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“El marxismo que hace históricos los interrogantes y los valores y pone por delante la autocreación en comunidad es mi marxismo"

Entrevista a Joaquín Miras Albarrán sobre Praxis política y Estado republicano. Crítica del republicanismo liberal


Do Rebelión, 24 de Julho, 2017
Por Salvador López Arnal


Entre otras muchas cosas, algunas de ellas recordadas y comentadas en anteriores conversaciones aquí publicadas, Joaquín Miras Albarrán es miembro-fundador de Espai Marx y autor de Repensar la política y Praxis política y estado republicano.

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Decías, te cito, que "lo que se conoce es una reflexión, pero no sobre «el mundo» en tanto que un «eso» que está ahí fuera –como los expedientes x: «la verdad está ahí fuera»…- sino sobre nuestro interior, donde está el saber hacer mediante el que cogeneramos el mundo, y la experiencia inherente, la reflexión sobre la experiencia. Una reflexión no sobre imaginaciones, sino sobre nuestra capacidad de crear, de dirigir praxis y sobre su experiencia inherente". Todo eso, añadías, ponía "la relación entre saber-lenguaje y praxis, y por tanto entre política y praxis, en otros términos". Decías: "Me permito resumir los tres problemas filosóficos que sí obtienen respuesta satisfactoria desde esta interpretación del lenguaje desde las hipótesis hegelianas y marxistas, del ser humano como ser socio histórico, práxico-lingüistico". Adelante con esos tres problemas que obtienen respuesta satisfactoria desde esa interpretación del lenguaje que estás exponiendo y, a la vez, defendiendo.

En primer lugar, hemos dado respuesta a la pregunta por la génesis del lenguaje, sin remitirla a otro «departamento» de la universidad. Si venimos a verlo bien, hemos salvado los presupuestos que las universidades dedican a los departamentos de lingüística, de la tentación de reasignarlos a los departamentos de neuro fisiología o de genética…

Vale, vale, muy irónico y ahorrativo te veo.

En segundo lugar, queda resuelto el problema de la confrontación entre un sujeto lenguaje y el mundo u objeto que nos ahorra la duda exasperada sobre el conocer…–identidad sujeto objeto-.

Y como consecuencia de esto, en tercer lugar, hemos unido el lenguaje a nuestra capacidad de crear el mundo, a la praxis.

Ahora veamos si esto tiene que ver con la política, o me he despistado.

Veámoslo. ¿Te has despistado?

Es habitual que un político nos diga que ya es momento de proponernos tal o cual fin. Pensemos en un fin como el socialismo. El político, armado de su pensamiento lenguaje y de sus métodos científicos de conocimiento, reflexiona sobre la realidad social como objeto de investigación y de indagación. Y nos explica argumentativamente que las condiciones reales de la sociedad existente, su desarrollo económico, su desarrollo tecnológico, su PIB,… o la altura de sus chimeneas, revelan que existe la posibilidad -¿la necesidad?- de organizar la sociedad de forma socialista. O que precisamente el desarrollo y altura de sus chimeneas, hace recomendable olvidarnos de eso y plantearnos otra cosa, como la creación de micro comunidades, dado que el colapso energético y climático se nos vienen encima, etcétera. Se interpreta la sociedad como un objeto, como objeto de estudio, se lo estudia –mediante el discurso lingüístico-metodológico poseído por el sujeto- y se emiten análisis veredictos y propuestas de alternativa social. Esa es la lingüisticidad estándar en uso para la política. Está cortada por el patrón mainstream, ese que coloca «aquí», el sujeto; «allí», el mundo.

Creo que sí, que no describes mal lo que se suele hacer aunque no siempre, no siempre el sujeto se le separa del mundo sobre todo en temas ecosocialistas. Pero de nuevo te he interrumpido; adelante por favor.

Con qué consecuencias: ninguna. ¿Por qué? Porque «ellos»… son necios -«están verdes»-. O porque «nosotros», los que deberíamos hacer bajar la luz, no tenemos suficiente ciencia lingüísticamente elaborada.

