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El poblamiento extremadamente rápido de las Américas

Do Sin Permiso, 02 de Dezembro, 2018
Por Ed Young 


Dos estudios genéticos muestran cómo los primeros nativos americanos se esparcieron por su nuevo continente con una increíble velocidad.

Hace decenas de millares de años, dos placas de hielo gigantes estrangularon las partes más septentrionales de lo que desde entonces se conoce como América del Norte. Estas gigantescas placas medían más de dos quilómetros de altura y contenían 1,5 veces la cantidad de agua que la Antártica contiene hoy en día. Eran una barrera intimidatoria, imposible de traspasar por aquellos primeros humanos que empezaron a emigrar desde Asia, cruzando un puente de tierra que durante un tiempo conectó las regiones que hoy llamamos Rusia y Alaska. Sin embargo, en cuanto el hielo empezó a fundirse esas gentes –los ancestros de los actuales Indígenas americanos– se propagaron hacia nuevas tierras más al sur.

¿Qué pasó después?

Estudios genéticos –basados en restos de la época– ya habían señalado que en cuanto los primeros indios americanos llegaron al sur del hielo –hace entre 14.600 y 17.500 años– se dividieron en dos grandes ramas. Una se quedó más al norte, dando lugar a los pueblos de habla algonquina de Canadá. La otra se dirigió al sur, originando la cultura Clovis y a los pueblos suramericanos y centroamericanos. Ese es un esquema muy aproximado, pero un nuevo estudio de J. Víctor Moreno-Mayar y sus colaboradores aporta más información al respecto, demostrando que lo que hubiera pasado al sur del hielo, pasó rápido.

Este nuevo estudio ha secuenciado los genomas de 15 antiguos seres humanos procedentes de lugares que iban desde Alaska hasta la Patagonia. Los restos de una persona en Spirit Cave y una en Lagoa Santa en Brasil fueron especialmente reveladores. Todos estos seres humanos habían vivido hace poco más de 10.000 años y aunque habían vivido separados en algunos casos por 6.300 millas, su ADN era sorprendentemente similar. Genéticamente, también eran muy similares a Anzick-1, un famoso bebé de Montana que vivió unos 2.000 años antes que los 15 individuos analizados.

Todo esto sugiere que, hace unos 14.000 años, el linaje sureño de los primeros indios americanos se expandió por todo el continente con una velocidad asombrosa. Para hacerse una idea de sus movimientos, uno no debe pensar en un árbol que crece lentamente, de donde van emergiendo nuevas ramas. En su lugar, uno debe imaginarse una explosión estelar, con multitud de rayos emergiendo de ésta y alejándose rápida y simultáneamente.

En cuestión de siglos, esas gentes habían llegado al sur de las Montañas Rocosas por ambos lados, travesando el Gran Basin y llegando a las tierras altas de México. Tras un par de milenios más, habían travesado los Andes a través de la Amazonia y habían llegado tan al sur como el continente permitía. “En cuanto llegaron al sur del hielo, encontraron un vasto territorio que era abierto y estaba lleno de recursos”, señala Moreno-Mayar, quien actualmente se encuentra en la Universidad de Copenhague. “Eran expertos cazadores-recolectores, de manera que se expandieron muy rápido.”

Este patrón confirma las sospechas de los arqueólogos, cuyos hallazgos sugerían ya desde hace tiempo que los humanos aparecieron repentinamente a lo largo de las Américas hace unos 13.000 años en adelante. “Ahora se puede observar ese mismo hecho en la genética” señala Moreno–Mayar.

De manera coincidente, simultánea, e independiente, un segundo grupo de investigadores liderados por Cosimo Posth, del Max Plank Institute for the Science of Human History, identificó esa misma pauta. Estudiaron el ADN de 49 antepasados humanos de la América Central y del Sur y encontraron pruebas similares de una rápida expansión y de una migración hacia el sur que conecta la cultura Clovis del norte con los primeros pobladores de Belice, Brasil y Chile.

Estos estudios muestran que las historias de las Américas son más complejas de lo que los estudios genéticos anteriores sugerían, dice Deborah Bolnick, una antropóloga de la Universidad de Connecticut. Pero este hecho se debe más a que los estudios anteriores fueron excesivamente simplistas, no al hecho de que los nuevos resultados sean sorprendentes. “Muchas líneas de investigación, incluyendo los estudios arqueológicos, han sugerido que diversos grupos de gente –descendientes de ancestros comunes, pero sin embargo distintos– han vivido, se han desplazado y han interactuado en las Américas a lo largo de milenios” señala la misma antropóloga. “Generalmente, eso es lo que estos [nuevos] estudios nos muestran.”

