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La revolución permanente a cien años de la Revolución Rusa

De Socialismo ou Barabarie, junho 2017
Por Roberto Sáenz,


“La propia naturaleza del proletariado y de la revolución proletaria constituye el fundamento estructural de la teoría de la auto liberación de los trabajadores. En primer lugar, el vínculo común, la unión, la comunidad no aparece a los obreros como algo exterior, trascendental (como para los burgueses en competencia), sino como un atributo de la masa, o el fruto de la acción común –la ‘solidaridad’ es la relación psicosocial inmediata de los trabajadores entre ellos, en el nivel de la fábrica, de la profesión y de la clase-. El ideólogo burgués Hobbes consideraba la vida social como ‘una guerra de todos contra todos’; los artesanos ingenuos de la Liga de los Comunistas de Londres tenían como divisa ‘todos los hombres son hermanos’. Para el proletariado, que no tiene propiedad privada (de medios de producción, etcétera), lo ‘social’, lo ‘público’, ya no tiene necesidad de ser encarnado por un Ser superior frente al particularismo de los individuos; se vuelve inmanente al ‘pueblo’, se presenta como una cualidad intrínseca al conjunto de los trabajadores. En la medida que no es propietario y que no está arrastrado por la ‘libre competencia’, el proletariado puede escapar a la alienación política burguesa y sus mitos [aunque eso no impide, mecánicamente, la competencia en sus filas y la recreación de nuevos fetiches como se vio en los países no capitalistas, R.S.].

“Por otro lado, la significación histórica de la revolución proletaria es esencialmente diferente de la ‘toma del poder’ burguesa: será una autoliberación o no será. La burguesía puede convertirse en ‘clase dominante’ incluso sin una acción histórica consciente, porque la revolución burguesa pertenece al reino de la necesidad; incluso si esta acción es alienada, orientada por objetivos ilusorios, inspirada por mitos, la ‘astucia de la razón’ de la evolución económico y social le dará la victoria. La revolución burguesa es la realización inmediata del ser social de la burguesía; las barreras para esta realización son puramente exteriores; no supone ninguna ‘auto transformación’ de la clase: este proceso ‘automático’, alienado, necesario, puede fácilmente tomar la forma mitológica de un Liberador personal exterior. La revolución proletaria, por el contrario, debe ser la primera transformación consciente de la sociedad, el primer paso en el ‘reino de la libertad’ (…) Como escribía Engels en su ‘testamento político’ (el prefacio de 1895 a Las luchas de clases en Francia entre 1848 y 1850): ‘Allí donde se trata de una transformación completa de la organización de la sociedad es necesario que las mismas masas pesen, que ya hayan comprendido ellas mismas de qué se trata, por qué intervienen (con su cuerpo y con su vida)’” (Löwy; 2010; 41/2/3[1]).

A continuación presentamos una versión trabajada de una exposición presentada en febrero pasado a propósito de los avatares de la revolución socialista durante el siglo pasado y las enseñanzas dejadas por la misma para la pelea por la revolución y el socialismo en este nuevo siglo.

1) Recuperar la teoría de la revolución en su sentido original

Queremos arrancar dejando establecidos dos problemas. El primero tiene que ver con que la teoría de la revolución socialista es una teorización estrechamente vinculada con la generalización de la experiencia histórica.

Los marxistas revolucionarios de comienzos del siglo pasado eran especialistas en la Revolución Francesa: todas las analogías de la Revolución Rusa, de la burocratización estalinista, remitían a la Revolución Francesa. Vis a vis, nosotros nos forjamos estudiando críticamente la Revolución Rusa y el conjunto del ciclo de las revoluciones del siglo pasado (lo que no niega la necesidad de que la Revolución Francesa sea nuevamente estudiada por nosotros[2]): “Existen rasgos comunes a todas las revoluciones las cuales permiten la analogía y aun la exigen imperiosamente, si es que hemos de basarnos en las lecciones del pasado y no reiniciar la historia desde cero en cada nueva etapa” (Trotsky citado por Pierre Broué; Cahiers León Trotsky; 1987).

Los avatares revolucionarios son complejos. Si se pierde la perspectiva histórica se puede caer en el precipicio. El ciclo de la Revolución Rusa fue un poco así. Las revoluciones sociales son ricas, complejas, contradictorias. Y varias interpretaciones de la teoría de la revolución se cayeron al despeñadero durante el siglo pasado.

Hubo que traer la grúa; reparar los daños. Poner la teoría de la revolución otra vez en la ruta y tratar de que llegue a “buen puerto”. De eso se trata esta elaboración teórica-estratégica: una pelea por reestablecer la teoría de la revolución permanente, socialista, en su sentido más auténtico luego de los abismos del siglo pasado.

El trotskismo es todavía una corriente minoritaria; una corriente que vivió siempre a loscachetazos de la realidad. Tan aturdido quedó, que terminó muchas veces ciego, sin saber a dónde iba. En la segunda posguerra pareció que perdía su razón de ser: el sentido original de la teoría de la revolución permanente; nuestro programa estratégico.

Se terminó formulando una teoría de la revolución socialista, del Estado obrero y de la transición al socialismo, sin el sujeto histórico llamado a protagonizarla.

Acabó dándose una resultante paradójica que la experiencia histórica, leída críticamente, plantea volver a colocar en su lugar: que no hay revolución socialista ni transición al socialismo sin la clase obrera en el poder.

Es lo que intentamos demostrar en este texto: volver a colocar la teoría de la Revolución Permanente en su senda histórica original: la idea de que el núcleo de la teoría de la Revolución Permanente es la elevación de la clase obrera a clase histórica. Todo lo que se haga, si es en abstracción de la clase obrera, termina conduciendo a otro lugar: no son los objetivos emancipatorios del proletariado.

Un primer elemento tiene que ver con recuperar la centralidad de la clase obrera; y voy a intentar explicar por qué. No por razones doctrinarias o apuestas “filosóficas”. Sino recuperar a la clase trabajadora como sujeto histórico de la emancipación en función de un balance muy concreto: el balance del siglo XX.

Voy a introducirme en dicho balance para demostrar el problema; entender el significado dramático que tuvo el extravío de esa perspectiva.

1.1) La teoría de la revolución y de la transición socialista

La reconsideración de la teoría de la revolución, es decir, de las fuerzas motrices para la trasformación socialista de la sociedad, combina dos teorías: la teoría de la revolución socialista y la teoría de la transición socialista; las enseñanzas de ambas, enseñanzas profundamente entrelazadas.

Primero, las enseñanzas de la revolución, del evento mismo de la revolución: la toma del poder, la expropiación de los capitalistas, acabar con el Estado burgués de manera revolucionaria.

Pero combina, además, una cuestión decisiva y fundamental al que el trotskismo le ha dado la espalda: la circunstancia ocurrida a partir del día después: una vez que se toma el poder. Casi podríamos decir que llegó a construirse todo un “trotskismo de posguerra”; un trotskismo adaptado a las condiciones particulares de la segunda posguerra, que llegó a concebir la transición al socialismo sin clase obrera, concepciones que siguen impactando sobre muchísimas corrientes[3].

No es secundario quién toma el poder. Muchos intérpretes del trotskismo se quedaron en las puertas del asunto porque, en realidad, el evento revolucionario, la toma del poder, sólo abre la puerta a las tareas de la emancipación social: acabar con la explotación del hombre por el hombre. Sólo es la apertura de esa puerta (Trotsky señalaba algo similar respecto de la estatización de los medios de producción).

El problema fue que quedó establecida una separación mecánica entre el momento eminentemente político-social del poder, la toma del poder, decisivo y fundamental evidentemente, y el proceso posterior de transformación de la sociedad: “muchas veces se pierde de vista que la expropiación no hace más que plantear el problema del socialismo, no puede resolverlo por sí mismo”, afirmaba Trotsky[4].

El proceso de la transición al socialismo tiene sus reglas, sus propias leyes. Hacer una reelaboración de la teoría de la revolución permanente separando la teoría del poder de la teoría de la transformación social y de la revolución mundial, fue un error[5].

Nuestra elaboración intenta unir la película entera. Hay un esfuerzo por trabajar con la materia prima de la experiencia histórica que fue el siglo pasado: el siglo más revolucionario de la humanidad. Esa materia prima es la experiencia de ese siglo monumental reflejada, teorizada, pensada en sentido estratégico: como “recuerdos del futuro”[6]. Con el beneficio, además, de la perspectiva que nos ha dado el proceso histórico.

Un intento de recolocar la teoría de la revolución socialista sobre sus pies, parafraseando aquí la idea de Engels de que Marx “dio vuelta la dialéctica idealista de Hegel; la puso sobre sus pies”. La que coloca en el centro un sujeto social, un sujeto histórico: la clase obrera. La que plantea la combinación dialéctica entre la teoría de la revolución y la teoría de la transición.

De ahí que en el nexo de ambos procesos se haya colocado el carácter del Estado posrevolucionario; el semiestado proletario que debe surgir de la revolución. En El Estado y la Revolución el problema de la toma del poder, la polémica con el centrismo kautskista, es absolutamente central: hay que destruir al Estado burgués, la máquina del Estado capitalista, y erigir en su reemplazo un nuevo Estado: un Estado obrero, la dictadura proletaria.

Sin embargo, y simultáneamente, Lenin insiste en que el Estado revolucionario es sólo un “semiestado proletario”. Un semiestado en el sentido que no es un mero aparato por encima de las masas (como lo es el Estado en las sociedades de clase), sino una tendencia a un qué hacer creciente de las masas trabajadoras para transformar la sociedad: ¡que las masas tomen en sus manos los asuntos!

De ahí que El Estado y la Revolución fuera el libro maldito del estalinismo (un señalamiento de Rakovsky de finales de los años 20 recogido por Broué), con Stalin dirigiéndose al extremo opuesto del elam “libertario” de esta obra de Lenin: los cuadros [la burocracia] lo eran todo; las masas, nada.

Véase que aquí, entre la “sangre” de la guerra civil y el concepto general de auto emancipación de los trabajadores, existe una dialéctica compleja. Son niveles de abstracción distintos. Cuando uno habla de estrategia habla más en el terreno de la lucha, habla más de la “sangre”.

Pero cuando se habla de las perspectivas, de los fines de nuestra acción, de revolución social y la transformación social, se habla de auto emancipación, se habla de un emprendimiento colectivo, de la emancipación de los trabajadores como obra de los trabajadores mismos. Obra que, a no confundirse, incluye en un lugar excluyente al partido revolucionario; no puede entenderse en abstracción de él[7].

1.2) La primera y segunda posguerra

Veamos someramente la historia de las revoluciones del siglo pasado. Durante el siglo veinte hubo un corte inmenso entre la experiencia de la primera mitad y la segunda en materia de revoluciones. La primera parte del siglo se ordena alrededor de las tres revoluciones rusas (1905, febrero y octubre de 1917); todas las revoluciones, triunfantes o derrotadas, tuvieron las mismas características.

El proceso histórico se ordenó alrededor de la clase trabajadora: la actualidad de la revolución obrera y socialista. La centralidad de la clase obrera en la revolución como un hecho objetivo, material, incuestionable. Todas las teorizaciones actuales de que la clase obrera “no existe” ocurren porque la clase obrera no aparece en la palestra; por eso es discutible.

En la primera mitad del siglo veinte su presencia histórica-política era tan masiva, que su centralidad era indiscutible. Estuvo la Revolución Rusa del 17 con todos sus avatares; la Revolución Húngara. Lukács fue ministro de Educación seis meses. Georg Lukács, el gran filósofo marxista, que en esa época era ultraizquierdista y después se hizo estalinista crítico. Bajo la presión de la revolución pasó del kantismo al hegelianismo y de ahí al marxismo[8]. Fue ministro del gobierno de Bela Kun, seis meses de soviets en Hungría. Vino la Revolución Alemana del 19, del 23. Estuvo la posibilidad histórica de unir la Revolución Rusa y la Revolución Alemana, que hubiera cambiado el curso de la humanidad.

La Revolución Alemana se frustró. Estuvo el Bienio Rojo en Turín (1919/1920), con el famoso diario de Gramsci, L’ordine novo; estuvo la huelga general anarquista en Argentina, la Semana Trágica de 1919. Era la clase obrera a la ofensiva.

Se dio una combinación de “materialidad” (el carácter obrero de la revolución), experiencia, lucha y conciencia. La Revolución China de 1925/27. Chen Du Xiu funda el partido chino; era el rector de la Universidad de Pekín, una persona de edad ya. Era conocido en China porque fue el que simplificó el idioma mandarín, para que la gente pueda aprender a leer y escribir. Esto antes de ser el fundador del Partido Comunista Chino. El Partido Comunista se funda en 1920; eran quince estudiantes y Chen Du Xiu. En 1925 estaban dirigiendo sindicatos de masas.

China era un mar campesino peor que Rusia; la ecuación era cien veces peor. De todas maneras, en la ciudad, en los centros urbanos y costeros de China, la clase obrera era una potencia.

Y no olvidemos a la Revolución Española, a los hombres y mujeres en armas en la guerra civil, la foto del miliciano que muere de un tiro (una instantánea histórica tomada por Robert Capa), las milicianas: ¡una revolución obrera potenciada!

Una simbología, una iconografía obrera: ¡una presencia inmensa de la clase obrera! Lo señalo para que se entienda el proceso histórico.

Por eso mismo hay que prestarle tanta atención al nuevo proletariado chino. Porque el día que empiece a moverse esa clase obrera significará, seguramente, un acontecimiento histórico-mundial, universal; un acontecimiento para el cual debemos prepararnos comenzando por aprender chino (retomaremos este tema más abajo)[9].

En fin: esa fue la primera gran oleada mundial de la clase obrera, a la que le siguieron otras. La última gran oleada de la clase obrera, internacionalmente, fue el Mayo francés, aunque no dio lugar a revoluciones triunfantes en sentido anticapitalista: la huelga general en Francia de mayo del 68, la Revolución de los Claveles en Portugal (1975), el Cordobazo, etcétera.

El marxismo revolucionario se forjó en la experiencia de esa primera oleada obrera y socialista; tuvo ahí un momento de apogeo como corriente política, de éxito histórico-universal[10]. La paradoja fue que posteriormente se dio un corte histórico; una paradoja como subproducto del desarrollo concreto de la lucha de clases: en el centro del mundo, en los países industrializados, la revolución fue derrotada por la acción coordinada del imperialismo y el estalinismo a la salida de la segunda posguerra; se trasladó a la periferia campesina.

Es derrotada por la emergencia del estalinismo como gran organizador de derrotas (Trotsky). Y también por cierta inmadurez en su desarrollo (especialmente por la inmadurez en la construcción de los partidos revolucionarios; toda la historia de la Tercer Internacional en su época revolucionaria). Pero esencialmente por la burocratización de la Revolución Rusa. Al respecto se puede estudiar la Historia de la Internacional Comunista, de Broué, entre otros textos que dan cuenta de la burocratización del Partido bolchevique, de la Internacional. La burocratización pudre al Estado Obrero, pudre al Partido bolchevique y pudre a la Internacional Comunista.

El estalinismo es organizador de derrotas: organiza la derrota de Alemania, organiza la derrota de China, organiza la derrota en España. Y, luego de la Segunda Guerra Mundial, impone otra serie de derrotas: en Francia, en Italia, se niega a que los PCs disputen y tomen el poder; lo mismo que organiza la trágica derrota en la guerra civil griega.

Ocurre un desplazamiento de la revolución a Oriente donde la clase obrera tiene un peso mucho menor. Sucede una paradoja histórica (que fue lo que desbarrancó a muchas corrientes trotskistas en la posguerra): la clase obrera sale de escena; ocurren conquistas y triunfos, incluso anticapitalistas, pero no son protagonizados por la clase trabajadora.

Las conquistas que se logran son en varios sentidos (nacionales, democráticas, antiimperialistas), a lo que se suma el acabar con la propiedad privada capitalista. Pero todas estas conquistas se logran, paradójicamente, sin la condición de que el protagonista de esas conquistas sea la clase obrera. Los protagonistas son otros.

En China la clase obrera había sido masacrada en 1927 como subproducto de las políticas del estalinismo. ¿Leyeron la Condición Humana de André Malraux[11]? Es un autor centrista que coqueteó con Trotsky pero después giró; era muy pequeño burgués. Llegó a ser ministro de Cultura de De Gaulle. La obra arranca (o termina, no recuerdo bien) con una caldera. El PC dio la orden de acatar el ingreso de las tropas nacionalistas burguesas en Shanghai (que estaba bajo control de los obreros). Las tropas entraron y organizaron una masacre: ¡quemaron treinta mil comunistas en calderas de locomotoras producto de una orientación del estalinismo! Stalin decía que como la revolución en China “no era socialista” (teoría de la revolución por etapas), había que “entregarle la dirección a la burguesía”. Se le entregó la dirección a la burguesía y ésta asesinó decenas de miles de militantes comunistas en las calderas; una traición monumental, histórico-universal[12].

Entre el 33 y el 37 Japón invade China generando masacres que diezman a la clase obrera. Trotsky recomendó retroceder con la clase obrera. El PC había quedado completamente desprestigiado en las urbes. Vino la Larga Marcha de Mao, la Revolución del 49, la revolución desde el campo. El caso es que la Revolución China no fue obrera: fue campesina, anticapitalista, antiimperialista, muy progresiva. Pero hay algo que no fue: una revolución socialista; no llevó a la clase obrera al poder.

De esa derrota de 1927 la clase obrera nunca se recuperó; amenazó con retornar cuando las enormes movilizaciones obreras de la Revolución Cultural (derrotadas por la acción conjunta de todas las alas de la burocracia), y nuevamente en el levantamiento del Tian An Men, en 1989. Pero en ambas instancias fue derrotada. Actualmente es una nueva clase trabajadora de origen migrante-rural que recién está dando sus primeros pasos, como veremos más abajo.

