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Tunecinas contra ‘la manada’

Una película sobre una chica violada por tres policías es una metáfora de cómo las mujeres en Túnez defienden con uñas y dientes los derechos conquistados con la revolución


Imagen de recurso (Mohamed Messara / EFE)
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Do Rebelión, 19 de Dezembro, 2017
Por GEMMA SAURA, Túnez


No es una película de digestión fácil y el acomodador del cine Parnasse, destartalada sala de la avenida Burguiba, no disimula: “¿Le ha gustado? –se encoge de hombros–. Me alegro. Bon soir”.

La belle et la meute (La Bella y la jauría), de la directora Kaouther ben Hania, ha puesto el dedo en la llaga en Túnez, primera y única flor de la primavera árabe. Basada en hechos reales, relata la historia de Mariam, una universitaria que es violada por tres policías y sufre todo tipo de humillaciones y amenazas cuando intenta denunciarlo. La cámara la sigue, en 9 planos secuencia, en una noche de pesadilla por comisarías y hospitales en que se enfrenta a la manada. Aquí no son sólo los violadores sino también todos los que les protegen. Los que le repiten que ensuciará el honor de su familia o pondrá en peligro la estabilidad del país si habla.

El embajador de la UE


“Las mujeres fueron el cortafuegos que evitó que Túnez cayera en la violencia”

A días de cumplirse siete años desde que un vendedor ambulante llamado Mohamed Buazizi se inmoló y encendió la revuelta contra Ben Ali que se extendería por la región, el filme es una metáfora: los males del régimen que se resisten a morir y también todo lo que ha cambiado en Túnez.

“Bajo la dictadura, una mujer en esta situación sabía que su denuncia no iría a ningún sitio. La diferencia es que Mariam sabe, como los policías que tiene delante, que las cosas han cambiado”, dice Ben Hania.

Poder hacer una película tan implacable con la policía, intocable con la dictadura, ya es por sí solo una demostración de que es un nuevo país. Es más, la cinta ha sido financiada por el Ministerio de Cultura y se proyecta en cárceles, residencias de estudiantes y centros de atención a mujeres maltratadas.

Es la historia de un calvario, pero sobre todo del despertar de una conciencia, la conquista de la justicia y la dignidad. “Mariam es una chica ordinaria, ingenua incluso, que quiere bailar, divertirse, tener un noviete. Pero se encuentra ante esta prueba y descubre quién es realmente. Irá hasta el final aunque nada la predestinaba para ser fuerte y plantar cara a toda una institución, al padre, al patriarcado. Un poco como Túnez, un país frágil que en el momento de la verdad se descubrió fuerte”, señala la directora.

También es una metáfora de la emancipación de la mujer. Los derechos y libertades logrados con la revolución y que las tunecinas van a defender con uñas y dientes ante quienes pretendan arrebatárselos. Lleven uniforme con galones o barba islámica.

La movilización femenina en las urnas causó la derrota de los islamistas de Enahda ante la plataforma laica Nida Tunis en el 2014. La sociedad civil obligó a estos dos enemigos enconados a sentarse a negociar y formar un gobierno de coalición. Una capacidad de consenso inaudita en el mundo árabe y reconocida con el Nobel de la Paz.

La mujer es la clave del “milagro tunecino”, sostiene el embajador de la UE, Patrice Bergamini. El factor que explica por qué la transición democrática no ha descarrilado como en los países vecinos. “También aquí la polarización entre laicos e islamistas fue tensa, pero se logró poner bajo control. Desempeñó un papel crucial la sociedad civil pero, sobre todo, la mujer. Es un pilar de la democracia tunecina –argumenta Bergamini–. Son ellas quienes impidieron, desde la calle o el seno de la familia, que esta bipolarización se cristalizara y se convirtiese en violenta, como pasó en otras partes. Ellas son los cortafuegos en Túnez”.

El embajador es de los que prefiere ver el vaso medio lleno, pero es innegable que negros nubarrones acechan. El más amenazante es la economía y no hay que olvidar que la revolución del 2011 se hizo también por el pan. La economía apenas crece y el paro se ceba entre jóvenes diplomados y las regiones desfavorecidas, una bomba de frustración en cuenta atrás. “¿La revolución? Nuestra ruina”, exclama Sohad, madre de dos hijos. Vive en Sfax, ciudad industrial, en uno de los nuevos barrios que construyen a trompicones familias llegadas de zonas pobres en busca de empleo. “Los precios se han disparado. Ya no podemos ni comprar pollo. La libertad está bien pero la revolución nos ha traído miseria”.

No sólo las demandas económicas siguen sin ser atendidas. “Hay una contrarrevolución en marcha, dirigida por Nida Tunis, que integra gente del viejo régimen, y los islamistas de Enahda”, sostiene Sadok ben Mheni, que pasó por las cárceles de Burguiba. Señala nuevas “leyes liberticidas” como la que amnistía a los funcionarios implicados en corrupción durante la dictadura. O el retorno de figuras del régimen: entre los 43 ministros y secretarios de Estado, uno de cada cinco ocupó un cargo ministerial con Ben Ali o de responsabilidad en su partido.

La estocada, para Ben Mheni, es el proyecto de ley “contra los ataques a las fuerzas armadas”, que según Human Rights Watch volvería a imponer un Estado policial. “Aún existe la tortura, por mucho que se prohibiese en la Constitución. Esta ley busca consolidar la impunidad total. Si un policía cree que le has echado una mala mirada puede acusarte de injurias, un periodista que publique secretos de Estado puede ir diez años a la cárcel”.

