecuencia es que muchas fábricas recurren al contrabando desde el Líbano, lo que requiere pagar muchos sobornos.

En paralelo, Damasco impuso el requisito en 2019 de que todos los exportadores vendieran sus ganancias en dólares al Banco Central de Siria al tipo de cambio oficial, en un intento por reforzar el acceso del gobierno a las divisas. Un hombre de negocios que exporta ropa a Líbano, Jordania, Iraq y el Golfo explicaba que esta nueva ley equivale a obligar a los exportadores a subsidiar al Estado:

El Banco Central nos exige ahora que vendamos nuestros dólares al gobierno al tipo de cambio oficial [artificialmente fuerte] de 435 libras sirias. En el mercado paralelo, la tasa es de 615 libras, y esa es la tasa con la que compramos todas nuestras materias primas. Eso significa que perdemos casi 200 libras por cada dólar. Estamos trabajando para un gobierno que no nos da nada a cambio: ni subsidios, ni materiales, nada.

Para amigos como estos…

En líneas generales, los aliados económicos más vitales de Siria no hacen más que agravar estos fallos estructurales. Por un lado, Moscú y Teherán son vitales para mantener a flote la economía de Siria a través de los envíos desesperadamente necesarios de combustible y trigo, junto con un fortalecimiento general de las relaciones comerciales, ya que los tres países tratan de eludir las sanciones occidentales. Los productos rusos e iraníes de fabricación barata han penetrado gradualmente en los mercados sirios. China ha seguido siendo un socio comercial clave, pero tampoco ha dado señales de ir hacer algún movimiento tangible a favor de inversiones a gran escala.

Por el contrario, Rusia e Irán tratan de recuperar lo gastado en Siria apropiándose de partes crecientes de sus activos restantes, en un proceso que equivale a hipotecar el futuro económico del país. Lo más sorprendente es la creciente influencia de Rusia sobre los recursos de petróleo, gas y fosfato de Siria. Un ingeniero del petróleo de Homs describía este proceso:

A principios de 2018, las compañías rusas comenzaron a penetrar en el sector del petróleo y gas de Siria. Esas compañías firmaron contratos con el gobierno sirio mediante los cuales invertirán y gestionarán campos de petróleo y gas, obteniendo aproximadamente el 25% de las ganancias, mientras que anteriormente el gobierno sirio lo manejaba todo y se llevaba todos los ingresos. Rusia quiere monopolizar este sector y presiona al gobierno para que no facilite contratos a ninguna empresa que no sea rusa.

Los puertos de Siria también representan propiedades inmobiliarias de primer orden para la intrusión rusa e iraní. A principios de 2019, las autoridades sirias otorgaron a una compañía rusa un contrato de arrendamiento por 49 años en el puerto comercial de Tartus, lo que provocó las críticas incluso de los lealistas, que acusaron a Damasco de regalar infraestructura económica vital. Según los informes, Teherán ha estado compitiendo por un papel similar a través de discusiones entre el gobierno sirio y una compañía iraní que busca hacerse cargo de la gestión del puerto marítimo de Lataquia. Si tiene éxito, esta adquisición atrincheraría la influencia económica de Irán y provocaría nuevos problemas relacionados con las sanciones. Un gerente de una compañía naviera internacional describía los riesgos:

La oferta iraní por el puerto coloca al gobierno sirio en una posición difícil. Es muy difícil para el gobierno decir que no, pero le resulta imposible decir que sí: otorgarle el control del puerto a una compañía iraní es como pegarse un tiro en la cabeza, porque las compañías occidentales no pueden tratar con los iraníes. Inmediatamente tendrían que dejar de enviar barcos allí.