Cuba no fue tan dramático. Pero la gran revolución obrera en Cuba, la gran revolución obrera olvidada, fue la de 1933. Fue derrotada, el movimiento obrero estatizado, etc.

Hubo otra gran revolución con ausencia de la clase obrera en la ex Yugoslavia, dirigida por Tito. El Mariscal Tito, que desde Moscú antes de transformarse en generalísimo durante la Segunda Guerra Mundial, organizó la purga de los trotskistas yugoslavos en 1939 (ver la Historia de la Tercera Internacional de Pierre Broué). Le entregó a Dimitrov, dirigente de la Internacional estalinista en aquella época, a 300 trotskistas y/u oposicionistas yugoslavos, que fueron masacrados[13]. Así arrancó Tito su carrera; se hizo dirigente del Partido Comunista yugoslavo, dirigió la guerra histórica contra los nazis y la ganó.

Pero Tito tampoco tenía cualquier perspectiva vinculada a la clase obrera. Poseía una estrategia campesina-guerrillera. Y hubo acontecimientos más paradójicos todavía: el estalinismo (en una gesta histórica progresiva) derrota al nazismo, ocupa los países del Este de Europa al final de la segunda guerra y declara la expropiación. Se hizo todo tipo de fetichismo sobre que la clase obrera había “presionado” para la expropiación. Falso. Imagínense: en el Este europeo el nazismo hizo una guerra de exterminio. En esas condiciones: ¿quién se iba a movilizar? La clase obrera estaba diezmada; se expropió sin revolución[14].

Porque las revoluciones china, cubana, yugoslava, vietnamita fueron inmensas revoluciones en las cuales había que intervenir; pero su carácter no obrero se impuso como subproducto de estas direcciones. Es todo un complejo problema. También Mao organizó el fusilamiento de los trotskistas luego de la revolución del 49[15], por no olvidarnos de cómo Ho Chi Min mandó a fusilar a Ta Tu Tao, dirigente trotskista de masas de Vietnam (llegó a ser en 1938 intendente de Saigón, la ciudad capital). No es que en la segunda mitad del siglo no haya habido revoluciones obreras; las hubo, pero fueron derrotadas. Revoluciones clásicas como la boliviana de 1952, que destruyó el ejército. Está la anécdota de que hicieron desfilar al ejército en calzoncillos. Un ejército humillado, imagínense: un desfile de tipos en calzoncillos; está genial, una risa, una humillación enorme del ejército. Se fundó la famosa Central Obrera Boliviana, la COB, que tuvo elementos soviéticos. Los campesinos, los pobladores, todo el mundo iba a la COB a buscar respuestas.

Las propias revoluciones antiburocráticas en el Este europeo fueron abiertamente obreras: el levantamiento de Berlín del 53 (contra la carestía y la productividad), la Revolución húngara del 56, La Primavera de Praga del 68, los ascensos obreros en Polonia, etcétera. Todos procesos inmensos pero derrotados con el ingreso de los tanques del Ejército Rojo burocrático.

Las revoluciones triunfantes fueron todas sin clase obrera. Hubo además otra cosa: contrarrevoluciones que expropiaron. ¿Contrarrevoluciones que expropian? Muy complejo, pero real. Es el caso del giro a la colectivización forzosa por parte de Stalin sobre el filo de los años 1930 que abordaremos más abajo (también la ocupación de Polonia en 1939)[16].

Entonces era comprensible que el trotskismo, que era un puñado de militantes en todo el mundo, estuviera desorientado. Imagínense que los meten en una calesita a 500 km por hora, y, de repente, les dicen “bueno, bájense”. La realidad fue tan compleja, tan rica, que mareó al trotskismo: fenómenos nuevos que no podían asimilarse a revoluciones socialistas lisas y llanas.

Esta situación de revoluciones sin clase obrera, con burocracias pequeño burguesas, expropiaciones sin revolución, expropiaciones con contrarrevolución, era para enloquecer a cualquiera. Sobre todo si se es una corriente pequeña, con débiles vínculos con las masas.

Porque cuanto más vínculos se tiene con las masas mejor se puede “leer” la realidad; entenderla mejor. No es una tarea de laboratorio, de gabinete. Marx comprendió el papel de la clase obrera de la mano de Flora Tristán (gran socialista utópica feminista de la época) en 1844, en París. No fue simplemente la redacción de La sagrada familia lo que lo llevó a esa conclusión.

Así descubrió Marx a la clase obrera: en una relación con la experiencia, con la lucha de clases. Porque no se llega a ninguna verdad crítica en el terreno del marxismo de forma abstracta, separada del proceso de lucha, de la experiencia. El proceso histórico fue de una complejidad tremenda y requería de una aproximación, de un abordaje crítico.

De ahí que el trotskismo de posguerra tuviera desvíos oportunistas y sectarios. La responsabilidad de sacar conclusiones recae en nosotros, las actuales generaciones de socialistas revolucionarios. Sobre todo hoy es imperdonable no pasar un balance serio. Existe el problema real de que gran parte de las corrientes del trotskismo no hayan sacado las conclusiones a partir de este desarrollo de la experiencia histórica.

En la segunda posguerra las revoluciones triunfantes que expropiaron a la burguesía fueron revoluciones anticapitalistas, pero sin socialismo. Abrieron e inmediatamente bloquearon la perspectiva de la transición al socialismo.

1.3) La teoría de la revolución permanente reconsiderada

Para profundizar en nuestro desarrollo tenemos que recapitular sobre un aspecto fundamental de la teoría de la revolución permanente; entender cuál fue la paradoja histórica.

Trotsky hizo una apuesta estratégica con la teoría de la revolución permanente que se demostró correcta: la burguesía le tiene ya tanto miedo a la clase obrera que se detiene frente al umbral de las transformaciones sociales. Una cosa eran los sans culottes (“sin propiedad”), los artesanos de París. Otra muy distinta es la clase obrera moderna, la que construye las obras de ingeniería modernas tipo Torre Eiffel (nos referimos a obras de la época). Los artesanos no iban a construir una Torre Eiffel; pero cien años después ya estaba la clase obrera moderna (basada en el mercado mundial como “una realidad con vida propia por encima de los mercados nacionales”, como afirmara el gran revolucionario ruso[17]).

Además había estado el ejemplo de la Comuna de París a finales del siglo XIX. La pequeño-burguesía se había demostrado como una nulidad en materia política. Era la clase obrera la llamada a acaudillar los desarrollos; a tomar en sus manos sus problemas pero también los del conjunto de la sociedad. Recordemos la preocupación de Lenin porque la clase trabajadora fuera “a todas las clases de la sociedad”; tomara en sus manos todas las lacras de la sociedad. De ahí la importancia que le daba a la consigna “Abajo la autocracia”, en polémica con los economicistas que decían: “ocupémonos nada más de las huelgas económicas”…

Su preocupación quedó inscripta en las páginas del ¿Qué hacer? La elevación de la clase obrera como clase política ya estaba en Marx (aunque sin tener la idea del partido de vanguardia). En Marx, la realización de la clase obrera como clase, es como clase política: como clase que es materialmente, pero que también se reconoce a sí misma políticamente: como clase en sí y clase para sí.

El concepto está en el Manifiesto Comunista. La clase obrera existe. Pero si no se reconoce como tal, si no reconoce sus intereses históricos, no se realiza como clase histórica. Caudillo es una clase histórica[18].

La idea fundamental es que la clase obrera como caudillo de todas las reivindicaciones, de todas las opresiones, de todas las injusticias, se conduce al poder como representante de todas estas luchas. Ver la lógica de los dos primeros decretos de Lenin: ninguno era un decreto obrero. Lenin se dirige a los campesinos y decreta la tierra para el que la trabaja. Después se dirige a los soldados, a los campesinos con capote, con el decreto de paz.

Lenin afirmaba: “la revolución la van a protagonizar los explotados y los oprimidos, no la burguesía. Ahora, entre los campesinos y los obreros, yo no sé quién va a ser más protagonista”. Por eso hablaba de “dictadura democrática del proletariado y el campesinado”. No sabía quién iba a protagonizar más, quién iba a dirigir, porque era muy grande el campesinado en Rusia.

Trotsky hace una apuesta estratégica: “es la clase obrera la que va a tomar el poder”. Fue lo que ocurrió: la dictadura del proletariado apoyada en el campesinado tomó el poder. Trotsky afirmaba: “la toma del poder por parte de la clase obrera, expropiando a los capitalistas, cuestionando el derecho de propiedad y levantando las reivindicaciones de todos los sectores oprimidos, transforma la revolución en socialista”.

No iba a ser tan ingenua la clase obrera que después de tomar el poder se encaminaría a la fábrica a que la siga explotando el patrón. Expropia. Cuestiona el derecho de propiedad transformando la revolución en socialista. Pero esto ocurre por la combinación de las dos cosas: el poder y la expropiación; la una no camina sin la otra.

En general, cuando los trabajadores ganan un sindicato o una interna independiente, se ponen contentos y empiezan a hacer reclamos. Cuando un compañero obrero sabe que ganó algo enseguida dice: “bueno, ahora es la nuestra, vamos por todo”. Esa es la lógica obrera. No hay mejor “psicólogo político” que el trabajador: ve la brecha. A veces capaz ingenuamente afirmando: “bueno, listo, ganamos, ahora hagan todo ustedes”. Ahí aparece la cuestión típica del delegado obrero clasista que dice: “ah, no compañeros, todos juntos porque si no yo solo tampoco puedo”. Es la cosa cómoda del obrero que dice: “Bueno, genial, se ganó, hagan todo”. El delegado le dice: “Ah, sí, ¿y vos qué haces?”. El trabajador de base responde: “No, yo me voy a casa”… Esto se puede asumir críticamente embretando a la clase obrera a que tome en sus manos las tareas, o conservadora (burocrática, sustituista) diciendo: “yo hago todo” y maleducando a la clase. “Los cuadros lo son todo”, decía Stalin, como vimos arriba. Es una gran frase de Stalin, clarificadora: “Los cuadros lo son todo”, la clase nada.

Hay una frase en Diez días que conmovieron al mundo. Llega John Reed a Petrogrado junto con un obrero manejando un camión (en los días de la toma del poder) y el obrero dice: “Mi Petrogrado, ahora eres todo mío”. Bajo el capitalismo los trabajadores no tienen la percepción de que las cosas son de ellos porque no lo son, son de la burguesía (después vamos a ver que en los supuestos “Estados obreros” tampoco tenían esa percepción de la propiedad estatizada como su propiedad).

Permaneciendo en la formulación de la revolución permanente de Trotsky,

imagínense que el obrero decía: “mi Petrogrado, ahora eres todo mío” y después iba a la fábrica, marcaba tarjeta, las doce horas de trabajo, como siempre. La clase obrera toma el poder y echa a patadas al patrón. Se lo saca de encima. Es una mecánica coherente. La clase trabajadora es protagonista del proceso histórico, las corrientes revolucionarias trabajan ahí, construyen el partido, colaboran con los sindicatos, con la construcción de organismos de poder, con la politización, etc.

Es toda una combinación de elementos. Nosotros hablamos de clase (y de organismos y de partido) a modo de un “continente” completo. Hablar sólo de partido sería un error. Pero en este grado de abstracción en el que estamos, la clase supone al partido. Cuando hablamos de clase obrera hablamos de la clase, de su vanguardia, su retaguardia, sus organismos, la estrategia, el partido, las maniobras, todo[19].

Entonces Trotsky dice que la clase obrera es la protagonista histórica. Gran ratificación histórica de Trotsky. La Revolución Rusa fue una ratificación histórica. Trotsky estaba entre Rusia y Europa, tenía percepciones. La clase obrera era una potencia que había hecho la revolución de 1905. En Alemania era una potencia organizativa. Trotsky partía del mercado mundial como totalidad ya dominante en el ámbito internacional; esa era la base material de su teoría: de ahí el rol histórico que le veía a la clase obrera en todos los países.

Para que se tenga una idea de lo que era la potencia de la socialdemocracia alemana: tenían cien diarios. Un millón de militantes. Agrupaba en sindicatos a cuatro millones de obreros más. Miraban a Lenin por encima del hombro como diciendo “que decís ‘zurdito’, son sólo veinte mil; que nos vienen a hablar a nosotros que somos un millón”.

La paradoja que hubo en las revoluciones de la segunda posguerra, en las expropiaciones sin revolución, burocráticas, incluso en las medidas contrarrevolucionarias de Stalin de los años 20 y 30, es que se expropió sin clase obrera (una inversión completa de la lógica del razonamiento). Se llegó a la expropiación de la burguesía sin la clase obrera. Una paradoja descomunal. Se expropia sin la condición de posibilidad esencial, que es el rol histórico de los explotados y oprimidos. Una tarea a priori emancipadora, sin el sujeto de la emancipación. Se expropia, pero la que hace los “goles” no es la clase obrera…

Fueron revoluciones inmensas, con millones de campesinos. Pero con la paradoja de que se cumplía una tarea histórica sin el sujeto llamado a protagonizarla.

Los trotskistas se devanan el cerebro, dicen: “Estado obrero”. Y empiezan las ideologías: “No, la clase obrera sí estuvo”. Ah, ¿sí?, ¿dónde? Está desmentido por la historiografía actual. No fue protagonista la clase obrera en la Revolución China, por poner un ejemplo. Frank Glass, militante trotskista en China en aquella época, importante, muy sensible (tenía también un seudónimo en chino, Li Fu-yen) afirmaba que la Revolución China era “una revolución fría”.

Los trabajadores tenían que esperar el ingreso de las tropas campesinas del Ejército Rojo maoísta. Les decían: “trabajen, pórtense bien; ya les vamos a decir qué hacer”. Los maoístas van a las fábricas (lo cuenta Li Fu-yen) y le dicen a los trabajadores: “ahora, la fábrica es de ustedes”, los trabajadores miran para atrás y dicen “¿a quién le hablan?”, “¿a mí me están hablando?”, “¡si yo no tengo nada que ver; yo no hice nada!”…

Revolución “fría”… Imagínense que la revolución es una cosa caliente, lo más caliente que hay. La revolución es como un hormiguero cuando alguien lo patea. Todo es caótico en el hormiguero, todo furor. Pero Li fu Yen habla de “revolución fría” en el caso de la clase obrera en el 49; es casi la antítesis de una revolución.

Claro que en el campo la revolución no fue fría (fue una guerra civil en regla[20]). Pero fue encuadrada burocráticamente, que es una cosa muy distinta. Pero no fría. Fue una guerra civil monumental. Pero sin elementos de autodeterminación, siquiera campesinos. Está todo documentado. Mao se ocupó de regimentar al campesinado todo a lo largo de la Revolución. Tuvo esa contradicción tremenda[21].

En Cuba se da otra paradoja; la huelga general de mayo del 59 está mal preparada y fracasa. Cuando viene la revolución, la clase obrera participa del evento pero como “ciudadanos”, individualmente. El trotskismo empezó a decir que “en realidad, el campesinado al ser sin tierra tendía a ser un asalariado”… Todo tipo de teorías para tratar de descubrir a una clase obrera que no había estado. ¿Cómo ibas a definir un Estado obrero si la clase obrera no estaba?

Se empezó a fabular. Ocurrió un fenómeno histórico nuevo. Pero no había que definirlo como “obrero”. Hacer la estupidez de afirmar una cosa que no era. Menos que menos cuando se habla de una revolución. ¿Cómo se va a hablar de la revolución sin dar cuenta de los protagonistas efectivos de la misma? No se niega que la expropiación fuera progresiva. Pero no se puede hablar del carácter de la revolución en abstracción de los sujetos que la encarnan.

2) El poder y la expropiación

La experiencia de posguerra generó un fenómeno que dio lugar a un inmenso equívoco. Se tendió a hacer una racionalización: la expropiación del capitalismo sin clase obrera habría dado lugar a revoluciones “socialistas”, Estados “obreros” y “transiciones al socialismo”…

El trotskismo fue al “psicólogo” para entender el “trauma” y cuando salió de la sesión dijo: “Estado Obrero, Estado Obrero, Estado Obrero”, esto en vez de hacer una evaluación crítica. Pesó, evidentemente, la presión de los acontecimientos.

Es real que se trató de problemas inéditos, desarrollos paradójicos. China del 49 fue una revolución inmensa. En China los japoneses hicieron masacres, violaciones en masa; ponían a las mujeres de “damas de compañía” de los soldados japoneses durante la segunda guerra, etcétera. Japón fue parte del sometimiento colonial de China a partir de la mitad del siglo XIX[22]. Hubo una inmensa revolución, pero con un desarrollo paradójico.

En la teoría de la revolución permanente de Trotsky hay una combinación de tres teorías, tres partes integrantes de la misma. La primera, la revolución democrática que se consuma en socialista porque la clase obrera llega al poder expropiando. La segunda, la transformación socialista del país que es todo el proceso de transformar las relaciones sociales opresoras, de injusticia, la explotación: que el Estado proletario sea realmente una dictadura del proletariado. Por último, la revolución mundial.

Todo eso es la teoría de la revolución permanente; las tres partes componentes en su integralidad. Pero precisamente esa es la dinámica que no se dio: no ocurrió el pasaje completo de revolución democrática en socialista, quedó estancada en el plano anticapitalista. Tampoco se desarrolló la revolución –en tanto revolución socialista- en el ámbito internacional.

2.1) La inhibición de la dinámica permanentista

Entonces ocurrió otra circunstancia paradójica: la burocracia expropiando la propiedad privada en el campo vía la colectivización forzosa (finalizando los años 20). Una década después estuvo el reparto de Polonia entre Hitler y Stalin. La burocracia expropia en Polonia. Pero Trotsky afirma que el mal supera el beneficio porque se desprestigia la causa del proletariado mundial, y porque expropia la burocracia (educando en el sustituismo burocrático). Trotsky vivió esas cosas; escribe El Programa de Transición (1938), y siguiendo a Lenin afirma que en condiciones excepcionales de crisis, bancarrotas, guerra civil, la pequeño burguesía podía tomar el poder, romper con la burguesía, abriendo luego de un corto interregno el camino a la verdadera dictadura del proletariado. Aquí la clave del problema es que ese “corto período” terminó eternizándose. Muchos trotskistas afirmaron: “¡Nos salvamos! ¡Tenemos la condición excepcional del Programa de Transición! El estalinismo nos resolvió el problema: tomaron el poder; expropiaron. Se trata de un Estado obrero”. Se olvidaron de la parte fundamental de la evaluación trotskiana: el corto período de tiempo. Se debía abrir una transición. Se expropia a la burguesía y se abre la posibilidad de que la clase obrera dispute el poder. Trotsky dice que la estatización de los medios de producción tiene su valor en la medida que abre “una ventana a una vida mejor”.

