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La jurisprudencia según Deleuze: potencia de multitud y Derechos Humanos

Do El Salto, 4 de Junho, 2019
Por JORGE LEÓN CASERO, PROFESOR DE FILOSOFÍA. UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA

Moisés en el Sinaí (Simon Julien, 1773) WIKIMEDIA COMMONS
Frente a la lógica abstracta y universalista de los Derechos Humanos, Deleuze propone una noción de jurisprudencia adaptada a cada situación concreta, consistente en el establecimiento de conexiones entre las fuerzas materiales existentes.

En una de las entradas más polémicas de la vídeo-entrevista L'Abécédairerealizada por Claire Parnet a finales de los 80, Gilles Deleuze afirmó que en lo referente al respeto a los Derechos Humanos “a uno le entran ganas casi de sostener proposiciones odiosas”, pues “¡es la pura abstracción! ¿Qué son los Derechos Humanos? Son una pura abstracción, el vacío […] ¡Es un discurso para intelectuales! Y para intelectuales odiosos, para intelectuales que no tienen ideas”. Para explicar su postura, Deleuze utilizó el problema, entonces reciente, del terremoto ocurrido en 1988 en la república soviética de Armenia que destruyó completamente la ciudad de Spitak, donde se alojaban la mayor parte de refugiados armenios huidos de la vecina república de Azerbaiyán. Como no podía ser de otra manera, ante esta situación la mayor parte de los intelectuales occidentales de la época aprovecharon para poner sobre la mesa la cuestión de las continuadas violaciones de los Derechos Humanos realizadas sobre los refugiados armenios como si esto fuera la única clave en juego desde la cual poder conceptualizar el problema allí existente. Postura esta ante la cual Gilles Deleuze no aguantó más, y realizó su crítica.

“En primer lugar”, afirma, “me doy cuenta de que, siempre, esas declaraciones de Derechos Humanos nunca se hacen en función [o] con la gente afectada: las sociedades de armenios, las comunidades de armenios, etc. Porque para ellos el problema no son los Derechos Humanos. ¿Cuál es? Es: ¿qué vamos a hacer? Eso es un agenciamiento […] ¿Qué es necesario hacer para eliminar esa situación? […] No es una cuestión de Justicia: es una cuestión de jurisprudencia. Todas las atrocidades que sufre el ser humano son casos concretos. No son desaires a derechos abstractos”.

JUSTICIA Y JURISPRUDENCIA EN DELEUZE

Para Deleuze, la diferencia entre Justicia (Derechos Humanos) y jurisprudencia es la diferencia existente entre recurrir a un supuesto Derecho Natural trascendente y universal que estaría escrito de forma inamovible en una supuesta “naturaleza humana” que nadie coincide nunca en identificar de la misma manera, y el de hacerlo mediante un planteamiento inmanente basado en la creación y el establecimiento de conexiones entre las principales fuerzas en juego que permitan encontrar salidas concretas y particulares dentro de unos entramados de relaciones increíblemente complejos y no jerárquicos (“rizomas”). El problema no es si se han violado determinados derechos “naturales” y “eternos” que atentan contra la dignidad humana. El problema es qué contacto establecer entre las fuerzas vigentes en un determinado momento para que no puedan producirse determinados actos.
La creación del derecho no son las declaraciones de Derechos Humanos. En el derecho, la creación es la jurisprudencia.

Según el filósofo francés, pretender concebir la totalidad de posibles situaciones concretas en las que consiste y se desarrolla la vida mediante la apelación a unos supuestos Derechos Humanos universales y trascendentes únicamente logra producir una separación entre el funcionamiento de la maquinaria jurídica y el propio de las cosas materiales que, en última instancia, solo promueve la ineficacia del derecho: “Tú invocas los Derechos Humanos. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir: los turcos no tienen el derecho de masacrar a los armenios. De acuerdo, ¿y después? ¡Hemos avanzado mucho así! ¡Verdaderamente es propio de majaderos! Creo que verdaderamente todos esos pensamientos de los Derechos Humanos son hipócritas. Desde el punto de vista filosófico no valen nada. La creación del derecho no son las declaraciones de Derechos Humanos. En el derecho, la creación es la jurisprudencia”.

Aunque parezca un argumento insulso, el punto clave al que quiere referirse Deleuze es de una sencillez tan extrema que a veces incluso hasta se nos olvida. Para él, la clave de la crítica a esta forma de entender el derecho que está presente en el discurso de los Derechos Humanos radica en comprender que no son más que papel mojado sin absolutamente ninguna efectividad sobre el mundo real. O lo que es lo mismo: no es posible concebir el mundo a partir de la noción de derecho. Si los Derechos Humanos tuvieran alguna realidad efectiva en el mundo tal y como han sido definidos (universales, dados a priori, e insertos en una supuesta naturaleza humana que no puede ser contradicha) ni siquiera serían pensables —y mucho menos realizables— todas sus violaciones. Lo que Deleuze quiere poner de relevancia es que “cuando uno se dirige a la Justicia, ¡la Justicia no existe! ¡Los Derechos Humanos no existen! Lo que cuenta es la jurisprudencia: esa es la invención del Derecho. De ahí que los que se contentan con recordar los Derechos Humanos y recitar los Derechos Humanos ¡no son más que unos imbéciles! ¡Se trata de crear, no se trata de hacer que se apliquen los Derechos Humanos! Se trata de inventar las jurisprudencias en las que, para cada uno de los casos, esto no será posible. Es muy diferente”.
El Derecho es la declaración de los derechos sin el poder que los hace reales y deviene necesariamente un bloqueo y una limitación de la potencia humana.