La niebla de sanciones

Mientras Damasco y sus aliados roen lo que queda de la economía de Siria, los gobiernos occidentales aceleran esta degradación a través de sus propias políticas económicas. Las sanciones estadounidenses y europeas se han ido acumulando por capas, apuntando hacia una combinación de figuras alineadas con el régimen y sectores empresariales considerados relevantes para el esfuerzo de guerra de Damasco. Sin embargo, sus efectos dominó se extienden a prácticamente todos los sirios que viven dentro de Siria y a muchos que no viven allí.

Esta dificultad se relaciona, en el nivel más básico, con la escasez de combustible y otros insumos necesarios para la actividad empresarial, desde la industria hasta la agricultura. Las sanciones sectoriales dirigidas aquí se combinan con las medidas occidentales adoptadas contra socios comerciales clave, a saber, Rusia e Irán. “Los lazos con Irán conllevan más sanciones para Siria”, se quejaba un ingeniero de Damasco. “Siria e Irán están ambos estrangulados, por lo que uno no puede ayudar al otro”. Hay un proverbio sirio que dice ‘Un cadáver no puede cargar con otro cadáver’”.

Agravando aún más los sinsabores económicos está la excomunión de Siria de un sistema financiero global en el que el dólar reina de forma suprema. “Nueva York controla el sector bancario mundial”, comentó un banquero en Damasco. “Como resultado, los bancos sirios solo pueden realizar transacciones con otros bancos dentro de Siria o mediante acuerdos especiales con bancos rusos e iraníes. Pero Rusia e Irán no pueden llenar el vacío, porque ellos mismos no tienen sectores bancarios independientes y profesionales”.

Ese estatus de paria tiene efectos colaterales generalizados. Es terriblemente difícil, por ejemplo, para los sirios dentro del país abrir cuentas bancarias extranjeras o transferir dinero entre bancos sirios y extranjeros. Incluso los sirios en el extranjero sufren en este aspecto, ya que su nacionalidad por sí sola convence a muchas instituciones financieras occidentales de que proporcionarles servicios básicos podría hacerles incurrir en mayores riesgos de lo que esos negocios merecen.

Por lo tanto, las ONG sirias financiadas por Occidente se ven obligadas a dedicar recursos preciosos a asegurar a sus financiadores que permanecerán lejos de cualquier transacción que pueda entrar en conflicto con las sanciones. Los propios financiadores deben hacer lo mismo, y el cumplimiento legal es la prioridad primordial para cualquier intervención. El más mínimo paso en falso, como incluir la palabra “Siria” en el memorándum de una transferencia bancaria, puede provocar un sinfín de complicaciones. Como resultado, al personal sirio se le paga en gran medida en efectivo o mediante sistemas semiformales de transferencia de dinero conocidos como hawala.

Dichas dificultades adquieren nuevas proporciones para las empresas que operan en Siria, incluso para aquellas que se dedican a las actividades más inocuas. Un comerciante de productos alimenticios con sede en Damasco describía sus propias dificultades:

Solía ​​ ser fácil importar mercancías desde Rusia y Europa del Este a través de los puertos de Lataquia y Tartus. Pero las sanciones hacen cada vez más difícil transferir dinero a bancos europeos e incluso rusos, por lo que tenemos que depender cada vez más de las asociaciones con comerciantes libaneses que importan a Beirut en su nombre y luego lo envían a través de la frontera a Damasco. Me temo que vamos a tener que depender cada vez más de tales asociaciones a medida que las sanciones se vuelvan más severas.

Del mismo modo que las sanciones obligan a las empresas sirias a complicadas soluciones alternativas, constituyen un poderoso elemento disuasorio para las empresas extranjeras y los empresarios sirios expatriados, que de lo contrario considerarían su entrada en el mercado. Esto tiene tanto que ver con las sanciones en sí mismas como con el exceso de cumplimiento: las corporaciones a menudo evitan incluso la actividad legítima en entornos muy sancionados, en lugar de incurrir en los riesgos y costos administrativos de meterse en ellos. El funcionario de la compañía naviera bosquejaba estas complejidades:

Las sanciones estadounidenses te hacen la vida muy difícil. Tenemos todo un bufete al completo dedicado a este tema y que en cada transacción debe decir: “Puedes hacer esto”, “no puedes hacer esto”, “esta transacción debes hacerla en esta moneda”. A veces simplemente tienes que acabar decidiendo que los beneficios del envío no merecen los riesgos que debes correr.

