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Trabajar para revertir el caos mundial

17º Congreso de la IV Internacional


Do Viento Sur, 08 de Março, 2018 
Por Ernesto M. Díaz


[Entre el 25 de febrero y el 4 de marzo de 2018, tuvo lugar el decimoséptimo congreso mundial de la IV Internacional. El congreso culminaba más de un año de discusiones mantenidas tanto a nivel internacional como en las distintas secciones. Representantes de más de 40 países se dieron cita en un pueblo belga con intención de intercambiar análisis y propuestas que refresquen el anticapitalismo mundial. Una tarea más que urgente frente al ascenso del caos y la extrema derecha. Una amplia delegación de Anticapitalistas estuvimos presentes en representación de la sección del Estado Español. Este artículo pretende sintetizar debates mantenidos en el congreso.]

El interregno congresual

Desde cualquier punto de vista, el congreso era más que necesario. Desde el último congreso mundial, celebrado en los primeros meses del 2010, la situación cambió espectacularmente. Había varios elementos de impacto internacional o continental que debían ser analizados, de los cuales se derivarían igualmente tareas políticas.

Hay algunos elementos que merecen ser enunciados: 1, el auge y el retroceso de las revoluciones árabes; 2, el nuevo auge de movimientos sociales con características inéditas, como los indignados del 15-M, Occupy Wall Street, Black Lives Matter…; 3, el auge prolongado del movimiento feminista; 4, las recomposiciones, descomposiciones y emergencia desigual de una nueva izquierda política en algunos países; 5, el auge de la derecha radical y de teofascismos en varias regiones del mundo.

Del caos geopolítico al caos ecológico

El congreso comenzó por un análisis del estado del capitalismo y de las contradicciones que genera. Seguimos en un periodo de fuerte crisis multidimensional internacional, a pesar de que haya sectores que parecen haber oído campanas sobre el final de esta. Por el contrario, a nivel económico se siguen gestando las condiciones para una nueva crisis económica que parece retrasarse un poco más de lo pensado.

Pero ya no nos situamos en un plano donde hablar de la crisis y de sus consecuencias sociales y ecológicas nos coloca en una posición de profetas u oráculos que nada tienen que ver con la realidad. El capitalismo parece haber entrado en un periodo político donde, al no ser capaz de solucionar la crisis de fondo, lucha por aprender a convivir con ella.

La crisis se hace permanente y los Estados, los partidos políticos y los capitalistas deben aprender a sobrevivir en un mundo donde, por culpa de la crisis permanente, se deshacen todos los antiguos acuerdos políticos: entre los Estados por el reparto del mundo, entre las clases por el mantenimiento del orden… Fruto de la crisis permanente nace el caos geopolítico, ecológico y social que comenzamos a vivir. Los tres elementos son fruto de la profunda inestabilidad del modo de producción capitalista.

¿Cuál es la traducción de esta situación en el reparto del mundo? Aunque no se puede decir que estemos asistiendo a una guerra abierta, es cierto que hay recomposiciones entre los países imperialistas a nivel internacional. El peso de Rusia, China o Brasil ha aumentado a nivel internacional, mientras que hay un retroceso del papel imperialista de Europa a la vez que una estabilidad de EEUU como superpotencia. Mientras que Rusia ha aumentado su presencia en el este de Europa o China desestabiliza los equilibrios asiáticos, Brasil se refuerza como potencia subimperialista en su zona periférica.

China ocupó un lugar particular en el debate. A pesar de las dudas de una ínfima minoría, los debates sobre China giraron en torno a su caracterización como estado capitalista y como nuevo imperialismo, y por lo tanto como peligro inmediato no solo para su región periférica, sino para el orden mundial.

