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Cuestionando el final tradicional: una reflexión filosófica sobre la muerte digna


Más allá de los dilemas éticos propios de la eutanasia, afrontar la muerte digna conlleva una serie de reflexiones filosóficas que pueden resultar de enorme interés para la definición del sujeto contemporáneo.



Do El Salto, 28 de Fevereiro, 2019
ADRIÁN BAQUERO GOTOR, PROFESOR DE FILOSOFÍA. DOCTORANDO.


El filósofo Antonio Aramayona, que en 2016 decidió voluntariamente poner fin a su vida, en una captura del documental “Tabú de Jon Sistiaga: Y al final, la muerte” (youtube.com)

Una de las reflexiones éticas más comunes en nuestra sociedad contemporánea es la cuestión de la muerte digna. En la actualidad, solo un reducido número de países en todo el mundo da cobertura legal y garantiza el derecho a morir a aquellos habitantes que, por circunstancias vitales, piden finalizar su vida anticipadamente. Aquellos países que no ofrecen la eutanasia como una alternativa legal y penalizan cualquier forma de asistencia al suicidio, obligan a sus habitantes a llevar a cabo estas prácticas en la clandestinidad, sin ofrecer los medios más adecuados para poder garantizar un final de vida digno y menos traumático. A pesar de ser una cuestión que ciertos sectores políticos prefieren evitar, estamos ante un debate muy vivo en la población, pues aborda una problemática que nos va a afectar cada vez más en el futuro.
El planteamiento de una muerte digna surge en un momento muy particular de nuestra historia, pues gracias a los indiscutibles avances de nuestra civilización en ciencia, medicina e higiene, actualmente podemos alargar nuestra vida más que en épocas anteriores. Incluso podríamos calificar este aumento en la esperanza de vida como “antinatural”, ya que lo conseguimos gracias a medios artificiales (creados por el ser humano) que nos permiten superar ciertos problemas de nuestra naturaleza. A pesar de que, indudablemente, es uno de los grandes logros de nuestra especie, este alargamiento antinatural de la vida nos enfrenta hoy a una pregunta relevante: ¿hasta qué punto merece la pena alargar nuestra vida? No estamos ante una pregunta completamente nueva, pero sí ante una cuestión de actualidad en una sociedad cada vez más acostumbrada a ver cómo, en ocasiones, sus mayores y sus enfermos alargan la vida en unas condiciones pésimas.

La explicación de la muerte ha quedado tradicionalmente monopolizada por el discurso religioso sin dar opción a otros planteamientos que lo cuestionen.

El debate ético que se genera en torno a la legalización de la eutanasia enfrenta múltiples puntos de vista: están los que piensan que es un ejercicio de libertad de elección, los que consideran que es inmoral el ayudar o practicar la asistencia al suicidio, los que amparados en sus ideales religiosos creen que es un atentado contra la vida, etcétera. Pero, más allá de los dilemas éticos propios de la eutanasia, afrontar la muerte digna conlleva también una serie de reflexiones filosóficas que pueden resultar de enorme interés para la definición del sujeto contemporáneo.

CUESTIONANDO LA TRADICIÓN

Tratando de aproximarnos a la muerte digna como un fenómeno cultural propio de nuestro tiempo, podemos detectar un aspecto de enorme interés antropológico: la muerte digna se presenta como una nueva forma de experimentar la muerte, cuestionando las ideas y costumbres propias de nuestra tradición. Al margen de las creencias metafísicas actuales, es evidente que nuestra manera de concebir la muerte (tanto en lo ceremonial y ritual, como en el sentimiento personal) todavía está muy marcada por esas ideas propias del cristianismo que han quedado fosilizadas en nuestra conciencia cultural. De hecho, los detractores de la eutanasia todavía siguen amparándose en la idea cristiana de que la muerte es algo que obedece a la voluntad divina, negando el derecho a poner fin voluntariamente a la propia vida y juzgando cualquier forma de suicidio como inmoral. Así, la muerte ha llegado hasta nuestros días como uno de los tabúes más sombríos de nuestra cultura, pues la explicación de la muerte ha quedado tradicionalmente monopolizada por el discurso religioso sin dar opción a otros planteamientos que lo cuestionen.

No es casualidad que la cuestión de la muerte digna haya surgido justo en este momento de nuestra historia en el que las creencias propias del modelo cristiano tradicional entran en crisis. En esta nietzscheana búsqueda de nuevos valores en la que se ha embarcado nuestra sociedad, con el propósito de superar las viejas supersticiones, perseguimos una nueva manera de entender ciertos aspectos de nuestra existencia que tradicionalmente han sido explicados por el cristianismo. Con respecto a la muerte, en la actualidad se puede comprobar cómo es cada vez más común el que se practiquen nuevos rituales funerarios alternativos a la ceremonia religiosa y a la sepultura clásica cristiana. Curiosamente, algunos de estos rituales alternativos se inspiran en ritos funerarios paganos, siendo la historia de las culturas una interesante fuente en la que el sujeto contemporáneo puede rastrear otras maneras de experimentar su relación con la muerte, más próximas a sus nuevas creencias metafísicas. De igual manera, algunos partidarios de la muerte digna también han recurrido a investigar otras experiencias de la muerte en la Antigüedad, encontrando argumentos para justificar que el suicidio ha sido entendido en algunas culturas paganas como una vía honrosa y digna de liberación ante grandes problemas de la existencia.