No hay duda de que en muchos casos las sanciones occidentales están garantizadas. Las medidas dirigidas a personajes específicos del régimen con información privilegiada y a los compinches de alto nivel son a la vez bien merecidas y útiles, y generan una forma de rendir cuentas para los más vinculados con los crímenes de guerra. También representan una molestia financiera y logística para esas personas y el régimen en general.

Sin embargo, las sanciones “sectoriales” más radicales presentan una imagen mucho más ambivalente, cruzando posiblemente la línea hacia el castigo colectivo. Esa línea se desdibujaría aún más en el caso de la aprobación del “Proyecto de ley César” presentado en Washington: una legislación que ampliaría drásticamente el círculo de personas afectadas por las sanciones, incrementando así su ya poderoso efecto de enfriamiento. Una vez aprobadas, tales medidas se vuelven tremendamente difíciles de revertir: Siria todavía está sujeta a las sanciones estadounidenses aprobadas en la década de 1980, que perduraron incluso a través de las fases de acercamiento diplomático.

Dado lo mucho que está en juego, la discusión global sobre las sanciones ha sido notablemente simplista y binaria. Mientras que los partidarios de Damasco definen las sanciones como el principal obstáculo para la recuperación económica, sus rivales a menudo minimizan, o ignoran, las formas en que las sanciones exacerban el sufrimiento de los civiles. La última tendencia entre los políticos y comentaristas occidentales se ve reforzada por los opositores de línea dura en la diáspora siria, que a menudo están a la vanguardia de las peticiones de un castigo más agresivo obviando en gran medida su coste. Un activista sirio más moderado en Washington analizó: “Hay una desconexión completa y absoluta sobre las condiciones dentro de Siria. La gente está cegada por todo el odio que siente hacia al régimen”.

Igualmente inquietante es la desconexión lógica entre el aumento de las sanciones y los objetivos políticos establecidos. La retórica occidental enmarca las sanciones en torno a objetivos que van desde lo poco probable hasta lo absurdo: algunos Estados europeos todavía esperan que la presión financiera continuada obligue a Damasco a aceptar algún tipo de acuerdo político, lo que a su vez permitiría la recuperación económica y, por lo tanto, el retorno de los refugiados. Los políticos estadounidenses, por su parte, vinculan las sanciones a una transición política, al tiempo que agregan la caprichosa demanda de que las fuerzas iraníes sean expulsadas de Siria. Dada la inverosimilitud de tales objetivos, las sanciones se parecen cada vez más a una política de castigo económico por defecto.

Vaciamiento

Estos factores se suman capa a capa al estrés que pesa sobre una sociedad poco equipada para hacer frente a la presión. El vaciamiento de Siria va más allá de las cifras asombrosas sobre muerte, destrucción, reclutamiento y desplazamiento: ha erosionado la capacidad misma de la sociedad para regenerar lo perdido.

El sector agrícola de Siria ofrece una ventana a la espiral de descenso autoperpetuo de Siria. Las comunidades rurales en Siria han demostrado ser notablemente adaptables durante la guerra, y la producción agrícola a pequeña escala ha mostrado signos de recuperarse más rápido que las esferas de capital más intensivo como la industria y la energía. Sin embargo, los agricultores, desde Daraa hasta Homs y Hasakeh, subrayan los desafíos duraderos que plantea la caída en picado del capital humano, desde trabajadores no cualificados hasta profesionales especializados. Un agricultor en la zona rural de Hama se lamentaba de la paralizante emigración:

No hay cultivo que valga sin campesinos. Creo que un tercio de nuestro pueblo se ha ido. Y como la situación sigue siendo inestable, la gente sigue marchándose. Personalmente planeo emigrar con mi familia en los próximos meses. La mayor parte del resto de la aldea tiene planes similares. Honestamente, no puedo decir que quedará alguien en unos años. Si la emigración continúa a este ritmo, la agricultura de la zona desaparecerá por completo.

