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Justicia para la Amazonia ecuatoriana

Do Rebelión, 18 de julho, 2018

Fander Falconí
Rebelión

The Vietnam War, el documental de Netflix que en diez episodios describe la intervención militar norteamericana en Vietnam, no oculta el ecocidio cometido por el gobierno estadounidense al bombardear con napalm el bosque para evitar que se oculten las guerrillas del Viet Cong. “Era una tierra bonita y fértil”, relata uno de los personajes entrevistados, lo que me recordó lo ocurrido en nuestra Amazonía.

“El Oriente es un mito”, declaró hace casi 70 años un presidente ecuatoriano. Es probable que en ese tiempo las empresas petroleras ya sabían que en nuestra Amazonía había petróleo. Aun sin el petróleo, el Oriente no es un mito. El chocolate de exportación hecho con uno de los cacaos más finos del Ecuador hoy proviene de la provincia del Napo.

En la década de 1950 tal vez Galo Plaza ignoraba lo que las petroleras ya sabían (Jaime Galarza, El Festín del Petróleo, 1972). Lo cierto es que en 1964 la Texaco, una de las grandes transnacionales del mundo, anunció un pozo productivo y desarrolló el yacimiento de Lago Agrio, cerca de Nueva Loja, hoy provincia de Sucumbíos. Una vez construido el oleoducto transecuatoriano, inició la exportación en agosto de 1972.

Recientemente estuve en Sucumbíos. La belleza y la fertilidad de esa tierra son admirables, al igual que las de Vietnam. Pero una mirada más acuciosa hace ver las huellas de otro ecocidio, el cometido por la Texaco.

En la década de 1970 la Ecología era una ciencia relativamente nueva. Pero ya se empezaban a adoptar medidas contra la contaminación. Pero esto no sucedió en el Oritente ecuatoriano. El régimen nacionalista de Rodríguez Lara forcejeó con el consorcio Texaco-Gulf para obtener mayor participación en la renta petrolera y obligó a todas las empresas a renegociar sus contratos de concesión. La dictadura militar constituyó la Corporación Estatal Petrolera Ecuatoriana (CEPE) y afilió al país a la OPEP.

Texaco comenzó la extracción del petróleo ecuatoriano cuando el precio por barril saltó de 2,8 dólares en 1972 a 15 dólares en 1974 y a 39,5 dólares en 1980. A pesar de esto, la codicia de esa transnacional hizo que buscaran reducir los costos de extracción y transporte, a costa de la gente y de la naturaleza. Los contratos de explotación especificaban métodos anti contaminantes similares a los usados en los campos petroleros de Texas. Sin embargo, Texaco arrojó a la superficie y a los acuíferos, en forma sistemática, desechos de toda índole, incluso aguas de formación. A veces tapaba las áreas destruidas con “chambas” (pedazos de tierra con hierba común), para ocultar la tierra quemada.

Texaco perforó 356 pozos y 1.000 fosas, y las abandonó sin las precauciones establecidas en los contratos. Dejó al aire libre desechos contaminantes, incluso 162 piscinas contaminadas. Esto afectó a miles de colonos e indígenas de varias nacionalidades amazónicas. Texaco es una subsidiaria de Chevron desde 2001. En ese año estudié detenidamente el caso, pues fue uno de los temas de mi tesis doctoral. Entre 1964 y 1990, Texaco (hoy parte de Chevron) fue la empresa petrolera que extrajo petróleo de esa concesión, según consta en los contratos correspondientes.

No todos los daños sociales y ambientales ocasionados por Texaco se veían a simple vista. Las comunidades indígenas empezaron a sentirlos en sus tierras y en su salud. Estos ciudadanos demandaron a Texaco. Un largo litigio iniciado hace más de 20 años pasó de las cortes ecuatorianas a una corte de Nueva York y regresó. La empresa multinacional que hoy es parte de Chevron dejó de operar en Ecuador en 1992, pero sigue activa en Estados Unidos y en otras partes del mundo.

Evidencia de la contaminación causada por Texaco-Chevron en la Amazonia ecuatoriana. Foto: El Telégrafo.
La Corte Constitucional de Ecuador, en un fallo de última instancia, ha condenado a Chevron a pagar US$ 9.500 millones a los pobladores de la Amazonia ecuatoriana, como indemnización por los daños ambientales causados entre 1964 y 1990.

Esta sentencia, que ordena y cuantifica una reparación por un crimen ambiental, tiene trascendencia mundial. Este litigio ambiental, tal vez el más comentado en los últimos 20 años, crea un precedente en la justicia ambiental, principio reconocido en la Encíclica Laudato Si de 2015. El tema ha trascendido a todos los medios conscientes de la crisis planetaria.

El mundo está despertando, los costos ambientales de las actividades extractivas son cada vez más evidentes. Cuando el cambio climático empiece a afectar a las transnacionales petroleras se levantarán de su siesta irresponsable. Ojalá no sea demasiado tarde. 

Fander Falconí Benítez: economista ecológico y académico ecuatoriano. Actualmente es ministro de Educación de Ecuador.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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