La muerte digna se presenta como una nueva forma de entender la muerte, pero también nos obliga a replantearnos una nueva forma de entender la vida. Pensar otra muerte en este contexto poscristiano lleva necesariamente a redefinir ciertos valores que aplicamos en nuestra vida.

En este sentido, podríamos afirmar que la muerte digna se presenta como una nueva forma de entender la muerte, pero también nos obliga a replantearnos una nueva forma de entender la vida. Pensar otra muerte en este contexto poscristiano lleva necesariamente a redefinir ciertos valores que aplicamos en nuestra vida, pues una de las premisas que plantean los defensores de la muerte digna es que debemos entender el momento de la muerte como un último acto de vida, en absoluta concordancia con los valores que han caracterizado a la persona a lo largo de su vida.

DIGNIDAD, LIBERTAD Y SUFRIMIENTO

El primer valor que sería adecuado redefinir es el propio valor de la dignidad. Este valor ha sido atribuido tradicionalmente al sujeto por el vínculo con su religión, pero en nuestra historia reciente se ha replanteado su sentido en una linea más social y humanística, siendo uno de nuestros valores fundamentales a partir de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Entendemos que la dignidad promueve un modelo de vida en la que se respetan los derechos elementales que poseemos por el mero hecho de ser humanos, pretendiendo evitar todo tipo de agravio o degradación. Asumiendo esa premisa antes mencionada, los defensores de prácticas como la eutanasia entienden que una muerte es digna cuando se produce sin atentar contra los derechos fundamentales que han hecho digna a una persona durante la vida, dándose una completa concordancia de valores entre el sujeto, su vida y el momento de su muerte. De esta manera, uno de los grandes retos que se nos plantea es aclarar qué es lo que entendemos por una vida digna, para poder reflexionar sobre qué tipo de muerte podría también considerarse como digna.

Otro valor que se pone en cuestión es el de la libertad, pues el debate social sobre la muerte digna también conlleva una importante reflexión sobre los límites de nuestras libertades. Otra de las premisas de quienes defienden estas prácticas es la de permitir decidir libremente a cada persona sobre su propia muerte, siempre que esa persona pueda tomar su decisión de manera racional, autónoma y siendo consciente de las consecuencias. Esto tiene unas implicaciones filosóficas importantes en esta era poscristiana, pues supone asumir que ahora el sujeto es dueño de su propio destino y posee cierta capacidad para elegir el momento más adecuado y la manera menos mala de morir. Pues, al fin y al cabo, cuando la vida se ha convertido en una condena al sufrimiento, la muerte puede ser recibida como una liberación.

Es precisamente en el sufrimiento donde encontramos una de las reflexiones más interesantes. Se tiende a justificar la muerte digna como una manera de escapar del sufrimiento, en concreto de un sufrimiento que no puede ser erradicado en lo que resta de vida. Buena parte de la sociedad acepta la eutanasia para enfermedades terminales que producen un elevado grado de dolor físico, pero sin embargo no ve con tanta claridad que se apliquen estas técnicas a otras personas que las demandan con otros perfiles distintos. Hablamos de personas con importantes limitaciones físicas (pero sin dolor), personas que quieren evitar las consecuencias futuras de ciertas enfermedades degenerativas, e incluso también personas que dicen sentirse “hastiadas” de la vida o que creen que ya han cumplido sus objetivos vitales y no quieren vivir más. En estos casos, aunque la persona no sufre un dolor físico inmediato, se solicita un adelanto prematuro de la muerte siempre bajo criterios racionales, y asumiendo que esa situación que experimenta le produce algún tipo de sufrimiento vital no atribuible a un trastorno mental. Todo esto abre un interesante debate sobre dónde debemos poner los límites de lo que podemos considerar como “sufrimiento” para un ser humano, y sugiere una reflexión sobre si aquellos dolores que no son físicos podrían ser causa suficiente para justificar la aplicación de un suicidio asistido.

En conclusión, más allá de los debates éticos, afrontar la muerte digna nos brinda una buena oportunidad para que nuestra generación reflexione sobre cuál es la forma de vida que realmente quiere en este horizonte poscristiano. En este sentido, tanto para sus defensores como para sus detractores, la muerte digna invita a redefinir aquellos valores con los que guiamos nuestra vida, que se deben hacer extensibles a lo largo de la misma hasta su propio fin. Otra cuestión interesante será la de si prácticas como la eutanasia o el suicidio asistido deben ser un derecho garantizado para aquellos que lo soliciten en nuestras sociedades futuras. Los detractores argumentan que estas técnicas atentan contra el derecho más primordial: el derecho a la vida. Sin embargo, cada día más personas demandan este tipo de final, evitando mantenerse aferrados a una vida que se convierte en una tortura hasta el último de sus días. Esas personas, como decía Ramón Sampedro, consideran que la vida debe ser un derecho, pero no una obligación.

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