El problema dramático de la posguerra fue que esas expropiaciones y la toma del poder por las direcciones pequeñoburguesas, no dieron lugar en un corto período a la toma del poder por parte de la clase obrera: el proceso quedó congelado, la transición abortó. El Estado soviético degeneró burocráticamente y se transformó en un Estado burocrático liso y llano. Ya en en 1920 Lenin comienza a disuctir el carácter de la URSS, de la Unión Soviética: definía a la URSS como Estado obrero con deformaciones burocráticas.

No lo interpreten en forma metafísica: hay una acción consciente (de parte de las direcciones) para que la clase obrera cierre el “pico” y se vaya a trabajar. Hay concesiones. No es el mismo tipo de explotación que en el capitalismo. Pero sigue habiendo desigualdad y explotación. La burocracia estalinista, las direcciones pequeñoburguesas y también el castrismo (que no era estalinista, pero era bien pequeño burgués), actuaron para atomizar.

En 1960 (no recuerdo bien) hubo un congreso sindical en Cuba; tomen nota que el país era mucho más obrero que hoy. Había mucho entusiasmo. Aparece Fidel, que tenía un peso de masas inmenso (obvio, había conquistas enormes: entrega de tierras, expropiación de ingenios, etc). Se iba a votar la nueva dirección de los sindicatos. Pero Fidel trae para dirigir los sindicatos al tipo más odiado por el movimiento obrero cubano, que era el dirigente de la central sindical estalinista que había colaborado con Batista. Fidel lo pone de Secretario General. La clase obrera, que es muy concreta, no lo puede interpretar, es incomprensible. Se vuelve desmoralizada a sus casas. Y eso selló, simbólicamente, que nunca haya tenido protagonismo hasta hoy[23].

Fue muy complejo: direcciones que expropian y actúan conscientemente para atomizar a la clase obrera. Pueden leer a Roland Lew, que ya falleció, especialista en China, que viene del mandelismo, luxemburguista. Él cuenta cómo el maoísmo satisfizo las condiciones de vida de un sector minoritario de la clase obrera, privilegiado, atado a la fábrica, que es donde tenían vivienda y escuela. El resto de los trabajadores permaneció precarizado. El maoísmo dividió conscientemente a la clase obrera. No niega esto que hubiera conquistas: la expropiación, que se haya unificado el país, la independencia del imperialismo. Fue progresivo pero limitado, paradójico. En Cuba también hubo conquistas inmensas. ¿Por qué, sino, Castro fue un gran dirigente? Echó a patadas a los yanquis, lo que tiene un valor inmenso. Pero eso lo hizo Castro, el castrismo, no la clase obrera. No somos castristas. Tenemos la perspectiva de la autoemancipación de la clase obrera como protagonista histórico, un proceso opuesto a lo ocurrido en la posguerra.

Son debates fundacionales del movimiento obrero: el problema del sustituismo. Ferdinand Lasalle, fundador del movimiento obrero alemán, decía: “Yo, la clase obrera”. Marx era enormemente crítico de él porque apostaba a la revolución social como una obra colectiva (en Cuba el santo y seña era de igual cuño: “Comandante en Jefe, ordene”, en relación a Fidel).

Esto no tiene nada que ver con la teoría y el programa del marxismo revolucionario. No fue un corto período de tiempo el del gobierno burocrático pequeño burgués en los Estados no capitalistas, sino que el proceso se congeló ahí: se inhibió la dinámica de la revolución permanente. Se conquistó un Estado, se destruyeron las FFAA. Pero quedó un Estado en el que no tenían arte ni parte las masas.

Veamos el ejemplo del encuadramiento de las masas agrarias por parte del maoísmo. Solían realizar asambleas en los pueblos: una suerte de “tribunales populares”, pero falsos. Había rondas donde los campesinos “opinaban” pero encuadradas burocráticamente: se acusaba a tal o cual fulano digitado por la burocracia. Era una especie de purga, un fetiche de participación.

El Estado se erige como aparato, no como forma transitoria. El Estado de la revolución proletaria es un órgano que no concentra a todas las masas sino principalmente de vanguardia, un semi Estado que debe tender a ser una entidad cada vez más colectiva. El Estado de la transición socialista debe tender a negarse como Estado. Lo mismo la propiedad estatizada, que es o debe ser, una forma de propiedad colectiva. Forma colectiva necesaria para acabar con toda propiedad: porque si la propiedad es colectiva, ¿para qué vas a declarar la propiedad? Cuando se declara una propiedad es porque se declara contra alguien (contra los burgueses del país y los burgueses del mundo).

Pero una vez que la transición avanza y todo es de todos: ¿para qué se va a declarar la propiedad? Insistimos. La propiedad sólo se declara cuando es contra alguien. Pero tiende a re-absorberse en la medida que las desigualdades tienden a acabarse también y entonces deja de ser propiedad: la propiedad (realmente) social es casi la negacion final de la propiedad, la ultima forma de la misma (está claro que estamos hablando de los medios de producción).

Salvo que, contrariamente a su carácter (o principio) social, la propiedad estatizada se tranforme en fuente de privilegios, enmascare privilegios de hecho. Entonces se transforma en otra cosa: deja de ser una forma transicional[24]. La propiedad estatizada tiene un valor inmenso en la medida que los privilegios disminuyan. Pero pierde ese carácter de forma transicional si los burócratas andan en limusina, si sigue la desigualdad social y la injusticia (en límites que van más allá de lo razonable[25]).

La desigualdad cuestiona dos grandes criterios: la democracia socialista, la gestión colectiva de los asuntos y que no haya injusticia social. Trotsky afirmaba que Stalin se erigió en el guardián de la desigualdad porque inventó la idea de que la igualdad era “un concepto pequeñoburgués”, un criterio evidentemente antisocialista y justificador de los privilegios de la burocracia.

Lenin y Trotsky tenían la opinión contraria. Entendían que en la transición no podía haber condiciones para la igualdad completa; que a los trabajadores con calificaciones diferentes había que pagarle sumas distintas, lo mismo que ya señalamos el caso de los profesionales. La transición al socialismo es una transición: no es que se puede decretar la abolición del Estado y la desigualdad. Pero lo que sí debe verificarse es una tendencia a que el Estado como aparato, junto a las injusticias y desigualdades, se diluya (ver en el mismo sentido la Plataforma de la Oposicion de Izquierda).

Esa debe ser la dinámica en la transición socialista: la tendencia a que la desigualdad se reduzca y crezca el carácter colectivo de la gestión del Estado: “La propiedad del Estado no es la de ‘todo el pueblo’ más que en la medida en que desaparecen los privilegios y distinciones sociales y en que, en consecuencia, el Estado pierde su razón de ser. Dicho de otra manera: la propiedad del Estado se hace socialista a medida que deja de ser propiedad del Estado” (Trotsky).

Detrás de todo debe estar la politización de la población (un concepto que, paradójicamente, gran parte del trotskismo no entiende), la participación activa[26]. Este es un problema que tiene el marxismo revolucionario: no logra hacer nada sin las masas y la vanguardia. El sustituismo no funciona (no puede funcionar) en un sentido socialista. El partido debe dirigir pero no puede sustituir a las masas, salvo en circunstancias muy particulares y por un cortísimo período de tiempo: “Hemos visto (…) que Lenin escribía entre comillas las palabras: ‘las fuerzas de la clase obrera’ [el autor se refiere a valoraciones de Lenin a comienzos de los años 20 luego de los desastres dejados por la guerra civil, R.S.]. La vanguardia partisana ya no tenía tras ella el grueso de las tropas; su base social estuvo en lo sucesivo entre comillas. Los cerebros más lúcidos del Partido se daban cuenta de que él mismo estaba en cierto modo suspendido en al vacío, pero creer que esta situación pudiera prolongarse por mucho tiempo era otra quimera de teóricos. El vacío social en cuestión iba a rellenarse muy pronto con fuerzas distintas de las que inicialmente se había previsto” (Lewin; 1970; 26[27]).

Esa es la dinámica de la revolución permanente y lo que califica el carácter de la expropiación. Por eso hay que unir la teoría de la revolución y la teoría de la transición: porque califica el hecho; el hecho no se autocalifica, no es una declaración de principios (la revolución no es socialista sin la clase obrera en el poder).

Trotsky dice muy bien que el problema en política no es cómo uno se etiquete sino como uno es. Es un tonto el que le cree a otra corriente política lo que dice que es sin apreciar lo que realmente es. Socialista es aquel que lucha por el poder, construye el partido, establece una dictadura del proletariado y se esfuerza porque esa dictadura tienda a ser, además de durísima con la burguesía, el imperialismo y la contrarrevolución, una democracia de un nuevo tipo con las masas trabajadoras, un ejercicio cada vez más colectivo del poder.

La experiencia histórica ha indicado que, caso contrario, se pudre la revolución. La propiedad estatizada es una apuesta para acabar con la desigualdad, no a regenerarla; caso contrario se transforma en una falsa propiedad “social”.

Trotsky había indicado que en el caso de Marx y la I Internacional, el solapamiento de propiedad estatal, social, colectiva o pública como formas indénticas, era comprensible porque se hablaba en una escala de tiempo histórico. Y, además, sin que se haya pasado por la experiencia histórica de alguna sociedad de transición. Pero en la experiencia de la URSS, aquello que parecía “indistinto”, adquirió todo su espesor: de ahí la analogia trotskiana del pasaje del gusano a la mariposa por la fase transitoria de la crisálida y la insistencia de Trotsky de que no toda crisálida se transforma en mariposa[28].

Es decir: la estatización de los medios de producción es una condición necesaria pero no suficiente para llegar a la propiedad social, a la socialización de la producción: para esto los medios de producción deben estar realmente en manos de la clase obrera. Se trata de la teoría clásica de la revolución socialista, de la teoría clásica del Estado, de la teoría clásica de la propiedad.

2.2) La emergencia del súper Estado de la burocracia

Pero esa dinámica no fue la que ocurrió. La clase obrera tiene que recorrer su experiencia histórica, aprender, nadie le puede ahorrar ese aprendizaje; en todo caso sacar conclusiones para no volver a tropezarse con la misma piedra.

Si somos un partido revolucionario también lo somos para no repetir tonterías y llamar a las cosas por su nombre; tratar de entender qué fueron las revoluciones de la segunda posguerra para dar la pelea estratégica por la revolución socialista.

Tenemos que militar en toda revolución tal cual es. Pero si hablamos de estrategia hay que pensar el para qué, para qué perspectivas los revolucionarios vamos a la revolución. Vamos con un plan de trabajo. Es una pelea. No es chiste. Una pelea que puede ser durísima contra las direcciones burócraticas, contra las direcciones contrarevolucionarias, contra la contrarevolución imperialista: no hay revolución sin contrarevolución en sus más variadas formas, como ha mostrado la experiencia del siglo veinte.

Veamos el estalinismo. Mao fusiló trotskistas. Ho Chi Min también: asesinó a Ta Tu Tao, gran dirigente trotskista vietnamita que llegó a ser una figura de masas, intendente de Saigón en 1938. Tito entregó oposicionistas. Stalin masacró a toda la Oposición en las grandes y pequeñas purgas.

No es chiste. Es lucha de clases, no es un paseo. El trotskismo murió en el Gulag, en los campos de concentración estalinistas defendiendo la perspectiva de la revolución mundial. Lean los Samizdat: los textos de la juventud trotskista en los campos de concentración estalinista en los años 30. La Oposición de Izquierda eran algunos viejos dirigentes y los demás, jóvenes con todas sus esperanzas, con toda la vida por delante: eran lo mejor de la Revolución Rusa que se plantó frente a Stalin.

La contrarrevolución estalinista cortó la dinámica transicional y reafirmó el súper Estado de la burocracia: en vez de exinguirse el Estado en la sociedad, el Estado burocrático liquidó la dictadura del proletariado. Insisto. Se cortó esa dinámica y se reafirmó el Estado de la burocracia. Hubo una ruptura tremenda, el partido bolchevique dejó de existir y surgió el partido de la burocracia: “(…) la dictadura se organiza para llevar a cabo su misión de desarrollo del país y establecimiento de una mayor justicia social, principios en nombre de los cuales se ha realizado la revolución. Pero el Estado dictatorial muestra tendencia a cristalizar en un organismo que tiene sus leyes e intereses propios, corre el riesgo de sufrir sorprendentes distorsiones en relación a los objetivos iniciales, escapar de las manos de los fundadores y contrariar, al menos durante un largo tiempo, las esperanzas de las masas. El instumento se convierte entonces en un fin en sí” (Lewin; 1970; pp. 18).

Pero en otros casos, como China y Cuba, no hubo ruptura, no hizo falta una contrarrevolución burocrática, el Estado nació burocrático. La burocracia maoísta, castrista, continuó sin rupturas, se convirtió en restauracionista[29]. En la Revolución Rusa, la revolución obrera y socialista por antonomasia, el estalinismo masacró a la vanguardia obrera y bolchevique; el proceso fue con ruptura, no hubo continuidad. En China y Cuba, la misma burocracia que protagonizó la Revolución, se hizo restauracionista; sin contradicciones (se sobreentiende que estamos hablando de contradicciones fundamentales; obvio que contradicciones hubo, pero no ruptura).

En la URSS el pasaje del Estado obrero con deformaciones burocráticas al Estado burocrático produjo sangre contra el bolchevismo: no hay continuidad, hay ruptura. Es casi obsceno señalar que no tienen nada que ver Gorbachov y Yeltsin con Lenin y Trotsky.

Lo que diferencia los procesos es la naturaleza de los fenómenos históricos: la Revolución Rusa fue una verdadera revolución socialista en la que había que

provocar un corte histórico para que dé lugar a la burocratización (y luego a la restauración capitalista; sobre la base de la derrota histórica anterior de la clase obrera, la derrota de los años 30).

El carácter no obrero de los procesos en China y Cuba, anticapitalista, progresivo, con conquistas, pero no obrero y socialista, explica que la burocracia que dirigió dichos procesos sea la misma burocracia restauracionista de hoy. Fidel murió de muerte natural. Gobierna su hermano. Hay continuidad, son lo mismo. El maoísmo es igual. Estaban peleados con Deng, pero todos eran de la burocracia.

Hay que estudiar la revolución en el siglo pasado, porque es lucha de clases viva, no una abstracción: es la teoría de la revolución, la estrategia, que vive en la lucha de clases. Es la interpretación, la generalización de la experiencia y las herramientas del marxismo para hacer la revolución socialista, para transformar la realidad, para expropiar a los capitalistas y para que la clase obrera tome el poder.

Construimos el partido para eso. El partido es el resumen de la experiencia histórica. Aunque nuestra corriente internacional sea todavía extremadamente minoritaria, tiene el valor de haber tomado esta discusión estratégica, contra la corriente, porque toda la “ortodoxia” fue para el otro lado. Había que ponerse de pie y cuestionar esta falsa “ortodoxia” dentro del marxismo, desde la seriedad, estudiando críticamente la experiencia histórica concreta, dentro de los clásicos, apoyándonos en los hombros de nuestros maestros: Marx, Engels, Trotsky, Lenin, Rosa.

Se inhibió esa dinámica de la revolución permanente y el “corto período” fue un período total. Porque la clase obrera nunca pudo tomar el poder; no pudo aprovechar las conquistas para hacerse del poder. Y ahí se pudrió todo: las revoluciones anticapitalistas fueron a una bifurcación histórica dando lugar a Estados burocráticos en ausencia de la clase obrera en el poder, congelándose el potencial proceso de transición al socialismo.

3) La teoría de la revolución después de la burocratización

“Todo acontecimiento es a la vez definitivo y transitorio. Se prolonga en el tiempo, bajo aspectos a veces imprevisibles” (Víctor Serge, Treinta años después de la Revolución Rusa).

Continuamos aquí con la versión editada de nuestra charla en febrero pasado en el Hotel Bauen, en este caso con la parte referida a la teoría de la revolución luego de la experiencia de la burocratización de las revoluciones del siglo veinte.

Ocurre que el cien aniversario de la Revolución Rusa es una evidente oportunidad para retornar sobre la teoría de la revolución socialista. La formulación contemporánea de la misma fue realizada por León Trotsky en La Revolución Permanente; sintetizaba allí la experiencia de la Revolución Rusa y las revoluciones que le fueron contemporáneas hasta ese momento (1930).

3.1) Completar la teoría de la revolución

El curso de la Revolución Rusa dio lugar a comparaciones con la Revolución Francesa, la revolución burguesa por antonomasia y la mayor revolución histórica hasta 1917. Los orígenes de la teoría política del marxismo se forjaron estudiándola críticamente y asimilando los desarrollos ocurridos durante el siglo XIX, con los levantamientos abortados de 1830 y 1848 así como con la primera experiencia de la dictadura proletaria, la Comuna de París.

Todas estas experiencias hablaron de la impotencia de la pequeño burguesía para cumplir un rol independiente. La teoría de la revolución por etapas (que desempolvó Stalin en su lucha contra la Oposición de Izquierda), no pasó la prueba de los hechos: terminó en tremendas derrotas en China y España (esto por no olvidarnos de la capitulación ignominiosa en Alemania por cuenta de la teoría ultraizquierdista del “Tercer período” estalinista).