El congreso expresó una clara preocupación sobre América Latina. La comisión sobre la región discutió mucho sobre el tremendo retroceso de los gobiernos “progresistas”, así como sobre la renovación de la tradición golpista (ya sea en versión abierta como en Honduras o en su versión institucional light como Brasil), al igual que sobre las tareas de los revolucionarios en el subcontinente. Particularmente importante fue el debate sobre la existencia o no de “fin de ciclo” en la región. El debate no es menor porque afecta directamente a las tareas políticas: si analizamos la situación como fin de ciclo, quizás estemos reduciendo la capacidad de respuesta del movimiento obrero y de los proyectos políticos generados durante el ciclo.Sería mejor matizar dicha caracterización a algo más ajustado a la realidad.

A nivel social, las consecuencias del neoliberalismo no son para nada nuevas. Los recortes, las privatizaciones, el rol autoritario y chantajista de la deuda… Todos estos elementos indican que sigue existiendo una ofensiva burguesa mundial que no es contestada por un movimiento obrero que sigue a la defensiva. Un debate bastante rodado en Europa y cuyo mayor ejemplo lo vemos con la Grecia del capitulador Tsipras.El auge del caos y de la lucha se afirma en paralelo al auge de la violencia en varias regiones importantes. Destaca el caso mexicano, donde las formas de violencia más extremas comienzan a ser un elemento estructural de la política.

A nivel político, el elemento fundamental es la existencia de una dinámica de polarización en ciertos países que no se traduce mecánicamente en un auge de procesos revolucionarios. Hay veces que esa polarización se expresa como crisis de gobernabilidad al no existir alternativa, otras veces (las menos) con la emergencia de alternativas de izquierda o con la renovación de tendencias de izquierda en el seno de partidos clásicos, como ejemplifican Sanders o Corbyn. Pero también y sobre todo, con un auge de la derecha radical en varias zonas del mundo que parece ser el mejor recambio a los consensos insostenibles del siglo XX.

Los debates se centraron menos en un dato que es sin embargo central: el debilitamiento de la democracia capitalista en los estados periféricos del mundo. Asistimos a una involución autoritaria que amenaza seriamente a la efectividad de integración del proletariado en las democracias burguesas como lo habíamos conocido hasta ahora. Y de ello no emergerán automáticamente revoluciones anticapitalistas. Los casos del Estado Español o Grecia son premonitorios de lo peor, aunque en diferente escala. Las luchas que defienden y pretenden profundizar las libertades democráticas deben ser una prioridad en una época en la que el capitalismo parece regresivo también en términos de libertades democráticas. Defender los derechos y libertades democráticas puede llegar a suponer en el futuro medidas directamente anticapitalista.

De igual forma, el congreso abordó, como ya se hizo en el pasado, una resolución específica para analizar los enormes retos medioambientales que tenemos por delante. Había varios elementos que poner en el tapete. El primero es el hecho de la urgencia de un programa ecosocialista que haga frente a la barbarie productivista y destructiva del capitalismo contemporáneo. Ni las políticas del capitalismo verde ni su confianza ciega en los saltos tecnológicos están a la altura de las exigencias.

En este sentido, muchas de las intervenciones apuntaban a que vamos muy tarde. La mala correlación de fuerzas a nivel internacional y en cada estado tapona una salida ecosocialista a los problemas que estamos sufriendo. Muchos de estos problemas no son ya futuribles, sino catástrofes ambientales en varias zonas del planeta.

¿Qué porcentaje del problema ecologista es achacable al modo de producción capitalista y qué porcentaje es achacable a la sobrepoblación mundial? Es cierto que si colocamos como problema central la sobrepoblación, estamos eliminando los problemas endógenos del capitalismo y su relación destructiva con el medio ambiente. Desde esta perspectiva, no nos libraríamos de caer en deslices poco democráticos como el control de la natalidad de las mujeres. Pero, aunque el problema central sea el modo de producción capitalista, ¿no se combina esto con un alto nivel de sobrepoblación que desgasta el planeta?

