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“Ortega y Gasset es un enemigo acérrimo de la democracia porque es un liberal”

Entrevista a Joaquín Miras Albarrán sobre Praxis política y Estado republicano. Crítica del republicanismo liberal



Do Rebelión, 18 de Setembro, 2017
PorSalvador López Arnal


Entre otras muchas cosas, algunas de ellas recordadas y comentadas en anteriores conversaciones aquí publicadas, Joaquín Miras Albarrán es miembro-fundador de Espai Marx y autor de Repensar la política y Praxis política y estado republicano.

Estábamos en este punto. Afirmas que las organizaciones republicanas poseían clara consciencia de las concretas fuerzas sociales de cada sociedad en las que arraigaban y a las que expresaban. “Sabían, con claridad, cuál era el enemigo concreto, de clase, al que se enfrentaban”. Pero si pensamos en organizaciones republicanas concretas, aquí, en España, no es fácil ver que tuvieran claro cuál era su enemigo de clase al que se enfrentaban. De hecho, como sabes, en el republicanismo español o en fuerzas que se reclaman o se nombran como republicanas, el pensamiento derecha conservador de derechas está muy presente.

Yo diferenciaba en el libro claramente entre fuerzas republicanas y las que, debido al hundimiento de la base social del Régimen monárquico liberal de la Restauración, de su irreformabilidad, se vieron obligados a aceptar que la monarquía no se sostenía y se vieron obligadas a hacerse republicanas. Todo el «accidentalismo» republicano, que iba mucho más allá de la CEDA, y que era la fuerza que acuña este concepto o que hace uso político explícito del mismo: la forma de estado como algo no sustancial, como algo accidental. Pero el republicanismo originario o el histórico, sostenía la idea del trabajo como fuerza social fundamental, la igualdad, la participación activa de las clases subalternas. Como sabemos «accidentalismo» era el término acuñado por Gil Robles, dirigente de la derecha liberal católica –la C.E.D.A- para referirse al cambio republicano. Su propósito de fondo era declarar que monarquía o república eran –debían ser, imperativamente- asuntos secundarios, accidentes o adjetivos que no hacían a la sustancia de un régimen. Por tanto, una república debía ser lo mismo que una monarquía liberal, solo que en el primer caso, no sería una monarquía hereditaria, sino una monarquía electiva.

No me resulta extraño ese discurso si pienso en momentos posteriores, en los años de la llamada transición política.

No un régimen que considerase que los asuntos de la comunidad social debían ser res publica, cosa a deliberar por todos, incluidas las masas populares; no un régimen democrático real, un régimen de masas activas, autoorganizadas. Y en tanto que incidental, y siempre que no fuera un régimen político social alternativo, la república «accidente» podía ser asumida.

Citas un artículo de Ortega sobre liberalismo y democracia. No te pregunto sobre su artículo sino sobre él. ¿Sigues leyendo a Ortega? ¿Te parece un buen filósofo? ¿No es a veces, muchas veces, muy o bastante conservador en el peor de los sentidos del término que también lo tiene?

Totalmente de acuerdo. Ortega es un enemigo acérrimo de la democracia, porque es un liberal. En los textos que cito, precisamente, Ortega opone la democracia, que es vulgar, canalla, liberticida, al liberalismo, cima de toda virtud política y que es lo que él es. Son textos de los años veinte, de cuando él sigue siendo aún monárquico. Ortega es uno de esos accidentalistas, que si bien no sostiene tal término –no que yo sepa-, sí sostiene su significado. Y en sus escritos, permanentemente se expresa un desprecio, un odio –un temor- feroz a las clases subalternas. Su relamida propuesta política es la de las «minorías selectas», que dirijan a la plebe, ideología, que si lo vamos a ver, es ideología que trufa el pensamiento de muchos de los que se dicen actualmente políticos de izquierda.

No eres concreto en la crítica, pero puede entenderse hacia donde apuntas. Perdona la interrupción. ¿Le lees, lees a Ortega?

No leo a Ortega actualmente. Puestos a leer a autores reaccionarios de comienzos de siglo XX, de fines del XlX,, trataría de estudiar más a quienes tenían consciencia de la existencia de un pueblo y un ethos anteriores, populares, urbano y campesino, y se preocupaban de comprender por qué el campesinado se hizo carlista. Cómo influyó en ello el que el liberalismo, en el siglo XlX, entregara la tierra «desamortizada», esto es, 1) los bienes comunes de los municipios, 2) las tierras de la iglesia, 3) y las tierras de los campesinos que estaban bajo el régimen jurisdiccional feudal, a los grandes latifundistas y a los burgueses, no a los que las trabajaban; cómo se convirtieron derechos hereditarios de señorío feudal –derecho a gravar impuestos, a acuñar moneda, a promulgar leyes- en derechos de propiedad privada burguesa sobre la tierra en la que antes solo ejercían su tarea jurisdiccional, robándoles la tierra a los que la habían hecho rendir, a las comunidades campesinas. La tierra, vale decir, con Joaquín Costa –un amigo me ha enviado textos del mismo-, lo que era el Banco de España y el seguro de vida de los pobres. Porque no basta con decir que en España hubo, no tres, sino cuatro guerras carlistas, incluida la del 36 al 39, y a continuación volver a anatematizar un movimiento que fue de masas –«carlista, animal de cresta roja que previamente comulgado baja al llano y ataca al hombre», etc-.