La fuga de cerebros en curso ha reducido asimismo al mínimo las instituciones gubernamentales responsables de impulsar la agricultura y otros sectores clave de una manera que complica aún más las perspectivas de recuperación. “Nuestros contables y gerentes cualificados se fueron a Turquía, los Estados del Golfo y Europa”, dijo un empleado del Banco Agrícola de Siria, una entidad gubernamental que otorga préstamos y subsidios a los agricultores. “Los bajos salarios del gobierno desalientan a los graduados universitarios de trabajar para bancos estatales, cuando podrían ganar el doble en el sector privado. Los nuevos empleados son en su mayoría las viudas e hijas de mártires”.

Aun cuando la violencia disminuye en la mayor parte del país, el azote del reclutamiento promete mantener a los jóvenes sirios al margen de la fuerza laboral en un futuro previsible. “No tengo sueños ni planes”, dijo un estudiante de tercer año de la Facultad de Ingeniería Agrícola de la Universidad de Damasco. “Mi único sueño es evitar el servicio militar. Los licenciados masculinos disponen de dos opciones: unirse al ejército o abandonar el país”.

La degradación del sector educativo, que ha agotado los recursos humanos y financieros al tiempo que se hunde más en su propio ciclo de corrupción y mediocridad, no hace sino agravar aún más el problema. “Los profesores tienen salarios muy bajos, por lo que intentan conseguir sobornos o regalos para mantener a sus familias”, dijo el mismo estudiante. “Algunos venderán a los estudiantes las respuestas de un examen a cambio de un teléfono inteligente o una botella de whisky”. Un profesor de la misma facultad agregaba:

Desde 2011, aproximadamente un tercio de los profesores de mi facultad han abandonado el país. Los profesores jóvenes huyeron para evitar el servicio militar. Los profesores de más edad y experimentados emigraron porque encontraban mejores oportunidades en el extranjero, o simplemente para sacar de Siria a sus hijos en edad de reclutamiento. Las tasas de graduación son muy bajas, porque los estudiantes varones no quieren graduarse: suspenden los exámenes deliberadamente para retrasar el servicio militar.

Este patrón, por el cual la destrucción de la fuerza de trabajo de Siria se ve reforzada por la degradación de las estructuras esenciales de apoyo, se repite en todos los sectores. Un fabricante de plásticos de la zona industrial de Alepo de Sheij Nayar describía sus dificultades:

Los propietarios de las fábricas intentan reabrir, pero se enfrentan a grandes desafíos, desde la escasez de electricidad y combustible hasta la falta de mano de obra cualificada para trabajar. Todos los trabajadores experimentados están desplazados en zonas controladas por los rebeldes o en Turquía. Cuando hablo con otros industriales, me dicen que quieren reabrir pero que no pueden encontrar trabajadores varones y, cuando lo hacen, los servicios de seguridad vienen y los arrestan. Antes de 2011, tenía 200 trabajadores. Hoy cuento con 20 hombres y algunas mujeres y niños que trabajan limpiando, empacando y preparando té y comida para los que quedamos.