En la segunda posguerra el patrón pareció cambiar: direcciones pequeño burguesas de base campesina o de las clases medias urbanas parecieron llevar adelante la revolución “socialista” en China, Cuba y la ex Yugoeslavia. Incluso sin revolución alguna, desde arriba y en frío, el estalinismo expropió al capitalismo en los países del Este europeo a la salida de la segunda guerra (en 1939 había hecho lo propio en la porción de Polonia que le tocó de su reparto con Hitler).

Por otra parte, en su giro “izquierdista” a finales de los años 20, Stalin la emprendió contra los campesinos y liquidó lo que restaba de la propiedad privada agraria. Escritores “trotskistas” como Isaac Deutscher hablaron de una “segunda Revolución Rusa” realizada por el dictador, cuando lo que estaba concretándose era una contrarrevolución burocrática: “Stalin (…) se anotó una inmensa victoria política: quebró la columna vertebral del arcaico individualismo rural que amenazaba frustrar la industrialización” (Deutscher, 2007; pp. 99)[30].

Trotsky no llegó a apreciar en toda su cabalidad estos desarrollos[31]. Tuvo la suficiente sensibilidad, sin embargo, para calificar la colectivización estalinista como una “monstruosidad” y lo hizo mucho antes que se conocieran los horrores que la acompañaron: “Nunca se le había ocurrido que una clase social tan numerosa como la burguesía rural pudiera o debiera ser destruida por decreto y por la violencia, que millones de personas debieran ser despojadas y condenadas a la muerte social y, en muchos casos, a la muerte física también” (Deutscher; 2007; 91[32]).

Algunos desarrollos los pudo observar en tiempo real aunque quizás no con la suficiente distancia histórica (de ahí que mantuviera hasta el final su definición de la ex URSS como Estado obrero burocratizado); otros ya no viviría para apreciarlos. De todas maneras, hizo un enorme esfuerzo de interpretación durante la colectivización forzosa del campo y la industrialización acelerada, lo mismo que sentó posición sobre la primera ocupación de Polonia. De ahí que haya colocado en El Programa de Transición esa idea –que habían estado dando vueltas con Lenin durante 1917- que en condiciones excepcionales de crisis, guerra, revolución, crack económico, la pequeña burguesía podría verse empujada a romper con la burguesía en una vía anticapitalista, aunque condicionando este desarrollo a la idea de que eso sería sólo “un corto período de tiempo”: una suerte de “interregno” hacia la verdadera dictadura del proletariado.

Las revoluciones china, cubana, yugoslava, etcétera, constituyeron un enorme desafío para la teoría de la revolución permanente. La revolución no fue por etapas: el capitalismo fue expropiado. Pero los que llevaron adelante estas tareas no fueron la clase obrera, sus partidos y organizaciones: fueron las direcciones pequeñas burguesas burocráticas por exclusión expresa de la clase obrera; lo mismo ocurrió con el proceso de transición (bloqueado) abierto luego de la toma del poder por parte de estas direcciones.

Durante el debate en el seno de la Oposición de Izquierda en 1928/9, Trotsky había insistido en que para apreciar el carácter de los desarrollos, no alcanzaba con evaluar las tareas llevadas adelante sino quién y cómo las realizaban. Siempre hemos dicho que esta simple afirmación encierra una clave teórica para comprender las revoluciones de posguerra (y, más en general, los procesos de transición bloqueados). El hecho que, finalmente, la clase obrera no haya tomado el poder, o haya sido desalojada del mismo, de que no se hayan constituido realmente dictaduras proletarias (o que se haya perdido ese carácter en la Rusia soviética), dejó colocada la discusión sobre el carácter de las sociedades donde el capitalismo fue expropiado, pero la clase obrera no tuvo arte ni parte en los asuntos: el problema del sustituismo social de la clase obrera.

Nuestra posición es que la teoría de la revolución y de la transición socialista se enriquecieron críticamente con esos desarrollos, demostrando que el carácter socialista de ambos eventos quedó cuestionado: que no se trata solamente de qué tareas se llevan adelante, sino quién y cómo las ejecutan.

El “determinismo paramétrico” del que hablara Mandel (en relación a un orden de determinación no mecánico), señalaba que las revoluciones eran anticapitalistas: no podían ser otra cosa cuando expropiaban a los capitalistas. Pero la estructura no podía determinar mecánicamente que se constituyeran Estados proletarios y sociedades de transición al socialismo, cuando la clase obrera no fue llevada al poder. Una cuestión decisiva a la que una parte del trotskismo no le dio la menor importancia. Ocurre que si se trataba del evento de una revolución social, y se la definía por exclusión de los sujetos sociales y políticos que la protagonizaban, a lo que se llega es a un absurdo: ¿cómo podría definirse una revolución, el evento político-social por antonomasia, haciendo abstracción de las clases en lucha?

En todo caso, el siglo veinte demostró que la estructura social podía determinar dos desarrollos posibles y no sólo uno: hacia el Estado obrero o hacia un Estado burocrático, como subproducto que era una burocracia y no la clase obrera la que quedaba al frente del poder: “Tales especulaciones sobre las posibles variantes de la historia son legítimas e incluso necesarias, si se quiere comprender el pasado y orientarse en el presente; para condenarlas, habría que considerar la historia como un encadenamiento de fatalidades mecánicas y no como el desarrollo de la vida humana en el tiempo” (Serge; 2017).

Así las cosas, la riqueza contradictoria de los desarrollos en el siglo pasado, la emergencia de la revolución y la contrarrevolución, nos llaman a “completar” la teoría de la revolución socialista (permanente) en función del balance de la experiencia real ocurrida el último siglo.

3.2) Una contrarrevolución también social

Un primer elemento teórico-estratégico de importancia tiene que ver con la analogía entre la revolución proletaria y la burguesa. Dos de las más grandes revoluciones en la historia de la humanidad, la francesa y la rusa, no podían carecer de elementos comunes, al menos en lo que hace a la mecánica de la revolución y la contrarrevolución. La experiencia de los Jacobinos llevados a la cúspide y luego derrotados por la reacción, era una guía para la comprensión de los desarrollos revolucionarios y posrevolucionarios en la Rusia soviética. De ahí que la Oposición de Izquierda trabajara con la analogía del Termidor[33].

En principio y a lo largo de muchos años, Trotsky pensó dicha analogía en el sentido que el Termidor constituía una contrarrevolución social (más abajo veremos las apreciaciones de Rakovsky al respecto). Desde ese punto de vista, consideró (hasta mediados de los años 30), que el Termidor estaba por delante: no se había consumado a finales de los años 20.

Pero en 1935 corregiría dicha analogía (ver Estado obrero, Termidor y bonapartismo) señalando que, en realidad, el Termidor se venía consumando desde 1924, sólo que no como contrarrevolución social sino como contrarrevolución política: la clase obrera había sido desplazada políticamente del poder, pero no socialmente: seguía siendo la clase dominante en la sociedad: la contrarrevolución estalinista había preservado las bases sociales del Estado.

Trotsky afirmó que había que ajustar la analogía con la Revolución Francesa; comprenderla mejor. La caída de los Jacobinos no había avanzado sobre los fundamentos sociales (burgueses) de la revolución: los había preservado: “así como Napoleón no ‘reestableció la economía del feudalismo’, argumentó Trotsky, ‘el contenido social de la dictadura de la burocracia está determinado por las relaciones productivas creadas por la revolución proletaria” (Murphy; Octubro; 2017).

La Revolución Rusa había expropiado a la burguesía; la contrarrevolución (social) rusa debía devolverles la propiedad. Lo que se había consumado era una contrarrevolución sólo política; la propiedad seguía estatizada. De ahí que Trotsky excluyera como hipótesis una tercera posibilidad (aunque habló de ello a finales de los años 30, pero siempre como algo no consumado).

Sin embargo, a nuestro modo de ver, la contrarrevolución estalinista sí constituyó una contrarrevolución social; afectó las bases sociales del Estado obrero, aunque sin llegar a la restauración del capitalismo: configuró un Estado burocrático con restos proletarios comunistas, lo que era, repetimos, una tercera variante histórica: “La reacción política que se abre con el Termidor consiste en que el poder comienza a pasar, formalmente y de hecho, a las manos de un número cada vez más restringido de ciudadanos. Las masas populares, al comienzo por una situación de hecho, posteriormente igualmente de derecho, fueron poco a poco separadas del gobierno del país” (Rakovsky citado en Broué; Cahiers León Trotsky).

En esto es agudo Bensaïd cuando afirma que una contrarrevolución no es necesariamente una revolución en reversa; configura un desarrollo inédito que puede dar lugar a fenómenos nuevos. La contrarrevolución estalinista no significó una vuelta al capitalismo sino otra cosa: la emergencia de la burocracia, del Estado burocrático. De ahí que la analogía con el Termidor francés no fuera del todo correcta tampoco en la versión modificada por Trotsky en 1935.

De todas maneras, ese valioso texto que anticipaba La Revolución Traicionada (nos referimos a Estado obrero, Termidor y bonapartismo), Trotsky presentaba algunas definiciones de importancia que nos interesa volver a sumariar aquí: establecía una suerte de diferenciación principista entre la revolución burguesa (más espontanea en sus desarrollos) y la revolución socialista, que al entregarle el mando al Estado como “economista y organizador”, era inseparable de una construcción consciente: no era secundario que la clase obrera estuviera al frente del Estado (ver más adelante el subtítulo “Los problemas de la propiedad estatizada”)[34].

Sin embargo, a pesar de la enorme riqueza de los análisis de Trotsky, la Oposición de Izquierda se mantuvo atada al esquema del “tercero excluido” (Estado obrero burocratizado o vuelta al capitalismo, ninguna tercera alternativa), cuando la variante que finalmente se dio fue la emergencia política y social aún inestable de la burocracia; variante que fue intuida con más claridad por Rakovsky, que se mostró agudo en entender qué de específico había en la emergencia de la burocracia como una “nueva clase de gobernantes” (ver su “Carta a Valentinov”).

3.3) Sujetos, tareas y métodos en la revolución socialista

“El modo de producir los medios de vida de los hombres depende, ante todo, de la naturaleza misma de los medios de vida con que se encuentran y qué hay que reproducir. Este modo de producción no debe considerarse solamente en el sentido de la reproducción de la existencia física de los individuos. Es ya, más bien, un determinado modo de actividad de estos individuos, un determinado modo de manifestar su vida, un determinado modo de vida de los mismos. Los individuos son tal y como manifiestan su vida. Lo que son coincide, por consiguiente, con su producción, tanto con lo que producen como con el modo de cómo lo producen. Lo que los individuos son depende, por tanto, de las condiciones materiales de producción” (Marx; 2010; pp. 20).

Otro antecedente que enriqueció enormemente la teoría de la revolución fue la dramática crisis de los años 1928/9 en el seno de la Oposición de Izquierda, que colocó en cuestión su razón de ser.

La Oposición estaba en el destierro interior. De repente, Stalin pareció asumir su programa en el súbito giro “izquierdista” a la colectivización forzosa (la liquidación de la propiedad privada en el campo) y la industrialización acelerada (una exigencia de la Oposición desde 1923).

Simultáneamente, continuaba con su mano de hierro sobre el partido y el régimen, amén de una política internacional de capitulaciones (China, Comité Anglo-ruso, etcétera).

Preobrajensky, Radek y Smilga, el primero y el último no casualmente economistas (nunca se subrayará lo suficiente que el punto de vista revolucionario es global, político), vieron una oportunidad para capitular en el hecho que Stalin había tomado “partes” del programa de la Oposición.

El “giro izquierdista” de Stalin (en verdad, un giro contrarrevolucionario), introdujo una dramática crisis en las filas de la Oposición. Muchos lo vieron aplicando el programa de la misma. El propio Trotsky señaló que Stalin giraba a la izquierda “espoleado por la Oposición”. Pero subrayaba, a la vez, “que una parte del programa no es todo el programa”; que el mismo es una totalidad.

Una totalidad donde la parte más importante no era la eventual industrialización, sino el restablecimiento de la democracia partidaria y soviética (Rakovsky). Las cuestiones de régimen de partido se habían hecho fundamentales en la medida que era el partido (y la clase obrera por intermedio de él), el que estaba en el poder: “Radek y Preobrajensky veían en el primer Plan Quinquenal un punto de partida radicalmente nuevo. ‘La cuestión central’, replicó Trotsky, ‘no es la de las estadísticas de este Plan Quinquenal burocrático per se, sino el problema del Partido’[35], el espíritu con el que se dirigía al Partido, porque eso determinaba también su política. ¿Estaba el Plan Quinquenal, en su formulación y ejecución, sujeto a algún control desde abajo, a crítica y discusión? Y, sin embargo, de esto dependían también los resultados del Plan” (Deustcher; 2007; 74).

El problema que se colocó –y que la experiencia histórica permitió evaluar- fue la necesidad de una apreciación doblemente crítica del verdadero carácter de las medidas de Stalin. Porque, a priori, acabar con la propiedad privada agraria y avanzar en la industrialización planificada del país, aparecían como medidas “socialistas”… Sin embargo, el problema fue la desnaturalización de estas medidas en manos de la burocracia. Ocurre que no fue la clase obrera la que llevó adelante las mismas bajo un régimen de democracia obrera: las concretó la burocracia al servicio de sus propios beneficios; y lo hizo de manera brutal.

El propio Deutscher (que expresa una visión justificatoria in toto de Stalin), reconoce que fue la clase obrera la que pagó los costos de la industrialización estalinista: “Fue por lo tanto en un sentido literal que, por medio de la inflación, Stalin tomó la mitad del salario del obrero para financiar la industrialización” (Deutscher; 2007; pp. 94).

Aquí ya se ve lo que estamos señalando: cómo el carácter de las tareas llevadas adelante no pueden ser apreciadas per se (en sí mismas, el propio Trotsky lo da a entender) en exclusión de quién y cómo las concreta: “Para juzgar la política de Stalin, ‘es necesario considerar no solamente qué es lo que se hace, sino también cómo se lo hace” le escribiría Trotsky a Palatnikov, un “profesor rojo” y economista exiliado por Stalin (Deutscher; 1964; 599).

A un materialista vulgar este criterio podría parecerle “idealista”, abstracto: expropiar a la burguesía es expropiarla y eso es lo que queda; lo demás sería “secundario”.

Pero resulta que en la dialéctica marxista es el todo el que determina las partes. Siquiera la expropiación agota el carácter de la cosa: “‘Nosotros’ declaró Rakovsky, ‘luchamos por todo el programa de la Oposición’. Quienes hacían las paces con Stalin porque éste estaba poniendo en práctica la parte económica de este programa y porque esperaban que cumpliría también la parte política, se comportaban como reformistas de viejo cuño, que se contentaban con la satisfacción gradual de sus demandas. Las ideas políticas de la Oposición eran inseparables de sus postulados económicos: ‘Mientras la parte política de nuestro programa permanezca incumplida, toda la obra de la construcción socialista está en peligro de saltar hecha pedazos’” (Rakovsky parafaseado por Deutscher; 1970; 76).

La expropiación de la burguesía es una tarea anticapitalista y, por lo tanto, progresiva. Pero una expropiación socialista es la que se consuma llevando a la clase obrera al poder. Si la expropiación no tiene esta dinámica, si no lleva a la clase obrera al poder, si es apreciada sólo económicamente, su carácter no es el mismo: “La más importante crítica de Twiss al análisis de Trotsky se refieren a la colectivización forzosa de Stalin y a los kulaks (supuestamente campesinos ricos). Observa que Trotsky aceptó la propaganda estalinista de una ‘huelga de los kulaks’ o ‘kulaks ideológicos’ para los campesinos medios o pobres que resistían la colectivización (…) Solamente en 1939 Trotsky comenzaría a aceptar el catastrófico costo humano de la colectivización en Ucrania (…) Incluso las distorsionadas estadísticas soviéticas (…) reconocieron que la mayoría de los 2.5 millones de campesinos envueltos en 13.754 rebeliones, solamente en 1930, estaba formada por campesinos medios o pobres (…) A pesar de sus reservas y revisiones posteriores, la posición de Trotsky en la época de la colectivización lo colocó en el lado equivocado de la rebelión campesina más violenta del siglo XX” (Murphy; 2017)[36].

De ahí que hayamos diferenciado las connotaciones anticapitalista y socialista de los procesos. Socialista sólo es cuando la expropiación es llevada adelante por la clase obrera. Si así no fuera, sería indistinto que la clase obrera tomara el poder: cualquier sujeto podría reemplazarla en la obra de la transformación social. Esto no debía ser apreciado de manera doctrinaria. Pero ocurre que toda la experiencia del siglo pasado puso sobre el tapete esta conclusión: “Las implicaciones anti-marxistas de deslizarse [para definir el carácter del Estado] del poder de la clase obrera a la propiedad estatizada fueron estrictamente limitadas en el trabajo del propio Trotsky. Él fue cuidadoso en enfatizar en sus últimos textos que la propiedad nacionalizada era un remanente; un último vestigio del Estado obrero, y que el contenido progresivo de la nacionalización sólo podría realizarse luego de tirar abajo la burocracia” (Davidson; International Socialist Journal; 2004).

Con la expropiación (nos referimos ahora a las revoluciones de posguerra) se abre una transición: la burguesía fue echada del poder. Pero a partir de ahí se inaugura un nuevo proceso en el sentido de si la clase obrera logra tomar el poder en sus manos. Las direcciones pequeñoburguesas hicieron lo posible (y lo imposible) para evitar este desarrollo. El corto período que debía mediar entre el gobierno revolucionario pequeño burgués y la verdadera dictadura del proletariado, se congeló (se hizo infinito en términos del proceso anticapitalista).

Esto se aplica a Polonia y a las expropiaciones de posguerra. Pero vale también para el giro de Stalin a comienzos de los años 30: su brutalidad, su carácter convulsivo, su realización a expensas de los explotados y oprimidos del campo y la ciudad, estaba indicando otra cosa: no una “revolución complementaria” (como la definiera Trotsky algunas veces), mucho menos “la segunda revolución” que vio Deutscher, sino el inicio de la contrarrevolución política y social de la burocracia.