Sin embargo, el veterano activista no lo ve todo perdido. “Todos los logros de la revolución están amenazados. Pero soy optimista porque veo que los jóvenes no lo permitirán”. Hace unos días fue a una protesta de un movimiento contra el proyecto de ley policial. “Había más chicas que chicos. Y ellas gritaban más. Tenían apenas 20 años. Nunca han vivido la dictadura. Son una nueva voz –reflexiona–. En la historia de Túnez ha habido sediciones pero fugaces. Ahora llevamos ocho años. Nos esperan días negros, y rojos, porque habrá más violencia. Pero algo ha comenzado a cambiar en nuestra historia”.

“Las mujeres son las únicas que pueden salvar la revolución tunecina –opina Javier Martín, periodista de la agencia Efe–. Han hallado en la revolución una oportunidad para lograr sus derechos y han decidido no perderla”.

Con divorcio y sin poligamia desde 1956, Túnez ha sido un faro en el mundo árabe en derechos femeninos. Pero los avances de los últimos meses son revolucionarios: las tunecinas han ganado el derecho a casarse con no musulmanes, un violador ya no puede evitar la cárcel con el matrimonio, la edad de consentimiento sexual ha subido a los 16 y se ha aprobado una ley contra la violencia de género pionera en la región. Y fue votada por unanimidad. Es decir, con el voto de Enahda, los mismos que decían que la mujer era “complementaria” al hombre y no igual como al final reconoció la Constitución. Esta vez han tragado, entre otras cosas, con que se reconozca la violación conyugal.

“La ley es un gran orgullo –señala Naziha Labidi, ministra de la Mujer–. Desde hace unos meses, Túnez es el país de las mujeres. Nos visitan de toda la región, somos un modelo que seguir. Tenemos todo el apoyo de las mujeres árabes, porque en ello les van también sus derechos y libertades”.

Labidi elogia la “valentía” del presidente Beji Caïd Esebsi al poner encima de la mesa un tema tabú en el mundo islámico: la herencia. Bajo la charia, la mujer hereda la mitad que el hombre. Esebsi se ha atrevido a plantear que es discriminatorio y ha designado una comisión que examina esta y otras 30 leyes que pueden atentar contra la paridad.

Los religiosos han puesto el grito en el cielo. En Enahda utilizan el argumento clásico: hay cosas más urgentes. “Estabilicemos la vida política, relancemos la economía y luego ya nos ocuparemos de estas cuestiones. Hay que salir de la capital y ver la vida en las regiones desfavorecidas. ¿Cree que a esa gente les preocupa mucho el tema de la herencia?”, dice Naufel Yamali, diputado y exministro de Enahda.

Yamali, de 41 años y ubicado en el ala renovadora de los islamistas que mantiene un pulso más o menos soterrado con la vieja guardia, reivindica que “Enahda es el partido que más ha evolucionado en Túnez” y que no verlo es estar ciego o ser un sectario. Recuerda que los islamistas fueron capaces de anteponer el interés nacional cuando decidieron ceder el poder y convocar elecciones, “algo nunca visto en el mundo árabe, porque en Túnez tenemos otra mentalidad”. También que Enahda ha separado la predicación de la actividad política.

Niega tajantemente que los islamistas mantengan un pulso con las mujeres tunecinas. “Para ser un partido que sistemáticamente es tachado de ir contra las mujeres, somos el que tenemos más diputadas. Y la ley contra la violencia es sobre todo nuestra: muchas de las propuestas más vanguardistas llevan nuestra firma”, argumenta. “Pero lo que nadie debe olvidar es que somos un partido conservador, que lucha por no perder las raíces árabes y musulmanas. En una democracia no debe haber temas tabú y por eso me parece bien que la cuestión de la herencia, como otras, sean debatidas. Pero ninguna ley debe dividir a los tunecinos”.

Muchas feministas, sin embargo, no se creen la supuesta evolución de los islamistas. “Quieren hacer ver que son progresistas y modernos. Pero no es una cuestión de principios, sino de puro cálculo estratégico”, sostiene Nayua Bacar, de la Asociación Tunecina de Mujeres Demócratas de Sfax.

Entre sus actividades, esta organización feminista histórica atiende a mujeres maltratadas. Cada vez son más las que vienen, una señal de que las tunecinas de toda condición están internalizando sus derechos.

En la asociación están contentas por los avances, especialmente de la ley contra la violencia, pero lo dicen con la boca pequeña. “Tenemos que estar vigilantes, porque los extremistas quieren arrebatarnos todos esos logros”, dice Suad Buatur. Desde la revolución, cuentan, ha habido una “explosión” de organizaciones islamistas, que ganan terreno en los barrios populares. “En Sfax hay gente haciendo discursos a favor de la poligamia o la ablación. Las mentalidades están yendo para atrás. Este es nuestro verdadero combate”, señala Buatur. En la organización no aceptan a mujeres veladas como miembros, una señal de la sorda batalla entre los dos Túnez.

El cine Parnasse es también campo de batalla. Siempre ha estado en el objetivo de los barbudos. Asaltado en el 2013, fue desalojado en octubre por un paquete sospechoso. Hoy La belle et la meute pone el dedo en la llaga y recuerda a las tunecinas que el combate no ha acabado.

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