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Flores contra la maldad. Marichuy y las luchas de los pueblos indígenas de México



Do Desinformemonos, 12 Janeiro 2018
Por Raquel Padilla Ramos



En las danzas, vestimentas, rituales y altares indígenas, la flor es un elemento indispensable. Simboliza la relación que las mujeres y los hombres nativos guardan con el mundo del monte, con Dios o los Dioses, y con la naturaleza. La flor se hace omnipresente como símbolo de pureza, belleza y armonía, y a la vez, de un insondable trasfondo universal y escatológico, es decir, con el destino último de la humanidad y la vida más allá de la muerte. La flor es símbolo de la gracia y tiene un valor neutral, en tanto se identifica con lo masculino y lo femenino. Es, asimismo, un adminículo poderoso, ya que con ella se vence al pecado, la opresión y la maldad.

Algunos pueblos originarios reconocen una dimensión especial para el mundo de la flor. Entre los yaquis, esta dimensión es conocida como sewa ania; es este el universo donde danza siempre el Venado, y un punto de intersección entre el mundo del monte, el mundo antiguo, y la Gloria, entendida a partir de sus propios referentes. El mundo de la flor es el lugar donde se deposita la esperanza de trascendencia de cada individuo y de toda la comunidad.



En esta tesitura, no es fortuito que los indígenas, a través del Concejo Indígena de Gobierno, construyeran la frase “¡Llegó la hora del florecimiento de los pueblos!”, poderosa, ecológica y altamente representativa de sus culturas. No optaron por decir “la prosperidad de los pueblos”, ni “el auge” o “el progreso”, sino que eligieron una parte significativa del proceso natural de la vida de una planta. Para no meterme en temas que no pertenecen a mi campo de experiencia, no hablaré de fotosíntesis ni de clorofila, sino de germinar y de echar flores para seguir existiendo. Sin duda, el epítome surge como reacción natural a las embestidas siniestras del capital contra el patrimonio biocultural de los pueblos. Hago énfasis en los pueblos, ya que México es una nación plural, polícroma, multiétnica.

Al hablar de los derechos de los pueblos indígenas en términos históricos, es inevitable mencionar su resistencia, persistencia y resiliencia en el tiempo. El caso yaqui es emblemático, y queda diáfanamente plasmado en el siguiente relato de Francisco P. Troncoso, publicado en Las guerras con las tribus Yaqui y Mayo del estado de Sonora, que da cuenta de la primera entrada de los españoles en 1533:

En la otra orilla [del río Yaqui] hallaron un pueblo pequeño deshabitado, y siguiendo río abajo por un camino ancho, a poco andar vieron en un gran llano una multitud de indios que salieron a su encuentro, arrojando al aire puños de tierra, templando sus arcos y hacienda visajes. Uno de ellos, que se distinguía por sus arreos estrambóticos, relumbrante por las conchas de perla de que estaba lleno su vestido, se adelantó a corta distancia, hizo con el arco una raya muy larga en el suelo, se hincó de rodillas sobre ella, besó la tierra, y en seguida puesto en pie, comenzó a hablar diciéndoles que se volviesen y no pasasen la raya, porque si la pasasen serían 
muertos todos.



Al defender lo que está de la raya hacia sí, los pueblos originarios defienden sus recursos naturales, su agricultura, sus conocimientos tradicionales, sus paisajes, sus sistemas normativos y su economía. Los pueblos defienden su ser. La defensa del patrimonio biocultural indígena se reviste desde hace al menos un siglo, de renuencia a la intromisión de megaproyectos nacionales y extranjeros en su territorio y cultura. A lo largo del tiempo, el arco en la tierra ha tenido que marcar la raya varias veces y las demandas indígenas se han centrado en distintos objetivos: canales, acueductos, gasoductos, tecnologías agrícolas depredadoras, energías invasivas…

Estamos llamados a reflexionar sobre el contraste entre lo homogéneo y lo heterogéneo, lo uniforme y lo variado, entre lo global y lo local, todo en términos sociales y jurídicos, y también sobre lo necesaria que es la permanencia de los geosímbolos indígenas, es decir, lo que tiene que ver con los valores, imaginarios y significados adjudicados al entorno natural. Estamos, de igual modo, convidados a conocer y aprender de las culturas originarias, sus formas particulares y tradicionales de impartición de justicia, generalmente restaurativa, en la que se busca el resarcimiento de los daños por encima de la pena y el castigo.

Las autonomías y soberanías de los pueblos devienen en fortalecimiento de la identidad, en no discriminación, en democracia y en dignidad, y hay que impulsarlas y apoyarlas, pues en contraste, la cultura sometida a la lógica del mercado (lógica amparada por el mismo Estado) atenta contra la gentilidad, es decir contra las culturas nacionales, la vida social y el proceso creativo de la propia cultura. Así, de hoy en adelante, nuestras palabras recurrentes al conferenciar con el Estado, deben ser respeto, protección, salvaguardia, derechos culturales, educación, investigación, conocimiento, conservación, carácter público, diálogo intercultural, autonomía y soberanía; y si el Estado no cumple, hay que exigirle.

Son sobre todo los pueblos originarios, conferidos por el derecho de antigüedad, quienes tienen la autoridad moral de reclamar, demandar y exigir al Estado el respeto a sus territorios, y tienen en María de Jesús Patricio Martínez, para nosotros los sonorenses, la Marichuy, y en sus concejalas y concejales, a portadores de sus voces y sentires, y a guardianes de sus entornos naturales y culturales. Los indígenas, y en especial las mujeres, confían en Marichuy porque saben que fue elegida por consensos, por la sabiduría de la palabra compartida, y no por unción desde arriba o por procesos de democracias de oropel.

Los pueblos indígenas van por la recuperación cabal de su patrimonio biocultural, del control sobre sus formas de gobierno, sus iglesias y milicias. Gran tarea la que tienen Marichuy y el Concejo Indígena de Gobierno, pero no podrá hacerlo sola; debemos unirnos todos en la lucha contra la deshumanización, contra la codicia empresarial y contra la muerte provocada por el desprecio de los poderes políticos y económicos. Permítanme insistir, solo lo lograremos en colaboración, correspondencia y universalidad. Ha llegado la hora del florecimiento de los pueblos, y floreciendo ellos, florecemos todos.

(Palabras leídas en el Encuentro con la Red de Apoyo al cig y con la sociedad civil en Hermosillo, Auditorio de la cut, el 10 de enero de 2018)

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