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¿Nuevo proletariado? ¿Nuevas luchas?

Concentración Kellys Meliá Alicante LIS GAIBAR
¿Siguen teniendo vigencia las herramientas de lucha empleadas históricamente por la clase obrera o ante los cambios que se han producido en la subjetividad colectiva del proletariado y en el modo de producción capitalista es necesaria la creación de nuevas formas de articulación?


Do El Salto, 04 de maio, 2018
Por JOSEP ARTÉSMIQUEL MARTÍNEZ, PROFESORES DE FILOSOFIA.


En los últimos meses se han multiplicado los combates para evitar que el capital siga ganando terreno mientras devora, a su paso, los derechos de capas cada vez más amplias de la población. A la victoria de la estiba o al éxito de las trabajadoras y los trabajadores afectados por recortes y despidos en distintas empresas multinacionales, les han sucedido experiencias de articulación colectiva en sectores productivos no tradicionales como el de las trabajadoras de las tiendas de moda, el de los nuevos repartidores a domicilio, el de las trabajadoras de los cuidados o el de los manteros y lateros. Con resultados desiguales, estos colectivos han seguido así los pasos de las Kellys y de su lucha al margen de los sindicatos tradicionales.

Ante las múltiples dinámicas de resistencia y de creación de alternativas que trazan estos colectivos, quizá sea el momento de plantearnos si siguen teniendo vigencia en la actualidad las herramientas de lucha empleadas históricamente por la clase obrera. Asimismo, podemos preguntarnos si ante los cambios que se han producido en la subjetividad colectiva del proletariado, así como en el modo de producción capitalista, no es necesaria y ya urgente la creación de nuevas formas de articulación más inclusivas y adaptadas a las necesidades de las personas que trabajan en sectores productivos en muchos casos alejados de la figura del obrero fabril.

EL CAPITALISMO CONTRA LA VIDA

Para entender los cambios que se han producido en la textura interna de la clase obrera, ahora mucho más diversa y también mucho más atomizada que tiempos atrás, habría que observar unos cuantos aspectos que nos parecen claves. En primer lugar, como indicó Foucault, el capitalismo se define en la actualidad como un sistema basado en la biopolítica. Esto quiere decir que el poder trata de controlar, de gobernar la vida en su conjunto y, con ello, de facilitar a las clases dominantes la extracción de beneficio de cada actividad que cada una y cada uno de nosotros realizamos en nuestros actos cotidianos. El eje de la explotación y de la alienación que tan bien delimitó el marxismo entre el capital y el trabajo, es decir, el conjunto de relaciones de producción que permitía al patrón de la fábrica ganar un beneficio a costa de la actividad de sus empleadas y empleados, ha ampliado ahora su radio de acción hasta alcanzar las relaciones que se dan entre el capital y la vida a todos los niveles. Desde esta perspectiva, el proletariado ya no se encuentra solo entre aquellos que son desposeídos directamente del producto de su trabajo sino entre todas aquellas personas que sufren la dominación capitalista bajo todas sus formas. Mujeres, personas racializadas, estudiantes, personas migrantes, precarias y precarios, personas con orientación sexual y de género diversa... forman la multitud que, junto con la clase trabajadora tradicional, se encuentran en la trinchera de las víctimas del capitalismo al tiempo que entretejen la base de una nueva subjetividad revolucionaria.


El sistema ha entendido que el nuevo campo de batalla se encuentra en los trabajos de tipo colaborativo y cooperativo, es decir, entre aquellas actividades comunes en base a unos códigos abiertos y compartidos.Asimismo, cuando el capitalismo nos quiere hacer creer que en la nueva fase en que nos encontramos la clase trabajadora puede disfrutar de una flexibilidad como la que nunca antes había tenido, lo que se esconde es un movimiento a través del cual se difuminan las fronteras entre el ocio y la jornada laboral, entre la familia o el grupo de amigos y la oficina, entre el trabajo y la vida. Poder realizar la jornada laboral en casa, en pijama y sentados en el sofá, implica también, pongamos por caso, que nos debemos acostumbrar a dormir al bebé con una mano mientras realizamos una transacción comercial con la otra a través del teléfono móvil. Por otra parte, en virtud del modelo biopolítico al cual estamos haciendo alusión, el poder tiene la posibilidad de actuar sobre la población sin necesidad de ejercer un dominio directo. Para ello es necesaria la creación de un medio propicio —las empresas de nueva creación, basadas supuestamente en la libre asociación entre las personas, serían un buen ejemplo por este lado— y de un tipo de subjetividad que acepta los valores del sistema y responde a los intereses de las clases dominantes incluso antes de que nadie lo pida —la figura del emprendedor emerge como una buena muestra por esta parte—.

De esta forma, además, el sistema capitalista se acerca a otro de los objetivos que ha perseguido casi desde su génesis: la pérdida de contacto entre aquellas y aquellos que hasta hace no tanto compartían su lugar de trabajo y, por ello, sus reivindicaciones y sus estrategias para combatir las políticas abusivas de los patrones. El sistema capitalista nos dice que sale mucho más a cuenta mantener una plantilla de personas que trabajan para la misma marca pero que al cruzarse por la calle quizá ni se lleguen a saludar —como así puede ocurrir entre las trabajadoras y los trabajadores de las nuevas empresas de reparto a domicilio—, que un espacio en el que las trabajadoras y los trabajadores no solo comparten una misma actividad sino también las angustias, la indignación y las ideas que les puede llevar a defender conjuntamente sus intereses de clase, como así hemos podido ver en el caso de la estiba.