Sin embargo, estos trabajos no solo están reinventando la rueda. Por ejemplo, las herramientas de los pueblos Clovis eran tan diferentes de aquellas halladas en Spirit Cave (que se encuentra al otro lado de las Montañas Rocosas) que algunos estudiosos tomaron ese hecho como prueba de que las Américas fueron inicialmente pobladas por dos grupos genéticamente distintos. Moreno-Mayar y sus colaboradores han falseado esa hipótesis: han demostrado que los dos grupos –pese a ser culturalmente distintos– eran genéticamente similares.

Ambos equipos también encontraron evidencias de oleadas de migración posteriores que tuvieron lugar mucho después de que las Américas fueran inicialmente pobladas –aunque los detalles relativos a estas difieren entre los dos estudios–. Los datos de Posth señalan que se dio una segunda oleada de gente que entró en América del Sur hace unos 9.000 años, los genes de los cuales desplazaron a los de los anteriores pueblos vinculados a nivel genético con los Clovis y que tenían una conexión directa con los grupos indígenas que persisten hoy en día. En contraste con lo anterior, los datos de Moreno-Mayar hablan de un proceso migratorio de menor calado en el que grupos relativamente pequeños se esparcieron lentamente al norte y sur de México hace unos 8.000 años, añadiendo sus genes a los de la población local sin suplantarlos del todo. Sea como fuere, estos estudios “desafían la idea de que los pueblos nativos americanos de hoy en día descienden de una sola y homogénea población ancestral” apunta Maria Nieves-Colón, una genetista que trabaja en el Laboratorio Nacional de Genómica para la Biodiversidad (LANGEBIO) de México.

Los dos estudios también discrepan en un resultado particularmente desconcertante y controvertido. En 2015, los líderes de los equipos de investigación de Posth y Moreno-Mayar descubrieron que los indígenas que hoy en día persisten en el Amazonas comparten pequeños rasgos de un parentesco ancestral con pueblos de Australia y Papúa Nueva Guinea –lugares en el otro lado del Pacífico–. En su nuevo estudio, el equipo de Moreno-Mayar halló ese mismo fragmento de ascendencia australiana en unos restos de hace 10.400 años en Lagoa Santa (Brasil), pero no lo encontraron en los otros restos que examinaron. “Cada explicación que se nos ocurre para ese hecho es menos plausible que la anterior” dice Moreno-Mayar.

Si las personas de ascendencia australiana entraron de alguna manera en América antes que los primeros indios americanos, ¿cómo llegaron hasta Brasil sin dejar ningún rastro –genético o arqueológico– en América del Norte? Si entraron después de que los primeros indios americanos llegaran al continente, ¿cómo llegaron desde Alaska hasta Brasil sin interactuar con ningún otro colectivo? Si navegaron a través de todo el Pacífico, después de (hipotéticamente) haber inventado cierta tecnología marinera milenios antes que los pueblos de la Polinesia, ¿Cómo cruzaron los Andes y se adentraron en la Amazonia?

No resulta de mucha ayuda para resolver este enigma el hecho de que el equipo de Posth no encontrara ningún rastro de ADN australiano en los restos que analizaron, incluidos aquellos de la región de Brasil. Podría ser que la gente de esa área fuera muy diversa, o que la señal de Australasia sea un error. "La única forma de obtener una mejor respuesta es hacer más estudios sobre otras muestras antiguas", agrega Moreno-Mayar.

Esos estudios están, seguro, de camino. El análisis del ADN de los huesos antiguos es un campo en auge dentro del ámbito de la ciencia, con nuevos descubrimientos surgiendo mensualmente. Sin embargo, tales estudios pueden dañar a las comunidades indígenas que tienen vínculos con restos ancestrales, socavando las demandas de repatriación de los restos a analizar y otras disputas legales, dañando sus identidades al contradecir sus historias o aumentando su estigma al revelar una mayor propensión a la enfermedad. Pese a estos riesgos, las comunidades indígenas han sido excluidas repetidamente de las investigaciones que involucran a sus parientes ancestrales. El genoma de “El Anciano”, un esqueleto de hace 8.500 años hallado en Kennewick (en el Estado de Washington, Estados Unidos), fue estudiado contra la voluntad de las tribus de la meseta de Columbia, que querían que sus restos les fueran devueltos y enterrados. Apenas el año pasado, se retiraron unos restos del cañón del Chaco sin consultar a ningún pueblo nativo.

Muchos científicos indígenas y sus aliados han empezado a presionar a sus colegas para que se pida permiso a las tribus antes de hacer algún trabajo, para implicarles en la investigación y para compartir los resultados. Sólo este año, dos manifiestos señalando la necesidad de aplicar estas prácticas fueron publicados en las principales revistas científicas. Y los investigadores están escuchando. En 2015, asistí a un debate sobre este tema en una de las principales conferencias de genética, en una estancia mayormente vacía con sólo una docena de personas. Este año, un acto similar que se organizó atrajo a tantos asistentes que el público llegaba hasta una sala adyacente –igualmente llena– a la que se realizaba el acto en sí.