El reto ecologista se agrava cuando pasamos de las hipotéticas soluciones a las malas soluciones reales. En ese sentido, una parte de las intervenciones ponía de relieve que el ciclo “progresista” en América Latina se asentó en una redistribución de la riqueza proveniente de la destrucción abierta de la naturaleza. El “neoextractivismo” tiene varias caras, y ninguna positiva: explotación de las energías fósiles en Venezuela, proyecto Yasuni-ITT en Ecuador, confrontación con poblaciones indígenas en Bolivia… ¿Acaso no hay posibilidad de una salida social y ecologista a la crisis que vivimos? Si, la hay. Pero no parece que vayan a venir ni de las posiciones capitalistas ni de los “progresismos” latinoamericanos, sino desde la aplicación de un programa ecosocialista consecuente.

Reemprender el trabajo desde las resistencias

Es más que obvio que los y las revolucionarias no nos encontramos en un momento de optimismo. Lo que queda del movimiento obrero no se encuentra a la ofensiva revolucionaria, sino más bien en una posición de defensismo brutal tras décadas de derrotas. Las experiencias sobran, pero se han traducido en lecciones negativas para las clases populares, no en avances de conciencia y organización. Es el gran problema de no haber obtenido victorias ¿Desde dónde partimos entonces para regenerar todo el tejido político y social para hacer frente a la barbarie que se dibuja?

A la gran mayoría del congreso la respuesta le parecía autoevidente: aunque haya muchas dificultades, no hay que inventar fórmulas grandilocuentes, sino partir desde lo que realmente existe, desde las resistencias multiformes del proletariado frente a la marcha actual del capitalismo. ¿Cuáles son estas resistencias? Desde la lucha antirracista hasta la lucha feminista, pasando por el sindicalismo, el combate LGTBI, el ecologismo o las luchas por los derechos democráticos…

Todas estas luchas sociales son igualmente importantes y ninguna está por delante de las otras. Frente al simplismo sectario y nostálgico que ve en el centro de trabajo y en el sindicalismo combativo las formas naturales de politización de las clases populares, la mayoría del congreso reconocía la necesidad de intervenir en todos los frentes en los que fuera posible la apertura o el ensanche de brechas en el capitalismo. Ahora bien, en cada momento político las posibilidades son diferentes en cada sector. Y es completamente cierto y justo que desde hace varios años hay un movimiento que se encuentra por delante del resto en términos de dinamismo, creatividad e impacto: el movimiento feminista.

¿Podemos convertir el movimiento feminista en la vanguardia táctica de un movimiento anticapitalista más amplio? Puede que sí o puede que no. Lo que la resolución sobre las resistencias así como el debate dejaron claro es que la traducción política de las resistencias no se hará de forma mecánica, sino de forma particular y trabajada en cada contexto, atendiendo a las distintas posibilidades y coyunturas nacionales.

¿Qué rol asumimos durante los próximos años?

Todo congreso, todo partido, todo movimiento social se tensa, se eriza, se emociona y enerva cuando se agota el debate analítico y se pasa a la discusión sobre las tareas. La práctica siempre es el centro. Cabe preguntarse entonces: ¿En qué trabajo vamos a focalizar los esfuerzos de todas las secciones a nivel internacional? Un compañero señaló agudamente: “hay tres tipos de partidos: los que hacen comentarios sobre la lucha de clases, las sectas y las organizaciones que buscan intervenir y modificar la realidad”. Debemos centrarnos en esto último.

Aunque la IV Internacional siga siendo una realidad organizativa débil, no ha pecado hasta el momento ni de desviaciones intelectuales ni de posiciones sectarias. Ha buscado siempre combinar el equilibrio entre el análisis realista de la situación y una apuesta decidida por intentar modificar la realidad. En ese sentido, las posiciones que optaban por un reforzamiento identitario del programa y de las secciones en espera de una crisis revolucionaria, fueron marcadamente minoritarias. La inmensa mayoría es consciente de que la realidad no se moverá sola hacia donde nosotros queremos, sino que habrá que forzarla a que avance hacia lo que queremos.