Desde ya que alguna medida había que tomar frente a la levantada de cabeza de los elementos burgueses, kulaks y nepmens (en esto cabe la crítica a la orientación derechista de Bujarin, que fue primariamente el que condujo al callejón sin salida de finales de los años 20). Pero cómo se llevara adelante estas tareas, no abría una vía sino dos: podía dar lugar, en condiciones de democracia obrera y socialista, al reforzamiento del Estado obrero, a su desarrollo revolucionario; o abrir la vía, como efectivamente ocurrió, al Estado burocrático[37].

3.4) Estado, propiedad y burocracia

Las dificultades para apreciar cabalmente el carácter de la burocratización se vincularon a una definición demasiado reduccionista de la propiedad estatizada (para un desarrollo más pormenorizado de esta temática ver el ya citado “Los problemas de la propiedad estatizada”).

Existía aquí un matiz profundo respecto de la revolución burguesa. Con la propiedad privada no puede haber dudas de quién es la misma: es la propiedad del capitalista. Es su propiedad privada, lo cual establece una vinculación directa entre el bien y su dueño; de aquí que la propiedad privada capitalista sea la forma de la propiedad más absoluta, la forma absoluta de la propiedad[38].

Pero la propiedad estatizada plantea un problema más complejo: está mediada por relaciones políticas[39]. La propiedad es del Estado, muy bien. ¿Pero el Estado de quién es, en manos de quién está? Y otra cuestión: el Estado en cuanto “comunidad política” real o ilusoria, lo mismo da aquí, ¿en qué instituciones está representado? ¿Cómo se representa la voluntad colectiva, popular? Ocurre que no hay manera de atribuir la propiedad al pueblo entero, si este “pueblo entero” no está en el poder.

La propiedad estatizada está mediada por el poder del Estado, por el Estado en tanto que ámbito de representación de los intereses colectivos de la sociedad; y en tanto es así, supone determinaciones no solamente económicas sino políticas.

Dicha propiedad entraña, necesariamente, un plano político: de alguna manera se debe hacer valer esa colectividad (mediante asambleas, soviets, o como sea). Va de suyo entonces, que la propiedad estatal como forma transitoria hacia la disolución de toda propiedad, entraña un nivel necesariamente político: contiene el problema de quién está al frente del Estado como colectivo, sus formas de representación de la voluntad colectiva de los trabajadores.

Se ha dicho, correctamente, que es malo fetichizar una forma de Estado y de propiedad, aunque sea un Estado obrero[40]. El Estado se afirma como obrero en la medida que comienza a dejar de ser un Estado (en el sentido pleno de la palabra); en la medida que es un “semiestado proletario” organizado bajo formas de democracia proletaria. Y lo mismo ocurre con la propiedad estatizada: cumple su función en la medida que va camino a dejar de ser propiedad como tal (en la vía de la socialización real de la producción, de que los productores directos la tomen realmente en sus manos): “la revolución proletaria no es, según creo, nuestro fin; la revolución que proponemos debe ser socialista, en el sentido humanista de la palabra; más exactamente, socializante, democrática, libertariamente realizada…” (Serge, 2017)[41].

Naville decía que este tipo de propiedad (se refería a la forma cooperativa) entrañaba amplias posibilidades de saqueo, apropiación indebida, parasitismo. Lo mismo afirmaba Trotsky respecto de la propiedad estatal, y se entiende: si la propiedad está estatizada pero no está en manos de los propietarios directos porque el Estado es burocrático, da lugar entonces a indebidas relaciones de apropiación. Puede ser el “parabrisas” (el concepto es de Naville), el “espejo” para el retorno de la explotación del trabajo aunque esto no se establezca de manera orgánica, jurídica; aunque no se retorne a una relación de propiedad tan absoluta como la propiedad privada (“La burocracia considera al Estado como su propiedad”, Marx).

De ahí que haya sido un error esa idea que, a pesar de todo, la burocracia “trabajaba para el socialismo”. Aquí se coloca el problema de la burocracia: si puede ser independiente sin llegar a ser una clase. Un poco la idea es que la burocracia, como tal, no tendría contenido social propio: debe traducir las presiones de la burguesía o el proletariado[42]; por esto mismo, el Estado burocrático sería una contradicción en los términos, evitaría dar cuenta del carácter social del Estado: “Twiss sustenta que, en 1936, Trotsky creía que la burocracia se alejaba de la ‘autonomía relativa’ yendo en dirección a una ‘extrema autonomía’ y, según Twiss, ‘eso sugería un grado de autonomía de una clase’ (…) Ciertamente, Trotsky nunca afirmó haber redefinido la teoría marxista del Estado, como sugiere Twiss. O la burocracia era un fenómeno temporario que oscilaba entre las clases en disputa o representaba intereses de una determinada clase, mismo si esa clase fuera la propia burocracia. Esta era la posición hacia la cual estaba moviéndose Trotsky, a pesar de la afirmación de Twiss de que, en la instantánea de 1936, habíase congelado su veredicto final” (Murphy; Octubro; 2017).

¿No sería una interpretación demasiado mecánica de la burocracia considerar que la misma sólo puede trasmitir los intereses de una u otra clase? De ahí que, en este punto, nos parezcan (abordadas muy sumariamente) pertinentes las analogías con el Estado asiático, donde una burocracia estaba al frente del Estado sin que se hubieran desarrollado todavía clases sociales en el sentido moderno del término.

Aquí ocurre lo mismo que respecto del problema de la propiedad: las clases sociales clásicas (como están caracterizadas bajo el capitalismo), se definen por exclusión del Estado, económicamente, por su relación con la propiedad de los medios de producción.

Pero en el Estado asiático la burocracia se apropiaba de sus privilegios por el control del Estado. De ahí que la definición de las clases sociales combinara elementos más complejos; lo que puede dar lugar a la idea de un Estado burocrático, o que el estalinismo, sin llegar a ser una clase orgánica, se asentó de todas maneras –mediado por su control del poder político- en relaciones de explotación: “La querella terminológica no agota sin embargo el enigma de una ‘clase’ particular, donde las relaciones de producción y de propiedad no garantizan los automatismos de la reproducción” (Bensaïd; 1995; pp. 127).

¿Qué consecuencias tendría esto para la teoría de la revolución socialista? Simple: si como dijera Trotsky, la revolución permanente es la transformación de la revolución democrática en socialista, la transformación integral del país y la revolución internacional en manos de la clase obrera, esto no ocurrió en la posguerra.

No fue la burocracia la que, “objetivamente”, llevó adelante una revolución socialista y la transición; la revolución fue anticapitalista y la transición quedó bloqueada, sencillamente porque la burocracia no fue la “mandadera -en última instancia- de la clase obrera”, sino aportó su propia impronta social abriendo una tercera vía inesperada: “Se hacía necesario pensar esas contradicciones reales en lugar de negarlas en provecho de simplificaciones. Para el II Congreso [de la IV Internacional] de 1948, la URSS era una sociedad de transición entre el capitalismo y el socialismo. La fórmula tiene el inconveniente de inscribirse en una visión lineal de la historia y en un lógica del tercio excluso en lugar de comprender una realidad social singular” (Bensaïd; 2002; pp. 53).

4) Los problemas de la propiedad estatizada

“La propiedad que se declara de todos no es de nadie y se la apropia el más vivo” (Dicho popular en los países del Este europeo en la posguerra).

Abordaremos ahora las características que la propiedad estatizada debe poseer para ser un fundamento del Estado obrero. En el movimiento trotskista se ha considerado a la propiedad estatizada como fundamento per se del Estado obrero. Nuestro ángulo apunta a cuestionar esa presunción –propiedad estatizada = Estado obrero- con la idea que dicha propiedad no tiene un carácter social en sí mismo: depende en manos de quién esté; el que domine el Estado tendrá el control de la propiedad.

De aquí que en la transición socialista la categoría de propiedad no sea sólo económica, sino que incluya una dimensión política[43].

4.1) Propiedad privada y propiedad colectiva

La propiedad capitalista es una categoría simple, del ámbito de la economía. Es una forma de propiedad absoluta: el propietario es el dueño. Ahí termina todo su “misterio”. Es por eso que en el capitalismo el derecho de propiedad es absoluto porque denota una potestad directa sobre el bien que se trate. Es claro quién es el dueño de la empresa. Incluso la complejización de las formas de propiedad bajo el capitalismo (mediante sociedades anónimas y toda otra forma de propiedad colectiva de los capitalistas), no cuestiona el hecho que la propiedad es una relación del ámbito de la economía.

En La Ideología Alemana Marx establece la siguiente secuencia histórica: “En los pueblos surgidos de la Edad Media, la propiedad tribal se desarrolla pasando por varias etapas –propiedad feudal de la tierra, propiedad mobiliaria corporativa, capital manufacturero- hasta llegar al capital moderno, condicionado por la gran industria y la competencia universal, a la propiedad privada pura, que se ha despojado ya de toda apareciencia de comunidad (Gemeinwesen) y ha eliminado toda infuencia del Estado sobre el desarrollo de la propiedad” (Marx; 2010; 102).

Las cosas se complican con la propiedad estatizada. ¿Quién es el dueño de los medios de producción en los Estados no capitalistas? A priori, “todos”: toda la población ex explotada y oprimida, salvo obviamente los capitalistas recién expropiados, que son contra quienes se ejerce este derecho de propiedad popular, por así decirlo. (Pierre Naville afirmaba agudamente que si se declaraba un derecho de propiedad es porque dicho derecho debía afirmarse contra alguien; en la medida que la propiedad sea realmente de todos, ya no será más propiedad; la misma se habrá extinguido, se estará en el comunismo.)

¿Qué ocurrió con la propiedad estatizada en la ex URSS (y demás países no capitalistas) luego de la burocratización? El dicho popular que encabeza esta nota nos dá una pista sobre su curso: “la propiedad que se declara ‘de todos’ no es de nadie y se la apropia el más vivo”; una expresión que reflejaba la experiencia real de las masas en dichos países.

Si esa apropiación de la propiedad estatal (por parte de “los más vivos”) era sistemática, el carácter a priori colectivo de esta forma de propiedad quedaba cuestionado (aunque no estuviera consagrada jurídicamente esta injusticia). Porque debe quedar claro que no hay manera que la propiedad estatizada se haga valer, si no es colectivamente.

La propiedad estatal es la forma de propiedad colectiva por antonomasia; esto por oposición a la propiedad privada, que en su modelo clásico, es individual. Esta última es una categoría de orden económico: no supone ninguna forma de representación (política) para hacerse valer. De ahí que sea un derecho de propiedad absoluto.

Pero en el caso de la propiedad estatizada, debe existir alguna forma en que su carácter colectivo se haga valer. Si esto no ocurre, si una minoría de “vivos” se apropian sistemáticamente de esa propiedad, su carácter colectivo queda cuestionado. Cuestión que, de paso, pone entre paréntesis el carácter obrero del Estado, porque no es la clase trabajadora la que se beneficia de esta forma de propiedad.

Con la propiedad privada capitalista, aunque esté sancionada jurídicamente, y el Estado tenga los perros guardianes de la represión para defenderla, se está frente a un derecho de orden privado por así decirlo, no constitucional; no posee un carácter público como la propiedad estatal: la Constitución defiende la propiedad privada, pero cada capitalista privado no es parte de la Constitución.

En los Estados obreros las cosas son distintas: la propiedad estatizada sí es un principio del derecho constitucional. El pueblo figura en la Constitución como dueño de los medios de producción. Y esto ocurre porque la propiedad estatizada es un derecho colectivo: no hay manera de ejercerlo de forma individual[44].

¿Pero qué pasa si ese colectivo, que tiene el derecho a ejercer la propiedad, no está en el poder? Se pone todo en cuestión. Porque la propiedad estatal no puede pensarse en exclusión de su carácter político. Millones de personas sólo podrían ejercer sus derechos propietarios, colectivamente, mediante alguna forma de representación; de ahí que la cuestión remita a si la clase obrera está (realmente) en el poder.

Y de ahí que su forma no sea tan absoluta como la propiedad privada, donde -en el modelo clásico- el dueño está claro, no puede haber dudas de quién es. Pero como el propietario de la propiedad estatizada es el pueblo ex explotado; y como ese pueblo sólo puede manifestarse como entidad colectiva, es decir, políticamente, si no tiene instituciones de representación, si no está realmente en el poder, dicha forma de propiedad deja de ser una “institución” del Estado obrero: pasa a ser el “taparrabos” de una apropiación unilateral de la riqueza por parte de la burocracia (“los más vivos”).

4.2) El concepto de propiedad en Marx

Veamos ahora el concepto general de propiedad. Vamos a tomar algunas definiciones de las Formas que preceden a la producción capitalista (FORMEN), conocido texto de Marx donde trazaba el proceso histórico de separación del trabajadores de los medios de producción, medios que históricamente habían estado al alcance de su mano[45].

Afirma Marx respecto del propietario: “el individuo se comporta consigo mismo como propietario, como señor de las condiciones de su realidad” (Marx; 1998; pp. 67). Está claro que para Marx el propietario es “el señor de sus condiciones de existencia”, las domina realmente. La palabra es fuerte, categórica, subrayando lo que queremos señalar acerca del carácter real de todo verdadero propietario[46]. Propietario es el señor de sus condiciones de existencia, de “su realidad”, que es lo mismo que decir de sus condiciones de producción, de los medios de producción; tiene el dominio sobre los mismos. Sino, no es propietario.

Esto vale, o debe valer, para todo tipo de propietarios. Para todo aquel que sea considerado propietario bajo la forma histórica que sea (tengamos en cuenta que, en este texto, Marx se estaba refiriendo a las formas de propiedad que preceden a la propiedad capitalista). También debe valer para los trabajadores propietarios colectivos del Estado obrero. Marx define los atributos que hacen a todo propietario; deben valer, entonces, para los trabajadores que son parte de un Estado obrero.

La complejidad aquí es que este tipo de propiedad (propiedad estatizada), sólo puede hacerse valer como propiedad colectiva; esto debido a que no es una forma de la propiedad privada (se entiende que estamos hablando de los medios de producción), y que, por lo tanto, sólo pueden ejercerse colectivamente.

En el caso de un Estado obrero no se trata que los trabajadores sean propietarios individuales de sus fábricas (como en las cooperativas bajo el capitalismo): son los dueños colectivos de todas las unidades de producción. Un colectivo que entonces sólo puede ser representado en el plano político mediante instituciones que expresen dicha potestad.

Si en el campo se lleva a cabo una reforma agraria el campesino dice “este es mi pequeño Petrogrado” (por referencia al obrero que en la obra de John Reed decía: “mi Petrogrado, ahora eres todo mío”). La tierra, efectivamente, no es más del señor: es de él. Y esa es la definición de Marx de propiedad: una relación material y de hecho, efectiva; no una abstracción.

Ahora bien: ¿quién se va a sentir el dueño de “su Petrogrado” (de su propiedad) si sabe que es todo un chiste; que nada es realmente de él, como terminó ocurriendo en las sociedades que expropiaron a los capitalistas, pero la clase obrera no llegó al poder.

Marx tiene otra definición en el mismo sentido: “Propiedad: la relación entre el sujeto que trabaja y los presupuestos de su trabajo, dados como algo que le pertenecen” (Marx; 1998; pp. 69). Para nosotros, en un Estado obrero, propietario es el trabajador que por la vía de la dictadura del proletariado, de la democracia socialista, de tener arte y parte en la producción, en la planificación, en la fábrica, es consciente en su vida real (¡porque realmente lo es, no por una forma de “sugestión colectiva”!), que es el dueño de las cosas, de los medios de producción.

En el trotskismo se tendió a afirmar que no importaban las percepciones. ¿Cómo no van a importar las percepciones? Los trabajadores serían idiotas: ¡la clase social más inocente de la historia!; dueños de los medios de producción sin darse cuenta…

Como hemos visto, la definición de Marx sobre la propiedad es una afirmación fuerte, “adjetivada”: el propietario es alguien que se relaciona con los presupuestos de su trabajo como frente a algo que, efectivamente, “le pertenece”. Para dar un ejemplo de la vida cotidiana: uno le compra un helado a un pibe de tres años; el nene se enchastra todo, pero sabe que es su helado. Se lo queres sacar, y se defiende con uñas y dientes: “este es mi helado”.

La paradoja sería que un nene de tres años tendría mayor madurez, mayor percepción sobre lo que le pertenece, que la clase social en la cual el marxismo deposita sus esperanzas de emancipación de la humanidad… Pero esto es falso: ¡si los trabajadores no sentían que la propiedad les pertenecía, era porque no les pertenecía!

Las percepciones son representaciones que se construyen sobre la base de la experiencia. Son construcciones, representaciones del mundo y sus relaciones construídas sobre la base de la realidad, no ocurrencias que vienen de no se sabe dónde. Si nadie percibía que era dueña de los medios de producción, algo malo debía estar ocurriendo (esto aunque los burócratas no fueran los dueños formales de los medios de producción, sino que se apropiaban en los hechos de la propiedad, lo que nos remite a otro aspecto de la cuestión que aquí no podemos tratar).

Como digresión observemos que esto nos lleva a otro aspecto del problema: la relación entre los conceptos de propiedad y apropiación real. Estas relaciones muchas veces están “superpuestas” (como en la propiedad privada capitalista), pero no tienen por qué estarlo siempre. En otras formas históricas de propiedad, la propiedad y la apropiación real han diferido. Por ejemplo: en la forma cooperativa capitalista, integrantes a priori iguales de la misma, se apropian de manera desigual del producto del trabajo de todos (por ejemplo en el caso que los propietarios cooperantes que cumplen las funciones de administradores).

4.3) El carácter de la propiedad en la transición

Así las cosas, los conceptos de propiedad y apropiación refieren a un complejo de relaciones donde no sólo vale la relación jurídica de propiedad, sino también la apropiación real –que es de facto, extrajurídica– de los bienes.

