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Geografía invisible de la ira de clase trabajadora

Do Sin Permiso, 09 de Junho, 2019
Christophe Guilluy
 


El sociólogo Christophe Guilluy [aquí entrevistado por Guido Caldiron para il manifesto global], que se ha convertido en controvertida estrella del debate político e intelectual con su La France périphérique (Flammarion, 2015), en la que proponía una interpretación de la nueva geografía social globalizada de Occidente, ha publicado ahora No Society ([Taurus, Madrid, 2018 ] La società non existe en su versión italiana), que analiza el origen y efectos de lo que describe como “final de las clases medias occidentales”. De acuerdo con Guilluy, la actual ola populista no es, en este sentido, más que la punta del “iceberg” de un difundido resentimiento de la antigua clase trabajadora, privada de su papel y “estatus” y marginada, geográficamente incluso, de los centros de las metrópolis globales.

El populismo de derechas se alimenta de la idea de que Europa se encamina hacia un declive inevitable. Pero si bien describen un derrumbe del continente en términos identitarios, usted pinta, en cambio, un cuadro de crisis desde un punto de vista social, y habla acerca del “final de la clase media occidental”. ¿Qué ha sucedido exactamente?

No creo en la noción de declive. Europa sigue siendo el continente más rico del planeta. La cuestión es diferente, sin embargo: tiene que ver con el hecho de que tenemos que vérnoslas con un modelo económico que ya no integra las categorías más modestas que solían formar la base de la clase media occidental. Son jornaleros, oficinistas, agricultores, propietarios de pequeños negocios, que todavía constituyen la mayoría, pero que no han encontrado su lugar dentro del modelo neoliberal. Sin deslizarse necesariamente hacia la pobreza, esas categorías han quedado socialmente debilitadas, y por tanto creen que el modelo económico propuesto por las clases dominantes no ha resultado ventajoso para ellos.

¿Por qué se ha traducido este “desclasamiento” hacia abajo en un sentimiento de resentimiento que tiene como consecuencia un choque entre “los de abajo” y “los de arriba”, en lugar de adoptar la forma tradicional del conflicto social?

Aunque la globalización —y su corolario, la división internacional del trabajo — ha permitido el surgimiento de una clase media china o india, ha destruido al mismo tiempo los empleos industriales de las clases trabajadoras occidentales. Por doquier en Occidente, los empleos de las clases trabajadoras o han desaparecido o se han convertido en precarios. Al mismo tiempo, el mercado de trabajo está polarizado, y ahora se divide entre empleos de altas capacidades y bien pagados, y empleos precarios, “trabajos de mierda” que atrapan a las clases populares en una forma de inestabilidad permanente. Por esta razón, hablo acerca de un lento proceso de “abandono de la clase media”, que comenzó con los trabajadores, luego con los agricultores, y hoy ha alcanzado a los empleados y a los autoempleados, que son cada vez más precarios.

Esta situación explica el retorno de un conflicto social entre las precarias clases trabajadoras occidentales y las demás, las clases más altas, que se han integrado en el sistema.

Su libro se abre con una cita de Margaret Thatcher, que declaró en 1987 que “la sociedad no existe”. Treinta años después del estreno de las políticas neoliberales encarnadas por la Dama de Hierro y Reagan, ¿se ha convertido en realidad tan siniestro pronunciamiento?

Ese “la sociedad no existe” de Thatcher describe un proceso global que ha tendido a achicar el Estado del Bienestar y los servicios públicos. La idea de que la clase trabajadora no debería esperar nada del Estado se vio luego acompañado por otro punto de inflexión de envergadura: la “secesión de las élites” que ya identificó Christopher Lasch en los años 80. Esta “secesión” no implica sólo a la clase de las élites sino al conjunto de las clases más altas, las que se benefician del modelo económico que se ha impuesto gradualmente, y que se concentran en las grandes metrópolis globalizadas.

No Society constituye la culminación del proyecto de investigación que comenzó con La France périphérique, en la que describía usted el éxodo de la clase obrera hacia zonas cada vez más marginales en términos de servicios, empleos y oportunidades. ¿Se está produciendo ese mismo fenómeno en el conjunto de Occidente? ¿Y qué relación existe entre este fenómeno y la exclusión social de los barrios periféricos?

Ya se trate de Francia, los Estados Unidos, o el Reino Unido, la creación de empleos y riqueza se concentra, de media, en las metrópolis globalizadas. Se vuelven cada vez más ricas y gentrificadas, y se han convertido en las nuevas ciudadelas del siglo XXI. Por primera vez en la historia, la mayoría de las clases trabajadoras ya no vive donde se crean los empleos sino en ciudades pequeñas, ciudades desindustrializadas de tamaño mediano o zonas rurales, en las que el empleo es cada vez más escaso y donde vemos una “retirada” de servicios públicos. El contexto de los barrios periféricos, empezando por las banlieuesfrancesas, es diferente. Esas zonas pobres se encuentran ahora dentro de metrópolis cada vez más ricas, e ilustran perfectamente el funcionamiento de la ciudad globalizada, en la que las desigualdades están constantemente en aumento. Son, de hecho puntos de recogida para una fuerza de trabajo destinada a empleos de bajas capacidades y mal pagados, que precisa la burguesía de la metrópolis (sobre todo, en la construcción, en servicios personales o de comidas). Se trata de un modelo potencialmente explosivo, porque en estos terrenos la división social esconde separación étnica.