Precisamente lo que se olvida es el «otro» pensamiento lenguaje, el de la subjetividad, el de las subjetividades. Ese pensamiento lenguaje ínsito en las consciencias que es el que codifica el saber hacer, el ethos, conforme al cual cada sujeto orienta lingüísticamente su actividad de co creación de mundo social. Y la correspondiente experiencia de sus resultados, consecuencias y posibilidades, experiencia lingüísticamente construida, que constituye la autoconsciencia de todo sujeto. Y todo sujeto sabe que si bien él produce el mundo, él no puede producirlo de otra manera. Lo sabe por experiencia. Y la experiencia no es «ideología», o «falsa consciencia». No es equivocación; el mundo que creamos se nos impone como un fetiche, pero este fetiche no es una creencia fantasmal, solo mental.

Si alguien que cree que una cruz o una estatuilla de escayola o de plástico fluorescente de ese que se ve en la oscuridad… puede afectarle, y la quemamos, y no pasa nada, el individuo puede quedar liberado de ese fetichismo porque es un fetichismo que se basa en una creencia. Ese tipo de fetichismo se basa en una creencia irreal. Pero en la sociedad la actividad humana que nosotros producimos dirigiendo nuestra actividad con el saber hacer lingüísticamente organizado que poseemos, está organizada de tal forma por unas relaciones sociales que hacen que el hacer nos sea realmente ingobernable, lo ingobernable no es una impresión, no tiene como causa nuestro temor. Se puede estar poseyendo en comunidad, por parte de los subalternos, la totalidad del saber hacer que produce el mundo. Y se puede estar creando el mundo conforme a ese saber hacer, psicolingüísticamente poseído, pero sin posibilidad de hacer de otra manera. Porque para poder hacer de otra manera, dado que la actividad es común, es social, es «interacción», «wirklichkeit», se necesita crear organización en común que nos posibilite cogobernar la actividad que generamos en común, que posibilite que el saber hacer lingüísticamente codifiacdo que poseemos en nuestra consciencia, pueda ser dirigido desde nuestra autoconsciencia en otra dirección.

Y si eso no existe…

Y si eso no existe, o mejor, dicho, en ausencia de eso, la autoconsciencia experiencial registra que no es posible una alternativa social -salvo que se ponga a creer a pies juntillas en la existencia de algunas personalidades salvíficas y todo poderosas que, una vez elevadas a las magistraturas del estado, nos lo arreglarán todo-. La alternativa social pasa por comenzar a crear en nuestras vidas cotidianas microorganizaciones que posibiliten enfrentar el poder del capital sobre nuestro saber hacer lingüísticamente codificado, y sobre nuestra actividad en común, lingüísticamente dirigida; microorganizaciones, nuevas, nuevas relaciones sociales en lo micro, que posibiliten ir generando nueva actividad, que nos posibiliten orientar nuestro pensamiento lenguaje, y el saber hacer de que disponemos codificado lingüísticamente, en otro sentido.

Como vemos, todo esto, «todo este otro» pensamiento lenguaje, el que gobierna la praxis productiva y reproductiva, había quedado fuera de esa otra reflexión científico teorética, que piensa la realidad social como objeto distinto del sujeto, y no es capaz de considerarla como un nosotros en praxis intersubjetiva –que es simple «entendimiento» frente a «razón» autorreflexiva, diría Hegel-.

Estás convirtiendo a Hegel, con perdón, en un Dios omnisciente… Perdona, es una mala broma antihegeliana.

No es una broma, porque tu calidad intelectual sobre filosofía no cae en frivolidades. Sí puedo tratar de explicar cuál es la necesidad que me induce a ir a Hegel una y otra vez.

De acuerdo, adelante, abramos este paréntesis.

La respuesta sería explicitar los dos modelos.

El primero de ellos.

El que parte de Descartes y se corona con Kant, y consiste en la hipótesis de un sujeto preformado, sea éste solo individual o social, pero ya construido, innato o trascendental, que se enfrenta y conoce activamente un mundo –praxis, pero a priori, o desde el sujeto trascendental, solo cognoscitiva, que tendría consecuencias práxicas subsiguientes, pero derivadas- y el otro, que es el que elabora Hegel, una praxis intersubjetiva que crea mundo y que en su crear constituye a la vez la objetividad material cultural y la subjetividad, y, por tanto, mundo y subjetividad –objeto observado y observatorio-, son a la vez, ambos históricos.

Desde esta segunda hipótesis, tanto el sujeto, que es el observador, como el mundo producido son "uno y a la vez", porque son producto de la misma praxis histórica colectiva, que los genera a la par, y ambos son históricos, tanto el observador como lo observado, tanto el sujeto y su lenguaje –tema que es lo que tratamos ahora, pero es el asunto de los sentimientos o la historicidad del amor, que tratamos en la anterior parte de la entrevista, etc.- como la sociedad estudiada.

