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El estiramiento de la sangre

Racismo: de la colonia a la república



Do Rebelión, 9 de Junho, 2018
Por Juan Montaño Escobar


A la hermana Catherine Walsh

Nosotros somos el ‘otro’ en las sociedades latinoamericanas. Un ‘otro’ sentado en la mesa poligonal, por nada redonda u ovalada, porque la geometría de la colonialidad del poder distingue y aproxima, posiciona y a la vez limita el posicionamiento. Esos límites tienen sus artificios y sus complicadas elaboraciones para perpetuar el uso opresivo de la raza (sin comillas, porque es algo serio). En las salas de conversaciones o discusiones en alguna ciudad brasileña, colombiana o ecuatoriana desoyendo las teorizaciones se ubica desigualdad e inequidad en explicaciones gráficas y numéricas como democracia social, democracia político y democracia racial. Otra vez la mesa, ahora circular, es el intento situacional de reaprender sobre una sola y perfecta orilla, disminuir cualquier jerarquía, porque es la comarca mínima de vecinos sentados sin más importancia que el reconocimiento comunitario. A cada convidado le corresponde la totalidad de miradas y abrazos.

Las miradas trajeron más palabras y más acercamientos, todo aquello multiplicado por las dificultades configuró las comunidades, por el camino se consolidaron troncos familiares o familias ampliadas. Es metáfora probable del Abuelo Zenón: “la sangre estira pero no arranca”. O “una sola sangre”, esa definición de un solo pueblo desde muy arriba de la costa (Esmeraldas, Ecuador) hasta muy abajo de la costa pacífica colombiana acordada por generaciones educadas en el ejercicio de la oralidad inmediata y directa del reconocimiento de propios. Siempre era de ahí, corrido hacia allá y la visita testimoniaba cercanías quizás sin precedentes. O mejor poco de antes y mucho de ahora, porque ya sabían y contabilizaban triunfos. Ese cosmorama afro-existencial estableció resistencias cimarronas (escapes y retornos) para derrotar al derrotismo impuesto por los colonialistas e impedir la afirmación y perpetuación del dominio racial. Eso es lo que hay.

Las lumbres haitianas mejoraron comprensiones para que “en el Ecuador, tal vez como en otros países de la región, la afro-existencia ha sido moldeada, significada y construida sin y a pesar del Estado; en esencia, a contradecir al Estado mismo” [1] . Así fue el diseño múltiple de las comunidades afroamericanas, pensado para ese ‘día después’ de la derrota de los colonialismos europeos e incluyó preocupaciones por el ningún cambio en las nacientes republicas y el desasosiego por qué respuestas políticas elegir esas con medios bélicos o aquellas de negociación. No alcanzó el tiempo político y los liderazgos cimarrónicos fueron superados por unas circunstancias apabullantes y favorables a los clasificados en la cima socio-racial de la colonia. En esas décadas de transición hacia la formación de las repúblicas debió ganar la confusión a cualquier favorable decisión comunitaria. No siempre, pero a veces la palabra ‘libertad’ también tiene brillos engañosos.

En la región de la costa pacífica de lo que después sería Colombia y Ecuador las comunidades negras de libertos y esclavizados debieron considerar identidades sociales y familiares dentro de una intimidad (importando quizás orígenes y ética de la sangre) o bastante cercanas como para construir fraternidad (bondeko[2] ) fuerte y decisiva. ¿Para qué? Para volver predecible la incertidumbre del postcolonialismo de los próximos meses o años. Eran apuros competitivos entre quienes firmaban leyes para sus proyectos políticos y aquellos que veían el mundo inmovilizarse en las mismas opresiones. Las sociedades blancas independentistas sabían lo de Haití y dos, tres o más repúblicas haitianas en las Américas debieron si no aterrorizarlas al menos preocuparlas y si llegaba una confrontación bélica otorgarían veracidad desfavorable a sus discursos racistas de superioridad. Pero la preocupación suprema eran las riquezas, ¿quiénes las producirían? ¿Y el trabajo en las minas de oro? ¿Y en las plantaciones? ¿Y las construcciones de las nacientes ciudades costeras? Devuelto a la voz baja, aunque ni tanto, por la llamada Ilustración europea, las conversaciones sobre las “razas inferiores” que debían servir a las “superiores” no ocurrían de vez en cuando. Sabían que sería el principio o el fin de la acumulación de la riqueza. “Es desde este momento que se institucionaliza de manera más sistemática la idea de raza y el racismo institucional como principio organizador de la división internacional del trabajo y la acumulación capitalista a escala mundial” [3] , escrito para otro momento histórico también vale para estas líneas.