¿Qué relación existe entre la crisis del mundo de la clase trabajadora, luego la de la clase media, y el ascenso del populismo de derechas? ¿Puede usted trazar una suerte de geografía social del fenómeno?

En todos los países desarrollados, el populismo se manifiesta dentro de la misma categoría sociológica (las clases bajas) y en la misma geografía (zonas rurales, ciudades pequeñas, pequeñas urbes desindustrializadas). La Norteamérica de la periferia fue la que eligió a Trump, y la periferia del Reino Unido la que decidió a favor del Brexit. Y aunque el contexto nacional, social y económico sea distinto, la dinámica que entrañan es más o menos la misma. En la región Norte-Paso de Calais, antiguo bastión de la izquierda, las clases trabajadoras, y especialmente los jornaleros y la población rural votan ahora al Rassemblement National de Marine Le Pen.

En este contexto social, ha surgido en Francia el movimiento de los gilets jaunes (“chalecos amarillos”). En su opinión, ¿qué representa y qué peso podría tener en el resultado de las elecciones en su país?

Creo que este movimiento representa la encarnación concreta del concepto de “la Francia de la periferia“. El mapa de las primeras protestas en las rotondas de tráfico en noviembre, donde empezó todo, se corresponde de modo preciso con la geografía de la Francia dispersa, donde encontramos a todos los grupos sociales más vulnerables, los que han quedado sometidos a una situación frágil por el actual modelo económico: tanto jornaleros como empleados, rurales y urbanos, jóvenes y pensionistas. Desde este punto de vista, los gilets jaunesrepresentan una señal positiva de la recomposición de una clase, algo que está actualmente en proceso. Sin embargo, es importante advertir que este movimiento no es de izquierdas ni de derechas sino que representa a las clases trabajadoras del siglo XXI, las cuales, si bien representan una mayoría, ya no parecen creer en la dualidad derecha-izquierda. Más allá de la cuestión del populismo, estamos viendo un éxodo desde la “sociedad líquida” de abajo, a cargo de las clases populares.

Habla usted del crecimiento de la “paranoia de la identidad” que acompaña al desarrollo del multiculturalismo. En su opinión, las clases dominantes promueven la apertura a los migrantes porque saben que pueden mantener inalteradas las “fronteras invisibles”—tanto sociales como urbanas—que les separan de los “extranjeros”, algo a lo que no pueden atenerse las clases trabajadoras. En su opinión, ¿de qué anticuerpos podríamos disponer contra el racismo?

Yo creo que las clases dominantes y la nueva burguesía explotan e instrumentalizan a los inmigrantes. Por esa razón hablo de la hipocresía de la “burguesía cool” que apoya las ideas de una ”sociedad abierta”, pero vive en realidad en sus ciudadelas segregadas, no en los vecindarios donde se concentra la inmigración. Así pues, es necesario dejar una cosa clara: la proporción de los racistas es exactamente la misma entre las clases trabajadoras y entre los burgueses. Si las clases altas y formadas no se deslizan hacia el populismo es sólo porque tienen los medios para erigir su “barrera invisible”. Esta es la razón por la cual cuestionarnos sobre esta cuestión constituye un requisito previo para reducir las tensiones. En mi trabajo he introducido el concepto de “inseguridad cultural”, tratando de mostrar que, sobre todo en un entorno de clase trabajadora, no es tanto la relación con “el otro” lo que suscita problemas sino más bien la inestabilidad demográfica la que lleva al temor de convertirse en minoría y perder un capital social y cultural al que se atribuye gran importancia. Es un temor que aflige a todas las clases trabajadoras, independientemente de sus orígenes.

En la conclusión de su libro, dice usted que el reto ya no estriba en “gestionar el declive social” sino más bien el de rehacer la sociedad de nuevo.

Creo que es la única educación posible. Pero no podemos “rehacer la sociedad” sin integrar a las clases populares que representan la mayoría de la población. Las protestas populares no lo detendrán, y los gilets jaunes y los partidarios del Brexit seguirán existiendo durante los próximos cien años si nada cambia. Por esta razón, las clases dominantes —incluyendo aquí a los partidos políticos— deberían revisar sus programas. Resulta necesario responder a nuevas necesidades sociales y culturales, teniendo en cuenta que la gente no va a desaparecer.

Christophe Guilluy
geógrafo de campo, hurga desde hace veinte años en las fracturas sociales francesas, a las que consagró un atlas en el año 2000, 'Atlas des fractures françaises' [Éditions L´Harmattan, 2000] seguido del 'Atlas des nouvelles fractures sociales' [Autrement, 2004] — coescrito con Christophe Noyé — y, en 2010, de 'Fractures françaises' [Bourin Éditeur]. Creador del concepto de “inseguridad cultural”, su libros más conocidos y discutidos son 'La France périphérique. Comment on a sacrifiè les clases populaires' [Flammarion, 2014] y 'Le Crépuscule de la France d'en haut' [Flammarion, 2016]. Acaba de publicar 'No society. La fin de la clase moyenne occidentale' (Flammarion, octubre de 2018)Fuente:
il manifesto global, 28 de mayo de 2019Traducción:Lucas Antón

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