Este cambio se está volviendo evidente en los nuevos trabajos que se publican recientemente. El artículo de Posth por ejemplo, incluye una declaración ética antes de describir los resultados del estudio. “Más que en ningún otro proyecto en el que haya estado implicado, prestamos mucha atención a la interacción con las comunidades, curanderos y organizaciones locales” me comenta el mismo investigador.

El equipo de Moreno-Mayar también se tomó en serio las críticas por los errores pasados. Antes de estudiar los restos de una momia de hace 10.600 años hallada en Spirit Cave, Eske Willerslev, el líder del equipo pidió permiso a la tribu de Paiute-Shosone, que tenía una relación cultural con los restos. Los miembros de la tribu se negaron inicialmente y Willerslev aceptó su decisión. Sin embargo, cambiaron de parecer al darse cuenta de que un estudio genético podría resolver el largo debate legal relacionado con los mismos restos.

La momia de Spirit Cave –un hombre de unos 40 años– fue hallada por dos arqueólogos en la década de 1940 y se conservó en un museo de Nevada (Estados Unidos). La tribu quería repatriar la momia, algo que el gobierno federal rechazó después de que algunos académicos argumentaran que, por la forma del cráneo de la momia, esta no tenía ningún parentesco con los indios americanos contemporáneos. Después de que el análisis de Willersley desacreditara su teoría, el esqueleto fue devuelto a la tribu en 2016 y enterrado de nuevo. A lo largo del proceso, miembros de la tribu fueron a Copenhague, supervisaron el trabajo y –aún más importante en opinión de Moreno-Mayar– enseñaron a los genetistas sobre su cultura. Estos pasos no sólo consisten en marcar varios “checks” en una lista de principios éticos, dice el mismo investigador, sino que tratan de “intentar entender otras formas de ver el mundo.”

El equipo también unió fuerzas con miembros de otras comunidades indígenas para estudiar diferentes conjuntos de restos. El suplemento que acompaña su artículo contiene cartas de apoyo. Dos líderes tribales son co-autores del artículo, lo que representa su condición de socios en la investigación, en vez de simples autorizantes del proceso de recogida de datos. “El equipo ha hecho un esfuerzo sincero para conectar con las comunidades indígenas” señala Nieves-Colón. “Aún nos queda un largo camino por recorres, pero es fantástico poder ver el cambio de tendencia actual, que lleva a las consultas éticas a ser la norma y no la excepción.”

Agustín Fuentes, antropólogo de la Universidad de Notre Dame, está particularmente impresionado con el estudio de Moreno-Mayar, que, según afirma, muestra un intento profundo por rectificar las prácticas problemáticas del pasado. “Incluye la participación indígena y se centra en la población de las Américas en vez de el poblamiento de las Américas,” dice. Esto significa que el documento empodera a los antiguos individuos que describe, en lugar de simplemente destilarlos en conceptos abstractos de "flujo genético". Este es el tipo de diferencia sutil que refleja el compromiso genuino con los grupos indígenas, tal y como también refleja el uso de la palabra Indígena. "Cualquier objeto puede ser indígena, pero las personas o grupos de personas deben tener mayúsculas", señala Krystal Tsosie, un genetista indio americano en la Vanderbilt School of Medicine. “Es un detalle pequeño pero importante.”

La situación ética es más difícil de analizar en América del Sur, donde a menudo no hay comunidades tribales que reclaman el parentesco con un conjunto determinado de restos; En tales casos, los dos equipos contactaron a funcionarios del gobierno local. "Esto puede ser problemático cuando las agencias gubernamentales no están motivadas para proporcionar una buena administración sobre los restos antiguos, especialmente si sus propias políticas hacia las comunidades indígenas actuales son cuestionables", dice Tsosie. Esas comunidades "no tienen las mismas protecciones que las naciones tribales soberanas de los Estados Unidos, y corresponde a los científicos no explotar políticas relajadas en otros países como un medio para eludir las prácticas éticas".

Keolu Fox, un nativo de Hawai en la Universidad de California en San Diego, también preferiría que los científicos indígenas se encargaran ellos mismos de este campo de investigación. “Queremos crear algún tipo de infraestructura donde nuestras comunidades se beneficien de este trabajo”, dice. “La nueva pauta en la investigación debería permitir a los pueblos indígenas contar sus propias historias.”
Ed Young
es redactor de ciencia en The AtlanticFuente:
https://www.theatlantic.com/science/archive/2018/11/what-happened-after-people-first-arrived-americas/575335/?utm_source=pocket&utm_medium=email&utm_campaign=pockethitsTraducción:Miquel Caum

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