Para Deleuze, el problema no está en salir a la calle y exigir que se cumplan los Derechos Humanos. Hacer que se cumplan los Derechos Humanos es tan fácil como cambiar la redacción de la Declaración para que coincida con las acciones de aquellos que los incumplen. Así de simple. Esa es la auténtica lógica que rige el pensamiento del Derecho. Una lógica intelectualista e idealizada que se preocupa únicamente de problemas conceptuales. Nunca del análisis de situaciones materiales. Según Deleuze, estas últimas requieren del establecimiento de “agenciamientos”, esto es, de conexiones efectivas entre fuerzas actuantes susceptibles de producir alguna diferencia respecto al estado anterior. Según su filosofía, el is/oughtproblem comentado por Hume o el propio del Sein/Sollen comentado por Kelsen que definen la lógica propia del Derecho como relativa únicamente al problema del “deber ser” (ought, Sollen) no sería más que un falso dilema. Para una filosofía auténticamente materialista, el deber ser así definido no es nada. O al menos nada directamente actuante.

EL DERECHO A-NÓMALO DE SPINOZA

Muy probablemente, la mayor parte de los juristas que leyeran lo que hemos escrito hasta aquí nos acusarían de nazismo tanto a Deleuze como a mí mismo, pues interpretarían que estamos definiendo “lo justo” como “el derecho del más fuerte”. Además, aprovecharían también para afirmar que la diferencia entre la ontología (el ser) y el derecho (el deber ser) es una diferencia intrínseca a la existencia misma de los seres humanos —una diferencia, pues, propia de la naturaleza humana—, ya que todas las sociedades que han existido en la historia, ya sea a través de costumbres no escritas o de derecho escrito, siempre han regulado su comportamiento mediante normas que establecen el “deber ser” frente a una mera forma espontánea de “ser”.

Ahora bien, lo que normalmente ignoran todos estos juristas tan preocupados por la Justicia y los Derechos Humanos es toda posible concepción del derecho que no coincida con el concepto de ius romano en tanto que “algo” —nunca se ha sabido muy bien qué— que permite a alguien exigir a los demás una conducta (pre)determinada. Es por ello que ignoran algo que es de vital importancia para poder entender el modo en que Deleuze concibe la jurisprudencia: la noción a-nómala (nomos = derecho, norma, costumbres, hábitos sociales) de Derecho propuesta por Spinoza.
O el derecho es concebido como el poder constituyente de la multitud o es una abstracción muerta que únicamente busca legitimar el poder constituido.

Mientras que el positivismo jurídico que ha disciplinado las cabezas de todas las generaciones de juristas producidas en los últimos doscientos años se ha basado en la noción kantiana de autodeterminación de la propia libertad según normas —una nación es libre en la medida en que disponga de la soberanía para darse a sí misma sus propias leyes—, la noción de derecho desarrollada por Spinoza se basa en las nociones de potencia, creatividad y producción. En Spinoza “el Ser” no es. No se limita a ser. En Spinoza, al igual que en Deleuze, el ser, produce. Es creativo. Y el Derecho, al igual que cualquier otra cosa que exista, también cae dentro de la esfera del ser. No es un ámbito separado de “lo que es”. Luego también es creativo, y también produce. Produce conexiones materiales a través de la jurisprudencia. No dice cuándo una acción viola un derecho que nadie sabe dónde está. Decide qué vamos hacer ante una situación concreta. Desde este punto de vista, la potencia en Spinoza no es más que el esfuerzo realizado por cada cosa para seguir siendo, seguir creando y seguir produciendo. Es desde este punto de vista que Spinoza afirma que cada cosa tiene tanto derecho como potencia de existir y actuar. Expresado en sus propios términos: tantum potentiae, quantum iuris.

La clave de la cuestión radica en que, según Spinoza, si dos o más se ponen mutuamente de acuerdo —se conectan— y unen sus fuerzas, tienen más potencia juntos, y por tanto, también más derecho sobre una situación determinada que cada uno por sí solo. El derecho de la multitud —del común— es una fuerza ontológica y productiva que no tiene nada que ver con naturalezas, derechos o dignidades “humanas”. Desde este punto de vista, antes que como una entidad unitaria —pueblo o nación— con capacidad de autodeterminar su voluntad a través de un contrato —de una norma— la multitud se define a sí misma como una potencia constitutiva y creadora de derechos. Esto y no otra cosa es la jurisprudencia según Deleuze: una política de las conexiones entre sujetos diferentes. O el derecho es concebido como el poder constituyente de la multitud o es una abstracción muerta que únicamente busca legitimar el poder constituido.

Una vez aquí la conclusión es clara: toda filosofía del derecho que no parta del planteamiento de Spinoza es una simple mistificación de la potentia (potencia constituyente) en potestas (poder constituido). Tal y como afirma Antonio Negri, “el Derecho es la declaración de los derechos sin el poder que los hace reales y deviene necesariamente, siempre, incluso en las más altas expresiones que ha hallado en la historia, un bloqueo y una limitación de la potencia humana”. Que nadie confíe en el derecho. Nuestra única salida radica en confiar en nuestra propia potencia.

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