En efecto, la devastación de la fuerza laboral masculina de Siria ha tenido el efecto secundario transformador de empujar a las mujeres, y en menor medida a los niños, a la vanguardia de la actividad económica, a medida que las familias encuentran formas de llegar a fin de mes en ausencia del sostén masculino. Por lo tanto, las mujeres han asumido un papel en expansión en prácticamente todos los ámbitos, desde el servicio civil hasta el trabajo manual y el espíritu empresarial. “Las mujeres desempeñan un papel cada vez más destacado en los negocios a pequeña escala, en las nuevas empresas y las ONG”, dijo un académico en Damasco. “Es menos arriesgado para una mujer moverse en ese ámbito: no corre el riesgo de ser reclutada y puede moverse más fácilmente a través de los puntos de control. Por otra parte, el 70% de los empleados en mi universidad son mujeres”.

Se trata de una evolución agridulce. Mientras que algunas mujeres aprecian naturalmente el cambio hacia una mayor independencia financiera y social, otras lamentan el agotamiento y la ansiedad que conlleva trabajar en múltiples trabajos para alimentar a sus familias. “Dependemos de nosotras mismas ahora para poder satisfacer todas nuestras necesidades”, dijo una mujer de mediana edad del destrozado suburbio de Daraya en Damasco. “En el pasado, nos lo traían todo a casa. Aquella era una vida de lujo”.

Las tensiones sociales que acompañan a un cambio tan rápido agravan esta ambivalencia, y la cuestión que se plantea es si los componentes positivos de este cambio perdurarán a medida que el conflicto disminuya. La misma académica señalaba sus preocupaciones:

Temo por la sostenibilidad de este desarrollo a largo plazo. Por una parte, las pequeñas empresas dirigidas por mujeres, que dependen en gran medida de los fondos relacionados con los programas de ayuda exterior, no son autosuficientes. Por otra, la opinión de la sociedad sobre estos cambios es preocupante. Los hombres tendrán que admitir que el hecho de que las mujeres trabajen es, por ahora, la única opción. Pero existe esa percepción de que el problema se les escapa de las manos, lo que exacerba las tensiones dentro de las familias y la sociedad. Así que todavía queda mucho trabajo por hacer en este frente.

Además, el continuado estancamiento de Siria coloca a las mujeres en el centro de una economía en la que la mayoría puede aspirar a poco más que a la supervivencia. El imperativo de luchar por un flujo mínimo de ingresos encierra a menudo a hombres y mujeres por igual en una especie de limbo en tiempos de guerra al no poder regresar a las ciudades de donde se vieron obligados a desplazarse. Una mujer en el suburbio de Damasco de Yaramana explicaba que le gustaría regresar a su ciudad natal de Qadam, pero sigue anclada a Yaramana por la necesidad de seguir trabajando:

Actualmente salgo adelante con trabajos de limpieza en una escuela durante la semana y en casas particulares los fines de semana. No puedo volver a Qadam porque no podré encontrar ese trabajo allí. Si volviera, tendría que viajar a Yaramana con tres autobuses diferentes, por lo que gastaría todo mi tiempo y dinero en el camino.

El extenso complejo de programas de ayuda con fondos extranjeros en Siria tiene como objetivo frenar tales dificultades, incluso a través de una amplia gama de intervenciones de creación de capacidad y generación de empleo. Si bien son desesperadamente necesarios, estos programas generan a menudo efectos secundarios no deseados: los trabajos bien remunerados con agencias de la ONU u ONG tienden a absorber el talento de otros sectores y a un mercado laboral cuya existencia depende de decisiones políticas tomadas en capitales lejanas. En el proceso, el sector de la ayuda ha creado otro nivel de nuevos ricos en tiempos de guerra, cuyos altos salarios son tan fundamentales para la frágil economía de Siria como mortificantes para la mayoría que sigue sumida en la pobreza.

Dos pasos adelante, dos pasos atrás

La profundización del conflicto económico en Siria conserva ecos amenazadores de su conflicto militar. De hecho, cada protagonista sigue adelante con el mismo enfoque que ha mantenido durante la guerra. En el centro de la melé, Damasco está traladando gradualmente su campaña nihilista de autopreservación del ámbito militar al económico. El régimen, desde el principio, ha tratado de sobrevivir sin fijar una agenda positiva para el futuro y desatando los elementos e impulsos más violentos dentro de sus filas para aterrorizar al país y que este se someta. Ese proceso está ahora cambiando a la siguiente etapa a medida que los antiguos milicianos y los servicios de seguridad se integran en una economía de depredación cada vez más sofisticada.