Los amaneceres traían sus afanes de enredos entre pesimismos y optimismos en estos territorios que ya eran territorialidad (apropiación reparativa de un bien físico y aplicación a él de unas filosofías milenarias sin olvido), esas breves magias matinales motivaban a continuar las reinvenciones instrumentales y sociales, renovar acuerdos y fortalecer las creencias en la libertad más allá de los cuerpos sujetos a límites mínimos de desplazamientos. Juan García Salazar, el cimarrón mayor de nuestro proceso, asegura que las comunidades de la costa afropacífica colombo-ecuatoriana tenían su ‘proyecto político’. O proyecto de vida para la sobrevivencia física y cultural al plan secular de destrucción raizal de quienes estaban apropiados de sus cuerpos parcial o totalmente, del limitar su espacio y tiempo. No fue esclavitud, como dominio absoluto de la fuerza de trabajo, era esclavización, la prolongación del dominio infinito del cuerpo hasta el “empobrecimiento ontológico” [4] . Y está claro, la maximización de la explotación del potencial intelectual y físico hasta la desaparición más allá inclusive de su condición de ánima prodigiosa de pampas y aposentos.

La esclavización en las Américas, valga amplitud continental, y aquella localizada en la costa afropacífica colombo-ecuatoriana, aproximándonos a una particularidad relacionada con nuestros ancestros, no solo fueron mercancía, en el sentido de valor de uso y valor de cambio, “también es una sustancia potencial. Esta sustancia, que le otorga su valor, proviene de su energía síquica. Se trata de sustancia-trabajo. El negro es, en este sentido, una materia energética” [5] . Mientras subía o bajaba el valor monetario, resultado de la utilidad y la sustitución de otro bien más o menos preciado, el ancestro esclavizado reinventaba el valor de su humanidad con las memorias de esa cotidianidad individual (sujeto y objeto de la oralidad emancipadora) y aun aquellas colectivas que hacían falta. La confrontación era desde el límite de la comunidad, en acto de resistencia de muchas insurgencias, hasta el individuo. Se validaban acciones grandes conocidas y pequeñas anónimas para no extraviarse en el laberinto de la autocompasión y favorecer la perpetuación del poder esclavizador.

En el ámbito difuso de claridad u oscuridad de los días, se vigorizaba y a veces se debilitaba la voluntad de vida para alcanzar con sus humanidades, en ese presente, o con las humanidades parientes en próximos tiempos, la emancipación y autonomía existenciales. Por ese desprendimiento espiritual comenzaba la disponibilidad liberalizadora de los cuerpos esclavizados y en otros casos el final triunfante sobre la domesticación por resignación. Esas comunidades ancestrales entenderían que la servidumbre sin importar sus niveles y alcances empujaba muy atrás, a la nada del terror y del abatimiento cualquier inicio de proyecto político autónomo. Con ese anhelo de recomponer sus existencias vivieron, debieron transmitirlo, se modelaron generaciones y cada vez que podían producían epopeyas cimarronas para los próximos aprendizajes o para la mitología.

Las infinitas desventajas por la absoluta propiedad de los medios de producción (y de personas) durante el colonialismo europeo y después heredados al republicanismo americano blanco sin interferencias del republicanismo negro aumentó a extremos muy opuestos la diferenciación social organizada así por la economía política racializada. Ocurrió desde el primer minuto de creación de las repúblicas americanas.

Notas:

[1] Memoria colectiva, escritura y Estado. Prácticas pedagógicas de existencia afroecuatoriana, Catherine Walsh y Juan García Salazar, publicado en Cuadernos de Literatura Vol. XIX Nº 38, julio-diciembre 2015, p. 81.

[2] "Fraternidad", en lingala.

[3] Racismo/sexismo epistémico, universidades occidentalizadas y los cuatro genocidios/epistemicidios del largo siglo XVI, Tabula Rasa. Bogotá - Colombia, No.19: 31-58, julio-diciembre 2013, Ramón Grosfoguel, p. 48.

[4] Crítica de la Razón Negra, Achille Mbembe, Nuevos Emprendimientos Editoriales, SL, 2016, España, p. 138.

[5] Óp. Cit., p. 139.Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes

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