Moshe Lewin (uno de los mayores historiadores de la Unión Soviética ya fallecido), contaba en un reportaje sus percepciones en la ex URSS[47].

Vivió allí en los años 40 (se escapó de los nazis en Polonia montado en un camión del Ejército Rojo[48]) y trabajó en fábrica: “cuando yo vivía en la Unión Soviética, tuve discusiones con obreros, campesinos, oficiales y soldados, de las cuales se notaba claramente que la gente reaccionaba a su ambiente de una forma que le era propia, con sus propias palabras. Varios estudios sobre el tema confirmaron esto. Imposible ver un obrero que te dijera, en privado, que pertenecía a la clase dirigente. Cuando yo trabajaba en el Ural, los obreros sabían quiénes eran ellos y quiénes los jefes (nachalstvo), los patrones, que tenían el poder y los privilegios. Cuántas veces escuché a los obreros declarar: los jefes se ocupan bien de ellos mismos, pero no se ocupan de la gente ‘de nuestra especie’. Los ingenieros y los administradores tenían su propio restaurant en el seno de la empresa del cual salían claramente rellenitos. Y los obreros remarcaban: ‘¡incluso las camareras de su restaurant son más gorditas que las del nuestro!’. Eso decían los obreros, que, ellos, sufrían hambre” (Lewin; 2015; 91).

Si como hemos visto con Marx el propietario es alguien que se comporta con los presupuestos de su trabajo “dados como algo que les pertenecen”, en la ex URSS y demás sociedades burocratizadas de la posguerra, una de dos: o la propiedad no les pertenecía (pero entonces, ¡no eran Estados obreros!), o el concepto de propiedad marxiano estaba equivocado y la propiedad carece de todo atributo de potestad real sobre las condiciones de existencia…

Opinamos que se dio la primera variante: el Estado soviético dejó de ser obrero cuando la clase trabajadora perdió el poder en los años 30; lo que simultáneamente significó su pérdida de la potestad sobre la propiedad estatizada. Para ser una de las bases del Estado obrero, la propiedad tiene que estar en manos de los trabajadores, no hay otra alternativa.

En un Estado obrero, en una sociedad de transición, la propiedad se transforma, debe tender a transformarse en un hecho colectivo; socializarse. Pero esto supone que la clase obrera esté efectivamente en el poder. Sin esta condición, no hay Estado obrero: “Lo que ha cambiado es la existencia de un Estado proletario. Pero, ¿quién responde del carácter de clase del Estado? No podemos contentarnos con invocar al respecto la estatización de los medios de producción. Eso sería entrar en un círculo vicioso. El Estado no es proletario porque nacionaliza, sino porque ha surgido de una revolución por medio de la cual la clase trabajadora ha roto la vieja maquinaria estatal burguesa y se ha amparado del poder político. De ahí la novedad y la importancia de la cuestión que entonces se plantea: si el proletariado se ha visto desposeído del poder político, ¿quién lo ejerce pues en su nombre?” (Bensaïd, 1978)[49].

Lo anterior no significa que en los países no capitalistas la burocracia fuese propietaria. El Estado burocrático (tipo de Estado en el que devino la ex URSS subproducto de la burocratizacion[50]) no es un Estado burgués. Esto nos reenvia a otro costado del problema, que no podemos desarrollar aquí, vinculado a las formas de apropiación de una burocracia que no llegó a ser una clase orgánica ni consagró jurídicamente su dominio sobre los medios de producción, pero que sin embargo se apropiaba de ellos.

Lo que nos interesa poner en entredicho aquí es la idea que la propiedad estatizada, por sí misma, fuese un atributo del Estado obrero. Esto independientemente de que la clase obrera tuviera cualquiera potestad sobre dicha propiedad (estuviera en el poder). Una potestad que sólo podía ejercerse colectivamente.

Porque, como está dicho, cuando hablamos de propiedad estatizada nos estamos refiriendo no a cualquier forma de propiedad privada, individual, sino a una forma de propiedad pública, colectiva. Propiedad que sólo puede hacerse valer mediante una real representación de su voluntad colectiva; instituciones que representen dicha voluntad colectiva, sean soviets, consejos obreros, o lo que sea, y que expresen que la clase obrera está en el poder.

Vale aquí también una aguda anécdota presentada en Vida y destino (reconocida obra de Vasili Grossman, autor soviético antiestalinista): “Hay algo que me suena raro. Yo me levanto a trabajar a las cinco de la mañana; entro a las seis. Lo que no entiendo es por qué ‘mis empleados’, entran a las nueve”. Hay que imaginarse a los obreros como la clase dirigente y los empleados, sus empleados. Pero si vos sos el dueño; si existe una dictadura del proletariado; si sos la clase dirigente: ¿por qué razón te levantás más temprano que los que, supuestamente, son tus “empleados”?

Saltan a la vista los problemas de una teorización abstracta; una teoría de la revolución que, como hemos señalado, convierte a la clase obrera en idiota. La justa percepción de los trabajadores era que otros tenían el poder y los privilegios; no ellos. ¿Cómo convencerlos de que se trataba de un Estado obrero? Esta dificultad es con la que se toparon algunos cuadros trotskistas cuando a finales de los años 80 viajaron a la ex URSS y no pudieron convencer de sus “esdrujas” definiciones a un solo mortal (ningun trabajador reconocía como “Estado obrero” a la Unión Soviética).

Propietario es el que tiene control sobre sus condiciones de existencia. Pero ningún trabajador reconocía esto en los países no capitalistas. Por lo demás, el carácter público de la propiedad estatizada supone que en las sociedades de transición la propiedad es una categoria también política.

La propiedad privada capitalista es una relación de la “sociedad civil”; no tiene ningún aspecto político. Pero la propiedad estatal es una categoría simultáneamente económica y política; esto en la medida que, necesariamente, está mediada por esa entidad política que es el Estado. Quedan superpuestos la “sociedad política”, el Estado, y la propiedad; se trata de una definición política, no sólo económica.

Stalin le hizo escribir a Bujarin que la propiedad en la Unión Soviética era del “pueblo entero”. Una definicion que ya en su día era una mistificación. La experiencia histórica ha demostrado que la propiedad estatizada debe hacer honor a su carácter público para transformarse en una palanca para la transición. Transformarse en una propiedad cada vez más controlada por los trabajadores como condición para que sea, efectivamente, del pueblo entero.

Lo que al mismo tiempo significa tender a negarse, cada vez más, como propiedad, esto en la medida que se hace de todo el pueblo. Porque si la propiedad es de todos, no hay que afirmarla contra nadie: deja de ser propiedad. Lo que no es más que la teoría marxista clásica de la propiedad, que tantos marxistas olvidaron durante el siglo pasado (ver La Revolucion Traicionada, capítulo 3, “El socialismo y el Estado”, de un genial autor llamado León Trotsky, al que se le dedica tanta profesión de fe sin estudiarlo de manera profunda).

Esta es la connotación que hace a un Estado obrero auténtico. Porque la propiedad estatizada tendiente a la socializacion de la producción, no puede hacerse valer en abstracción de la clase obrera[51].

4.4) El Estado como economista y organizador

Veamos ahora el problema del Estado como tal. Tiene varios aspectos. Un costado lo agarramos con el tema de la propiedad estatizada. Otro tiene que ver con la especificidad del rol del Estado en la transición; su papel en la misma.

Pasa aquí algo similar a lo que visualizamos en relación a la propiedad: no se puede separar mecánicamente, como en el capitalismo clásico, el orden de la economía del de la política, cuestión que tendrá consecuencias a la hora de la definición del carácter obrero del Estado. Trotsky señala que el Estado en la transición asume un rol no solarmente político: “La revolución proletaria no sólo libera las fuerzas productivas de los frenos de la propiedad privada; también las pone a disposición directa del Estado que ella misma crea. Mientras que después de la revolución el Estado burgués se limita al rol de policía, dejando el mercado librado a sus propias leyes, el Estado obrero asume el rol directo de economista y organizador” (Trotsky; 1935).

Es decir: queda colocado como uno de los términos de la “ecuación económica”, de las relaciones económicas. En la sociedad capitalista el Estado puede intervenir o no; puede regular o no. Pero los términos de la ecuación económica son el obrero y el patrón; es el capitalista el que dirige los asuntos de su empresa.

Claro que el Estado tiene un rol económico. Pero este rol hace a las condiciones económicas generales: a lo que se llama “macroeconomía”.

También es cierto que hay empresas estatales, formas capitalistas de Estado. Pero en la generalidad de los casos es el patrón es el que decide qué hace con su empresa.

En las sociedades de transición al socialismo las cosas son distintas: el Estado es, necesariamente, uno de los términos de la ecuación económica: de ahí que sea el economista y organizador de la producción material. El Estado obrero es el representante colectivo de la clase obrera; dialoga con los comités de fábrica, con el director (o los directores) de la planta; no son los comités los únicos que tienen el poder en la producción; si así fuera, se tendría una guerra de todos contra todos, federalismo, competencia entre fábricas, etcétera: se necesita de la representación colectiva del poder de los trabajadores, la planificación de la economía nacional[52].

La tradición del marxismo revolucionaria está por la dictadura del proletariado, por tomar el poder destruyendo al Estado burgués, poniendo en pie un nuevo Estado; más bien un semiestado proletario, como lo definiera Lenin.

Pero el tema es que si el Estado es el “término político”, colectivo de esa ecuación, y se ubica como economista y organizador de la economía, y de la planificación económica, en manos de quién esté el Estado es fundamental.

Sino: ¿quién sería el economista y organizador de la producción? ¿Una burocracia que hable en su nombre pero se apropie de la parte del león de la producción como ocurrió en la ex URSS burocratizada?

Insistimos. No es como en la propiedad privada capitalista, donde el Estado puede ayudar vía macroeconómica pero es el capitalista el que determina cuáles son sus negocios. ¿Quién dice en un Estado obrero “mis negocios son estos” si no es la clase obrera? El problema es que en el modelo abstracto del “Estado obrero” se tiende a perder el problema fundamental de en manos de quién está realmente el Estado (cuando de lo que se trata es que la economía está en manos del Estado).

Porque si el Estado está a cargo de la economía, pero dicho Estado no está en manos de la clase obrera, el problema que se genera es que la economía no trabaja estratégicamente para beneficiar a dicha clase, lo que deja cuestionado el carácter social de dicho Estado.

En el Estado obrero, en la transición socialista, es decisivo en manos de quién está el Estado; es central. No se puede hacer abstracción de eso. Porque dicho Estado es parte integral del mecanismo de la economía: no es sólo una relación política, es económica también: porque es economista y organizador.

Y en el mismo texto Trotsky añade otra definición –general, pero profunda- que va en el sentido que venimos señalando, que “milita” en contra de las definiciones puramente mecánicas y economicistas de la transición: afirma que a diferencia del capitalismo, el socialismo se construye de manera consciente: es una construcción consciente.

Cómo se planifica, a quién se beneficia, a quién se sacrifica, es central. Todo el mundo sabe qué es la economía, cómo se toman sus decisiones: mientras haya economía hay escasez. Hay que decidir. Hay que elegir. No se pueden satisfacer todos los requerimientos.

Y, por lo tanto, para que no vuelva la explotación del trabajo (como volvió en la ex URSS bajo distintas formas e intensidades en distintos momentos), hay que consultar, hay que decidir colectivamente. Y puede ser que el colectivo de trabajadores diga “renunciamos al consumo presente en función de las generaciones futuras”. Pero tiene que ser una decisión democrática, colectiva, consciente: no el taparrabos del reinicio de la explotación del trabajo en manos de una burocracia.

Si el Estado obrero es economista y organizador, quién esté a su frente es decisivo: quién economiza y quién organiza, y en función de qué intereses y qué perspectivas, y de qué manera, de qué modo.

4.5) La forma al fin descubierta de la dictadura del proletariado

Tenemos todavía dos categorías: Estado obrero y dictadura del proletariado. Usamos las dos. Pero es más propia del marxismo revolucionario la categoría de dictadura del proletariado: indica de una manera más categórica quién ejerce la dictadura.

Aparentemente, el primero en formular la categoría de “Estado obrero” fue Kautsky, cuyo fetichismo estatista es ampliamente conocido. Sería interesante llevar adelante una genealogía del concepto que se remonte a algunas discusiones en la Primera Internacional. En ella se sustanció una discusión acerca del problema de la propiedad estatal en contra de las tendencias proudhoniana y anarquistas, que rechazaban esta forma de propiedad en nombre de la pequeña propiedad privada.

El problema tiene que ver con las derivas estatistas y/o economicistas de la categoría Estado obrero. Debemos recordar que Marx definía a la Comuna de París como “la forma al fin descubierta de la dictadura del proletariado”. Esto no quiere decir que no utilicemos la categoría de Estado obrero. Pero la problemática aquí es que ha sido una fórmula mal usada; utilizada de una manera que no da cuenta de quién, qué clase ejerce realmente la dictadura, el dominio sobre la sociedad.

La dictadura del proletariado en Lenin es una “dictadura de nuevo tipo”, porque es la mayoría la que la ejerce sobre la minoría. Y una “democracia de nuevo tipo”, porque es la primera vez en la historia que la mayoría explotada y oprimida ejerce el poder. Esto se vincula a otra determinación que tiene que ver con la democracia socialista, la democracia obrera, la forma del ejercicio colectivo del poder por parte de la clase obrera.

Claro que a estas formas políticas del Estado de la transición no hay que entenderlas ingenuamente. No solamente suponen la dictadura sobre la burguesía, la guerra civil con el imperialismo, sino que en su propio seno (en los soviets o los organismos de poder y representación que sean), hay lucha de partidos, lucha de tendencias, disputa del poder.

El problema de la democracia socialista se coloca como subproducto de una comprensión fáctica: que la obra de la transición socialista, la obra de la transformación de la sociedad, no puede ser llevada adelante sólo desde arriba: debe ser una tarea cada vez más colectiva, que abarque a cada vez mayores sectores de masas. Porque transformar la sociedad, la economía, colectivizar la producción, dirigir colectivamente los medios de producción, acabar con las relaciones de opresión en la familia, requiere de un involucramiento creciente de capas crecientes de la población.

Lo dice Lenin cuando plantea la aspiración a que “la última cocinera aprenda a manejar los asuntos del Estado”. La población trabajadora tiene ideas y representaciones del mundo: son clase en sí y clase para sí. Tienen ideas políticas y tienen que expresarse de alguna manera; en la democracia dentro del partido, en la democracia de los soviets: tiene que haber algún ámbito de representación de su voluntad colectiva y de sus discusiones.

Estas discusiones no se deben encarar ingenuamente porque la lucha política es durísima. Pero debe existir un ámbito de representación de los matices de opinión, que fue lo primero que mató el estalinismo al burocratizar la vida política y pudrir el partido bolchevique; no se podía participar, no se podía opinar, no se podía decidir.

Existe una cuestión muy profunda que contaba el historiador marxista ruso ya fallecido Vadim Rogovin (que tiene una obra monumental sobre las purgas de los años 30): señala que producto del terror implantado con las Grandes Purgas, nadie opinaba, o, más bien, que dejaron de existir en la URSS opiniones honestas sobre las cosas.

Pero es evidente que, en esas condiciones, es imposible la existencia de una democracia obrera, de la democracia socialista; incluso que la clase obrera pueda ejercer el poder, su dictadura. ¿Cómo se puede ejercer la representación política y la democracia socialista si nadie puede decir lo que opina? Sólo puede ejercerse si todo el mundo puede decir, más o menos libremente, lo que piensa.

La lucha política es dura y quizás dé temor decir lo que se cree. Es una lucha política, no es joda, es muchas veces una “guerra”, hay “piquetes de ojos”; es lucha política. En este texto estamos en un determinado nivel de abstracción. Si lo haríamos más concreto daríamos cuenta de exigencias de la lucha de clases más complejas, de las circunstancias de la guerra civil, de lo que la misma impone, de la ruptura de todos los lazos de solidaridad entre clases antagónicas, de la “sangre” que domina a la misma, etcétera,

Pero de todas maneras debe estar claro que el problema de la democracia socialista hace a la representación de la voluntad colectiva de una clase social que es enorme y tiene que expresarse. Hay peleas de hegemonía; lucha de tendencias: ¡un partido no sería revolucionario si no tuviera la aspiración de dirigir!

Pero una cosa es dirigir y otra distinta es suprimir físicamente a toda la oposición; de ahí que Trotsky dejara planteado en La revolución traicionada, la defensa del pluripartidismo soviético. Una cosa es dirigir con puño de hierro por intermedio de los organismos de masas; otra es suprimir los organismos de masas: los ámbitos de polémica y lucha política.

Una cosa es dar a brazo partido la lucha política; otra cosa es suprimirla, convertirla en un hecho policial, que es lo que hizo el estalinismo.

Sin la clase obrera en el poder por intermedio de organismos que representen su voluntad colectiva (partido, soviets, o lo que sea); sin que la propiedad estatizada, los medios de producción, estén en manos realmente de la clase obrera, lo que se tiene no es un Estado obrero, una sociedad de transición al socialismo: se tiene un proceso de transición abortado, un Estado burocrático donde la dinámica de la revolución permanente ha quedado bloqueada.

5) La clase obrera a comienzos del siglo veintiuno

Hay tres o cuatro nudos que voy a desarrollar para finalizar este ensayo. Primero, el problema de la clase obrera.

5.1) Fortaleza objetiva y debilidad subjetiva

Hay que separar problemas estructurales, históricos y políticos que son distintos. Existe una contradicción; pero una contradicción que es histórica, concreta, subproducto de las circunstancias y no algo “ontológico” que afecte a la clase obrera hoy.

La clase obrera de comienzos del siglo XX, salvo en Europa que estaba bastante concentrada, era muchísimo más débil estructuralmente que hoy. Sin embargo, la de Europa era una clase obrera con elementos de educación general socialista. Era una combinación entre una clase obrera más débil objetivamente y más fuerte subjetivamente.