Moscú y Teherán, por su parte, se han mantenido inquebrantablemente comprometidos con la preservación del régimen en su forma actual, incluso cuando se irritan por sus deficiencias y, en el caso de Rusia, hablan mucho de boquilla sobre perspectivas de reforma. Todas esas promesas han quedado espectacularmente incumplidas: a medida que Damasco deja de lado un acuerdo de alto el fuego y reconciliación tras otro negociado por Rusia, Moscú ha demostrado ser incapaz o estar poco dispuesto a alterar fundamentalmente el comportamiento del régimen. Por lo tanto, la mediación rusa funciona menos como vehículo para el cambio que como cortina política de humo que permite tanto la intransigencia del régimen como los titubeos de Occidente.

De hecho, incluso la incoherencia occidental ha sido sorprendentemente consistente. Los actores que alguna vez buscaron una intervención militar poco entusiasta con la esperanza de forzar una solución política improbable duplican ahora el castigo económico en busca del mismo inverosímil final. A medida que los gobiernos experimentan con diferentes formas de presión con la esperanza de alcanzar un gran avance, suspenden a menudo a la hora de tener en cuenta los daños colaterales infligidos a la sociedad siria. De manera crítica, algunos actores occidentales están intentando frenar los efectos secundarios de las sanciones mientras apoyan a la sociedad siria a través de diversas formas de asistencia económica y humanitaria. Sin embargo, queda mucho trabajo por hacer antes de que tales esfuerzos compensen las consecuencias del aislamiento.

La sociedad, como siempre, ha ido adaptándose en medio de circunstancias de pesadilla. Sin embargo, tal adaptación adopta a menudo formas corrosivas, ya que las personas desesperadas sobreviven por medios desesperados, desde el saqueo y la corrupción hasta la propagación del secuestro, la prostitución y el tráfico de drogas. Sin embargo, esta respuesta adaptativa también se manifiesta en formas tranquilas y persistentes de innovación y emprendedurismo. Los propietarios de fábricas que alguna vez resistieron el asedio y el bombardeo llevando las líneas de montaje a las provincias vecinas sopesarán los beneficios potenciales de reiniciar los negocios en sus ciudades de origen. Sin embargo, los comerciantes que sufren las sanciones occidentales y las intrusiones del régimen capitalizan la mejora de la libertad de movimiento a medida que la violencia y los puntos de control disminuyen. Los agricultores que luchan por acceder a los insumos clave -como los fertilizantes, que las sanciones señalan como ingrediente de armas químicas- ahorran o piden prestado para comprar vacas, que producen abono orgánico.

Esos actores cumplen una serie de funciones indispensables, incluso luchando por llegar a fin de mes. En particular, los dueños de empresas brindan no solo empleo sino formas de apoyo social que salvan vidas, desde donaciones caritativas hasta asistencia financiera directa a familias de empleados fallecidos, en un tiempo en el que el Estado ha dejado de proporcionar salarios dignos o un bienestar social significativo. Ayudan a mantener un goteo de divisas en la economía siria y, por lo tanto, evitan que la libra siria caiga aún más en la inflación. Salvo algún cambio fundamental por parte de Damasco, sus aliados extranjeros o sus adversarios, las pequeñas empresas impulsarán cualquier recuperación parcial que Siria tenga reservada.





Este ensayo ha sido elaborado por el equipo de Siria de Synaps y editado con el amable apoyo de la Konrad-Adenauer-Stiftung.

Fuente: http://www.synaps.network/syria-economic-battleground

Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar a los autores, a la traductora y a Rebelión.org como fuente de la misma.

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