Sin olvidar que el capitalismo ha secuestrado así, una vez más, las posibilidades de emancipación de la clase trabajadora. Ahora que, como señalan Hardt y Negri, con la eclosión de las nuevas tecnologías los medios de producción se pueden encontrar en un ordenador y en ocasiones condensarse en el cerebro del proletariado, dedicado cada vez más a tareas de tipo intelectual e inmaterial; ahora que la producción de afectos y las tareas basadas en los cuidados ganan terreno entre aquellas actividades necesarias para la reproducción de la sociedad; ahora, en definitiva, que la clase trabajadora podría producir de forma cada vez más autónoma, alejándose progresivamente de la extorsión capitalista, el sistema ha entendido que el nuevo campo de batalla se encuentra delimitado alrededor de los trabajos de tipo colaborativo, cooperativo, es decir, entre aquellas actividades que desde la perspectiva de los bienes comunes se dan en base a unos códigos abiertos y compartidos por gran parte de la población.

Mientras la explotación del trabajo por el capital se podía subvertir mediante un movimiento de apropiación de los medios de producción por parte de la clase obrera, la precariedad solo admite la abolición absoluta de todas las condiciones que la sustentan.

Todos estos elementos introducen un cambio en la distinción que introdujo Marx entre lo que denominó el trabajo vivo y el trabajo muerto. Si tenemos en cuenta que con el primero hacemos referencia a la actividad de la clase trabajadora y a su capacidad de transformar el entorno en función de sus necesidades mientras que el trabajo muerto alude, en cambio, al proceso según el cual las personas acaban siendo separadas del producto de su actividad, no nos es difícil entender que la mayor parte de empleos que se ofrecen en la actualidad no contribuyen sino a una conversión de toda actividad en trabajo muerto. A la falta de creatividad y a la ausencia de un beneficio que revierta en la sociedad, hay que añadir unas condiciones que —auspiciadas por las últimas reformas laborales— dejan a la población en situación de explotación y aun de precariedad creciente. Y como recuerdan también por este lado Hardt y Negri, mientras la explotación del trabajo por el capital se podía (y se puede) subvertir mediante un movimiento de apropiación del poder —es decir, de los medios de producción— por parte de la clase obrera, la precariedad que afecta a la vida en su conjunto (lo que no deja de ser otra forma de explotación) solo admite la abolición absoluta de todas las condiciones que la sustentan.

¿LA VIDA MÁS ALLÁ DEL CAPITALISMO?

Así pues, si a la precariedad creciente le sumamos la connivencia que existe en la actualidad entre el poder político y el poder financiero, tratar de huir —Hardt y Negri hablan de emprender un éxodo— de todo aquello que niega la vida, al tiempo que convierte el trabajo en una condena sin redención posible, es quizá uno de los métodos de lucha más apropiados para el nuevo escenario que estamos describiendo. Lo que implica que junto con la confrontación directa en la que se basan las jornadas de huelga o de lucha en general que históricamente se han practicado en los sectores productivos tradicionales —y que sin duda siguen dando sus frutos, como hemos podido observar en los recientes casos de Panrico o Coca-cola—, la puesta en marcha de alternativas que se alejen al máximo de las estructuras productivas jerárquicas, del trabajo asalariado, explotado y precarizado puede ser una de las salidas para muchos sectores de la población. La creación de cooperativas que vemos ganar terreno en los últimos años, ofrece un poco de claridad en este sentido.


Por otra parte, no debemos olvidar que si el capitalismo ha mutado hasta adoptar su forma biopolítica es porque aspira a extraer un beneficio de cada una de nuestras acciones, pero también porque ha entendido que la creación de riqueza se encuentra en la vida en su conjunto. Si tenemos en cuenta, además, que el sistema capitalista muestra en la actualidad su carácter más parasitario, pues no ceja en su empeño de imponerse en un contexto de autonomía creciente de las capacidades de producción de la clase trabajadora, quizá se trate de empezar a poner —como desde hace tiempo se reivindica desde la economía en clave feminista— la vida en el centro de nuestros parámetros a la hora de atribuir un valor a las actividades que realizamos. De hecho, esta convicción y las consecuencias que se seguirían de su aplicación real puede constituir en la actualidad uno de los mejores ejes alrededor de los cuales articular las nuevas luchas que necesariamente habrán de librar las nuevas (y las no tan nuevas, claro) figuras del proletariado. En este sentido, junto con la confirmación del protagonismo de los sindicatos combativos, los movimientos más recientes nos dejan algunas claves sobre cómo hacer efectivas las reivindicaciones por los derechos laborales, construidas desde la base y en horizontal, en torno a unos objetivos comunes pero respetando la heterogeneidad interna de los colectivos en lucha, comprometidas con la capacidad de decisión directa de los miembros del colectivo y expresándose de forma autónoma, optando así por evitar la delegación en las grandes centrales sindicales. Nuevas armas, en definitiva, para combatir las amenazas que no dejan de acechar a la clase trabajadora; nuevos métodos de lucha para construir espacios en los que la vida escape, tanto como sea posible, de las exigencias del capital.

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