Hoy es diferente. La historia es el qué hacer de las cosas que van cambiando, modificándose. Hoy vivimos una paradoja que es exactamente al revés al comienzo del siglo pasado. Objetivamente, la clase trabajadora es más fuerte que nunca: el grado de asalarización, de proletarización, es más profundo que nunca. El núcleo del proletariado industrial, del proletariado clásico, es enorme. En algunos países como en China hay millones y millones de obreros industriales.

La contradicción es que esa clase obrera, esa asalarización, esa proletarización, subjetivamente, como subproducto de la experiencia histórica del siglo XX, arranca de más atrás. Ahí surge lo que decía una compañera: consideramos a la clase obrera la fuerza motriz principal de la revolución socialista y nos consideramos un partido de clase, pero no somos demagogos: nuestra clase tiene “atrasos”, es sindicalista, machista, de todo.

Obvio, es una clase social, es un fenómeno histórico concreto, no un idealismo, una abstracción. Pero lo que el siglo XXI y el inmenso proceso de urbanización que se está viviendo ha venido a confirmar, es que no tiene rival estructuralmente. ¿Quién la podría sustituir en la perspectiva de la emancipación social? ¿Los campesinos en decadencia, en retroceso? Es muy difícil que ellos cumplan un rol progresivo como en China.

Roberto Ramírez lo decía bien: China fue la segunda gran revolución anticapitalista de siglo XX. Pero aun esa revolución anticapitalista, campesina, burocrática, fue lo que fue porque ese campesinado en China era inmenso. Hoy si hay una revolución en China es mucho más factible que sea el protagonista la clase obrera, por un tema estructural.

Es un problema estructural: la clase obrera, esa clase que tiene ese lugar como abanderada de la emancipación, desde el punto de vista estructural está muchísimo más fuerte. Nunca antes la humanidad había pasado la barrera de la urbanización. Hoy por primera vez en la historia hay más población urbana que rural en el mundo; eso hace al carácter de la revolución: urbana, obrera y proletaria.

Esta revolución proletaria es factible en este siglo XXI como cuestión material. El primer país de mayoría urbana fue Inglaterra, el segundo Alemania. Claro que no se trata de relaciones mecánicas. Gramsci escribió Revolución contra el Capital, oponiéndose a todo tipo de mecanicismo en la revolución (porque Marx había hablado de que la revolución socialista se iba a dar primero en Inglaterra): “Los bolcheviques reniegan de Karl Marx, afirman con el testimonio de la acción cumplida, de las conquistas realizadas, que los cánones del materialismo histórico no son tan férreos como podría creerse y como se ha creído” (Gramsci; 2017; 38).

Pero de todos modos existe una cuestión estructural que hace al carácter social de la revolución. Por ejemplo: las rebeliones populares que hay hoy en día no son con centralidad obrera pero son urbanas. La Plaza del Sol, la Plaza Tahrir, todos fenómenos urbanos.

Luego hay otro problema más histórico que estructural: la clase obrera tiene que remontar que entre el imperialismo y la burocracia estalinista le impusieron derrotas históricas. Lo que decía el “Chino” Heberling muy bien: el disparador histórico de nuestra reflexión, que hace a la fundación de nuestra corriente, la caída del Muro de Berlín y el problema de que los trabajadores no defendían la propiedad estatizada.

Ese fenómeno es histórico, no estructural (es decir: no atañe a ninguna debilidad objetiva de la clase obrera). Tiene un dimensión subjetiva inmensa pero debemos partir siempre de lo más objetivo. Si va a haber resistencia, revolución, que cuestione el estado de cosas -¡que es inevitable ocurran porque hay opresión y explotación!- lo más factible es que la clase obrera vuelva a cumplir su rol histórico (se hace muy difícil pensar en nuevas revoluciones anticapitalistas y/o socialistas con centro esencialmente agrario).

La China de hoy no es la que era; es otra China. Los elementos de democracia obrera están también en las características mismas de la agregación laboral del capitalismo. Como decía Marx en el Manifiesto Comunista: “el capitalismo crea su propio sepulturero”. Porque los elementos de la democracia obrera tampoco surgen de un “repollo” o abstractamente de la filosofía política. Surgen de la agregación material de que para reclamar con la patronal tenés que hacer asamblea, juntar a todos los trabajadores.

La democracia obrera, socialista, surge de la democracia asamblearia que es la forma de los trabajadores de organizarse para luchar. Surge de la estructura: de la reunión de cientos o miles bajo un mismo techo.

El problema, repito, es que existe una circunstancia paradójica y contradictoria que es que la clase obrera, como clase en sí, es más fuerte que nunca. Pero subjetivamente, no como subproducto de los desarrollos históricos del siglo pasado, de la revolución y la contrarrevolución del siglo XX. Es así y hay que aguantárselas. Hay que pasar el balance del estalinismo y darle para adelante porque esto es lucha histórica, lucha de clases. Y en la lucha se gana y se pierde. Si ganás, genial; pero no te la creas tanto. Si perdés sacá las enseñanzas estratégicas para volver a luchar y seguir luchando.

La lucha es el gran “ring” de la historia del capitalismo que ubica a la clase obrera en un lugar objetivamente extraordinario: la clase obrera es la que mueve al mundo. Pero la gran paradoja es que siendo hoy día más fuerte estructuralmente que un siglo atrás (más allá de las cuestiones de fragmentación laboral y eso), posee un nivel de conciencia política mucho menor que a comienzos del siglo pasado.

Entre otras cosas, porque a comienzos del siglo veinte la bandera del socialismo era una sin manchas y al final de ese mismo siglo -¡y hasta hoy!- hubo que “lavar” esa bandera. Pero, bueno, así es la lucha de clases: no tiene ningún curso asegurado, es una lucha.

5.2 De la Comuna de Paris a la Foxconn

Hay que pararse desde las perspectivas históricas: la clase obrera es una clase concreta, hija de las circunstancias, del atraso, de todo; en ese sentido no idealizamos a la clase obrera; la reivindicamos como nuestra clase, nos reivindicamos un partido de la clase, tenemos esta apuesta estratégica, la reivindicamos nuestra clase porque pensamos que puede ser el caudillo de todos los oprimidos, tratamos de educarla políticamente en lo que está a nuestro alcance para que sea caudillo de todos los oprimidos; pero sí: está plagada de atraso.

Hay que pelear contra los elementos de atraso. Y con eso hay que tener cierto cuidado porque el proceso de la clase obrera es complejo, contradictorio; no hay que impresionarse tampoco: todavía no hay radicalización y a los trabajadores les cuesta horrores sacar conclusiones de fondo que vayan más allá de lo reivindicativo, en su inmensa mayoría están dominados por una conciencia burguesa.

Por ejemplo, cuando la Revolución de 1905 en Rusia había estabilidad en Europa; desde la derrota de la Comuna de París en 1871 los trabajadores no irrumpían mayormente (hubo, sí, desarrollos en Bélgica a propósito del voto universal; experiencias embrionarias de huelga política de masas que analizó Rosa Luxemburgo en tiempo real).

La Revolución de 1905 fue un campanazo que además puso en el centro la acción obrera independiente. Yo no sé si puede pasar demasiado tiempo más sin que haya algún “campanazo” de la clase obrera. No puedo saberlo, pero hay un elemento “determinista” y otro azaroso. El “elemento determinista” es que ahí está la clase obrera súper explotada, masiva, millonaria (en el sentido de la cantidad), también en fábricas más chicas. Sin embargo, no ha ocurrido ningún acontecimiento histórico que la ponga en el centro de la escena en las últimas décadas; ese es el “elemento azaroso” (¡en algún lugar Trotsky decía que lo necesario muchas veces se expresa por intermedio del azar!).

No hay ninguna ley escrita que diga que no pueda ocurrir una irrupción histórica de la clase obrera, incluso partiendo de un nivel muy bajo. Es muy difícil que haya de la nada una revolución obrera y socialista consciente; pero no es tan difícil que haya “Comunas de París”. Confío en que es la hipótesis más probable materialísticamente hablando: grandes Comunas. Eventos históricos de la lucha de clases sin dirección y sin conciencia, pero que pongan a la clase obrera en el centro (y que por esa vía relanzar hacia un ámbito de masas nuestra tradición: la tradición del socialismo revolucionario colocada a la defensiva desde los años 20 del siglo pasado).

Es muy factible eso en el desarrollo de la crisis en los años que están en el porvenir. No para cuando ustedes sean tatarabuelos, compañeros y compañeras. Está inscripto en el orden de cosas. Hace al terreno material de las cosas que haya clases, que haya explotación, que haya opresión y que haya lucha.

No hacen falta los marxistas para eso. Los marxistas hacen falta para traducir eso en comprensión histórica, en programa, en partido: darle continuidad a esa “levadura” de la que hablaba un compañero. Sí, la levadura sube y baja. Pero es en esas subidas y bajadas que se construye el partido, que es la única herramienta permanente.

Ni siquiera los organismos; es el partido el que sintetiza las experiencias y se construye.

Entonces, ojo, tiré una apreciación materialista del problema de la clase obrera hoy, a comienzos de este nuevo siglo. Hay países como Cuba que es una isla, es más chica, que no es representativa. Tiene valor por el proceso que hubo ahí de revolución anticapitalista que expropió (pero no dio lugar a la dictadura del proletariado).

Hay un problema muy grande pero poco desarrollado que hace a los elementos de objetividad, que es el problema de la extensión internacional de la revolución. Aunque seas el “más revolucionario de todos” si te quedás en un coto pequeño, si la revolución se queda en su solo país, vas hacia el fracaso.

El estalinismo decía “socialismo en un solo país”. No hay siquiera “Estado obrero en un solo país” porque pasa lo que agudamente comentaba un compañero: ¡vuelve todo al viejo caos en el que te matás con el de al lado para poder sobrevivir!

Hay un problema vinculado al desarrollo de las fuerzas productivas, que la revolución sea capaz de planificar, que la planificación sea consciente, extender la revolución mundial, etc. Aunque hagamos hincapié en la discusión del sujeto no ignoramos las condiciones objetivas. No anulamos las determinaciones que tienen que ver con lo más estructural, con lo más objetivo, la existencia de la clase social, el lugar de la clase obrera en la producción objetiva, las condiciones del desarrollo de las fuerzas productivas, etcétera.

Por eso era evidente que los bolcheviques pensaran que tomar el poder en Rusia era táctico respecto de Alemania: porque el grado de desarrollo de las fuerzas productivas (¡y la plataforma para acabar con la explotación, desigualdad y la pelea de todos contra todos!) era mucho mayor en Alemania. Lo que hay en Cuba producto del aislamiento y la burocratización, es una pelea de todos contra todos. Es la vida por la subsistencia. Es lo que dice el escritor Leonardo Padura: “una sociedad donde está legitimado y se quiere que las mujeres, nuestras hijas, sean prostitutas, es una sociedad enferma”. Es la supervivencia.

Todos los problemas que sufre la clase obrera son históricos. También sufrimos problemas estructurales como la fragmentación laboral. Pero no son problemas en el sentido del lugar de la clase obrera en la sociedad. Todos estos chantas que evaden el fenómeno de la clase obrera; todas estas corrientes populistas que están de moda, como la Federici, que dice que “ser ama de casa es genial” y otras estupideces, tienen que ver con que si vos ves a la clase obrera actuando como fenómeno histórico (tal cual el caso de la primera mitad del siglo XX, sobre todo), es imposible obviarla; el problema viene cuando transitoriamente la clase obrera aparece corrida de la escena histórica.

Hace unos años hubo un gran evento de la clase obrera internacional que fue el ingreso de los mineros a Madrid. Fue hermoso. La ciudad entera salió a recibir a los obreros que llegaron haciendo explotar sus dinamitas.

De todas maneras, en la escena internacional no hay hoy muchos ingresos triunfales de los obreros a las ciudades. Los mineros asturianos que llegaron a Madrid eran más que nada una clase obrera con mucha tradición, pero que venía debilitada (esa lucha se terminó perdiendo).

Así funciona la acumulación capitalista. Te desarma sectores de la acumulación y te arma otros. Te desarma un núcleo de la acumulación (eventualmente con mucha tradición histórica de lucha) y te lo arma en otro lado (sin antecedentes de lucha). Uno de los problemas que tenemos los revolucionarios es lo de China, que está lejísimo de los centros históricos de radicación del trotskismo; no sabemos ni hablar en chino.

Lo único que sabemos es que a China hay que entrar por Hong Kong porque es la ciudad si se quiere hoy más universal. También sabemos de la existencia de fábricas como la Foxcom, de propiedad taiwanesa, que trabaja para Apple, que produce semiconductores y que reúne bajo un mismo techo, en una misma planta, 100.000 trabajadores que en su mayoría son mujeres, que duermen en la misma planta (o, más bien, en una planta que es toda una inmensa ciudad obrera).

Imagínense lo que significaría que esta planta monstruo se ponga de pie, se ponga en pie de lucha: ¿no sería la hipótesis de una verdadera Comuna de París en el siglo XXI? La hipótesis de ver a la clase obrera en el centro de la pelea, lo que sin dudas le daría enormes bríos a nuestra tradición socialista revolucionaria. Sobre China les recomiendo leer a Au Loong Yu, el mejor escritor marxista revolucionario chino hoy; es extraordinario, tiene un inmenso conocimiento de su país, de la evolución del mismo, de su clase obrera, de lo que fue realmente el Estado maoísta, etcétera.

5.3) Relanzar la lucha por el socialismo

Pasemos ahora a la situación mundial. Hay que evitar impresionarse con el giro a la derecha. No es que la derecha viene cortando cabezas. Hay que encontrar el equilibrio. Estamos hablando de una astucia histórica. Puede ser que avance la derecha; pero también puede ser que se pase de rosca, que no tenga atributos para el giro que pretende. ¡Hay tantos personajes históricos que pasándose de rosca desataron la revolución! ¿Conocen la categoría “aprendiz de brujo”? No hay que exagerar. Pero es eso: tipos que no controlan lo que ponen en movimiento.

Hay dos elementos de la realidad, dos tendencias en obra en la actualidad. No es solamente la derecha. Es el 20 y el 21 de enero. La asunción de Trump pero también la movilización en su contra: el 20 y la Womens March del 21.

Es un recomienzo de la experiencia histórica. Es una lucha política. Pero es genial que haya un recomienzo de la experiencia histórica; que haya una nueva generación que entre en escena.

La juventud por regla general anticipa la aparición de la clase obrera. La juventud estudiantil no es ni obrera ni pequeño burguesa. Ser estudiante es un momento indeterminado que hace que muchos pibes y pibas abran la cabeza y se hagan revolucionarios. Hay un fermento mundial de la juventud. Menos radicalizado que el del Mayo Francés. Pero puede estar siendo una aurora para el ingreso a una gran lucha de clases.

Hay que tener cierto equilibrio y ser siempre críticos en el terreno del marxismo. Tener la capacidad de apreciar los fenómenos en todas sus dimensiones y con todas sus complejidades y contradicciones. Es verdad el dicho ese de que los gatos tienen un montón de colores pero “si se los ve de noche son todos pardos”; es de marxista vulgar no ver los matices en los fenómenos.

Si ves a los gatos de día, notás las diferencias: este es blanco, este es siamés, este me sonríe. La lucha de clases contra el capitalismo recién empieza porque es histórica y jamás la clase obrera fue más grande. Después, que logre elevarse a clase histórica es toda una pelea, y ahí entran el partido y los marxistas revolucionarios, nuestra razón de ser.

Porque esa es nuestra apuesta histórica, estratégica y ahí entra toda una elaboración en la que interviene el partido y los revolucionarios que concentran la experiencia, la sintetizan, la proyectan. No es un proceso espontáneo: es un choque de lucha de clases, es la pelea por la dirección, etc.

Esta discusión es de enorme actualidad justamente porque somos más optimistas que nunca desde ese punto de vista. Opinamos que la clase obrera está más fuerte que nunca desde el punto de vista objetivo; subjetivamente, la caída del estalinismo tuvo “dos caras”, por así decirlo: en el plazo inmediato parecía la “muerte del socialismo”; pero en la perspectiva histórica reabre la posibilidad de revolución socialista auténtica: la posibilidad de relanzar la lucha por el socialismo, grito de guerra cuando la fundación de nuestra corriente.

La burocracia era una loza terrible en la cabeza (¡y en los pies!) de la clase obrera, que la encarceló, le impidió ser un actor independiente. Pero esa represa se cayó. Hay que tener capacidad dialéctica de apreciar los acontecimientos del presente en su sentido histórico: no sólo del presente por el presente mismo. Entonces no confundirse con eso; porque no es que nuestra teoría de la insustituible centralidad obrera en la revolución y transición socialista es muy linda como letanía. No: es nuestra apuesta estratégica.

Nosotros defendemos la Revolución Cubana del imperialismo; defendemos la conquista de la independencia nacional de Cuba frente al mismo, lo mismo que la expropiación de la burguesía. Pero la Revolución Cubana no es nuestra revolución. No se trata de filosofía política: es lucha política concreta.

No hay vacíos en política: si no está la clase obrera está la burocracia. Habría que hacer una charla especial acerca de la burocracia. Porque hay que entender que los tipos le pelean a la clase para tener privilegios: el perfil subjetivo de la burocracia coincide con su rol objetivo. Stalin era el tipo más taimado del mundo; era la encarnación de la burocracia.

La burocracia pelea, se quiere apropiar de las conquistas. Les quiero hacer entender que la revolución, la toma de poder y la transición, son campos de pelea, hay dificultades, hay que ganar la participación de las masas, hay desigualdad y miseria.

La pelea para que las masas participen más y nadie les diga “quédate ahí que te reemplazo y lo hago yo”, la pelea contra la idea de que “el igualitarismo es pequeño burgués” (Stalin) y que hay que fomentar la desigualdad, tampoco es una abstracción, es una pelea.