La relación de fuerzas entre las clases corre en nuestra contra, pero ¿cómo operar de forma práctica para modificarla? Es más que obvio que el contexto no permite partir exclusivamente de las secciones de la IV Internacional ni de su propaganda. ¿Quizás del programa? Este también debe entenderse como reivindicaciones transitorias dinámicas, sujetas a transformaciones según el momento político y no solo en base al viejo programa de transición.

Hace falta apostar por grandes procesos de unidad que alteren el nivel de politización de las clases populares y que a la vez aumente nuestro margen de actuación como secciones de la IV Internacional. Hace falta seguir apostando por la construcción de partidos amplios. Lo hacemos desde mediados de los 90, pero hace falta seguir insistiendo en ello…

¿Es posible o deseable centrarse en las experiencias amplias que hemos vivido? El debate volvió a revivir el balance sobre el PT brasileño o Rifondazione Comunista. Pero igualmente volvió a colocar en el centro las discusiones vivas sobre el Bloco de Esquerda, Podemos, la Alianza Roji-verde o Die Linke.

Muchas intervenciones señalaron que el balance sobre las experiencias pasadas y actuales debe servir para extraer lecciones, pero no para buscar modelos. ¿Acaso pueden descontextualizarse experiencias tan dispares? El PT nace de una traducción política de una larga lucha sindical, el Bloco de las fusiones de tres organizaciones en medio de una lucha por las libertades reproductivas, Rifondazione de un movimiento político generado tras la autodisoución del PCI… Quien busque modelos para lanzar una experiencia similar, se verá con los límites que les marcan las diferencias entre los contextos políticos, las tradiciones nacionales del movimiento obrero y un largo etcétera.

La construcción de organizaciones amplias que vayan más allá de las secciones es algo que sigue teniendo plena vigencia. Como hemos señalado, no hay modelos ni tampoco procesos o apuestas que se puedan generalizar. ¿O quizás alguno sí? Si bien es difícil extrapolar elementos para la construcción de estas organizaciones, hay un balance común en una parte de las secciones: lo perjudicial que fue (o es) la autodisolución o el debilitamiento relativo de nuestras secciones en las organizaciones amplias. Tanto si es con el objetivo de preparar una inminente ruptura como para la construcción leal de una organización, la cohesión de los revolucionarios, de aquellos que piensan estratégicamente la política, tiene más vigencia hoy que nunca.

Un debate más complejo emergió entre todos aquellos asistentes que no se encontraban en una coyuntura favorable para la construcción de este tipo de organizaciones. De hecho, el impulso de tales organizaciones solo se da en momentos de clara excepcionalidad política. ¿Qué hacer mientras tanto? ¿Relegamos a aquellas secciones a la pasividad, al paso del tiempo hasta que las condiciones se generen por si mismas?

Frente a tal fatalismo, aquellas secciones que se vean en una situación de dificultad deben emprender temporalmente solas las tareas de regeneración del tejido social y de implantación en la clase. A esto algunos lo han llamado partido-movimiento. ¿Son incompatibles los partidos amplios con el partido-movimiento? Evidentemente no, sobre todo si las secciones no pierden la ambición de saltar a la construcción de algo más amplio y ambicioso cuando se ofrezca la oportunidad. De hecho, nuestra mayor ambición debe ser construir organizaciones amplias que tengan por objetivo cumplir esa función de partido-movimiento.

Internacionalismo: renovarse o morir

El compañero Krivine abrió el congreso diciendo que la generación que protagonizó el 68 estaba muerta, ya fuera física o políticamente. Una parte importante del trabajo internacional se ha sustentado en los esfuerzos de esta tremenda generación de revolucionarios. Pero para sobrevivir, el internacionalismo revolucionario debe seguir apostando por la renovación política y generacional, así como por incrementar el trabajo e iniciativas de la propia Internacional. Esas son algunas de las grandes tareas que quedan por cubrir hasta el próximo congreso. Queda mucho trabajo por hacer para ser capaces de revertir el caos en que nos han metido los capitalistas de todo el planeta. Aun así, seguimos trabajando por ello.

Ernesto M. Díaz es militante de Anticapitalistas.

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