Hay que explicar por qué grandes masas campesinas, de pobres explotados, quedaron al alcance de la derecha, en fin, la consecuencia de la obra del liberalismo. Las masas campesinas quedaron en manos de una derecha que confluye y hace bloque con los liberales cuando la II República española permite la autoorganización de las masas populares y toma vuelo la izquierda. Porque la guerra civil española es una guerra entre dos infanterías campesinas, incluidos los mercenarios rifeños enrolados en el ejército golpista, claro.

Pero yo soy lento, leo y estudio lentamente, y no puedo abarcar más.

Ya abarcas mucho querido Joaquín. Sostienes, es una de tus críticas, que el liberalismo se convierte en cómplice del nazismo y el fascismo en las décadas de los años veinte y treinta del siglo XX. Pero, salvo error por mi parte, ni fascismo ni nazismo fueron siempre “amables” con el liberalismo o con algunas personalidades liberales. Algunas, bastantes, tuvieron que exiliarse. Les iba la vida o, cuanto menos, una situación más o menos confortable en ello.

El nazifascismo, el franquismo, persiguió todo pensamiento político demo popular que se le opuso. Pero se anduvo con tiento en otros casos, como puede ser ejemplificado con el cardenal Segura, antifranquista por ser monárquico ultramontano. Y admitió en su seno gentes procedentes de diversas corrientes ideológicas. Laín Entralgo había sido liberal; los hijos de Eugenio D’Ors se habían educado en el Instituto escuela de Madrid; Wenceslao Fernández Flórez había sido Maurista, o sea liberal; Ortega, Cambó, eran liberales; lo había sido –era del partido de Cambó- José María Porcioles, eterno alcalde franquista de Barcelona; también el eterno alcalde franquista de Sabadell, Marcet, había sido militante de las Juventudes Mauristas, etc etc. Todo esto no es un simple «largo etcétera» de nombres, es la incorporación masiva de una corriente política elitista y anti plebeya a los regímenes que «contuvieron a la plebe». El Liberalismo, en el momento histórico del parteaguas, frente a la democracia, opta por la reacción. No me repito sobre la diferencia entre republicanos y liberales, entre las fuerzas que intentan instaurar la primera república contra el régimen liberal anterior, isabelino, y las que liquidan esa república y restauran el liberalismo, en la Restauración Monárquica, con sus dos partidos turnantes, denominados, ambos, liberales, porque es que lo que eran.

Hay que recalcar que el liberalismo –Benedetto Croce, por ejemplo- tomó inequívoco partido contra la democracia cuando las fuerzas democrático populares organizan movimientos de masas, tras la primera guerra mundial. El Liberalismo esperaba ingenuamente, eso sí, al menos una parte de sus cuadros, que el fascismo operase como fuerza profiláctica, asesinando y persiguiendo, destruyendo el movimiento democrático, y que luego, se retiraría y les dejaría hacer a ellos; otro desprecio condescendiente, esta vez, ante quienes se metían en harina y asumían la tarea de verdugos.

El liberalismo, Winston Churchill por ejemplo, es admirador incondicional de la obra de Mussolini. Gran Bretaña coorganiza en golpe contra la república democrática española y apoya todo ataque contra las repúblicas democráticas, plebeyas surgidas tras la primera guerra mundial y la Revolución Rusa, los nuevos regímenes democráticos de masas, que Arthur Rosenberg denomina «democracias vitales» en su obra Democracia y socialismo. Historia política de los últimos ciento cincuenta años (1789-1937). El problema viene cuando los nuevos regímenes nazi fascistas dejan de ser meros gorilas asesinos represores del movimiento democrático plebeyo, y pasan a querer participar en el reparto por el poder imperial, invaden otras zonas geográficas, etc.

Esa es la verdad de la historia. Por eso, el liberalismo desaparece en Europa, durante decenios, tras la Segunda guerra mundial, por sus complicidades con el fascismo, por su integración en los regímenes fascistas, colaboracionistas, etc.

El caso de Ortega y Gasset, que nunca dejó de cobrar su nómina de catedrático bajo el franquismo, es un buen ejemplo.

Recuerdo que Morán habla de ello en El maestro en el erial.

En la breve introducción a la historia del XX, que a mí me ha gustado mucho (páginas 95 y siguientes) hablas de los frentes democráticos antifascistas. Te has referido a ellos hace un momento de pasada. Te preguntaré ahora por ellos.

Cuando quieras. El tema es muy importante para todos nosotros.


Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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