El tema es restablecer la teoría de la Revolución Socialista en su sentido original, como herramienta de lucha política: reestablecer el programa socialista en su sentido original, como herramienta de una lucha estratégica, por la perspectiva de la clase obrera, por la perspectiva del marxismo revolucionario, contra los aparatos traidores, contra los aparatos reformistas.

Imagínense si no lucháramos contra las corrientes burocráticas que pudrieron la revolución. Es una pelea. En ese sentido el hecho de que en la cabeza de la militancia haya confusión, que Altamira intente abrir un debate aunque esté en minoría en el PO es progresivo, es interesantísimo. Tenemos ganas de que a la próxima Jornada de Pensamiento Socialista venga el compañero Altamira.

Lo último a lo que me quiero referir es lo de Trotsky, que decía un compañero de Córdoba, que es muy interesante. Es válido para Marx, para Engels, para Trotsky, para todos: eran grandes revolucionarios, hay que estudiarlos concienzudamente, sistemáticamente, apoyarnos en ellos, pero siempre críticamente, sabiendo que las síntesis son siempre parciales, nunca son absolutas, porque la realidad sigue.

El compañero de Córdoba se preguntaba por qué Trotsky no sacó las conclusiones definitivas de la burocratización de la URSS; es más compleja la cosa. Trotsky dijo veinte veces que tenía “temor a enterrar una revolución viva” y eso estaba muy bien. No era fácil decir que la Revolución Rusa, con todas sus conquistas, “ya fue“. Es complejo. ¡No todos los días ocurre una revolución histórica de semejante magnitud!

El tema no es Trotsky. Trotsky dio una serie de peleas políticas; tenía que enfrentar al estalinismo, estaban las corrientes ultraizquierdistas que no eran defensistas: grave error. Porque, por ejemplo, la gesta de la Unión Soviética dirigida por la burocracia contra el nazismo, fue una gesta histórico-universal. Y la derrota del nazismo fue una conquista histórica de la humanidad, aunque conducida por la burocracia. Tampoco era tan fácil abrir mano en las definiciones. Y aun así Trotsky afirmó: “con los que estamos de acuerdo en defender a la URSS del fascismo, si la definimos como Estado obrero o de otra manera es una discusión secundaria. El problema central es político”.

El problema no es tanto Trotsky: el problema somos nosotros. El problema de las corrientes del marxismo revolucionario es que son esquemáticas, mecánicas, repiten estupideces, no sacan enseñanzas críticas, no son dialécticas, comprendiendo por dialéctica el desarrollo vivo, dinámico de las cosas, de los fenómenos, la extrema riqueza de los acontecimientos.

Nosotros decidimos fundar una nueva corriente de socialismo revolucionario y estamos en eso: trabajando sobre la base de una apuesta estratégica, teórico-estratégica. Nos parecía lo correcto ante la debacle del trotskismo y del morenismo hacer una apuesta más estratégica, arrancar por los fundamentos. La discusión de estas jornadas hace a los fundamentos. Esa decisión de apostar a lo más estratégico fue la decisión más acertada de nuestra corriente.

Bibliografía

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-“Las tendencias filosóficas del burocratismo”, diciembre 1928.

-“Estado obrero, termidor y bonapartismo”, The New International, julio 1935.
A. Udry, Denis Paillard, “Moshe Lewin. In memorian”, 04/09/2010.

[1] Ver para igual temática Karl Marx Theory of Revolution de Hal Draper, de mayor envergadura que la obra de Löwy referida al pensamiento político de Marx.

[2] Ver a este respecto Trotsky y la Revolución Francesa, un ensayo del historiador trotskista francés ya fallecido Pierre Broué, de alto valor educativo.

[3] Nos atrevemos a decir que en Latinoamérica este déficit impacta sobre la mayoría de las corrientes; en Europa pesa la ausencia de balances sistemáticos, el eclecticismo.

[4] “Pero si era complicado alcanzar el poder, más lo habría sido conservarlo. La dificultad objetiva e histórica que enfrenta una clase que tiene que transformar al mismo tiempo la economía, los resortes políticos y la tradición cultural constituyen un acto de conciencia y voluntad, que nada tienen que ver con los movimientos mecánicos de la economía con los que se encontró la burguesía revolucionaria una vez que llevó a cabo su revolución anti-feudal (Jesús Jaén, “Entre la Marsellesa y la Internacional (en el centenario de la Revolución Rusa)”, Viento Sur, 17/04/17.

[5] Ver los casos de Moreno, Mandel y tantos otros dirigentes trotskistas de posguerra.

[6] Concepto inspirado en Bloch y Morris.

[7] Ver respecto de estas relaciones entre fines y medios de la acción: Ciencia y arte de la política revolucionaria; sobre todo el capítulo 8 de dicha obra: “Los fines y los medios, o la lucha de clases como ley suprema”.

[8] Historia y conciencia de clase, su más alta contribución al marxismo, obra clásica en materia filosófica, data de su período izquierdista.

[9] Recomendamos el documental We the workers que acompaña las experiencias fundacionales de un conjunto de trabajadores y abogados laboralistas en la China costera, en Shenzhen, ciudad industrial fronteriza de Hong Kong.

[10] El concepto de acontecimiento “histórico-universal” proviene de Hegel y tiene esa significación precisa: algo que marca un antes y después en la historia de la humanidad, como fue el caso de la Revolución Francesa y de la Revolución Rusa.

[11] Según Vargas Llosa, La condición humana es “una obra maestra, digna de ser citada junto a las que escribieron Joyce, Proust, Faulkner, Mann o Kafka, una de las más fulgurantes creaciones de nuestra época”. Fíjense la diferencia con los días de hoy, cuando ninguna obra maestra de la literatura está referida a la revolución.

[12] Los hechos históricos universales se repiten por el mismo carácter del siglo veinte, sobre todo hasta la salida de la Segunda Guerra Mundial; una época revolucionaria, una era de los extremos, el siglo de las más grandes revoluciones y contrarrevoluciones de la historia de la humanidad hasta el momento.

[13] Trotsky relataba de esta manera cuál era el mecanismo que utilizaba Stalin: “Stalin ordena a los oposicionistas que se trasladen a Moscú y, tras un intento sumario de ‘convencerlos’, ordena su arresto, incomunicación y exterminio físico por distintos medios. (…) Así, el derecho de asilo para los refugiados revolucionarios está condicionado por el compromiso de renunciar al derecho de opinión independiente. El llamado a Moscú para una ‘conferencia’ resulta, una y otra vez, una trampa traicionera. Si el ‘criminal’ escapa, encarcelarán a su esposa, hija o hijo” (Trotsky, Los prisioneros revolucionarios de Stalin, 15 de enero de 1936, citado por Rolando Astarita, Stalinismo y la larga saga de disimular canalladas).

[14] Es verdad que hubo embriones de poder alternativos, embriones de organismos aquí y allá, pero el estalinismo los aplastó inmediatamente.

[15] Hubo otro acontecimiento extremadamente complejo que décadas antes había dividido a la Oposición de Izquierda: Stalin liquidó la propiedad privada en el campo de manera brutal (1930). La expropiación sobrevino como subproducto de una contrarrevolución. Un fenómeno nuevo que desubicó a todo el mundo (volveremos más abajo sobre esto).

[16] Ver al respecto el interesante texto: “¿Estados operarios burocráticamente deformados”, Aldo Cordeiro Sauda, blog Convergencia.

[17] Recordemos que el imperio del mercado mundial es la base material de toda la teoría de la revolución permanente.

[18] En esto es importante la referencia al historiador británico E. P. Thompson, que insistió en este ángulo de considerar a la clase no solamente como un hecho económico sino también político y “moral”.

[19] Recordemos que estamos a nivel de la teoría de la revolución en el sentido de sus fuerzas motrices y a la acción de la clase como clase consiente; de ahí que el problema del partido esté “resumido” en el de la clase en general.

[20] Una guerra civil inmensa, quizás la más inmensa de la historia.

[21] Ver el artículo de nuestra autoría “China 1949: una revolución anticapitalista”.

[22] A mediados del siglo XIX China fue derrotada en el enfrentamiento con las potencias capitalistas en ascenso. Se firmó un acuerdo por el cual un conjunto de ciudades costeras de China pasaron a un régimen extraterritorial sometida a una u otra potencia imperialista.

[23] Esta anécdota la cuenta Sam Farber, trotskista cubano especialista en la historia de la revolución.

[24] Atención que, de todas maneras, defendemos las formas de propiedad estatal pero para que esta defensa mantenga el principio del carácter transitorio de esta forma de propiedad (sea en un Estado burgués o en uno burocrático), inmediatamente colocamos el planteo de que la propiedad del Estado esté bajo control y/o administración obrera independiente.

[25] Ver los criterios de la Crítica del Programa de Gotha (Marx) recogidos también por Lenin en El Estado y la revolución. Entre otros planteos, está colocado que las desigualdades salariales son imposible de evitar en la transición socialista, pero el diferencial salarial no puede pasar de 5 a 1, por poner un ejemplo. Aquí entra todo el debate de los profesionales: de que la revolución no puede vérselas sin profesionales luego de la toma del poder (y hasta que la clase obrera aprenda el oficio del manejo del Estado, entre otros), profesionales que si no se les paga un salario diferencial se negarán a trabajar para el Estado obrero.

[26] Rakovsky lo tenía muy presente en textos como Los peligros profesionales del poder.

[27] El último combate de Lenin es un texto tan inicial como valioso de Moshe Lewin que sólo se resiente un poco por su abordaje superficial de Trotsky (tiende a mostrarlo como un “blando” frente a Stalin). Bensaïd señala que Lewin es, posiblemente, el principal historiador de la URSS, esto entre una legión de historiadores socialistas de nota como Carr, Deutscher, Broué y otros.

[28] Deutscher insiste en el carácter “público” de la propiedad estatizada en la ex URSS sin ponerse a reflexionar sobre su evolución real: “(…) pese a toda su ‘deformación burocrática’, seguía siendo un Estado obrero, Trotsky era inflexible. Lo que en su opinión determinaba el carácter social del Estado soviético era la propiedad nacional de los medios de producción. Mientras ésta, ‘la más importante de las conquistas de Octubre’, permaneciera intocada, la Unión Soviética poseería los fundamentos en que habría de basar su desarrollo socialista. Indudablemente, su clase obrera tendría que imponerse a la burocracia antes de empezar siquiera a convertirse el socialismo en realidad; pero indudablemente también, la única manera de hacer tal cosa era sobre la base de la propiedad pública. Preservada ésta, el Estado obrero seguía vivo, como una potencialidad sino como una realidad” (Deustcher; 2007; 48).

[29] Los Castro son hermanos y Fidel murió de muerte natural; Deng y Mao estaban enfrentados, pero ambos eran parte de la burocracia; en el caso de China también hubo continuidad aunque con luchas políticas más “abiertas” que en el caso de Cuba.

[30] Para Deutscher “Stalin estaba socializando la tierra a su manera”, lo que formulado así daba a entender que estaba llevando adelante la revolución.

[31] Murphy señala con agudeza que, de todas maneras, los análisis de Trotsky tuvieron la plasticidad de ir dando cuenta de los desarrollos de manera permanente, razón de más por la cual es difícil no cometer injusticias cuando se quiere dar un juicio “definitivo” sobre sus opiniones (sobre la burocratización de la ex URSS). De ahí que siempre nos haya parecido más atinado tomar sus análisis con “beneficio de inventario”: como un punto de apoyo para una elaboración ulterior.

[32] Desde la derecha Bujarin plantearía algunas críticas similares: “Era clara su indignada hostilidad a la política brutal de Stalin: se ‘compadecía’ del asediado campesinado por ‘motivos humanitarios’ y veía los proyectos industriales excesivos, costosos, ‘como glotones monstruosos que lo devoraban todo’, privando a las grandes masas de artículos de consumo” (Cohen; 1976; 505). Trotsky había señalado cómo para los trabajadores, las industrias que estaban levantando con su sangre, sudor y lágrimas, les aparecían como “sombras”, ajenas.

De cualquier modo, la relación entre sus respectivas fracciones resultó un acertijo imposible de resolver dados los antecedentes de Bujarin: las contradicciones insolubles de su abordaje global. Cohen marca algunos giros en que sus posiciones podrían haberse acercado, pero el tema es de demasiada complejidad para abordalo aquí.

[33] Termidor es, según el calendario instaurado por la Revolución Francesa, el mes del golpe contra Robespierre que terminó echando a los Jacobinos del poder (julio 1794).

[34] Bujarin substituirá el abordaje político del asunto por un criterio humanista que no dejaba de tener su espesor: “(…) para nosotros, la sociedad creadora, feliz, humana, es un fin en sí mismo (…) lo que más le preocupaba era el impacto brutalizador de la colectivización en el partido, ‘una aniquilación en masa de hombres totalmente indefensos, junto con sus esposas y niños’” (Cohen; 1976; 526).

[35] Es decir: lo que determina el carácter de clase del Estado, en última instancia, es qué clase está en el poder.

[36] Murphy agrega: “Twiss cita un estudio de Alec Nove sobre la economía soviética que muestra que el primer Plan Quinquenal resultó en ‘miseria y hambre de masas’ en 1933 y que fue la ‘culminación de la más profunda caída en tiempos de paz según los patrones de vida registrados históricamente” (Murphy; 2017).

[37] En un reciente trabajo Astarita llega a conclusiones parecidas a las nuestras a este respecto; esto más allá que se le pierdan siempre los matices de la reflexión de Trotsky: “Un punto central del argumento que presento es que la estatización no define, de por sí, una relación socialista, o proletaria. Sólo puede adquirir un carácter socialista si está puesta al servicio de la socialización de los medios de producción. Pero esto requiere la intervención consciente de los trabajadores” (“Trotsky, el giro de 1928/9 y la naturaleza social de la URSS, conclusión”)

[38] Como digresión, señalemos que es interesante la caracterización de Trotsky sobre los Jacobinos: “utopistas que querían una república igualitaria sobre la base de la propiedad privada” (Broué; Sin permiso).

[39] “En la sociedad burocrática, la propiedad es una categoría de hecho más que de derecho” (Bensaïd; 1995; pp.127).

[40] Ver el debate de Altamira en el seno del Partido Obrero de la Argentina.

[41] Otra digresión: veamos lo que señala Serge respecto de la propiedad privada a diez años de la Revolución Rusa: “[Para] 1927 (…) un nuevo sistema de producción colectivista ha sustituido al capitalismo y funciona bastante bien. Las masas trabajadoras de Rusia han demostrado su capacidad de victoria, de organización, de producción. Se han instalado nuevas costumbres así como un nuevo sentimiento de dignidad del trabajador. El sentimiento de la propiedad privada, que los filósofos de la burguesía consideraban como innato, está en vías de extinción natural” (Serge; 2017).

[42] Trotsky daba por sentado esto en un artículo por otra parte brillante: “Las tendencias filosóficas del burocratismo”, diciembre 1928: “La burocracia no ha sido nunca una clase independiente. En última instancia, siempre ha servido a una u otra de las clases fundamentales de la sociedad –pero sólo en última instancia, y a su manera”. Pero está claro que dada la plasticidad de sus análisis (que ya señalamos), su posición sobre la burocracia estalinista se iría enriqueciendo, incorporando matices, a lo largo de los años.

[43] Recomendamos leer “Evgueny Pashukanis y la superación marxista del derecho”, de Marcelo Buitrago (Revista SoB n°30), artículo que puede ser visto como complementario de esta nota.

[44] Esta apelación al “pueblo entero” como “propietario” de los medios de producción figuraba en la Constitución de Stalin de 1937 redactada por Bujarin antes de ser asesinado por éste. Es una verdad de Perogrullo afirmar que para esa época se trataba de un cinismo mayúsculo; la clase obrera había perdido todos los atributos del poder.

[45] Sabido es que el primer medio de producción de la humanidad, además de ser el objeto de producción de la misma, fue (es) la naturaleza: su laboratorio natural (Marx).

[46] En el mismo sentido –de apreciar las relaciones reales que están detrás de las relaciones de propiedad- expresaba Marx su crítica a Proudhon: “De lo que trata en el fondo Proudhon es de la moderna propiedad burguesa, tal como existe hoy día. A la pregunta ¿qué es la propiedad? sólo se podía contestar con un análisis crítico de la ‘Economía política’, que abarcase el conjunto de las relaciones de propiedad, no en su expresión jurídica, como relaciones volitivas, sino en su forma real, es decir, como relaciones de producción” (Carta a J. B. Schweitzer, 24/01/1865, MIA).

[47] Dice Denis Paillard sobre el valor que le daba a las percepciones Moshe Lewin: las trataba como “instantáneas”, “snap shots que hacían a la agudeza de su mirada, a su capacidad para comprender el detalle que le da sentido a las cosas (Udri, Paillard; 2010).

[48] Moshe Lewin siempre se mostró agradecido de los soldados rusos que lo ayudaron a escapar de los nazis.

[49] Pregunta retórica esta última, se entiende, porque a nuestro modo de ver nadie puede ejercer el poder en nombre de la clase obrera; ninguna otra capa social y partido que no sea de la clase obrera, que no se reivindique de ella.

[50] Cristian Rakovsky, de quien hemos tomado esta definición, hablaba a comienzos de los años 30 de que la URSS había devenido en un “Estado burocrático con restos proletarios comunistas”.

[51] La socialización de la producción es otro costado del mismo problema que estamos viendo vinculado a la abolición de toda propiedad; tiene que ver con lo que ocurre en el proceso productivo, donde el conjunto de los trabajadores van tomando el mando creciente del proceso de producción; proceso que de esta manera se socializa y, por lo tanto, liquida la separación entre trabajo muerto y trabajo vivo, liquida la propiedad como relación fetichizada, reificada, opuesta al colectivo de los trabajadores que, de esta manera, pasan a controlar realmente el proceso de producción, se emancipan.

[52] De ahí que Lenin y Trotsky hayan rechazado las posiciones sindicalistas de la Oposición Obrera de Alexandra Kolontai y Alexander Shliapnikov.

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