Esto, esta hipótesis axiológica para mi fundamental, es lo que me hace volver una y otra vez a Hegel e incluso a distinguir entre marxismos, unos que asumen la episteme cono elemento fundamental para la política –un sujeto trascendental u observatorio fijo, cuya existencia no requiere de explicación, y esto hace que su pensar, su elaboración activa, intelectual, sea en primer lugar conocimiento «sobre», y en segundo lugar, lo que se debata es si su calidad es la de la buen saber o la de error –ciencia/no ciencia-, y la de otro marxismo que historiza el propio observatorio, hace históricos los interrogantes, valores, etc. y pone por delante la creación, la autocreación en comunidad, tanto de la subjetividad que percibe como el mundo percibido.

No hay duda sobre qué marxismo es el tuyo.

Si Descartes obra una primera revolución, que lleva a considerar que hay un yo prefigurado frente al mundo, y Kant la completa, pues el yo elabora activamente su interpretación del mundo –pero es un yo externo a la elaboración, es un trascendental innato prefigurado, ahistórico, un lenguaje conocimiento innato para volver sobre lo que nos ocupaba-, Hegel lleva la hipótesis constructiva a la totalidad: es una comunidad que construye, no solo la interpretación sino el mundo; su praxis es no solo intelectiva, sino práxico productiva de la totalidad social. Y esto, además, incluye la construcción de la subjetividad y sus medios de comunicación y acción, y de conocimiento –lenguaje, ciencia, etc-, que son históricos como el propio mundo creado. El observatorio y sus medios cognitivos, la subjetividad, sea esta individual o comunitaria, son históricos y creados por la propia praxis comunitaria, que es ontológicamente anterior, porque no solo crea el conocer, sino, a la vez, el objeto a conocer y el sujeto cognoscente.

Y esto que explicas te lleva a Hegel...

Esto es lo que me obliga a volver sobre Hegel: porque el debate, tal como lo vivimos ahora, es el que se elabora en ese periodo, desde el XVll y fines del XVlll -Descartes Kant- y comienzos del XlX, -Hegel–. Podría añadir que se va construyendo contra Kant poco a poco, ya desde Fichte, y desde el «idealismo» post Kant que lleva a Hegel. Pero tratar de meter esto hace todavía más pesada la explicación. Con todo se podría meter un doble esquema, el de Fichte que es tesis, antítesis, síntesis, frente a negación y negación de la negación, que es Hegel. En el primero, ya se parte de una tesis formada, o sea de un sujeto todavía pre constituido, que es capaz de presentar de inicio una tesis, como una Atenea ya nacida entera de la cabeza de Zeus. Mientras en el segundo se intenta explicar la historicidad: de donde no había nada, comienza a surgir algo, que nace como rechazo o negación de lo anterior, pero en su elaborarse o autoconstruirse, se va convirtiendo a su vez en un proyecto práxico histórico, elaborador de nuevo modo de vivir y de nueva subjetividad; en este su ponerse u objetivarse como proyecto positivo, creado práxico históricamente, lo que «niega» es su simple forma abstracta anterior de protesta o rechazo -«negar la negación», pero esto alarga la reflexión sobre todo esto-.

Si crees interesante esta argumentación...

La creo interesante desde luego.

Puedo reelaborarla para afinarla, y puedo evitar o no, según creas esta segunda parte Fichte/Hegel, que es de «curso legal acuñado» entre gentes como Félix Duque, que conocen las divergencias dentro de los autores del «idealismo alemán».

No te digo que no. Ni de entrada ni, por supuesto, de salida. Pero déjame volver ahora al tema en el que estábamos. Igual volvemos sobre el nudo Fichte/Hegel más tarde. Tomo nota, tal vez nos hayamos desviado un poco. Por lo demás, y con tu permiso, permíteme recomendar un libro poco conocido -ya sé que hay muchos otros- que creo que, entre otras cosas, explica bien esta relación que comentas. ¿Puedo?

Puedes por supuesto.

La referencia en ésta: Adrià Casinos, Las vidas paralelas de Georges Cuvier y Georg Wilhelm Friedrich Hegel. Naturaleza y filosofía, Madrid, CSIC, 2009. Te interrumpí antes con la broma Hegel-omnisciente.

Te sigo preguntando y te doy de nuevo la palabra.

De acuerdo.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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